24 November 2017
 

LA CONVERSIÓN

"Es la respuesta  inicial de quien ha, escuchado al Señor con admiración, cree en Él por/la acción del Espíritu Santo, se decide a ser su amigo e ir tras de El, cambiando su forma de pensar y vivir, aceptando la cruz de Cristo, consciente de que morir al pecado es alcanzar la vida" (D.A. 278, b). En este sentido, nos dice el Papa Benedicto que un objetivo del Año de la Fe "es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo" (P.F.6). Es necesario que la comunidad eclesial emprenda todos los días el camino de Jesús, como forma concreta de conversión. Es evidente que no podemos desconocer la autoridad de Dios cuando nos llama a la conversión. Pero para Cristo la paternidad de Dios, cuando nos invita a la conversión, es la misericordia. Es este uno de los principales mensajes que Jesús anuncia en su predicación y qué con mayor convicción brota de sus labios, como es el, del amor y la misericordia del Padre. Podríamos decir que lo propio y lo específico del Hijo de Dios es hablar con gozo de ese Dios que es Padre y que ama entrañablemente a todos los seres humanos.

                Cuando Cristo nos llama a la conversión, lo hace desde su misma realidad de Hijo, porque conoce las entrañas más recónditas de Dios. Él posee autoridad moral y espiritual para atestiguar con certeza total que Dios espera y busca a los pecadores, que se alegra más por un pecador arrepentido, que por noventa y nueve justos no necesitados de penitencia; que hace fiesta cuando el hijo pródigo retorna arrepentido y sediento del perdón y del amor de su Padre (Lc. 15). Jesús predica la Fe en dios Padre, como expresión de una confianza filial que se extiende a todas las realidades humanas y que inducen al  movimiento interior de la conversión. El hombre que se reconoce pecador, recibe la inspiración para acercarse a Dios y recibir el perdón, lleno de ternura y de misericordia. Nosotros, como discípulos misioneros, en esta convulsionada etapa de vida eclesial, debemos tener clara la postura de Jesús, que propicia la conversión, animando a sus oyentes a recibir el perdón de los pecados, como uno de los signos fundamentales de la cercanía del Reino de Dios.

                La conversión es una tarea para toda la vida. Es una actitud  permanente del discípulo misionero, que le permite sostener hasta el final el encuentro con Jesucristo. Desde la perspectiva bíblica, la fidelidad de Dios es inquebrantable, como se puede experimentar su actuación en todas las etapas de la historia de la salvación. La Alianza de salvación es irrevocable por parte de Dios. Pero la tragedia es la infidelidad del hombre, tanto desde el punto de vista individual, como colectivo. Es que la libertad "humana, herida por el pecado, requiere permanentemente un camino de conversión, es decir de corregir el rumbo. Y retornamos a Dios con la certeza de encontrar en Él unas manos acogedoras y llenas de perdón y misericordia: “Le conversión real de los corazones, que significa abrirse a la acción  transformadora y renovadora de Dios, es el 'motor' de toda reforma, y se traduce en una verdadera fuerza evangelizadora. … Sólo quien se deja renovar profundamente por la Gracia divina puede llevar en sí mismo la novedad del Evangelio y, por tanto, anunciarla" (Benedicto XVI a los Obispos americanos, marzo de 2012).

EL DISCIPULADO

El discipulado es una escuela de madurez progresa en el conocimiento, amor y seguimiento de Jesús Maestro. El discípulo debe profundizar en el misterio de su persona, de su ejemplo y de su doctrina, Para dar este paso es de fundamental importancia la catequesis permanente y la vida sacramental (Cfr. D.A. 278 e). Solo escuchando la Palabra vivida y explicada por la Iglesia y con la práctica fiel de los sacramentos, podríamos empezar a entender qué es el discipulado. En la Escuela de  Jesús se escucha la voz del Padre, retransmitida por los labios del Maestro. "El discipulado cristiano no es una teoría, ni una serie de reglas por cumplir o de nociones por aprender, sino un camino educativo hacia el verdadero ser, hacia la verdad de sí mismo provocada por la fascinación que Cristo ejerce sobre el corazón del hombre". (Aparecida 2007. Ponto Comisión para América Latina, p.131). El documento de Aparecida habla constantemente de aspiraciones profundas despertadas por el encuentro con Cristo: atracción y asombro suscitados por una Presencia. Además afirma que "ser discípulo es un don destinado a crecer y que la iniciación cristiana da la posibilidad de un aprendizaje gradual en el conocimiento, amor y seguimiento de Jesucristo. Así forja la identidad cristiana con las convicciones fundamentales y acompaña la búsqueda del sentido de la vida" (D.A. 291).

 Nosotros debemos aprender del dinamismo educativo que lleva a los primeros discípulos a seguir a Jesús. Ellos se apoyan en una pregunta existencia que les dirige Jesús: “Qué buscan?” (Juan 1,38) este interrogante los obliga a entrar en la identidad de sí mismos, en su conjunto de exigencias y evidencias que constituyen su rostro de hombre y que la Escritura llama sintéticamente “corazón” (Fr. 1Sam. 16,7; Mc. 2,6-8).  En el fondo lo que el Señor les pregunta es "quiénes son ustedes?", o mejor individualmente hablando "quién eres tú?", Es que el discípulo debe ir a lo más hondo de su ser, para encontrar una respuesta adecuada a la inmensidad de lo que su corazón exige. En esta búsqueda se abre un horizonte inconmensurable para aceptar a la Persona de Jesús, Dios y hombre. En efecto, la respuesta de Jesús a estos discípulos es "vengan y lo verán" (Jn. 1,39). Esto, en el fondo, es una invitación a entrar en lo más profundo del propio yo, para comprender qué es lo que realmente buscan, siguiendo a Jesús. Aquí el Señor mismo se propone como el contenido de lo que hay en ei corazón humano (Cfr. R Niebuhr, La naturaleza y destino del hombre, Nueva York, 1943, 6). Podemos afirmar que los discípulos en la convivencia con Jesús alcanzarán poco a poco una certeza moral que los despierta a su propio yo, los identifica en sus exigencias más humanas, hasta ver las realizadas en la incomparable humanidad del Maestro. Comprenderán que si quieren ser verdaderos hombres, deben adquirir sus sentimientos, parecerse a El, pensar y vivir como lo hacía Jesús. En una palabra, deberán ser discípulos, deberán ser "suyos" y se sentirán en la vida completamente interpretados en su corazón, por la humanidad y divinidad de su Maestro y Señor, Jesús de Nazareth. El discipulado es una tarea impostergable para vivir la nueva evangelización, ya que es imposible hablar de Jesús con seriedad y credibilidad sin haber aprendido a escuchar lo muchas horas, sentados a los pies del Maestro, en su escuela de amor y santidad.

LA COMUNIÓN             

La vocación de los discípulos misioneros es justamente Vivir en comunión, tanto con Dios en su realidad trinitaria, como con la comunidad concreta en la que cada uno está insertado, ya que esta verdad de pertenecer a una comunidad es una dimensión constitutiva de todo cristiano.  La vocación cristiana recoge el designio maravilloso de Dios que quiere que todo ser humano, hombre y mujer, viva a partir del encuentro con Cristo, una triple relación de íntima comunión: con Él, comunión con los hermanos y comunión con toda la creación. Esta comunión se expresa de manera muy concreta en la familia, en la experiencia de pequeñas comunidades y movimientos, en la parroquia, en la Diócesis y en la Iglesia universal. Es un encuentro vital de discípulos y hermanos, que unidos por el vínculo del amor, manifestado en la presencia del Espíritu Santo, viven en Cristo la fraternidad y la solidaridad. Todo esto exige y nace de una            Intensa oración personal y comunitaria, es decir, de una comunicación viva y palpitante con Dios, en la plegaria permanente. y comunitaria, es decir, de una comunicación viva y palpitante con Dios, en la plegaria permanente.

                Aquel que vive la verdadera comunión empieza por amar y respetar a los demás, en una actitud de valoración de todo ser humano, reconociéndole dignidad íntima de cada persona y respetando sus derechos fundamentales. A partir de esta perspectiva humana básica, se construye la comunión eclesial, que nos permite ver y reconocer en todo ser humano el rostro de Cristo. En este sentido, mi benevolencia en favor de los demás pasa de ser una mera actitud solidaria de convivencia pacífica, para edificar una gran familia universal, apoyada en Dios y sostenida por el Espíritu Santo, que nos da la unidad en la Fe, la Esperanza y el amor en Cristo, Nuestro Señor y Redentor. 

                A nivel de Iglesia, debemos reconocer que El Santo Padre, Sucesor de Pedro y Vicario de Cristo en la tierra, es la cabeza visible de la Iglesia universal, soporte tangible de la unidad de todo el cuerpo eclesial; esto nos exige vivir la comunión con Él, ya que la Iglesia es una. Pero esta comunión con el Papa se transmite por medio del 'Obispo diocesano, quien a su vez es Sucesor de los apóstoles. Es el legítimo pastor de la Diócesis, designado directamente por el Santo Padre para pastorearen nombre de Cristo un conjunto de comunidades denominadas parroquias, haciendo efectiva la unidad de la única 'Iglesia de Cristo. Finalmente, el Párroco, nombrado por el Obispo es pastor del rebaño parroquial, para construir la unidad y la comunión entre los fieles a él asignados y. de ellos con el Obispo diocesano. Dentro de este espíritu de unidad, la Eucaristía es la fuerza vinculante que realiza y construye todos los días, la comunión eclesial.

                Por tanto, nadie puede ubicar su carisma y su movimiento apostólico  por fuera de este espíritu de comunión ni por encima de los demás miembros de la comunidad, ni mucho menos al margen del servicio que la Iglesia realiza en favor de la verdad como garante de ella: Nuestra opción fundamental no es primeramente buscar adeptos para que se incorporen a nuestros movimientos, sino para que sigan a Cristo, el único Señor y Salvador, dentro del seno de nuestra Madre la Iglesia.

LA MISIÓN

"La misión es inseparable del discipulado, por lo cual no debe entenderse como una etapa posterior a la formación, aunque se realice de diversas maneras de acuerdo a la propia vocación y al momento de maduración humana y cristiana en que se encuentre la persona (Aparecida 278 e) Es aquí en donde nosotros debemos entender lo que significa la madurez de nuestra Fe, para vivir una seria espiritualidad, que nos impulsa a la conversión misionera.  “La misión es inseparable del discipulado”. En  este sentido, hace algunos años, el Beato Juan Pablo II nos dijo lo siguiente: "A los veinticinco años de la clausura del Concilio y de la publicación del Decreto sobre la actividad misionera Ad Gentes y a los quince de la Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi del Papa Pablo VI, quiero invitar a la Iglesia a un renovado compromiso misionero, siguiendo al respecto el Magisterio de mis predecesores ... La fe se fortalece dándola" (La misión del Redentor, 2).