24 November 2017
 

Entre los agentes pastorales tienen una importancia especial los sacerdotes. A través de su ministerio se hace presente la palabra de Jesús que ha declarado: Yo soy la puerta de las ovejas... Yo soy el buen pastor (Jn 10, 7.11). El cuidado pastoral de las vocaciones es una parte fundamental de su ministerio pastoral. Los sacerdotes acompañan a quienes están en buscan de la propia vocación y a los que ya han entregado su vida al servicio de Dios y de la comunidad.

Todos los fieles están llamados a tomar conciencia del dinamismo eclesial de la vocación, para que las comunidades de fe lleguen a ser, a ejemplo de la Virgen María, seno materno que acoge el don del Espíritu Santo (cf Lc 1,35-38). La maternidad de la Iglesia se expresa a través de la oración perseverante por las vocaciones, de su acción educativa y del acompañamiento que brinda a quienes perciben la llamada de Dios.

También lo hace a través de una cuidadosa selección de los candidatos al ministerio ordenado y a la vida consagrada. Finalmente es madre de las vocaciones al sostener continuamente a aquellos que han consagrado su vida al servicio de los demás.

Pidamos al Señor que conceda a quienes han emprendido un camino vocacional una profunda adhesión a la Iglesia; y que el Espíritu Santo refuerce en los Pastores y en todos los fieles la comunión eclesial, el discernimiento y la paternidad y maternidad espirituales:

Padre de misericordia, que has entregado a tu Hijo por nuestra salvación y nos sostienes continuamente con los dones de tu Espíritu, concédenos comunidades cristianas vivas, fervorosas y alegres, que sean fuentes de vida fraterna y que despierten entre los jóvenes el deseo de consagrarse a Ti y a la evangelización.

Sostenlas en el empeño de proponer a los jóvenes una adecuada catequesis vocacional y caminos de especial consagración. Dales sabiduría para el necesario discernimiento de las vocaciones de modo que en todo brille la grandeza de tu amor misericordioso. Que María, Madre y educadora de Jesús, interceda por cada una de las comunidades cristianas, para que, hechas fecundas por el Espíritu Santo, sean fuente de auténticas vocaciones al servicio del pueblo santo de Dios.

LA VOCACION SACERDOTAL: UNA REALIDAD INNEGABLE

26 de Agosto de 2014. Nos hallamos inmersos en una sociedad post-moderna donde fantasiosamente se cree que el mundo está avanzando simultáneamente en todas las esferas y ámbitos de la vida humana, pero cuando me refiero al término fantasioso es porque ingenuamente se cree que es verdad, pues muchas veces lo que ocurre es un proceso de involución antropológica, donde lo único que se pretende es  sacar a Dios de la vida de los hombres, es lo que en realidad los gobiernos y la sociedad secular se proponen, puesto que saben que si dejan al hombre sin Dios, pueden hacer lo que ellos quieran con él. Lo anterior explica meridianamente el porqué de la persecución que siempre se ha tenido contra la Iglesia Católica, específicamente con sus ministros, que son los hombres que evocan y provocan la presencia de Dios en medio de un mundo que busca silenciar toda voz que susurre transcendencia; en consecuencia, la figura del sacerdote aparece en muchos ambientes seculares como fastidiosa e incómoda, ya que como hombre de Dios hace pensar en Dios e impregna todo de Dios.

Una de los grandes artilugios de la post-modernidad es manipular a los jóvenes con el consumismo, los placeres, la diversión vana, logrando así que éstos no piensen en Dios, ni busquen la Iglesia Católica, porque saben que allí realmente se les ofrece un proyecto de vida en Cristo obteniendo como resultado la felicidad y la salvación.

Pero, por más que luchen, son fuerzas que los post-modernos gastarán vanamente, pues Cristo no se cansa de llamar a sus hijos a la vocación sacerdotal de forma libre y voluntaria, aunque sea cierto que el auge de vocaciones no es igual que en los siglos anteriores; pero eso, no anquilosa la misión de ver que los obreros de la mies continúan surgiendo cada día más, pues la Iglesia recuerda estas palabras de Jesús a Pedro: “y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”[1]

La vocación no consiste en recibir una llamada telefónica de Dios, sino en escuchar a Dios cada momento que habla al corazón del hombre como sucedió con Samuel m[2]. Por ello, es menester la ayuda de otra persona para descubrir realmente esa voz que llama. Por lo tanto, si un joven tiene buena salud física y psíquica (no es necesario ser un supermán), si le gusta el estudio (no es necesario ser un genio), si tiene buena intención (no se trata de buscar el modo de ganarse la vida) puede vivir habitualmente en gracia, con la ayuda de Dios (no hace falta ser ya un santo), todo con el fin de ir en busca de su propia perfección y la salvación integral de todos los hombres, llegando a preguntarse si es Dios quien le llama al sacerdocio,[3] por consiguiente, iniciaría un proceso formativo discerniendo cada día acerca de ese llamado.

