22 September 2017
 

23 de Agosto de 2014. La paternidad y la maternidad introducen unas condiciones de vida que enriquecen y determinan la espiritualidad familiar del matrimonio. Dos se hacen uno para ser tres. El amor conyugal tiene un dinamismo que enriquece y hace crecer a las personas, incrementando así los valores positivos de la vida, aunque también es posible la involución. El amor conyugal transciende a los cónyuges y les lleva a formar una familia en la que se da la apertura a la vida y se intenta también ser fecundos socialmente.

La gran fuerza moral del amor reside precisamente en el deseo de felicidad para otra persona y es esta apertura hacia el bien y el amor lo que me hace creer en mis propias fuerzas morales.

“La familia es una comunidad de relaciones interpersonales particularmente intensas: entre esposos, entre padres e hijos, entre generaciones” (Carta de San Juan Pablo II a las familias Gratissimum sane, nº 15). Sus miembros están ligados entre sí por tres tipos de lazos: la alianza nupcial, la consanguinidad de los hermanos y la relación paternofilial. Estas mismas relaciones componen la vida de la Iglesia: experiencia de Dios como Padre, experiencia de Cristo como hermano, experiencia de Cristo como esposo de la Iglesia.

El matrimonio y la familia cristiana intentan vivir los valores evangélicos. La familia de Nazaret nos da un ejemplo de “la santidad de una vida cotidiana, hecha de oración, sencillez, trabajo y amor familiar” (Catecismo de la Iglesia Católica. Compendio, nº 104). La espiritualidad familiar es esencialmente comunitaria: la viven juntos los cónyuges en cuanto pareja, los padres e hijos en cuanto familia. En la familia el hombre se hace verdaderamente a sí mismo a imagen y semejanza de Cristo cuando comprende que su dignidad está en entregarse con amor a su esposa (Ef 5, 25) y a sus hijos. La esposa y madre se hace una persona cristiana perfecta en el don confiado de sí misma al esposo y en su entrega a los hijos. La paternidad y la maternidad introducen unas condiciones de vida que enriquecen y determinan la espiritualidad familiar del matrimonio. Dos se hacen uno para ser tres.

La convivencia exige una adaptación continua con el otro; es cuestión de flexibilidad y adaptación, pero no se superan las dificultades psicológicas con los solos recursos de la Psicología, sino que son necesarios también los recursos espirituales. Por ello nada más mentiroso y frustrante que buscar en el matrimonio la felicidad por el egoísmo. Amarse, según la conocida frase de Saint Exupéry, es mirar juntos en la misma dirección. El amor enseña a respetar y valorar la manera de pensar del otro. Aunque es evidente que todo ser humano quiere lograr su propia felicidad, el camino para lograrla en el matrimonio es el de la generosidad, es decir buscar ante todo la felicidad del otro cónyuge y de los hijos, anteponiéndola a la propia, porque obrando así evitaremos el egoísmo, practicaremos el legítimo amor hacia nosotros mismos que Dios nos manda (Mt 22,39; Mc 12,31; Lc 10,27) y nuestra propia felicidad se nos dará por añadidura, a semejanza de Dios, que es Generosidad absoluta.

 

Quien sabe respetarse y estar en paz consigo mismo, está en condiciones de respetar y amar a los demás, siendo verdad que el ser humano “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (GS 24). Por ello la persona feliz es la que ama y busca el bien ajeno; y es que, si bien la felicidad es siempre individual, el hombre que la posee se vuelve más bondadoso, más generoso, y por ello mismo siente la necesidad de compartirla, de llevar a otros a la posesión de la misma; por otra parte, a medida que el hombre va dándose a los demás generosamente, va encontrando un mayor equilibrio psicológico. Pero dar amor, supone también saber recibirlo, y es que compartir las alegrías y momentos felices las hace mayores, e incluso el sufrimiento compartido es más llevadero.

Hoy los matrimonios, cuando no se rompen, duran el doble aproximadamente que hace dos o tres generaciones, porque se vive más. Los hijos son muy importantes, pero tarde o temprano se van y entonces el matrimonio queda solo. Cuando los hijos adultos se van de casa, a los padres relativamente jóvenes se les plantean unos problemas totalmente nuevos sobre cómo llenar el vacío que aquéllos dejan. Especialmente las madres no deben olvidar que no sólo son madres, sino también esposas. Por ello hay que cuidar en todo momento la relación con la pareja y mantener espacios personales como el trabajo, las amistades y las aficiones. Malo, si no logran mantenerse unidos a través de unos ideales y objetivos comunes.

Los hijos pueden llegar a ser lo que Dios espera de ellos si se esfuerzan en corresponder al amor de manera cada vez más consciente: El bien atrae. A la luz de la fe los hijos han de sentirse ligados al Dios que es Amor, en cuanto que se dan cuenta de que su existencia proviene del amor. Cuanto más se amen entre sí los miembros de la familia, tanto más encontrarán su verdadero yo, es decir una fuerza y capacidad semejante a la de Dios de dar el amor y recibirlo con alegría. La familia ayuda a que las personas desarrollen su libertad y responsabilidad, premisas indispensables para asumir cualquier tarea. Para poder decir que una familia está viva, es necesario que sea un hogar donde se desea llegar, donde uno se encuentra aceptado y querido, al que no importa dedicar nuestro tiempo, donde uno puede hablar y es escuchado. Por supuesto una familia cristiana no es una familia libre de conflictos, sino una familia que tiene capacidad para resolverlos, entre otras cosas, porque cuenta con la ayuda de la gracia de Dios. Autor:  Pedro Trevijano. Fuente:  religión en libertad.