24 November 2017
 
  1. María, misionera en los misterios de su vida

Misionar es llevar a Cristo a los hombres. María cumple a la perfección esta labor, nos da a Cristo al concebirlo en su vientre, al darlo a luz y al presentarlo en el Templo como luz que alumbra a todas las naciones. Si nos da a Dios, puede con toda propiedad ser llamada la misionera perfecta. Algunos pasajes nos permiten ver su condición de misionera:  

En la Visitación a su prima Isabel María, “Arca de la nueva alianza”, es la misionera que lleva a su Hijo en el vientre. Es misionera de santificación para Juan Bautista, de alegría para Isabel y Zacarías, es portadora de Aquel que salvará al pueblo de sus pecados, como lo había dicho el Ángel a José. En esos tres meses vividos en Ain Karim, el Espíritu Santo inspira las exclamaciones de Isabel que hoy son perlas preciosas en el Ave María, bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre (cf. Lc 1, 42.45) y los cánticos del Magníficat y el Benedictus que se prolongan diariamente como oración de los cristianos.

En el nacimiento de Jesús, María vive su momento cumbre como misionera entregando al mundo el Redentor y Salvador. Entrega a su Hijo Dios y hombre tanto a los humildes pastores como a los reyes magos y poderosos de la tierra.

En las bodas de Caná María es gran misionera, movida por su poder misericordioso. Intercede para que se revele el misterio de Jesús como el Mesías y los discípulos comienzan a creer en él. Aquí enseña a ponerlo todo en manos de Jesús mediante su indicación: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2,5)

Mientras comparte el dolor de su Hijo, María se convierte en misionera de la salvación. Mientras María y Juan participan de la agonía de Jesús, se escuchan estas palabras: “Mujer, ahí tienes a tu hijo…  Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27). El amor entre los hombres y María se hace misión. María será la misionera de amor para Juan y para toda la humanidad. La humanidad tendrá una fuente inagotable de amor maternal en María. Jesús declara: “Todo está cumplido” (Jn 19, 28) cuando nos deja en brazos de María que guarda la plenitud de la divina revelación en su corazón (cf EG 285).

Gran misionera de la Iglesia es la Virgen María después de la Ascensión del Señor al cielo. Persevera en la oración con los Apóstoles y los primeros discípulos y espera con ellos al Espíritu Santo, fuerza misionera que impulsa a la Iglesia para que llegue hasta los confines de la tierra. El gran poder misionero de María se ensancha en Pentecostés. El Espíritu Santo actuó en ella para la encarnación del Verbo, ahora actúa en Pentecostés para el nacimiento de la Iglesia, Cuerpo Místico que prolonga a Cristo en el mundo.

La Iglesia evangelizadora necesita aprender de María la relación con el Espíritu Santo mediante un renovado pentecostés. La Virgen misionera nos enseña a vivir en el Espíritu Santo, colabora a que Cristo sea formado en nosotros por el Espíritu Santo que nos es dado (cf Rom 5, 5) y a establecer la Iglesia en los diversos lugares y culturas de la tierra. El Papa Francisco, aludiendo al texto de Hch 1, 14, nos dice que María reuniendo a los discípulos para invocar al Espíritu Santo “hizo posible la explosión misionera que se produjo en Pentecostés. Ella es la madre de la Iglesia evangelizadora y sin ella no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización” (EG 284). Ella era el alma de esa comunidad que recibió la misión, fue la primera en ser enviada: “Id, pues y haced discípulos…” (Mt 28,19).

El Papa León XIII nos presenta a María como la gran misionera de la Iglesia: “(María) fue la admirable ayuda y sostén de la naciente Iglesia por la santidad de su ejemplo, la autoridad de sus consejos, la dulzura de su consuelo, y la eficacia de sus plegarias ferventísimas, mostróse verdaderamente Madre de la Iglesia y fue verdadera maestra y Reina de los Apóstoles” (Carta encíclica Adiutricem Populi, 2-IX-1895).

  1. María, misionera de escatología

En la Asunción María es vista como la imitadora de su Hijo en la entrada triunfal en el Reino del Padre. Desde el cielo es la gran misionera porque en ella resplandece la gloria de Dios. Ella, en su trono de gloria anuncia y prepara el mundo nuevo para todos sus hijos. Como madre y misionera dirige nuestros pasos y atrae a todos sus hijos hacia la casa del Padre (cf Ap 3,21). Ella es misionera por su constante intercesión, en su intimidad con Dios no olvida a sus hijos, por ser plenamente grata a Dios alcanza lo que le pide al Altísimo (cf EG 282)

La Lumen Gentium # 68 nos presenta a María como misionera de escatología: “…en la tierra precede con su luz al peregrinante pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor (Cf 2P 3,10)”. María es presentada como “luz” que ilumina los pasos del pueblo peregrino. Es maestra de la vida eterna porque está “glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma”, en ella resplandece la gloria de Dios, es primicia de la realidad futura, es compañía para los hijos de Dios peregrinos en el tiempo y en el mundo, es maestra de esperanza, es fortaleza ante las fatigas del camino.

La Iglesia necesita a María como guía en la búsqueda de la “ciudad futura y permanente” (LG 9). María es manantial de auxilios para los viadores en sus debilidades. Se vive en la debilidad de la carne pero con la fuerza del Espíritu (cf Gal 5, 26-23). María, quien como discípula alcanzó ya la perfección, como misionera, madre y maestra, solo busca esculpir el rostro de Jesús en el alma de todos sus hijos.

Como al inicio junto a los Apóstoles, María es también hoy la gran misionera de la Iglesia, su luz, su alegría y su esperanza. Ella es un “punto de referencia constante para la Iglesia” en su “nueva etapa evangelizadora” (Juan Pablo II, Redemptoris Mater, 366). “Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia… En Ella (María) vemos que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, que no necesitan maltratar a otros para sentirse importantes” (EG 288).

La cooperación de María en la salvación de los hombres se prolonga en el tiempo y conserva permanente actualidad. Donde hay un hijo de Dios, allí está Ella presente con su intercesión multiforme, ejerciendo como mediadora de toda gracia, función que se prolongará “hasta la consumación perpetua de todos los elegidos” (LG 62).

  1. Aparecida y su visión de la Virgen María

En armonía con el tema central de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida”, el Documento Conclusivo contempla a la Virgen bajo el título “María, discípula y misionera” (226-272). No se perciben pretensiones de contemplación de los grandes misterios de María, sino más bien de mirarla como modelo perfecto y arquetipo imitable por todos los mortales empeñados en el conocimiento de la voluntad divina, en un progresivo seguimiento de Cristo y en una respuesta coherente al llamado misionero.

Las afirmaciones de Aparecida son tan claras que conviene dejar hablar el texto mismo con citas directas sobre María discípula, madre y misionera.

María, máxima realización de la vida cristiana