22 September 2017
 

PERFIL DEL SEMINARISTA

  1. “Quien quiera ser sacerdote debe ser sobre todo «hombre de Dios», como lo describe San Pablo (1 Tm 6,11)” CS 1.
  2. El aspirante al sacerdocio reconoce que, por ser bautizado, está llamado a la santidad (Cf. Lv 11,44-45; DA: Discurso Inaugural), a configurar su vida con Cristo, para transparentarlo ante el mundo. Por lo mismo, sabe que debe marchar en un proceso que le ayude a adquirir progresivamente los rasgos que identifican al verdadero discípulo misionero de Jesús. Los principales de tales rasgos son:
  3. Una vida espiritual intensa, que se cimienta en el encuentro personal con Jesucristo, que se alimenta y se expresa en la vivencia de los Sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Reconciliación, en una asidua oración personal y comunitaria, en un amor tierno y ferviente a la Santísima Virgen María, en una asimilación progresiva de la sagrada liturgia.
  4. Un profundo sentido de pertenencia a la Iglesia universal y particular, que se proyecta en el respeto y la adhesión filial a los legítimos pastores y en la fidelidad irrestricta al Magisterio.
  5. Un hondo sentido de comunión y caridad, proyectado en la vida fraterna, en la capacidad de aceptación y de perdón, en la actitud permanente de servicio desinteresado, en la apertura al otro, en la disponibilidad para la corrección fraterna.
  6. Hondo y sincero deseo de conocer y amar a su Señor, para llevarlo y anunciarlo al mundo, haciendo realidad el amor y el servicio entre los más necesitados; y por eso, una entrega sin tasa ni mezquindad en el apostolado
  7. Madurez afectiva y estabilidad sicológica, que permitan relaciones interpersonales equilibradas y maduras, que ayuden a asumir con serenidad y lucidez la propia sexualidad, y preparen para tomar con alegría, como una opción de amor, el celibato por el Reino de los Cielos, y que, junto a la sana relación con la propia familia, se conviertan en el espacio en que se sitúan las renuncias gozosas que supone el seguimiento de Cristo.
  8. Capacidad de pensamiento y análisis crítico, analítico, investigativo, que permita discernir y filtrar con claridad ideologías y doctrinas, capacite para asimilar en profundidad la sana filosofía y las enseñanzas dogmáticas, y capacite para de entrar en diálogo con el hombre de hoy. (Cf. 1 Pe 3,15)
  9. Una clara conciencia de la necesidad de la formación permanente; amor al estudio de la teología y de todas las ciencias eclesiásticas, y deseo de permanente actualización. “Sin la Iglesia que cree, la teología deja de ser ella misma y se convierte en un conjunto de disciplinas diversas, sin unidad interior”. CS 5
  10. Capacidad de abrazar con alegría las exigencias de la ascesis cristiana, de una vida pobre y obediente, de una disciplina exigente, como camino de superación y crecimiento personal.
  11. Un sano y claro humanismo, manifestado en virtudes tales como la prudencia, la lealtad, el respeto a la verdad, la fidelidad a la palabra empeñada, la sinceridad, el amor a la justicia, la gratitud, el amor y respeto a la naturaleza como obra de Dios, los buenos modales, el amor patrio y el sentido cívico, el aprecio por las auténticas manifestaciones de la cultura, la rectitud y el rechazo sin vacilaciones de todo lo que sea deshonesto. Cf. Carta del Papa Benedicto XVI a los seminaristas.