27 September 2021
 

Con ocasión de la 57° Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y la Semana Vocacional que realizaremos del 3 al 9 de mayo en nuestra Arquidiócesis, la Delegación de Pastoral Vocacional ofrece este material para descubrir desde casa la Vocación a la que somos llamados y orar "Pidiendo al Dueño que envíe obreros a su mies". Descargue aquí el documento 

 

 

Queridos hermanos y hermanas:

Se aproxima el mes de mayo, en el que el pueblo de Dios manifiesta con particular intensidad su amor y devoción a la Virgen María. En este mes, es tradición rezar el Rosario en casa, con la familia. Las restricciones de la pandemia nos han “obligado” a valorizar esta dimensión doméstica, también desde un punto de vista espiritual.

Comencemos con esta maravillosa oración preparada por Frey Carlos Mesters:

“Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que nos ayude a leer la Escritura con los mismos ojos con que Tú se la leíste a los discípulos sobre el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dramáticos de tu condena y muerte. Así, la Cruz que parecía ser el fin de toda esperanza, apareció ante ellos como fuente de vida y de resurrección. Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Que tu Palabra nos oriente de manera que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniarle a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.”

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas.

Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente.

En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos. Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús.