17 January 2018
 

Evangelio para el domingo 14 de enero 2018. Estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba dice: Este es el cordero de Dios. Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: ¿Qué buscáis? Ellos le contestaron: Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Él les dijo: Venid y lo veréis. Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con El aquel día;

serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermanos de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro).  Palabra del Señor. Juan 1, 35-42.

NOS CONVERTIMOS EN DISCÍPULOS DE CRISTO, CUANDO HACEMOS LAS COSAS BIEN Y DE MANERA PERMANENTE.

°°° “Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: ¿Qué buscáis? Ellos le contestaron: Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Él les dijo: Venid y lo veréis.”  (Juan 1, 35-42). El discipulado es un estilo de vida marcado por el encuentro con la persona de Jesús de Nazareth. Hombres y mujeres a lo largo de la historia han querido tener esa misma experiencia de los apóstoles, de convertirsen en discípulos misioneros para la máxima obra del Hijo de Dios: “Vayan y anuncien mi Palabra”.  ¿Cómo se logra conocer ese proceso? De acuerdo con la Sagrada Escritura, todo comienza con una experiencia vocacional, donde cada persona libre y voluntariamente toma conciencia de su deseo de seguir el camino del Señor. Hubo un hombre llamado Juan el bautista, quien se encargó de identificar exactamente a Jesús, lo presentó como el Cordero de Dios. Quienes se han ido atreviendo a darle su palabra a Dios, se han ido convirtiendo en apóstoles, en sacerdotes, en ministros, en personas cualificadas para decirle al mundo que si es posible vivir al estilo de Dios: “Vengan lo verán”. La clave la tiene el Nazareno. El misterio es su propia vida. La razón está en su objetivo fundamental: Él quiere salvar al mundo °°°° razón por la cual formó un grupo de apóstoles para que ellos continuaran su obra.  Los apóstoles forman un grupo especial que tienen relación con la persona de Jesús no sólo porque creen en Él, sino porque están íntimamente ligados a su misión; el grupo participa de la misión de Jesús, de sus poderes, y de su convivencia: “Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios” (Marcos 3, 13-19)   La misión evangelizadora de cualquier persona creyente en la obra de Jesús, participa del mismo misterio de Jesús. Su apostolado debe centrarse en comunicar su experiencia de fe, en la misma línea del Maestro. El apostolado se hace fecundo cuando hacemos la voluntad de Aquel que lo instituyó, el apostolado se convierte en un problema pastoral en la Iglesia, cuando quienes creyendo que son apóstoles hacen su propia voluntad, e incluso se oponen a quienes están viviendo su vida apostólica con el espíritu del Evangelio.  Ser apóstol de Dios en el mundo, no es cambiar las reglas de juego, sino convertirse en testigo del amor de Dios en el mundo. El santo padre Francisco recomienda para un buen discípulo de Cristo en su proceso vocacional: Escuchar, discernir y vivir.  Escucha muy atento la voz de Dios; discierne lo que vas a hacer y hazlo bien; empieza a vivir tu vocacional de una forma permanente y sin rezagarse. Padre, Jairo Yate Ramírez, Arquidiócesis de Ibagué. 

Santo Padre Francisco:  En el marco de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos dedicada a los jóvenes, “en particular a la relación entre los jóvenes, la fe y la vocación”, el Papa reflexionó sobre tres conceptos: escucha, discernimiento y vida.

“En la diversidad y la especificidad de cada vocación, personal y eclesial, se necesita escuchar, discernir y vivir esta palabra que nos llama desde lo alto y que, a la vez que nos permite hacer fructificar nuestros talentos, nos hace también instrumentos de salvación en el mundo y nos orienta a la plena felicidad”, señaló el Santo Padre.

Escuchar

Francisco afirmó que “la llamada del Señor no es tan evidente como todo aquello que podemos oír, ver o tocar en nuestra experiencia cotidiana”. Destacó que “Dios viene de modo silencioso y discreto, sin imponerse a nuestra libertad. Así puede ocurrir que su voz quede silenciada por las numerosas preocupaciones y tensiones que llenan nuestra mente y nuestro corazón”.

Por ello, es necesario “prepararse para escuchar con profundidad su Palabra y la vida, prestar atención a los detalles de nuestra vida diaria, aprender a leer los acontecimientos con los ojos de la fe, y mantenerse abiertos a las sorpresas del Espíritu”.

El Pontífice explicó que para poder escuchar esa llamada del Señor hay que abrirse, salir de uno mismo. “Si permanecemos encerrados en nosotros mismos, en nuestras costumbres y en la apatía de quien desperdicia su vida en el círculo restringido del propio yo, no podremos descubrir la llamada especial y personal que Dios ha pensado para nosotros, perderemos la oportunidad de soñar a lo grande y de convertirnos en protagonistas de la historia única y original que Dios quiere escribir con nosotros”.

