24 November 2017
 

Hombre participativo y protagonista, que empuje el carro de su historia por nuevos caminos. El pecado del desinterés y de la apatía destruye la persona y el medio.

Hombre solidario. Para que nazca y se fortalezca una fuerte conciencia de clase social necesitada de la unión que olvide y supere el tradicional individualismo del campesino. En algunos momentos desgraciados este hombre considera a su vecino no como un hermano sino como un rival. La solidaridad campesina es herramienta imprescindible para la solución de todos los problemas económicos, laborales, políticos, sociales, culturales y religiosos.

Hombre creyente y comprometido. La fe aún anida en el fondo del hombre y de la mujer sencillos de este pueblo. Pero es una fe anquilosada, separada de la vida y sin garra testimonial y transformadora. Hay que hacerla más personal y comunitaria para que sirva de levadura que reavive lo que está moribundo o al menos, dormido.

Hombre en proceso de cambio. De estructuras y de mentalidad. Está naciendo una nueva imagen rural: en el urbanismo, la construcción, la forma de alimentarse, el modo de vestir, los estudios, etc. Es precisa también una nueva imagen que nazca del interior de las personas para que garantice una supervivencia digna del mundo rural.

Hombre de esperanza y trascendencia. El mayor nivel de bienestar social y económico puede hacer peligrar la dimensión trascendente y olvidar el sentido último del trabajo y de la vida. La respuesta a este peligro será orientar la marcha del pueblo rural hacia un futuro incierto pero esperanzador. Para que el hombre no se contente con el bienestar de su pueblo y su tierra, sino que busque además los Cielos Nuevos y la Tierra en donde habite la Justicia (Ap. 21,1-7).