24 November 2017
 

(EG 176-258).

Este último punto, que se refiere con gran insistencia a la inclusión social de los pobres, es un argumento ampliamente desarrollado y en el que el Papa muestra particular interés, indicando el lugar privilegiado que tienen los pobres en el Pueblo de Dios, como también la apremiante llamada que nos hace el Señor para que escuchemos su clamor, a fin de que el anuncio del Evangelio no quede en solas palabras y que, en el cumplimento de la misión de la Iglesia, no corramos en vano8

(EG 195). La Exhortación retoma la opción por los pobres como una categoría teológica, entendida como una forma especial de ejercicio de la caridad cristiana,15 de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia y expresa el anhelo ferviente de una Iglesia pobre para los pobres (EG198), en donde compartamos con quien carece de lo necesario, que salgamos al encuentro de los pobres y en ellos toquemos la carne de Cristo. De ahí la urgencia de no tener miedo de ir a las periferias existenciales para encontrar a las personas marginadas, despreciadas, excluidas o que viven en zonas empobrecidas, lesionadas en sus derechos, que sobreviven en medio de grandes dolores humanos (EG 46. 53. 63). Pero debemos ir sólo si llevamos la Palabra de Dios en el corazón, pues

de lo contrario, nos llevaremos a nosotros mismos, olvidando que es el Señor a quien tenemos que hacer presente, pues es Él quien salva.

Para lograr todo lo anterior se requiere dejar a un lado lo que él llama la «mundanidad espiritual» que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, que consiste en buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal y que encamina hacia la crítica, la descalificación, el orgullo, la prepotencia y las apariencias

(EG 93-97. 207).

Asimismo, al mirar con detenimiento las indicaciones pastorales de la Exhortación merece nuestra atención lo que nos dice el Papa en relación con los responsables del anuncio del

Evangelio, ya que involucra directamente a todos los miembros de la Iglesia (EG 111-134), puesto que el sujeto de la evangelización es el Pueblo que peregrina hacia Dios. En consecuencia Francisco enfatiza que la nueva evangelización «debe implicar un nuevo protagonismo de cada uno de los bautizados», porque todos ellos han sido llamados a ser siempre «discípulos-misioneros» en la medida en que hayan encontrado el amor de Dios en Cristo Jesús (EG 120) y lo hayan hecho presente por medio de su compromiso social como testimonio creíble de su vida reconciliada

(EG 239). En este sentido, en diversas partes del documento hace referencia a la importancia de los laicos16, en especial de las mujeres 17, y de los movimientos y comunidades eclesiales1 8 en la realización de la misión de la Iglesia, sin descuidar la responsabilidad de los ministros consagrados.

Al referirse al modo concreto como debemos predicar el Evangelio el Papa hace dos anotaciones de gran importancia. Por una parte desarrolla con gran amplitud lo que es la homilía, para lo cual muestra de manera muy clara y sencilla cómo ha de prepararse, señala la urgencia de que el predicador, en una actitud contemplativa, tenga una gran familiaridad con la Palabra de Dios,

para que transmita con sus labios lo que el Señor ha puesto en su corazón, pero hace ver que es necesario que busque y esté atento al mismo tiempo a lo que los fieles necesitan escuchar (EG 135-

159). Por otra parte, se refiere a una forma de predicación informal que compete a todos los bautizados y que se realiza persona a persona, para lo cual es necesario acercarse tanto a los más cercanos, como a los desconocidos, a través de un diálogo personal que permita que el otro exprese sus alegrías, esperanzas e inquietudes y a partir de allí le comunique su experiencia de Jesús y le ponga en contacto con la Palabra (EG 127-130).

15 Cf. Juan Pablo II, Encíclica Sollicitudo rei socialis, 42

16 Cf. EG 81, 102, 159, 169, 201

17 Cf. EG 103, 104, 120, 171, 212, 214, 271, 287, 288

18 Cf. EG 29, 31, 51, 63, 8, 99, 100, 105, 108, 131, 1839

Consciente de lo que fue su anterior experiencia pastoral hace hincapié en la gran riqueza de

la piedad popular, pues tiene una gran fuerza evangelizadora, que coopera en la inculturación del

Evangelio, puesto que, por una parte, ayuda a mantener viva la relación entre la fe y las culturas de

los distintos pueblos y, por otra, es una senda que lleva a lo esencial si se vive en la Iglesia, en

comunión profunda con los Pastores.19 Ella constituye una expresión espontánea de la acción

misionera del Pueblo de Dios, que no se reduce a simples expresiones externas y sentimentales, sino

que tiene una serie de profundos contenidos que se descubren y se expresan más por la vía de los

símbolos (EG 122-124). En la nueva evangelización debe estar presente la piedad popular y no se la

puede despreciar, pues ella ayuda a sanar y a liberar determinadas expresiones de religiosidad

marcadas por la superstición, la fatalidad o el fetichismo (EG 69). Así, pues, hay que volver a

valorarla, pues sus expresiones «tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un

lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva

evangelización» (EG 126).

Teniendo en cuenta la crisis que ha sufrido el proceso catequético, hace hincapié en el rol

fundamental que tiene el kerygma, insistiendo en que éste debe ocupar el centro de toda la actividad

evangelizadora y de todo intento de renovación eclesial, ya que, apoyado en la Palabra de Dios, es

el anuncio primero, el principal, en el que la fe se debe apoyar, pues se trata de hacer resonar en lo

más profundo del corazón que «Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte, y ahora está vivo a tu

lado cada día para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte» (EG 164). La catequesis viene luego

como una profundización del kerygma y una progresiva iniciación mistagógica (EG 166), que debe

acompañar el proceso de crecimiento de la vida de todo cristiano.

Por último, aunque de manera breve, el Papa Francisco hace una referencia explícita al papel

que desempeña la parroquia en toda la tarea de la evangelización. Considera que no es una

estructura caduca, encerrada en sí misma, alejada de la gente sino que, por el contrario, es una

institución evangelizadora llena de creatividad misionera, capaz de reformarse y adaptarse

continuamente, para alentar y formar a sus miembros para que sean discípulos misioneros. Pero

dadas las circunstancias actuales es necesario revisar y renovar la parroquia, ya que todavía no ha

dado los frutos necesarios para que sea un ámbito de comunión y participación y se oriente por

completo a la misión (EG 28-29).