24 November 2017
 

Hablaremos de María a la manera de quien contempla el rostro de la Madre y sigue con amor y ternura los perfiles de su belleza indescriptible. Con profunda veneración ponemos la mirada en ella para admirar su misterio de discípula y misionera de Dios Padre, de su Hijo Jesucristo y del Espíritu Santo que la llena de su presencia. Se trata de acudir a María, según la indicación del Magisterio latinoamericano, como constructora de la Iglesia que ha seguido a perfección los procesos de hija de Dios, de cristiana que crece prodigiosamente en santidad y aumenta la perfección en la imitación de Cristo, de hermana por ser de nuestra naturaleza e hija de Adán como nosotros, de compañera y a la vez madre nuestra, de misionera y estrella de la evangelización. (cf. Paulo VI, Discurso de clausura del tercer período del Concilio Vaticano II y EN 82)

Queremos resaltar que María no es un misterio petrificado, como una estatua de mármol (expresión de Stefano De Fiores) sino que en la tierra vivió en pleno dinamismo y de esa manera continua desde el cielo en “la comunicación de los bienes espirituales” (LG 48) que alcanza para todos sus hijos. Ella está “unida, en la estirpe de Adán, con todos los hombres que necesitan de la salvación…” (LG 53). Ella, “después de Cristo, ocupa en la Iglesia el lugar más alto y a la vez el más próximo a nosotros”. (LG 54)  

La Virgen María es un mar infinito de santidad, de sabiduría y de enseñanzas. Mirarla toda es imposible. De ella solo podemos balbucir palabras. ¿Quién podrá alabarla como es debido? Nos acercamos a Ella, en cuanto a discípula y misionera de Dios, misterio que se abre a un desarrollo sistemático. La fuente principal de este estudio estará en la Sagrada Escritura, en los mismos hechos o misterios de la vida de la Santísima Virgen María y en el Magisterio.  

  1. María, discípula en los Evangelios

María es la primera invitada de Dios a vivir la más profunda intimidad con Jesús, su vida y ministerio. Es acogida para ser su madre (cf. pasajes de la infancia de Jesús) y así estará siempre con Él, irá tras Él (cf Mc 1,17). Nadie como ella conoce a Jesús, nadie como ella vive el discipulado y cumple la voluntad de Dios, es la más grande misionera de su Hijo (cf pasajes de María en la vida pública de Jesús, en la Pascua, en Pentecostés y en los Hechos).  

En el anuncio del Ángel (cf Lc 1, 26-28) María es saludada de parte de Dios con un entusiásmate invitación a la alegría. Ella responde desde la fe y por eso se ofrece: “Heme aquí”; obedece: “Yo soy la esclava del Señor”; y confía con santo abandono: “Hágase en mí según tu palabra”. María es discípula que escucha con atención la Palabra, cree en ella, (Lc 1,38-45), le da carne engendrándola en su seno y la entrega para la redención del mundo (Lc 1,38).

La Virgen no se alimentó de una permanente visión intuitiva de la Trinidad, sino de la Palabra de Dios que meditaba en su corazón. Dice San Lucas 1,19.51: “María, por su parte, guardaba todas estas cosas y las meditaba en su interior… Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón”. En estas palabras se esconde un proceso discipular de crecimiento continuo. Vive un conocimiento progresivo y profundo de Jesús desde el primer instante de la Encarnación hasta acogerle su último respiro al pie de la cruz. Lo imita desde la resurrección hasta la ascensión y desde su asunción por la eternidad.

María fue discípula al pie de la cruz “Junto a la cruz estaba su madre” (Jn 19,25). Está allí para vivir la intimidad del misterio de la cruz, la plenitud del amor de Dios, el triunfo de su Hijo sobre el adversario, la cumbre de la obra redentora. María es discípula del dolor, se beneficia de la redención lograda “con la sangre preciosa de Cristo, Cordero sin tacha y sin mancilla” (1P 1,18-19) y a ella se une estrechísimamente. María aprende como discípula y se ofrece a la íntima unión con su Hijo. El Padre recibe el holocausto de su Hijo, pero acoge a la vez el sacrificio de María integrado al de su Hijo. El único redentor es Cristo (LG 60), pero María es su “compañera generosa del todo excepcional…” (LG 61).

En el Nuevo Testamento vemos siempre a María como discípula que crece en la fe: en el diálogo con el Ángel, en el encuentro con Santa Isabel, en el cántico del Magníficat, al acoger las palabras del Niño Jesús encontrado en el Templo. María fue fiel y perseverante en la fe en medio de las pruebas durísimas que soportó: el nacimiento de su Hijo en la pobreza del pesebre, la profecía de Simeón, la huida a Egipto, el odio de los coterráneos, la injusta condena y muerte de su Hijo.

En Juan 12, 26 los discípulos, los que acogen, siguen, escuchan y viven la palabra de Jesús, reciben el nombre de “servidores”. María es la servidora y esclava del Señor, como ella misma lo proclama en su Magníficat.

San Agustín hace el elogio de María como discípula y creyente: “Cumplió Santa María, con toda perfección la voluntad del Padre, y por esto, es más importante su condición de discípula de Cristo que la de Madre de Cristo, es más dichosa por ser discípula de Cristo que por ser madre de Cristo. Por esto, María fue bienaventurada, porque antes de dar a luz a su Maestro, lo llevó en su seno… María es dichosa también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió: “Llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su corazón la verdad de Cristo” (San Agustín, Sermón 25, 7-8 PL 46)