24 November 2017
 

La oración constante y profunda hace crecer la fe de la comunidad cristiana, en la certeza siempre renovada de que Dios nunca abandona a su pueblo y lo sostiene suscitando vocaciones especiales, al sacerdocio y a la vida consagrada, para que sean signos de esperanza para el mundo. En efecto, los presbíteros y los religiosos están llamados a darse de modo incondicional al Pueblo de Dios, en un servicio de amor al Evangelio y a la Iglesia, un servicio a aquella firme esperanza que sólo la apertura al horizonte de Dios puede dar. Por tanto, ellos, con el testimonio de su fe y con su fervor apostólico, pueden transmitir, en particular a las nuevas generaciones, el vivo deseo de responder generosamente y sin demora a Cristo que llama a seguirlo más de cerca. La respuesta a la llamada divina por parte de un discípulo de Jesús para dedicarse al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada, se manifiesta como uno de los frutos más maduros de la comunidad cristiana, que ayuda a mirar con particular confianza y esperanza al futuro de la Iglesia y a su tarea de evangelización. Esta tarea necesita siempre de nuevos obreros para la predicación del Evangelio, para la celebración de la Eucaristía y para el sacramento de la reconciliación. Por eso, que no falten sacerdotes celosos, que sepan acompañar a los jóvenes como «compañeros de viaje» para ayudarles a reconocer, en el camino a veces tortuoso y oscuro de la vida, a Cristo, camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6); para proponerles con valentía evangélica la belleza del servicio a Dios, a la comunidad cristiana y a los hermanos. Sacerdotes que muestren la fecundidad de una tarea entusiasmante, que confiere un sentido de plenitud a la propia existencia, por estar fundada sobre la fe en Aquel que nos ha amado en primer lugar (cf. 1Jn 4,19). Igualmente, deseo que los jóvenes, en medio de tantas propuestas superficiales y efímeras, sepan cultivar la atracción hacia los valores, las altas metas, las opciones radicales, para un servicio a los demás siguiendo las huellas de Jesús. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de seguirlo y de recorrer con intrepidez los exigentes senderos de la caridad y del compromiso generoso. Así seréis felices de servir, seréis testigos de aquel gozo que el mundo no puede dar, seréis llamas vivas de un amor infinito y eterno, aprenderéis a «dar razón de vuestra esperanza» (1 P 3,15). 

VALE LA PENA SEGUIR A JESUCRISTO

2 Octubre 2012.  Autor:  David Ignacio López.   Frecuentemente estamos enfrentados a retos ante los cuales nos preguntamos: ¿y qué hago ahora?, y es que las decisiones de la vida, si se toman en serio, nos cuestionan; pero de ellas son pocas las que de verdad marcan la vida de una persona para siempre por ser radicales. Este es el caso de una vocación sacerdotal; y aunque no suene muy atractivo renunciar al amor de una mujer, o dejar atrás la idea de ser un buen padre que cuida y ama a sus hijos, o incluso olvidar un proyecto de vida acariciado en la secundaria o en la universidad, sabemos para qué lo hacemos: es para amar a Cristo en nuestros hermanos desde el altar y en el trabajo, en la risa y en el llanto, al inicio de la vida y al momento de la muerte; es para ser otro Cristo en el mundo.

Recuerdo que alguna vez escuché: “Cristo no vale la pena, vale la vida”; esta frase, que quedó retumbando en mis oídos, fue determinante el día en que decidí ingresar al seminario, pues no le quiero ofrecer a Dios las penas que me da el mundo, le quiero ofrecer la vida que él mismo me da, no porque no quiera recibir el cariño de una mujer sino porque quiero dar el cariño de Dios al mundo sin limitaciones; no porque no quiera tener unos hijos, sino porque quiero tener mas de lo que ofrece la carne: miles de hijos espirituales que pueda entregar a Dios para bien del mundo; Dios necesita hombres fuertes ahora.

Es una realidad, “hoy existe” la  necesidad de Sacerdotes santos, por esto hay que pedir a Dios tanto por los que ejercen el   ministerio del sacerdocio, como por los jóvenes que asumimos este proceso (seminaristas) y además, para que siga Él, dueño de todo, sembrando la semilla de la vocación en cada uno de los jóvenes a los cuales escoge. Pero esta petición (oración) por las vocaciones no es una oración cualquiera, por tanto no se puede realizar de cualquier forma.

La oración vocacional tiene, como primera medida, que dirigirse a Dios padre; revisemos: estamos pidiendo a Dios Padre (dueño de la mies) que envíe sacerdotes (obreros) a su pueblo (mies). El Evangelio es muy explícito “Al dueño de la mies” (Lc 10, 2) no a intermediarios; esto no es quitar importancia a los intercesores, sino resaltar la figura suprema de Dios Padre y obedecer a lo mandado por Nuestro Señor Jesucristo.

Dios  no deja de llamar, esto es clave. Si queremos llegar a Dios necesitamos pastores que nos guíen hacia él, pero estos no se nos darán si no los pedimos; de ahí que el papel de la oración sea fundamental para el surgimiento y apoyo de las vocaciones.

Dios quiere hombres que sean su voz en el mundo, y por eso sigue llamando a cada joven y jovencita a llevar su palabra a quien la necesite, sin miedo a nada ni a nadie; “dichoso aquel que muere por causa del evangelio”… Dios hoy invita morir al mundo y nacer para él.

En nuestro seminario con gran alegría podemos decir que la semilla de la vocación ha germinado: este 11 de Octubre, por imposición de manos y oración consecratoria, el Excelentísimo Mons. Flavio Calle Zapata ordenará sacerdotes a Juan Gabriel Martínez y a Giovanni Ospina, y con gozo y en profunda acción de gracias elevamos nuestra oración a Dios por la perseverancia en el ministerio de estos dos servidores del pueblo, y por cada uno de los que se ofrecen en cuerpo y alma a Él.