El Seminario, moldea a los candidatos al sacerdocio dentro del marco de las cuatro dimensiones de la formación propuestas por la conferencia episcopal de Colombia:[4]la dimensión humana, que como dice la Pastores dabo vobis permite ser sensible ante el dolor y las alegrías de la humanidad.[5] La dimensión Espiritual, consiente tener ese encuentro íntimo y prolongado con el Señor;[6] este encuentro es indispensable para poder recibir la ordenación, ya que no se entiende un discípulo-misionero sin antes haber vivido la experiencia del maestro, muestra de ello y necesaria es el encuentro de Pablo con el maestro camino a Damasco [7] pues si esto no acaeciese, nunca hubiese tenido Pablo el ardor de evangelizar. La dimensión intelectual, importantísima para enfrentarse a un mundo tan exigente, y es el sacerdote  quien debe orientar al pueblo de Dios al camino de la salvación, Al respecto, el Código de derecho canónico expresa: se debe formar al alumno diligentemente en lo que se refiere al ministerio sagrado, sobre todo en la práctica del método catequético y homilético y en el trato también con los no católicos o no creyentes [8] y la dimensión pastoral y misionera, que se inserta con las otras tres dimensiones, para que pueda desarrollarse con un verdadero celo pastoral. Tal razón tiene San Juan Pablo II cuando pide que se aliente en los formandos elEspíritu misionero, para que con nuevo ardor, nuevas expresiones, y nuevos métodos, se comprometan en la obra de hacer vivir y reinar a Jesús en el corazón de sus hermanos. [9]

Esto, para que se lleve a cabo y el formando llegue a  convertirse en “alter christus” se necesita del acompañamiento de personas que ya hayan tenido la experiencia con el maestro y sean un testimonio preclaro frente aquellos que buscan configurarse con el Señor, y es aquí donde deseo exaltar la labor de los padres formadores de distintos seminarios, aquellos que a lo largo de la formación, han contribuido con un grano de arena a la formación sacerdotal, encargo tan delicado que Cristo y la Iglesia les encomienda.

Son ellos, escogidos dentro de un presbiterio, sacrifican muchas cosas de su vida, como el querer estar en una parroquia, congregado con muchos fieles de la grey del Señor, mueren a sus propios deseos que por esencia son buenos, no obstante, Dios confía en ellos, para que den vida por medio del ministerio presbiteral a aquellos elegidos por Dios a realizar una sola tarea: la salvación. Al referir el verbo morir, quiero decir con ello, que todo sacerdote formador renuncia a la posibilidad de realizarse en una vida parroquial, para convertirse como un “candidato más”, ofreciendo testimonio de vida, de oración, de sacrificio y de amor fiel a lo que se le ha confiado: ser escultor del sacerdocio de Cristo, teniendo como fin último la configuración total con el Maestro, “hasta ver a Cristo formado en vosotros” [10]

Venero la labor de todos los formadores, (una misión sublime y silenciosa que muchas veces no se percibe) quienes además de morir a su propio “yo”, deben poseer una formación Intelectual profunda y sólida, puesto que los jóvenes que ingresan a los seminarios son hijos de la  post-modernidad, y como tales han internalizado  los valores y antivalores propios de la sociedad post-moderna con el que libremente expresan sus ideas y sentimientos; ahora bien, sin entrar a   recriminar a los jóvenes por lo que son y por lo que la sociedad actual ha hecho de ellos, tendríamos que anotar que uno de los desafíos más grandes que ellos  plantean a la Iglesia en el momento de direccionar una proceso de discernimiento y acompañamiento vocacional, es precisamente el hecho de corroborar que estos han recibido una formación cristiana superficial y débil; en pocas palabras, este es el prototipo de vocacionados a los que el Señor llama yque no es cuestión de alarma, puesto que Dios se fija en lo débil, lo que no vale para mostrar a los soberbios su gloria. En efecto, como aduce San Pio de Pietrelcina son estos, piedras preciosas en bruto a quienes se les dirige una ardua y exigente labor de filigrana a través de las manos sacerdotales (los padres formadores) y por medio del fuego ardiente del Espíritu Santo (primer protagonista de la formación) quien es el encargado de llevar a feliz término este loable proyecto de vida que Dios ha iniciado en sus elegidos.

Por eso, ser sacerdote en los tiempos post-modernos, no es fácil pero no imposible, ni tampoco innegable, ya que si se cuenta con la protección del Altísimo a nada se debe temer, pues es Dios quien llama y no abandona a quien elige.

