24 November 2017
 

Gracias a los sacerdotes la Iglesia se mantiene viva pues la Iglesia “vive de la Eucaristía” celebrada por los ministros del altar. Gracias a la vida religiosa, se hace presente en la Iglesia la acción del Espíritu Santo en la diversidad de carismas y ministerios. Gracias a la vida misionera el suave olor del mensaje de Cristo se difunde por toda la tierra. Por tal motivo, la Arquidiócesis de Ibagué pone todo su empeño en una acción pastoral encaminada a la promoción,

acompañamiento y discernimiento de los distintos llamados existentes en la Iglesia, especialmente la vocación sacerdotal y a la vida consagrada y misionera, de manera que nunca falten en nuestras comunidades sacerdotes comprometidos con la evangelización, religiosos decididos por la acción pastoral y misioneros dedicados al anuncio del Evangelio.

Objetivos:

  1. Impulso a la campaña de oración por las vocaciones
  2. Formación de los aspirantes al seminario
  3. Despertar, acompañar y facilitar el discernimiento vocacional de los aspirantes
  4. Estimular la cooperación a favor de las vocaciones

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Delegado:
Padre, Álvaro Fabián Barreto Bonilla  (Año 2017)
Curia Arzobispal Calle 10 No. 2-58

Residencia:  Seminario Mayor, la Inmaculada, Ibagué
Tel: 2632 696 
   Palacio Episcopal:  2611680.  
Móvil: 311 586 0278
Email:    Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla.  

Álvaro Fabián, nació en la ciudad de Ibagué, el 14 de marzo de 1990. Realizó sus estudios de primaria en la Escuela Montealegre, en Ibagué; estudios de secundaria en la normal superior de Ibagué. Estudios de filosofía y teología en el Seminario Mayor en Ibagué. Fué ordenado diácono transitorio el 4 de agosto del año 2015, en la catedral metropolitana en Ibagué. Ordenado sacerdote el 27 de diciembre del 2016 

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO, PARA LA 54 JORNADA MUNDIAL

DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES.  AÑO 2017

Empujados por el Espíritu para la Misión

Queridos hermanos y hermanas

En los años anteriores, hemos tenido la oportunidad de reflexionar sobre dos aspectos de la vocación cristiana: la invitación a «salir de sí mismo», para escuchar la voz del Señor, y la importancia de la comunidad eclesial como lugar privilegiado en el que la llamada de Dios nace, se alimenta y se manifiesta

Ahora, con ocasión de la 54 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, quisiera centrarme en la dimensión misionera de la llamada cristiana. Quien se deja atraer por la voz de Dios y se pone en camino para seguir a Jesús, descubre enseguida, dentro de él, un deseo incontenible de llevar la Buena Noticia a los hermanos, a través de la evangelización y el servicio movido por la caridad. Todos los cristianos han sido constituidos misioneros del Evangelio. El discípulo, en efecto, no recibe el don del amor de Dios como un consuelo privado, y no está llamado a anunciarse a sí mismo, ni a velar los intereses de un negocio; simplemente ha sido tocado y trasformado por la alegría de sentirse amado por Dios y no puede guardar esta experiencia solo para sí: «La alegría del Evangelio que llena la vida de la comunidad de los discípulos es una alegría misionera» (Exht. Ap. Evangelium gaudium, 21).

Por eso, el compromiso misionero no es algo que se añade a la vida cristiana, como si fuese un adorno, sino que, por el contrario, está en el corazón mismo de la fe: la relación con el Señor implica ser enviado al mundo como profeta de su palabra y testigo de su amor.

Aunque experimentemos en nosotros muchas fragilidades y tal vez podamos sentirnos desanimados, debemos alzar la cabeza a Dios, sin dejarnos aplastar por la sensación de incapacidad o ceder al pesimismo, que nos convierte en espectadores pasivos de una vida cansada y rutinaria. No hay lugar para el temor: es Dios mismo el que viene a purificar nuestros «labios impuros», haciéndonos idóneos para la misión: «Ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado. Entonces escuché la voz del Señor, que decía: “¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?”. Contesté: “Aquí estoy, mándame”» (Is 6,7-8).

Todo discípulo misionero siente en su corazón esta voz divina que lo invita a «pasar» en medio de la gente, como Jesús, «curando y haciendo el bien» a todos (cf. Hch 10,38). En efecto, como ya he recordado en otras ocasiones, todo cristiano, en virtud de su Bautismo, es un «cristóforo», es decir, «portador de Cristo» para los hermanos (cf. Catequesis, 30 enero 2016). Esto vale especialmente para los que han sido llamados a una vida de especial consagración y también para los sacerdotes, que con generosidad han respondido «aquí estoy, mándame». Con renovado entusiasmo misionero, están llamados a salir de los recintos sacros del templo, para dejar que la ternura de Dios se desborde en favor de los hombres (cf. Homilía durante la Santa Misa Crismal, 24 marzo 2016). La Iglesia tiene necesidad de sacerdotes así: confiados y serenos por haber descubierto el verdadero tesoro, ansiosos de ir a darlo a conocer con alegría a todos (cf. Mt 13,44).

Ciertamente, son muchas las preguntas que se plantean cuando hablamos de la misión cristiana: ¿Qué significa ser misionero del Evangelio? ¿Quién nos da la fuerza y el valor para anunciar? ¿Cuál es la lógica evangélica que inspira la misión? A estos interrogantes podemos responder contemplando tres escenas evangélicas: el comienzo de la misión de Jesús en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4,16-30), el camino que él hace, ya resucitado, junto a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), y por último la parábola de la semilla (cf. Mc 4,26-27).

Jesús es ungido por el Espíritu y enviado. Ser discípulo misionero significa participar activamente en la misión de Cristo, que Jesús mismo ha descrito en la sinagoga de Nazaret: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18). Esta es también nuestra misión: ser ungidos por el Espíritu e ir hacia los hermanos para anunciar la Palabra, siendo para ellos un instrumento de salvación.

Jesús camina con nosotros. Ante los interrogantes que brotan del corazón del hombre y ante los retos que plantea la realidad, podemos sentir una sensación de extravío y percibir que nos faltan energías y esperanza. Existe el peligro de que veamos la misión cristiana como una mera utopía irrealizable o, en cualquier caso, como una realidad que supera nuestras fuerzas. Pero si contemplamos a Jesús Resucitado, que camina junto a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-15), nuestra confianza puede reavivarse; en esta escena evangélica tenemos una auténtica y propia «liturgia del camino», que precede a la de la Palabra y a la del Pan partido y nos comunica que, en cada uno de nuestros pasos, Jesús está a nuestro lado. Los dos discípulos, golpeados por el escándalo de la Cruz, están volviendo a su casa recorriendo la vía de la derrota: llevan en el corazón una esperanza rota y un sueño que no se ha realizado. En ellos la alegría del Evangelio ha dejado espacio a la tristeza. ¿Qué hace Jesús? No los juzga, camina con ellos y, en vez de levantar un muro, abre una nueva brecha. Lentamente comienza a trasformar su desánimo, hace que arda su corazón y les abre sus ojos, anunciándoles la Palabra y partiendo el Pan. Del mismo modo, el cristiano no lleva adelante él solo la tarea de la misión, sino que experimenta, también en las fatigas y en las incomprensiones, «que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 266).

Jesús hace germinar la semilla. Por último, es importante aprender del Evangelio el estilo del anuncio. Muchas veces sucede que, también con la mejor intención, se acabe cediendo a un cierto afán de poder, al proselitismo o al fanatismo intolerante. Sin embargo, el Evangelio nos invita a rechazar la idolatría del éxito y del poder, la preocupación excesiva por las estructuras, y una cierta ansia que responde más a un espíritu de conquista que de servicio. La semilla del Reino, aunque pequeña, invisible y tal vez insignificante, crece silenciosamente gracias a la obra incesante de Dios: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo» (Mc 4,26-27). Esta es nuestra principal confianza: Dios supera nuestras expectativas y nos sorprende con su generosidad, haciendo germinar los frutos de nuestro trabajo más allá de lo que se puede esperar de la eficiencia humana.

Con esta confianza evangélica, nos abrimos a la acción silenciosa del Espíritu, que es el fundamento de la misión. Nunca podrá haber pastoral vocacional, ni misión cristiana, sin la oración asidua y contemplativa. En este sentido, es necesario alimentar la vida cristiana con la escucha de la Palabra de Dios y, sobre todo, cuidar la relación personal con el Señor en la adoración eucarística, «lugar» privilegiado del encuentro con Dios.

Animo con fuerza a vivir esta profunda amistad con el Señor, sobre todo para implorar de Dios nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. El Pueblo de Dios necesita ser guiado por pastores que gasten su vida al servicio del Evangelio. Por eso, pido a las comunidades parroquiales, a las asociaciones y a los numerosos grupos de oración presentes en la Iglesia que, frente a la tentación del desánimo, sigan pidiendo al Señor que mande obreros a su mies y nos dé sacerdotes enamorados del Evangelio, que sepan hacerse prójimos de los hermanos y ser, así, signo vivo del amor misericordioso de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, también hoy podemos volver a encontrar el ardor del anuncio y proponer, sobre todo a los jóvenes, el seguimiento de Cristo. Ante la sensación generalizada de una fe cansada o reducida a meros «deberes que cumplir», nuestros jóvenes tienen el deseo de descubrir el atractivo, siempre actual, de la figura de Jesús, de dejarse interrogar y provocar por sus palabras y por sus gestos y, finalmente, de soñar, gracias a él, con una vida plenamente humana, dichosa de gastarse amando.

María Santísima, Madre de nuestro Salvador, tuvo la audacia de abrazar este sueño de Dios, poniendo su juventud y su entusiasmo en sus manos. Que su intercesión nos obtenga su misma apertura de corazón, la disponibilidad para decir nuestro «aquí estoy» a la llamada del Señor y la alegría de ponernos en camino, como ella (cf. Lc 1,39), para anunciarlo al mundo entero.  

Mensaje del Papa Francisco con motivo de la 53 jornada mundial de oración por las vocaciones

17 de abril de 2016. "El dinamismo eclesial de la vocación es un antídoto contra el veneno de la indiferencia y el individualismo".  «Queridos hermanos y hermanas: Cómo desearía que, a lo largo del Jubileo Extraordinario de la Misericordia, todos los bautizados pudieran experimentar el gozo de pertenecer a la Iglesia. Ojalá puedan redescubrir que la vocación cristiana, así como las vocaciones particulares, nacen en el seno del Pueblo de Dios y son dones de la divina misericordia. La Iglesia es la casa de la misericordia y la «tierra» donde la vocación germina, crece y da fruto.

Por eso, invito a todos los fieles, con ocasión de esta 53a Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, a contemplar la comunidad apostólica y a agradecer la mediación de la comunidad en su propio camino vocacional.

En la Bula de convocatoria del Jubileo Extraordinario de la Misericordia recordaba las palabras de san Beda el Venerable referentes a la vocación de san Mateo: misereando atque eligendo (Misericordiae vultus, 8).

La acción misericordiosa del Señor perdona nuestros pecados y nos abre a la vida nueva que se concreta en la llamada al seguimiento y a la misión. Toda vocación en la Iglesia tiene su origen en la mirada compasiva de Jesús. Conversión y vocación son como las dos caras de una sola moneda y se implican mutuamente a lo largo de la vida del discípulo misionero.


El beato Pablo VI, en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, describió los pasos del proceso evangelizador. Uno de ellos es la adhesión a la comunidad cristiana (cf. n. 23), esa comunidad de la cual el discípulo del Señor ha recibido el testimonio de la fe y el anuncio explícito de la misericordia del Señor.

Esta incorporación comunitaria incluye toda la riqueza de la vida eclesial, especialmente los Sacramentos. La Iglesia no es sólo el lugar donde se cree, sino también verdadero objeto de nuestra fe; por eso decimos en el Credo: «Creo en la Iglesia».

La llamada de Dios se realiza por medio de la mediación comunitaria. Dios nos llama a pertenecer a la Iglesia y, después de madurar en su seno, nos concede una vocación específica. El camino vocacional se hace al lado de otros hermanos y hermanas que el Señor nos regala: es una con-vocación.

El dinamismo eclesial de la vocación es un antídoto contra el veneno de la indiferencia y el individualismo. Establece esa comunión en la cual la indiferencia ha sido vencida por el amor, porque nos exige salir de nosotros mismos, poniendo nuestra vida al servicio del designio de Dios y asumiendo la situación histórica de su pueblo santo.

En esta jornada, dedicada a la oración por las vocaciones, deseo invitar a todos los fieles a asumir su responsabilidad en el cuidado y el discernimiento vocacional. Cuando los apóstoles buscaban uno que ocupase el puesto de Judas Iscariote, san Pedro convocó a ciento veinte hermanos (Hch. 1,15); para elegir a los Siete, convocaron el pleno de los discípulos (Hch. 6,2). San Pablo da a Tito criterios específicos para seleccionar a los presbíteros (Tt 1,5-9). También hoy la comunidad cristiana está siempre presente en el surgimiento, formación y perseverancia de las vocaciones (cfr. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 107).

La vocación nace en la Iglesia. Desde el nacimiento de una vocación es necesario un adecuado «sentido» de Iglesia. Nadie es llamado exclusivamente para una región, ni para un grupo o movimiento eclesial, sino al servicio de la Iglesia y del mundo. Un signo claro de la autenticidad de un carisma es su eclesialidad, su capacidad para integrarse armónicamente en la vida del santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos (ibíd., 130).

Respondiendo a la llamada de Dios, el joven ve cómo se amplía el horizonte eclesial, puede considerar los diferentes carismas y vocaciones y alcanzar así un discernimiento más objetivo. La comunidad se convierte de este modo en el hogar y la familia en la que nace la vocación. El candidato contempla agradecido esta mediación comunitaria como un elemento irrenunciable para su futuro. Aprende a conocer y a amar a otros hermanos y hermanas que recorren diversos caminos; y estos vínculos fortalecen en todos la comunión.

La vocación crece en la Iglesia. Durante el proceso formativo, los candidatos a las distintas vocaciones necesitan conocer mejor la comunidad eclesial, superando las percepciones limitadas que todos tenemos al principio.

Para ello, es oportuno realizar experiencias apostólicas junto a otros miembros de la comunidad, por ejemplo: comunicar el mensaje evangélico junto a un buen catequista; experimentar la evangelización de las periferias con una comunidad religiosa; descubrir y apreciar el tesoro de la contemplación compartiendo la vida de clausura; conocer mejor la misión ad gentes por el contacto con los misioneros; profundizar en la experiencia de la pastoral en la parroquia y en la diócesis con los sacerdotes diocesanos. Para quienes ya están en formación, la comunidad cristiana permanece siempre como el ámbito educativo fundamental, ante la cual experimentan gratitud.

La vocación está sostenida por la Iglesia. Después del compromiso definitivo, el camino vocacional en la Iglesia no termina, continúa en la disponibilidad para el servicio, en la perseverancia y en la formación permanente. Quien ha consagrado su vida al Señor está dispuesto a servir a la Iglesia donde esta le necesite.

La misión de Pablo y Bernabé es un ejemplo de esta disponibilidad eclesial. Enviados por el Espíritu Santo desde la comunidad de Antioquía a una misión (Hch 13,1-4), volvieron a la comunidad y compartieron lo que el Señor había realizado por medio de ellos (Hch 14,27). Los misioneros están acompañados y sostenidos por la comunidad cristiana, que continúa siendo para ellos un referente vital, como la patria visible que da seguridad a quienes peregrinan hacia la vida eterna.


Entre los agentes pastorales tienen una importancia especial los sacerdotes. A través de su ministerio se hace presente la palabra de Jesús que ha declarado: Yo soy la puerta de las ovejas... Yo soy el buen pastor (Jn 10, 7.11). El cuidado pastoral de las vocaciones es una parte fundamental de su ministerio pastoral. Los sacerdotes acompañan a quienes están en buscan de la propia vocación y a los que ya han entregado su vida al servicio de Dios y de la comunidad.

Todos los fieles están llamados a tomar conciencia del dinamismo eclesial de la vocación, para que las comunidades de fe lleguen a ser, a ejemplo de la Virgen María, seno materno que acoge el don del Espíritu Santo (cf Lc 1,35-38). La maternidad de la Iglesia se expresa a través de la oración perseverante por las vocaciones, de su acción educativa y del acompañamiento que brinda a quienes perciben la llamada de Dios.

También lo hace a través de una cuidadosa selección de los candidatos al ministerio ordenado y a la vida consagrada. Finalmente es madre de las vocaciones al sostener continuamente a aquellos que han consagrado su vida al servicio de los demás.

Pidamos al Señor que conceda a quienes han emprendido un camino vocacional una profunda adhesión a la Iglesia; y que el Espíritu Santo refuerce en los Pastores y en todos los fieles la comunión eclesial, el discernimiento y la paternidad y maternidad espirituales:

Padre de misericordia, que has entregado a tu Hijo por nuestra salvación y nos sostienes continuamente con los dones de tu Espíritu, concédenos comunidades cristianas vivas, fervorosas y alegres, que sean fuentes de vida fraterna y que despierten entre los jóvenes el deseo de consagrarse a Ti y a la evangelización.

Sostenlas en el empeño de proponer a los jóvenes una adecuada catequesis vocacional y caminos de especial consagración. Dales sabiduría para el necesario discernimiento de las vocaciones de modo que en todo brille la grandeza de tu amor misericordioso. Que María, Madre y educadora de Jesús, interceda por cada una de las comunidades cristianas, para que, hechas fecundas por el Espíritu Santo, sean fuente de auténticas vocaciones al servicio del pueblo santo de Dios.

LA VOCACION SACERDOTAL: UNA REALIDAD INNEGABLE

26 de Agosto de 2014. Nos hallamos inmersos en una sociedad post-moderna donde fantasiosamente se cree que el mundo está avanzando simultáneamente en todas las esferas y ámbitos de la vida humana, pero cuando me refiero al término fantasioso es porque ingenuamente se cree que es verdad, pues muchas veces lo que ocurre es un proceso de involución antropológica, donde lo único que se pretende es  sacar a Dios de la vida de los hombres, es lo que en realidad los gobiernos y la sociedad secular se proponen, puesto que saben que si dejan al hombre sin Dios, pueden hacer lo que ellos quieran con él. Lo anterior explica meridianamente el porqué de la persecución que siempre se ha tenido contra la Iglesia Católica, específicamente con sus ministros, que son los hombres que evocan y provocan la presencia de Dios en medio de un mundo que busca silenciar toda voz que susurre transcendencia; en consecuencia, la figura del sacerdote aparece en muchos ambientes seculares como fastidiosa e incómoda, ya que como hombre de Dios hace pensar en Dios e impregna todo de Dios.

Una de los grandes artilugios de la post-modernidad es manipular a los jóvenes con el consumismo, los placeres, la diversión vana, logrando así que éstos no piensen en Dios, ni busquen la Iglesia Católica, porque saben que allí realmente se les ofrece un proyecto de vida en Cristo obteniendo como resultado la felicidad y la salvación.

Pero, por más que luchen, son fuerzas que los post-modernos gastarán vanamente, pues Cristo no se cansa de llamar a sus hijos a la vocación sacerdotal de forma libre y voluntaria, aunque sea cierto que el auge de vocaciones no es igual que en los siglos anteriores; pero eso, no anquilosa la misión de ver que los obreros de la mies continúan surgiendo cada día más, pues la Iglesia recuerda estas palabras de Jesús a Pedro: “y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro y que sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”[1]

La vocación no consiste en recibir una llamada telefónica de Dios, sino en escuchar a Dios cada momento que habla al corazón del hombre como sucedió con Samuel m[2]. Por ello, es menester la ayuda de otra persona para descubrir realmente esa voz que llama. Por lo tanto, si un joven tiene buena salud física y psíquica (no es necesario ser un supermán), si le gusta el estudio (no es necesario ser un genio), si tiene buena intención (no se trata de buscar el modo de ganarse la vida) puede vivir habitualmente en gracia, con la ayuda de Dios (no hace falta ser ya un santo), todo con el fin de ir en busca de su propia perfección y la salvación integral de todos los hombres, llegando a preguntarse si es Dios quien le llama al sacerdocio,[3] por consiguiente, iniciaría un proceso formativo discerniendo cada día acerca de ese llamado.

El Seminario, moldea a los candidatos al sacerdocio dentro del marco de las cuatro dimensiones de la formación propuestas por la conferencia episcopal de Colombia:[4]la dimensión humana, que como dice la Pastores dabo vobis permite ser sensible ante el dolor y las alegrías de la humanidad.[5] La dimensión Espiritual, consiente tener ese encuentro íntimo y prolongado con el Señor;[6] este encuentro es indispensable para poder recibir la ordenación, ya que no se entiende un discípulo-misionero sin antes haber vivido la experiencia del maestro, muestra de ello y necesaria es el encuentro de Pablo con el maestro camino a Damasco [7] pues si esto no acaeciese, nunca hubiese tenido Pablo el ardor de evangelizar. La dimensión intelectual, importantísima para enfrentarse a un mundo tan exigente, y es el sacerdote  quien debe orientar al pueblo de Dios al camino de la salvación, Al respecto, el Código de derecho canónico expresa: se debe formar al alumno diligentemente en lo que se refiere al ministerio sagrado, sobre todo en la práctica del método catequético y homilético y en el trato también con los no católicos o no creyentes [8] y la dimensión pastoral y misionera, que se inserta con las otras tres dimensiones, para que pueda desarrollarse con un verdadero celo pastoral. Tal razón tiene San Juan Pablo II cuando pide que se aliente en los formandos elEspíritu misionero, para que con nuevo ardor, nuevas expresiones, y nuevos métodos, se comprometan en la obra de hacer vivir y reinar a Jesús en el corazón de sus hermanos. [9]

Esto, para que se lleve a cabo y el formando llegue a  convertirse en “alter christus” se necesita del acompañamiento de personas que ya hayan tenido la experiencia con el maestro y sean un testimonio preclaro frente aquellos que buscan configurarse con el Señor, y es aquí donde deseo exaltar la labor de los padres formadores de distintos seminarios, aquellos que a lo largo de la formación, han contribuido con un grano de arena a la formación sacerdotal, encargo tan delicado que Cristo y la Iglesia les encomienda.

Son ellos, escogidos dentro de un presbiterio, sacrifican muchas cosas de su vida, como el querer estar en una parroquia, congregado con muchos fieles de la grey del Señor, mueren a sus propios deseos que por esencia son buenos, no obstante, Dios confía en ellos, para que den vida por medio del ministerio presbiteral a aquellos elegidos por Dios a realizar una sola tarea: la salvación. Al referir el verbo morir, quiero decir con ello, que todo sacerdote formador renuncia a la posibilidad de realizarse en una vida parroquial, para convertirse como un “candidato más”, ofreciendo testimonio de vida, de oración, de sacrificio y de amor fiel a lo que se le ha confiado: ser escultor del sacerdocio de Cristo, teniendo como fin último la configuración total con el Maestro, “hasta ver a Cristo formado en vosotros” [10]

Venero la labor de todos los formadores, (una misión sublime y silenciosa que muchas veces no se percibe) quienes además de morir a su propio “yo”, deben poseer una formación Intelectual profunda y sólida, puesto que los jóvenes que ingresan a los seminarios son hijos de la  post-modernidad, y como tales han internalizado  los valores y antivalores propios de la sociedad post-moderna con el que libremente expresan sus ideas y sentimientos; ahora bien, sin entrar a   recriminar a los jóvenes por lo que son y por lo que la sociedad actual ha hecho de ellos, tendríamos que anotar que uno de los desafíos más grandes que ellos  plantean a la Iglesia en el momento de direccionar una proceso de discernimiento y acompañamiento vocacional, es precisamente el hecho de corroborar que estos han recibido una formación cristiana superficial y débil; en pocas palabras, este es el prototipo de vocacionados a los que el Señor llama yque no es cuestión de alarma, puesto que Dios se fija en lo débil, lo que no vale para mostrar a los soberbios su gloria. En efecto, como aduce San Pio de Pietrelcina son estos, piedras preciosas en bruto a quienes se les dirige una ardua y exigente labor de filigrana a través de las manos sacerdotales (los padres formadores) y por medio del fuego ardiente del Espíritu Santo (primer protagonista de la formación) quien es el encargado de llevar a feliz término este loable proyecto de vida que Dios ha iniciado en sus elegidos.

Por eso, ser sacerdote en los tiempos post-modernos, no es fácil pero no imposible, ni tampoco innegable, ya que si se cuenta con la protección del Altísimo a nada se debe temer, pues es Dios quien llama y no abandona a quien elige.

Como corolario, traigo a colación una frase del Pbro. Fabio de Jesús Arcila, quien fue rector del Seminario Misionero del Espíritu Santo quién, el cual decía en muchas de sus reuniones: “la gente vive sufriendo por que el sacerdote es célibe, y nosotros felices de la vida” y es precisamente el hombre post-moderno quien se angustia ante los dones que Dios concede y que su razón no le deja entender; por eso no hay porqué dejarse llevar por ideas de unos cuantos que piensan infructuosamente en cosas que no a todos se les concede por la fe y que por un mero racionalismo jamás comprenderán, ya San Pablo lo dice: “mirad que nadie os esclavice mediante la vana falacia de una filosofía fundada en tradiciones humanas, según los elementos del mundo y no según Cristo” [11]  Seminarista: Cristian Camilo Cárdenas Aguirre. Arquidiócesis de Ibagué – Tolima  2014

[1] Evangelio de San Mateo 16, 18

[2] Libro primero de Samuel 3, 4-18

[4]Conferencia Episcopal de Colombia. Normas Básicas para la formación inicial presbiteral en los seminarios mayores de Colombia; capítulo IV: Dimensiones de la formación. P. 79-143

[5] BEATO JUAN PABLO II. Exhortación apostólica postsinodal PASTORES DABO VOBIS N°72

[6] Ibíd., N° 42

[7] Hechos de los Apóstoles 9, 3-6

[8]Código de Derecho Canónico N° 256

[9] JUAN PABLO II. Documento de SANTO DOMINGO; IV Conferencia general del Episcopal Latinoamericano N° 28-30

[10] Epístola a los Gálatas 4, 19

[11] Epístola a los Colosenses 2, 8

Mensaje el Santo Padre Francisco, con motivo de la 51 jornada mundial de oración por las vocaciones. 11 de Mayo del año 2014. IV domingo de pascua. 

“La vocación requiere siempre un éxodo de nosotros mismos para centrar la propia existencia en Cristo y en su Evangelio.”    

Queridos hermanos y hermanas:

1. El Evangelio relata que «Jesús recorría todas las ciudades y aldeas… Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas "como ovejas que no tienen pastor". Entonces dice a sus discípulos: "La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies"» (Mt 9,35-38). Estas palabras nos sorprenden, porque todos sabemos que primero es necesario arar, sembrar y cultivar para poder luego, a su debido tiempo, cosechar una mies abundante. Jesús, en cambio, afirma que «la mies es abundante». ¿Pero quién ha trabajado para que el resultado fuese así? La respuesta es una sola: Dios. Evidentemente el campo del cual habla Jesús es la humanidad, somos nosotros. Y la acción eficaz que es causa del «mucho fruto» es la gracia de Dios, la comunión con él (cf. Jn 15,5). Por tanto, la oración que Jesús pide a la Iglesia se refiere a la petición de incrementar el número de quienes están al servicio de su Reino. San Pablo, que fue uno de estos «colaboradores de Dios», se prodigó incansablemente por la causa del Evangelio y de la Iglesia. Con la conciencia de quien ha experimentado personalmente hasta qué punto es inescrutable la voluntad salvífica de Dios, y que la iniciativa de la gracia es el origen de toda vocación, el Apóstol recuerda a los cristianos de Corinto: «Vosotros sois campo de Dios» (1 Co 3,9). Así, primero nace dentro de nuestro corazón el asombro por una mies abundante que sólo Dios puede dar; luego, la gratitud por un amor que siempre nos precede; por último, la adoración por la obra que él ha hecho y que requiere nuestro libre compromiso de actuar con él y por él.

2. Muchas veces hemos rezado con las palabras del salmista: «Él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño» (Sal 100,3); o también: «El Señor se escogió a Jacob, a Israel en posesión suya» (Sal 135,4). Pues bien, nosotros somos «propiedad» de Dios no en el sentido de la posesión que hace esclavos, sino de un vínculo fuerte que nos une a Dios y entre nosotros, según un pacto de alianza que permanece eternamente «porque su amor es para siempre» (cf. Sal 136). En el relato de la vocación del profeta Jeremías, por ejemplo, Dios recuerda que él vela continuamente sobre cada uno para que se cumpla su Palabra en nosotros. La imagen elegida es la rama de almendro, el primero en florecer, anunciando el renacer de la vida en primavera (cf. Jr 1,11-12). Todo procede de él y es don suyo: el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, pero -asegura el Apóstol­ «vosotros sois de Cristo y Cristo de Dios» (1 Co 3,23). He aquí explicado el modo de pertenecer a Dios: a través de la relación única y personal con Jesús, que nos confirió el Bautismo desde el inicio de nuestro nacimiento a la vida nueva. Es Cristo, por lo tanto, quien continuamente nos interpela con su Palabra para que confiemos en él, amándole «con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser» (Mc 12,33). Por eso, toda vocación, no obstante la pluralidad de los caminos, requiere siempre un éxodo de sí mismos para centrar la propia existencia en Cristo y en su Evangelio. Tanto en la vida conyugal, como en las formas de consagración religiosa y en la vida sacerdotal, es necesario superar los modos de pensar y de actuar no concordes con la voluntad de Dios. Es un «éxodo que nos conduce a un camino de adoración al Señor y de servicio a él en los hermanos y hermanas» (Discurso a la Unión internacional de superioras generales, 8 de mayo de 2013). Por eso, todos estamos llamados a adorar a Cristo en nuestro corazón (cf. 1 P 3,15) para dejarnos alcanzar por el impulso de la gracia que anida en la semilla de la Palabra, que debe crecer en nosotros y transformarse en servicio concreto al prójimo. No debemos tener miedo: Dios sigue con pasión y maestría la obra fruto de sus manos en cada etapa de la vida. Jamás nos abandona. Le interesa que se cumpla su proyecto en nosotros, pero quiere conseguirlo con nuestro asentimiento y nuestra colaboración.


