19 August 2018
 

Para vivir el testimonio cristiano y los signos del amor del Padre entre los pequeños y los pobres, las personas consagradas están llamadas a promover, en el servicio de la misión, la presencia de los fieles laicos. Ya el Concilio Ecuménico Vaticano II afirmaba: «Los laicos cooperan a la obra de evangelización de la Iglesia y participan de su misión salvífica a la vez como testigos y como instrumentos vivos» (Ad gentes, 41). Es necesario que los misioneros consagrados se abran cada vez con mayor valentía a aquellos que están dispuestos a colaborar con ellos, aunque sea por un tiempo limitado, para una experiencia sobre el terreno. Son hermanos y hermanas que quieren compartir la vocación misionera inherente al Bautismo. Las casas y las estructuras de las misiones son lugares naturales para su acogida y su apoyo humano, espiritual y apostólico.

Las Instituciones y Obras misioneras de la Iglesia están totalmente al servicio de los que no conocen el Evangelio de Jesús. Para lograr eficazmente este objetivo, estas necesitan los carismas y el compromiso misionero de los consagrados, pero también, los consagrados, necesitan una estructura de servicio, expresión de la preocupación del Obispo de Roma para asegurar la koinonía, de forma que la colaboración y la sinergia sean una parte integral del testimonio misionero. Jesús ha puesto la unidad de los discípulos, como condición para que el mundo crea (cf. Jn 17,21). Esta convergencia no equivale a una sumisión jurídico-organizativa a organizaciones institucionales, o a una mortificación de la fantasía del Espíritu que suscita la diversidad, sino que significa dar más eficacia al mensaje del Evangelio y promover aquella unidad de propósito que es también fruto del Espíritu.

La Obra Misionera del Sucesor de Pedro tiene un horizonte apostólico universal. Por ello también necesita de los múltiples carismas de la vida consagrada, para abordar al vasto horizonte de la evangelización y para poder garantizar una adecuada presencia en las fronteras y territorios alcanzados.

Queridos hermanos y hermanas, la pasión del misionero es el Evangelio. San Pablo podía afirmar: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Cor 9,16). El Evangelio es fuente de alegría, de liberación y de salvación para todos los hombres. La Iglesia es consciente de este don, por lo tanto, no se cansa de proclamar sin cesar a todos «lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos» (1 Jn 1,1). La misión de los servidores de la Palabra - obispos, sacerdotes, religiosos y laicos - es la de poner a todos, sin excepción, en una relación personal con Cristo. En el inmenso campo de la acción misionera de la Iglesia, todo bautizado está llamado a vivir lo mejor posible su compromiso, según su situación personal. Una respuesta generosa a esta vocación universal la pueden ofrecer los consagrados y las consagradas, a través de una intensa vida de oración y de unión con el Señor y con su sacrificio redentor.

Mientras encomiendo a María, Madre de la Iglesia y modelo misionero, a todos aquellos que, ad gentes o en su propio territorio, en todos los estados de vida cooperan al anuncio del Evangelio, os envío de todo corazón mi Bendición Apostólica.   Vaticano, 24 de mayo de 2015, Solemnidad de Pentecostés

LA MISIÓN:  UN PASO DE LA COMODIDAD AL MOVIMIENTO

Autor: Cristian Camilo Cárdenas Aguirre.  Seminarista III año de teología,  Arquidiócesis de Ibagué.  El mes de octubre ha tenido una especial dedicación a la misiones; una de sus razones es por la conmemoración de Santa Teresita del Niño Jesús: una mujer que desde el convento se dedicó a su labor misionera. Ella, no salió del convento, sin embargo, es la patrona de las misiones.

En los orígenes del cristianismo, los Apóstoles fueron conquistando almas para Dios a través de la misión; ejemplo de esto fue San Pedro y San Pablo: Pedro enviado a los judíos y Pablo a los paganos. Cada Apóstol ejerció su misión en distintos lugares, como Santo Tomás en la India. Luego, la Iglesia tomando este modelo apostólico, continuó su labor misionera, aunque esta labor no ha sido nada fácil, debido a las dictaduras de cada tiempo que oprime los procesos evangelizadores; víctimas de estas opresiones, han sido martirizados, torturados, encarcelados; pero no por eso, la misión se anquilosa, sino está en movimiento, como Jesús lo hizo en este mundo, inclusive, hasta dar la vida por Cristo, llegando a convertir todo nuestro sufrimiento en una base de construcción de nuevos cristianos.

Pero, ¿Qué es misión? Para entenderlo hay que unirlo a otro término: “evangelización” en palabras del papa Francisco “es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo”. (Cfr. Evangelii Gaudium N° 23). En otras palabras, Pablo VI en la Evangelii Nuntiandi afirma que, “la Iglesia existe para evangelizar, esta es la vocación propia de la Iglesia” (N° 14) Esta es su base fundamental, y sin ella, toda su estructura caería al piso.

Hay muchos que le huyen a la misión, tal vez por temor, vergüenza o por que tienen ideas fantasiosas como: ¿yo que voy a decir? ¿Qué tal que quede mal? ¿Y si no me escuchan? ¿Y si no respondo bien? u otras sentencias como: no tengo tiempo, yo no tengo estudio, Me da miedo hablar o, eso solo lo hacen los sacerdotes y religiosos o religiosas. Al examinar estas y otras cuestiones que se hacen, siempre sale a flote el “yo” como si la misión fuera mía. Y resulta que la misión es de Cristo. Es a Él de quien vamos a hablar, y si tenemos esta convicción, todo interrogante se va degradando, ya que el Espíritu Santo hablará por nosotros y dirá lo que tenemos que decir (Cfr. Mc 13,11. Jn 14,26). Los Apóstoles no eran personas versadas, eran sencillos; su fuerza misionera brota del convencimiento que se tenga de Cristo, es ÉL, el centro de la misión. Quien no los atendía, se sacudían el polvo de sus sandalias y continuaban su camino (Cfr. Hechos 13, 14. 43-52), de igual manera, el mensaje que expresaban, no lo hacían con gran elocuencia como lo dice San Pablo, al contrario, manifestaban que sentían temor al dirigirse a la comunidad, pero sabían que todo su ser era movido por Dios (Cfr. 1 Cor. 2, 2-5). Así que la misión compete a todos nosotros; hay que dejar de un lado toda estructura que no nos deja salir de nosotros o prejuicios que se pueden llegar a crear o Porque entonces, cuando hablamos de otra persona, no nos da miedo, y hasta muchas veces lo hacemos con tanta seguridad, como si hubiésemos estado presente en el lugar de los acontecimientos o hasta lo hayamos vivido. Si somos capaces de contar noticias (no necesariamente como chisme o por destruir la vida de la otra persona) cuánto más hacerlo por la obra salvadora de Cristo Jesús.

El mensaje misionero no se trata de teorías o posturas teológicas. El mensaje más convincente es la experiencia personal que hemos tenido con Cristo; un mensaje que evoque y provoque un testimonio personal, arrastra más que una postura teológica. Algunos mensajes se convierten en hablar de los testimonios de otros, pero atrae más el propio.

Otro aspecto valioso para la misión es hacer el OSO por Cristo; ¡es verdad!, no se alarme, hay que hacer el oso al evangelizar. Quien no hace el OSO, la misión se convertirá en una conversación que se pueda tener con el oyente, o quizás, llegar a conseguir un amigo más.