1 April 2020
 

Lectio Divina V Domingo de Cuaresma

 EL CAMINO DE AMISTAD Y FE QUE RESUCITA
Marta, María y Lázaro de Betania
Juan 11,1-45

 Comencemos orando:

Te damos gracias, Padre, por Jesús “El cual, hombre mortal como nosotros, que lloró a su amigo Lázaro, y Dios y Señor de la vida, que lo levantó del Sepulcro, hoy extiende su compasión a todos los hombres y por medio de sus sacramentos los restaura a una vida nueva” (Del prefacio de este domingo).

 Introducción

Cuando la Cuaresma va llegando a su cumbre, el itinerario bautismal que nos propone la Iglesia nos coloca ante uno de los relatos más sublimes de todo el Evangelio de Juan: la resurrección de Lázaro (Juan 11,1-46). 

 La cumbre de los siete “signos” reveladores en el Cuarto Evangelio

Éste, que es el último y el mayor de los siete “signos” reveladores de la primera parte del evangelio de Juan, en realidad es toda una historia de amor. Una historia entretejida por una gran riqueza de elementos y cargada de profundas emociones: cada palabra, cada gesto, tiene un profundo significado que sólo se puede captar mediante la lectura atenta y la contemplación amorosa del texto. 

Jesús, quien mediante la serie de encuentros narrados por el evangelista Juan, se ha acercado a personas concretas que viven situaciones particulares (la falta de vino de los novios de Caná, la búsqueda de Nicodemo y de la samaritana, la aflicción del funcionario real por el hijo moribundo, los treinta y ocho años de dolencia del paralítico de la piscina de Betesda, el pueblo hambriento, las vicisitudes del ciego de nacimiento), viene ahora al encuentro de la más difícil de todas las situaciones humanas: ¡la muerte!

Meditación del Papa Francisco en la bendición Urbi et Orbi

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas.

Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente.

En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos. Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús.