18 October 2018
 

Esteban Langton, arzobispo de Canterbury, quien había sido gran canciller de la Universidad de París, hizo la división del Antiguo Testamento y Nuevo Testamento en capítulos sobre el texto latino de la Vulgata de San Jerónimo, probablemente hacia el año 1226.

De la Vulgata, pasó al texto de la Biblia hebrea, al texto griego del Nuevo Testamento y a la versión griega del Antiguo Testamento.

Santos Pagnino (+1541, judío converso, después dominico, originario de Luca, Italia) realizó la división en versículos de la Biblia hebrea (1528). Había numerado tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento de la Vulgata; sin embargo, sólo quedó la de los libros de la Biblia hebrea.

De Roberto Estienne, proviene la actual división en versículos del Nuevo Testamento hecha en 1551. En 1555 hizo la edición latina de toda la Biblia. Para los versículos del Antiguo Testamento hebreo, tomó la división hecha por Santos Pagnino. Para los restantes libros del Antiguo Testamento, elaboró una propia y empleó para el Nuevo Testamento la que pocos años antes él mismo había realizado.

La división en versículos fue introducida por primera vez en el texto hebreo por Sabionetta en cuanto a los Salmos (año 1556) y por Arias Montano en toda la Biblia, como aparece en la edición llamada Políglota de Amberes (año 1569-1572). La división en capítulos y versículos facilita y uniforma las citas. Así es más fácil localizar exactamente un texto y tener todos una misma referencia.

En el fondo de la estructura de la Biblia se encuentra la experiencia religiosa de Israel, porque "al principio... no existía el libro, sino la palabra" (Jn 1, 1). Así como en la Iglesia el fondo es la revelación de Dios, es decir, una experiencia extraordinaria de comunión entre Dios y su pueblo (Antiguo y Nuevo).

Si queremos entender la estructura de la Palabra de Dios, es importante leer lo que se nos dice en el célebre pasaje del capítulo 8 de Nehemìas: "Entonces todo el pueblo se reunió como un solo hombre en la plaza que se abre ante la Puerta del Agua, y pidió a Esdras, el letrado, que trajera el libro de la Ley de Moisés, que Dios había dado a Israel. Era a mediados de septiembre.

En la plaza de la Puerta del Agua, desde el amanecer hasta el mediodía, estuvo leyendo el libro a los hombres, a las mujeres y a los que tenían uso de razón. Toda la gente seguía con atención la lectura de la Ley.

Esdras bendijo al Señor, Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: "Amén, Amén". Después se inclinaron y adoraron al Señor, rostro en tierra. El gobernador Nehemías, el sacerdote y letrado Esdras y los levitas que instruían al pueblo, viendo que la gente lloraba al escuchar la lectura de la Ley, le dijeron: Hoy es un día consagrado al Señor, vuestro Dios. No estéis tristes ni lloréis".

El pequeño "resto" de Israel, que todavía lleva dentro de sí sangrantes las heridas de la terrible tragedia nacional que fue su deportación, se ve en la necesidad de reencontrar las raíces de su propia historia. Es decir, de recordar o hacer memoria. Esto se produce escuchando "el Libro de la Ley de Moisés que el Señor le había dado a Israel" (Neh 8, 1).

Al leer el relato, surgen espontáneamente algunas observaciones:

a) El "libro de Moisés" es la memoria de Israel puesta por escrito. Así, pues, la trayectoria seguida es: de la "memoria" al libro. El libro sirve para hacer frente a los duros problemas del presente (Cfr. Neh 8, 8), y orientarse hacia el futuro de Dios. La Escritura nos abarca pasado, presente y futuro.

b) El libro es el tesoro de una comunidad: ésta es la primera destinataria del mensaje en cuestión; Esdras y los levitas sólo son intermediarios. El pueblo responde a este llamado: presta atención, se arrodilla, llora, hace fiesta...

c) La Escritura es el libro del pueblo: surgido de la comunidad y destinado a la comunidad

LA BIBLIA, SUS AUTORES Y COMPOSICIÓN 

(Fuente: conoce tu fe, biblia y tradición)

                La Biblia en cuanto a su contenido material –como lo indica su mismo nombre- es una colección de libros, escritos por diferentes autores, en lenguas, épocas y estilos literarios, distintos.

