24 November 2017
 
  1.  María, llena de gracia y unida siempre a Jesús

María es discípula porque mantuvo su corazón siempre abierto a la gracia de Dios. Ya el Ángel la saludó como “llena de gracia” (Lc 1,28). La gracia no eliminó el esfuerzo personal de María. La gracia no sustituyó su naturaleza sino que la perfeccionó y le permitió vivir en una total armonía y libre aceptación de la divina voluntad: “Hágase en mi según tu palabra” (Lc 1,38). De igual manera estaba llena del Espíritu Santo que la cubrió con su sombra (Lc 1,35). Fue siempre discípula del Espíritu que la colmó de su presencia en Pentecostés y mientras Ella acompañó a la Iglesia naciente en la primera etapa de su expansión.

María es discípula de Cristo porque nadie escuchó como ella la voz de Dios. Jesús dijo: “Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11,28). El mensaje traído de parte de Dios por el Arcángel Gabriel fue aceptado por María. Ella acogió en su seno al Verbo de Dios, Ella conservó siempre una íntima y profunda comunicación con su Hijo, creciendo siempre como discípula en la configuración con Él. Permaneció unida a Cristo no sólo según la carne, como madre del Verbo humanado por obra del Espíritu Santo, sino mediante la acogida y meditación de la Palabra divina. (cf Lc 2, 19.51).

Se concluye que María es la perfecta discípula de Jesús, la imitadora más fiel, el modelo de todos los discípulos que se acercan a la escuela de Jesús para escucharlo y “estar con Él”. María es el testigo primero e inmediato de Jesús, la primera en oír su voz, la persona más fiel en interpretar sus sentimientos, sus hechos y sus enseñanzas. Las palabras del Papa Paulo VI sobre María discípula encierran precisión: María “en su vida terrena ha realizado la perfecta figura del discípulo de Cristo… y ha encarnado las bienaventuranzas evangélicas proclamadas por Cristo. Por lo cual en Ella toda la Iglesia… alcanza la forma más auténtica de la perfecta imitación de Cristo” (Discurso de clausura de la tercera sesión del Concilio, 21-11-1964).

  1. María misionera en Evangelii Gaudium

El Papa Francisco nos permite llamar a María misionera de la alegría. La palabra que abre el Nuevo Testamento es “alégrate, llena de gracia”, dirigida por el Ángel a María en su casa de Nazaret. La gracia refleja la alegría, sin la gracia no hay alegría, lejos de Dios todo es tristeza. Por María, misionera de la gracia “ha venido la alegría, no solo a los hombres sino también a los mismos coros celestiales” (San Sofronio). Misionera de la alegría desde el Génesis hasta el Apocalipsis porque ha cambiado la maldición de Adán y Eva en bendición y promesa. Ha aparecido revestida de alegría celestial y coronada de doce estrellas.

Misionera de la alegría es María por estar junto a Dios, cooperando estrechísimamente en la obra de la redención: “En ti, Oh Virgen, como en un cielo nítido y purísimo, ha puesto Dios su tienda…” (idem).  Misionera del Padre, como su hija que es predilecta por más semejante a su Hijo, por más hermosa, por más fiel. Misionera de su Hijo Jesús a quien forma en su vientre, da a luz en Belén y es allí proclamado por los ángeles como “una gran alegría”, esconde en Egipto, asiste en Nazaret, presenta en Caná, recibe en la Eucaristía y acompaña al pie de la cruz. Misionera del Espíritu Santo que la invade con el fuego de su amor más que a todos los discípulos en el día de Pentecostés. Nadie tan íntima a las tres divinas personas como María, por eso hablamos de ella como la Misionera de Dios.

En Evangelii Gaudium (286) del Papa Francisco, encontramos motivos para llamar “misionera” a la Virgen María:

Porque “sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pocos pañales y una montaña de ternura”.

Porque “es la esclavita del Padre que se estremece en la alabanza”. Porque “es la amiga siempre atenta para que no falte el vino en nuestra vida”. Porque “como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia”.

Porque “Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos en la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno”.

Porque “como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios”. Porque “comparte las historias de cada pueblo que ha recibido el Evangelio, y entra a formar parte de su identidad histórica”. Porque en los santuarios “…reúne a su alrededor a los hijos que peregrinan con mucho esfuerzo para mirarla y dejarse mirar por ella”. Porque a sus hijos “como a San Juan Diego, María les da la caricia de su consuelo maternal y les dice al oído: No se turbe tu corazón (…) ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?” (Nican Mopohua, 118-119) (EG 9).

María, modelo de misioneros en la Iglesia, “es nuestra Señora de la prontitud, la que sale de su pueblo para auxiliar a los demás ‘sin demora’ (Lc 1, 39)”.  A Ella le pedimos que interceda por la Iglesia para que sea “una casa para muchos, una madre para todos los pueblos, y haga posible el nacimiento de un mundo nuevo” (EG 288). El Papa Francisco nos invita a orar a María misionera: “Estrella de la nueva evangelización, ayúdanos a resplandecer en el testimonio de la comunión, del servicio, de la fe ardiente y generosa, de la justicia y el amor a los pobres, para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz” (Ibid)