13 December 2017
 

Evangelio para el domingo 3 de diciembre 2017 Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejó su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos. Velad. Palabra del Señor. Marcos 13, 33-37.

 

ESTAR ATENTOS Y VIGILANTES ES LA MEJOR RECOMENDACIÓN

“Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos” (Marcos 13, 33-37). La venida definitiva del Señor no la sabemos, por eso es necesario vivir atentos y vigilantes, eso es lo que recomienda la Sagrada Escritura.  Lo peor que nos podría ocurrir, es que llegue ese momento y no nos encontremos preparados. El mismo Dios prevé esta situación diciendo “no sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos”. Un santo Obispo de Hipona distingue el sueño del cuerpo y el sueño del alma: “Dios ha concedido al cuerpo el don del sueño, con el cual se restauran sus miembros, para que puedan sostener al alma vigilante; lo que debemos evitar es que nuestra alma duerma. Malo es el sueño del alma. El sueño del alma es el olvido de Dios. A éstos el apóstol san Pablo les dice: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo. (Efesios 5, 14). (S. Agustín Salmo 62)

            El que duerme tiene que despertarse ahora, no mañana, porque no sabe si el Señor viene. No hay que caer en la trampa de la tentación cuando creemos que podemos superar nuestras propias debilidades “mañana”, algunos dicen: prometo que desde mañana en adelante voy a cambiar. Esas promesas muchas veces no se cumplen. Otros dirán: prometo que en esta navidad si pienso cambiar, llegará el fin del año y tendrán que decir: yo creo que en la próxima cuaresma si voy a cumplir. Dios no quiere que nos engañemos a nosotros mismos. Su mensaje es muy claro: “sé ferviente y arrepiéntete, mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Apocalipsis 3,19-20) Nuestro anhelo de salvarnos debe estar vivo y presente en nuestras vidas. La consigna es no quedarse dormido, pues desafortunada sería la actitud de quien no prevé; de aquel que se contenta con lo mínimo; aquella persona que cree que ya está cumpliendo con sus deberes para con Dios. Aquellos que se dejan llevar por las atracciones del mundo y se olvidan de su propia salvación. Estar atentos predispone para que no demos paso a las tentaciones, como le advirtió Jesucristo a Pedro: “¿No han sido capaces de estar despiertos una hora conmigo?” °°°  (cf. Mateo 26, 40-41). También es muy cierta la máxima bíblica que la persona que se queda dormida se arruina, precisamente fue lo que le sucedió a Sansón quien se dejó influenciar de Dalila. Se despertó y dijo: “Saldré como tantas otras veces, y me las arreglaré. Pero no sabía que el Señor lo había abandonado” (cf Jueces 16, 18 - 20).

Sabiamente el Papa Francisco advierte que es obligatorio estar despiertos porque el demonio o el mal, intenta llevar a las personas a la mundanidad, mediante las seducciones. “Estar atentos porque los demonios nos hacen “dirigirnos lentamente hacia la mundanidad” y el que lo evita es Cristo que salva “de la seducción”. Para evitar caer en la tentación, es necesario hacer obras de caridad que “cuestan mucho” pero “nos llevarán a estar más atentos”. El discurso escatológico del Maestro de Nazareth nos pone en la sintonía de:  Discernir, para que nadie nos engañe con el final de los tiempos. Esperar, porque no sabemos el día, ni la hora. Velar, porque la oración es la mejor herramienta para fortalecer y santificar el alma. Padre, Jairo Yate Ramírez.  Arquidiócesis de Ibagué.

Marcos 13, 33-37. Orden de los Carmelitas. “¡Vigilad!” Esta es la palabra clave en el corto pasaje que la Iglesia reserva para la liturgia del primer domingo de Adviento. Vigilar, estar atentos, esperar al dueño de la casa que debe regresar, no adormilarse, es esto lo que Jesús pide a todo cristiano. Estos cuatro versículos del evangelio de San Marcos forman parte del discurso escatológico del capítulo trece. Este capítulo nos habla de la ruina del Templo y de la ciudad de Jerusalén. Jesús aprovecha la ocasión por una observación que le hace un discípulo: “¡Maestro, mira qué piedras y qué construcción! (Mc 13, 1). Jesús, por eso, aclara las ideas: “¿Véis estas grandes construcciones? No quedará piedra sobre piedra, que no sea demolida” (Mc 13,2). El Templo, signo tangible de la presencia de Dios en medio de su pueblo elegido, Jerusalén, la ciudad “bien unida y compacta” adonde “suben junta las tribus del Señor, para alabar el nombre del Señor” (Salmo 122,4), todo esto, signo seguro de la promesa hecha a David, signo de la alianza, todo esto irá a la ruina... es sólo un signo de algo que sucederá en el futuro. Los discípulos llenos de curiosidad piden al Señor sentado en el monte de los Olivos, de frente al Templo: “Dinos, ¿cuándo acaecerá eso y cuál será el signo de que todas estas cosas están por cumplirse? (Mc 13,4). A esta pregunta, usando el estilo apocalíptico judaico inspirado en el profeta Daniel, Jesús se limita sólo a anunciar las señales premonitoras (falsos cristos y falsos profetas que con engaño anunciarán la venida inminente del tiempo, persecuciones, señales en las potencias del cielo. cf: Mc 13, 5-32), “en cuanto al día y a la hora, ninguno los conoce, ni siquiera los ángeles del cielo, y ni siquiera el Hijo, sino sólo el Padre” (Mc 13,32).