Ahora bien, reconoció que esa actitud de escucha, “es hoy cada vez más difícil, inmersos como estamos en una sociedad ruidosa, en el delirio de la abundancia de estímulos y de información que llenan nuestras jornadas”. Por ello invitó a la contemplación, a “reflexionar con serenidad sobre los acontecimientos de nuestra vida y llevar a cabo un fecundo discernimiento, confiados en el diligente designio de Dios para nosotros”.

Discernir

“Cada uno de nosotros –explicó el Papa Francisco– puede descubrir su propia vocación sólo mediante el discernimiento espiritual”. Insistió en que “la vocación cristiana siempre tiene una dimensión profética”.

Afirmó que “hoy tenemos mucha necesidad del discernimiento y de la profecía; de superar las tentaciones de la ideología y del fatalismo y descubrir, en la relación con el Señor, los lugares, los instrumentos y las situaciones a través de las cuales Él nos llama. Todo cristiano debería desarrollar la capacidad de ‘leer desde dentro’ la vida e intuir hacia dónde y qué es lo que el Señor le pide para ser continuador de su misión”.

Vivir

En el mensaje, Francisco destacó la necesidad de asumir la vocación, una vez descubierta, sin rezagarse: “¡La vocación es hoy! ¡La misión cristiana es para el presente! Y cada uno de nosotros está llamado (a la vida laical, en el matrimonio; a la sacerdotal, en el ministerio ordenado, o a la de especial consagración) a convertirse en testigo del Señor, aquí y ahora”.

“El Señor sigue llamando hoy para que le sigan –aseguró–. No podemos esperar a ser perfectos para responder con nuestro generoso ‘aquí estoy’, ni asustarnos de nuestros límites y de nuestros pecados, sino escuchar su voz con corazón abierto, discernir nuestra misión personal en la Iglesia y en el mundo, y vivirla en el hoy que Dios nos da”. Fuente:  Aciprensa. Mensaje del Papa Francisco en la jornada mundial por las vocaciones, año 2018.

Monseñor. Felipe Bacarreza Rodríguez Juan 1,35-42). El Evangelio de este domingo nos relata la vocación de los primeros discípulos de Jesús: “Al día siguiente, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: ‘He ahí el Cordero de Dios’. Los dos discípulos lo oyeron hablar así y siguieron a Jesús”.

Eran discípulos de Juan y pasaron a ser discípulos de Jesús. ¿Por qué pasan tan rápido de un maestro a otro? Porque estaban formados así. En efecto, Juan resume su enseñanza diciendo: “Vosotros mismos me sois testigos de que dije: ‘Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él’. El que tiene a la novia es el novio; pero el amigo del novio, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del novio. Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud. Es preciso que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,28-30). El “amigo del novio” tiene sólo la misión de conducir la novia al encuentro del novio; pero una vez que el novio llega, su misión cesa, pues “el que tiene a la novia es el novio”.

Juan había enseñado a sus discípulos que el que venía detrás de él es el único que puede “quitar el pecado del mundo”. Pero, para los judíos era claro que “nadie puede perdonar pecados sino sólo Dios” (Mc 2,7). Por tanto, el que esperaban debía ser de naturaleza divina y para quitar el pecado del mundo debía ofrecerse en sacrificio. Por eso Juan lo llama “el Cordero de Dios”. Esta es una enseñanza que un judío podía entender, como se expresa en la epístola a los Hebreos: “Es imposible que la sangre de toros y cabras borre los pecados. Por eso, al entrar en este mundo, (Cristo) dice: ‘Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo... Entonces dije: ¡He aquí que vengo... a hacer, oh Dios, tu voluntad!’... En virtud de esa voluntad quedamos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo”. El Cuerpo de Cristo ofrecido en sacrificio nos santifica. Él es, entonces, “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Los discípulos de Juan “lo oyeron hablar así y siguieron a Jesús”.

Basados en la enseñanza de Juan, ellos saben bien quién es Jesús. Por eso, cuando Jesús, viendo que lo seguían, les pregunta: “¿Qué buscáis?”, ellos no responden, sino que preguntan a su vez: “Maestro, ¿dónde vives?”. Han encontrado lo que buscaban y ya no quieren dejarlo ir. Ellos ciertamente oraban a menudo diciendo: “Escucha, Señor, el clamor de mi voz... Yo digo para mis adentros: ‘Busca su rostro’. Sí, Señor, tu rostro busco: no me ocultes tu rostro” (Sal 27,7-9). Buscaban el rostro de Dios e intuyen que en Jesús lo han encontrado. Por eso, indagan dónde permanece Jesús, lo siguen hasta donde él mora y se quedan con él para siempre. Este texto es el relato de la vocación de esos apóstoles.

 

Aún no pueden formular con claridad la verdad que después expresarán con plena convicción: “A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1,18). Más tarde verán confirmada por el mismo Jesús esa intuición original: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre... Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14,9•10). + Felipe Bacarreza Rodríguez.  Obispo de Los Ángeles (Chile)