Como corolario, traigo a colación una frase del Pbro. Fabio de Jesús Arcila, quien fue rector del Seminario Misionero del Espíritu Santo quién, el cual decía en muchas de sus reuniones: “la gente vive sufriendo por que el sacerdote es célibe, y nosotros felices de la vida” y es precisamente el hombre post-moderno quien se angustia ante los dones que Dios concede y que su razón no le deja entender; por eso no hay porqué dejarse llevar por ideas de unos cuantos que piensan infructuosamente en cosas que no a todos se les concede por la fe y que por un mero racionalismo jamás comprenderán, ya San Pablo lo dice: “mirad que nadie os esclavice mediante la vana falacia de una filosofía fundada en tradiciones humanas, según los elementos del mundo y no según Cristo” [11]  Seminarista: Cristian Camilo Cárdenas Aguirre. Arquidiócesis de Ibagué – Tolima  2014

[1] Evangelio de San Mateo 16, 18

[2] Libro primero de Samuel 3, 4-18

[4]Conferencia Episcopal de Colombia. Normas Básicas para la formación inicial presbiteral en los seminarios mayores de Colombia; capítulo IV: Dimensiones de la formación. P. 79-143

[5] BEATO JUAN PABLO II. Exhortación apostólica postsinodal PASTORES DABO VOBIS N°72

[6] Ibíd., N° 42

[7] Hechos de los Apóstoles 9, 3-6

[8]Código de Derecho Canónico N° 256

[9] JUAN PABLO II. Documento de SANTO DOMINGO; IV Conferencia general del Episcopal Latinoamericano N° 28-30

[10] Epístola a los Gálatas 4, 19

[11] Epístola a los Colosenses 2, 8

Mensaje el Santo Padre Francisco, con motivo de la 51 jornada mundial de oración por las vocaciones. 11 de Mayo del año 2014. IV domingo de pascua. 

“La vocación requiere siempre un éxodo de nosotros mismos para centrar la propia existencia en Cristo y en su Evangelio.”    

Queridos hermanos y hermanas:

1. El Evangelio relata que «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas… Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas "como ovejas que no tienen pastor". Entonces dice a sus discípulos: "La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies"» (Mt 9,35-38). Estas palabras nos sorprenden, porque todos sabemos que primero es necesario arar, sembrar y cultivar para poder luego, a su debido tiempo, cosechar una mies abundante. Jesús, en cambio, afirma que «la mies es abundante». ¿Pero quién ha trabajado para que el resultado fuese así? La respuesta es una sola: Dios. Evidentemente el campo del cual habla Jesús es la humanidad, somos nosotros. Y la acción eficaz que es causa del «mucho fruto» es la gracia de Dios, la comunión con él (cf. Jn 15,5). Por tanto, la oración que Jesús pide a la Iglesia se refiere a la petición de incrementar el número de quienes están al servicio de su Reino. San Pablo, que fue uno de estos «colaboradores de Dios», se prodigó incansablemente por la causa del Evangelio y de la Iglesia. Con la conciencia de quien ha experimentado personalmente hasta qué punto es inescrutable la voluntad salvífica de Dios, y que la iniciativa de la gracia es el origen de toda vocación, el Apóstol recuerda a los cristianos de Corinto: «Vosotros sois campo de Dios» (1 Co 3,9). Así, primero nace dentro de nuestro corazón el asombro por una mies abundante que sólo Dios puede dar; luego, la gratitud por un amor que siempre nos precede; por último, la adoración por la obra que él ha hecho y que requiere nuestro libre compromiso de actuar con él y por él.

2. Muchas veces hemos rezado con las palabras del salmista: «Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (Sal 100,3); o también: «El Señor se escogió a Jacob, a Israel en posesión suya» (Sal 135,4). Pues bien, nosotros somos «propiedad» de Dios no en el sentido de la posesión que hace esclavos, sino de un vínculo fuerte que nos une a Dios y entre nosotros, según un pacto de alianza que permanece eternamente «porque su amor es para siempre» (cf. Sal 136). En el relato de la vocación del profeta Jeremías, por ejemplo, Dios recuerda que él vela continuamente sobre cada uno para que se cumpla su Palabra en nosotros. La imagen elegida es la rama de almendro, el primero en florecer, anunciando el renacer de la vida en primavera (cf. Jr 1,11-12). Todo procede de él y es don suyo: el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, pero -asegura el Apóstol­ «vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios» (1 Co 3,23). He aquí explicado el modo de pertenecer a Dios: a través de la relación única y personal con Jesús, que nos confirió el Bautismo desde el inicio de nuestro nacimiento a la vida nueva. Es Cristo, por lo tanto, quien continuamente nos interpela con su Palabra para que confiemos en él, amándole «con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser» (Mc 12,33). Por eso, toda vocación, no obstante la pluralidad de los caminos, requiere siempre un éxodo de sí mismos para centrar la propia existencia en Cristo y en su Evangelio. Tanto en la vida conyugal, como en las formas de consagración religiosa y en la vida sacerdotal, es necesario superar los modos de pensar y de actuar no concordes con la voluntad de Dios. Es un «éxodo que nos conduce a un camino de adoración al Señor y de servicio a él en los hermanos y hermanas» (Discurso a la Unión internacional de superioras generales, 8 de mayo de 2013). Por eso, todos estamos llamados a adorar a Cristo en nuestro corazón (cf. 1 P 3,15) para dejarnos alcanzar por el impulso de la gracia que anida en la semilla de la Palabra, que debe crecer en nosotros y transformarse en servicio concreto al prójimo. No debemos tener miedo: Dios sigue con pasión y maestría la obra fruto de sus manos en cada etapa de la vida. Jamás nos abandona. Le interesa que se cumpla su proyecto en nosotros, pero quiere conseguirlo con nuestro asentimiento y nuestra colaboración.