De tal manera que se puede afirmar que la Biblia es, en miniatura, toda una biblioteca religiosa de un pueblo, recopilada en un solo volumen.

Con razón, san Jerónimo, traductor de las Escrituras al latín, llamó a este libro sagrado: "La Biblioteca divina".

Te invitamos a descubrir con mayor profundidad lo que contiene.

                Supongamos que a alguien se le ocurriera coleccionar en un solo volumen todas las obras que se han escrito sobre nuestra historia patria desde su comienzo hasta nuestros días.

En ella tendríamos todo un compendio de temas, épocas y escritores con diferentes estilos literarios. Tendríamos también, una línea histórica. Algo similar ocurre con la Biblia, ya que en ella se nos presenta la historia del Pueblo escogido a través de distintas épocas y obras literarias.

A veces, perdemos mucho tiempo en la lectura de otros libros y el libro más importante, la Biblia, que es la Palabra de Dios, ha sido dejado a un lado.

El contenido doctrinal de la Biblia encierra toda la historia de la Revelación divina, es decir, "la manifestación que Dios hace de sí mismo y del misterio de su voluntad, misterio que nos es otra cosa que su plan de salvación para todos los hombres" (Concilio Vaticano II).

A. Composición de la Biblia

Para poder desentrañar el mensaje profundo de la Biblia, conviene fijarnos en los personajes que contiene.

Hay dos protagonistas en la Biblia: Dios y el hombre.

                Dios crea al hombre, lo rescata después de la caída, le promete la salvación y le salva con hechos concretos.

El hombre responde con variable docilidad a los planes de Dios, así se hace artífice de su propia salvación y también protagonista.

Este protagonismo de Dios y del hombre está en la realización de los hechos, en los relatos y en la escritura de los mismos. La Biblia no es sólo hechos de Dios relatados por la pluma del hombre.

Hombre y Dios van tejiendo una historia común. Porque la Biblia es la historia que nos presenta las relaciones de Dios con los hombres. Por eso, es tan cercana y útil para nuestra vida actual.

B. Palabra de Dios y palabra de hombre

Hay, pues, dos autores en la Biblia: Dios es el autor principal y el hombre es el autor secundario. Es palabra de Dios porque de Él viene. Y es palabra del hombre, porque surge de la inteligencia y de los dedos humanos. Dios es como el corazón y el hombre como el instrumento.

Es palabra de Dios, pero con lenguaje y con sentir de historia humana. Por eso, refleja el estilo y el carácter humano de quien la ha escrito como instrumento de revelación.

Este procedimiento de Dios es fruto de su caridad y de su bondad. Para darse a entender a los hombres, Dios se revela hablando en palabras humanas, en lenguas humanas y en historias humanas, como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 101.

A pesar de la diversidad de los autores, épocas y contenidos, la Biblia es UN solo libro. Porque UNO es el Espíritu que la ha inspirado y UNA es la palabra de Dios que se expresa en todas sus partes. Por eso, no se puede leer un texto aislándole del resto, como hacen algunas sectas.

Dice el Concilio Vaticano II: "Dios habla en la Escritura por medio de hombres y en lenguaje humano" (la Divina Revelación, # 12).

Tres principios encontramos en este pasaje:

• Dios habla en la Escritura,

• por medio de hombres y

• en lenguaje humano.

C. Dios nos habla en la Escritura como autor principal de ella.

La Biblia es la "Palabra de Dios". Es su pensamiento expresado a través de sonidos humanos. Es su estilo de hablar a la humanidad.

Dios escogió un pueblo, el pueblo de Israel, en el cual, a través de una larga historia, fue manifestando sus designios de salvación, por medio de los acontecimientos y las obras que Él fue disponiendo (la Divina Revelación # 14).

Pero no solamente Dios habla a un grupo de personas a través de su palabra; habla también al individuo, nos habla a cada uno de nosotros, para comunicarnos su mensaje de amor, de vida y de salvación personal.

                Cada página de la Biblia es la misma voz del Señor que nos invita, que nos llama, que se acerca a nosotros porque quiere comunicarnos algo: una enseñanza, un consejo, una frase de aliento o una llamada de atención cuando no sabemos corresponder a su bondad. Pero siempre es la palabra del Padre que se preocupa por sus hijos porque busca su bien y su felicidad.