De aquí se comprende la importancia de la espera vigilante y atenta a los signos de los tiempos que nos ayudan a acoger la venida del “dueño de la casa” (Mc 13,35). Cuando venga él, todo desaparecerá, “ el poder de los siervos” (Mc 13,34), incluso los signos que nos ayudan a recordar su benevolencia (templo, Jerusalén, casa). Los “siervos” y el “portero” (Mc 13,34) a la llegada del dueño no mirarán ya a los signos, sino que se complacerán en el mismo dueño: “He aquí que llega el Esposo, salidle al encuentro” (Mt 25,6 + Mc 2,19-20).

A menudo Jesús pedía a los suyos que vigilasen. En el huerto de los Olivos, en la tarde del jueves, antes de la pasión, el Señor dice a Pedro, Santiago y Juan: “ Quedaos aquí y vigilad conmigo” (Mc 14, 34; Mt 26,38).

 

Padre, Jorge Humberto Peláez. SJ. Marcos 13, 33-37

ü Este I domingo de Adviento es el comienzo del nuevo año litúrgico; empieza formalmente la preparación para celebrar los misterios navideños. Los adornos de mil formas, los árboles, las luces de colores y los pesebres anuncian que algo muy importante se aproxima.

ü Las imágenes y los sonidos propios de esta época tocan fibras muy hondas de nuestra afectividad:

o   Los grandes protagonistas son los niños, que se sienten transportados a un mundo mágico. Pongamos todos los medios que estén de nuestra parte para que su experiencia de preparación para la Navidad no se quede en lo puramente sensorial y emotivo, sino que descubran los grandes valores que se celebran: el amor de Dios cuyo Hijo asume nuestra condición humana, la fe sin límites de María y José que prestan toda su colaboración al plan de salvación, la familia como núcleo esencial de la sociedad, la sencillez, el compartir…

o   También los adultos nos sentimos tocados por las imágenes y sonidos propios de este tiempo. Es un reencuentro con el yo más íntimo, el de las experiencias de la infancia que nos marcaron para siempre; en esta época reverdecen la ternura y los sentimientos.

o   Es cierto que en esta época se hace más fuerte la ausencia de los seres queridos que han muerto. Que su recuerdo no sea fuente de tristeza sino de agradecimiento por los momentos maravillosos que compartimos.

ü Es desgarrador el contraste entre el ambiente festivo de estos días y el dolor que viven tantos hermanos nuestros que han sido víctimas de las inclemencias del invierno  a lo largo del 2011. En pocos minutos han visto desaparecer, arrollado por la fuerza de las aguas, el trabajo de muchos años.

ü Quiero motivarlos a que nos movilicemos en favor de los damnificados del invierno, y tengamos experiencias concretas de solidaridad con ellos con el fin de hacerles más llevadera su tragedia.

ü En la primera lectura, el profeta Isaías tiene unas palabras que nos iluminan el significado del tiempo litúrgico que empezamos hoy: “Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia. Jamás se oyó decir, ni nadie vio jamás que otro Dios, fuera de ti, hiciera tales cosas a favor de los que esperan en Él”.

ü El tiempo litúrgico del Adviento es la preparación para celebrar esta iniciativa de Dios que nos envió a su Hijo, quien asumió la condición de un niño frágil. El profeta Isaías expresa el carácter único de esta irrupción de Dios en la historia mediante tres verbos: rasgar los cielos, bajar, estremecer las montañas. A pesar de su fuerza, estos verbos son tímidos intentos por expresar lo inexpresable.

ü Vayamos ahora al texto del evangelio; el evangelista Marcos, en palabras muy sencillas, nos dice cómo vivir estas semanas de Adviento: “Velen y estén preparados; permanezcan alerta”.

ü El evangelista nos está diciendo que algo muy significativo está por suceder y que alguien muy importante viene a visitarnos.

ü El Adviento es el tiempo litúrgico en el que nos preparamos para celebrar el nacimiento del Hijo eterno de Dios que asume la condición humana en las entrañas de una campesina judía. 

2. LEE LA PALABRA DE DIOS Mc 13,33-37 (Qué dice la Palabra de Dios)

Contexto litúrgico

Este domingo señala el comienzo del año litúrgico. Iniciamos también el Tiempo de Adviento, en el ciclo B. En este ciclo leeremos principalmente el Evangelio según san Marcos.

Contexto bíblico

Todo el capítulo 13 de Marcos es una enseñanza sobre los últimos tiempos. Se llama discurso escatológico, porque habla de los últimos acontecimientos, sobre el final de la historia del mundo.

Pedro, Santiago y Andrés le preguntan en secreto a Jesús cuándo será la destrucción del templo de Jerusalén (13, 4). Pero, Jesús no contesta a la pregunta, sino que insiste en la necesidad de estar preparados y vigilantes.

Este discurso escatológico de Jesús tiene tres partes:

- 1. Hay que discernir: Estén atentos para que nadie les engañe (13, 5-23).

- 2. Hay que esperar la venida del Hijo del hombre (11, 24-32).

- 3. Hay que velar y estar preparados en el momento presente (13, 33-37).

Texto

1. Estén prevenidos (v. 33)

Jesús nos exhorta a la vigilancia. Y pone dos comparaciones o parábolas:

- la higuera (v. 28): que anuncia la llegada del verano con sus brotes y ramas verdes;

- la del hombre que se ausenta de su casa y confía a su mayordomo la vigilancia (v. 34).

La enseñanza de Jesús no pretende infundir el miedo al no revelar el día ni la hora.

El Señor quiere decirnos que todas las horas y todo tiempo son buenos para esperarle y encontrarse con Él. Todo tiempo es bueno para esperarle y recibirle.

Lo importante es vivir el presente en comunión de amor con Él y no estar obsesionado o preocupado por conocer cuándo será el final de los tiempos o el de la vida de cada uno.

El Señor viene continuamente. Hay que vigilar y discernir esos momentos especiales de la venida del Señor en el tiempo de salvación. Si nosotros nos encontramos con el Él continuamente, no hay que temer el final de nuestra vida en la tierra.

Ninguno de nosotros vive para sí mismo ni muere para sí mismo; si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor. Así, pues, tanto si vivimos como morimos, somos del Señor (Rom 14, 7-8).

2. No sea que los encuentre dormidos (v. 36)

Nuestro Dios es un Dios sorprendente. Porque no es un Dios para un tiempo, sino para todo tiempo. Es el Dios-con-nosotros, que quiere estar dentro de nosotros.

Sorprendente, porque puede llegar a cualquier hora: al atardecer, a media noche, al canto del gallo o al amanecer (v. 35).

Para el que confía y espera todos los momentos del día y de la noche son historia de salvación. El tiempo se convierte así en “sacramento” del encuentro con el Señor.

Sorprendente, porque Él se presenta calladamente en el interior de cada uno, en los acontecimientos de la vida.

Sorprendente, porque no viene a pedir cuentas, sino a dar: Jamás nadie vio ni oyó hablar de un Dios que actúe como tú, para quien confía en él (Is 64, 2).

Doy gracias a Dios continuamente por ustedes, pues les ha concedido su gracia mediante Cristo Jesús, en quien han sido enriquecidos abundantemente con toda palabra y con todo conocimiento (1 Cor 4-5). Jesús ha venido para regalarnos la salvación total. Hemos de abrirnos en confianza total a Él.

Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, antes bien lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no va a darnos gratuitamente todas las demás cosas juntamente con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios, si Dios es el que salva? ¿Quién será el que condene, si Cristo Jesús ha muerto, más aún, ha resucitado y está a la derecha del Padre intercediendo por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿El sufrimiento, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?... Pero Dios que nos ama, hará que salgamos airosos de todas estas pruebas (Rom 8, 31-37).

El Señor nos brinda toda su confianza, amor y salvación. Estemos despiertos, en la espera y en la esperanza.

3. MEDITA (Qué me/nos dice la Palabra de Dios)

¡Cuántas veces estoy como dormido y no me doy cuenta de que el Señor está dentro de mí para ayudarme en todo momento! ¡Cuántas veces busco el consuelo en las criaturas, sin acordarme de que el Señor está en mi

La fe me lleva a la confianza total de que el Señor está en mí y trabaja muchísimo más que yo por mi propia felicidad.

La esperanza es la virtud que el Adviento nos inspira. La que nos hace mirar con confianza el presente, porque caminamos confiados hacia el futuro.

La esperanza me lleva a trabajar cada día en mi crecimiento con y en Dios. Vigilancia, esperanza, confianza, responsabilidad. Son las actitudes que la Palabra nos indica hoy. ¿Cómo estoy en estos aspectos?

 

4. ORA (Qué le respondo al Señor)

Señor, Tú eres nuestro padre y nuestro redentor. Ése es tu nombre desde siempre (Is 63, 16; segunda lectura).

 

En Ti, Padre, pongo toda mi confianza. Que vaya cada día preparando tu presencia en mí. Que pueda vivir siempre contigo, para que el paso a la otra vida esté señalado por un amor y confianza totales en Ti y no tema el momento de la muerte.