3. También hoy Jesús vive y camina en nuestras realidades de la vida ordinaria para acercarse a todos, comenzando por los últimos, y curarnos de nuestros males y enfermedades. Me dirijo ahora a aquellos que están bien dispuestos a ponerse a la escucha de la voz de Cristo que resuena en la Iglesia, para comprender cuál es la propia vocación. Os invito a escuchar y seguir a Jesús, a dejaros transformar interiormente por sus palabras que «son espíritu y vida» (Jn 6,63). María, Madre de Jesús y nuestra, nos repite también a nosotros: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Os hará bien participar con confianza en un camino comunitario que sepa despertar en vosotros y en torno a vosotros las mejores energías. La vocación es un fruto que madura en el campo bien cultivado del amor recíproco que se hace servicio mutuo, en el contexto de una auténtica vida eclesial. Ninguna vocación nace por sí misma o vive por sí misma. La vocación surge del corazón de Dios y brota en la tierra buena del pueblo fiel, en la experiencia del amor fraterno. ¿Acaso no dijo Jesús: «En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros» (Jn 13,35)?

4. Queridos hermanos y hermanas, vivir este «"alto grado" de la vida cristiana ordinaria» (cf. Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 31), significa algunas veces ir a contracorriente, y comporta también encontrarse con obstáculos, fuera y dentro de nosotros. Jesús mismo nos advierte: La buena semilla de la Palabra de Dios a menudo es robada por el Maligno, bloqueada por las tribulaciones, ahogada por preocupaciones y seducciones mundanas (cf. Mt 13,19-22). Todas estas dificultades podrían desalentarnos, replegándonos por sendas aparentemente más cómodas. Pero la verdadera alegría de los llamados consiste en creer y experimentar que él, el Señor, es fiel, y con él podemos caminar, ser discípulos y testigos del amor de Dios, abrir el corazón a grandes ideales, a cosas grandes. «Los cristianos no hemos sido elegidos por el Señor para pequeñeces. Id siempre más allá, hacia las cosas grandes. Poned en juego vuestra vida por los grandes ideales» (Homilía en la misa para los confirmandos, 28 de abril de 2013). A vosotros obispos, sacerdotes, religiosos, comunidades y familias cristianas os pido que orientéis la pastoral vocacional en esta dirección, acompañando a los jóvenes por itinerarios de santidad que, al ser personales, «exigen una auténtica pedagogía de la santidad, capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe integrar las riquezas de la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 31).

Dispongamos por tanto nuestro corazón a ser «terreno bueno» para escuchar, acoger y vivir la Palabra y dar así fruto. Cuanto más nos unamos a Jesús con la oración, la Sagrada Escritura, la Eucaristía, los Sacramentos celebrados y vividos en la Iglesia, con la fraternidad vivida, tanto más crecerá en nosotros la alegría de colaborar con Dios al servicio del Reino de misericordia y de verdad, de justicia y de paz. Y la cosecha será abundante y en la medida de la gracia que sabremos acoger con docilidad en nosotros. Con este deseo, y pidiéndoos que recéis por mí, imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.  

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

PARA LA 50 JORNADA MUNDIAL  DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

21 DE ABRIL DE 2013 – IV DOMINGO DE PASCUA

Tema: Las vocaciones signo de la esperanza fundada sobre la fe

Queridos hermanos y hermanas:

Con motivo de la 50 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará el 21 de abril de 2013, cuarto domingo de Pascua, quisiera invitaros a reflexionar sobre el tema: «Las vocaciones signo de la esperanza fundada sobre la fe», que se inscribe perfectamente en el contexto del Año de la Fe y en el 50 aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II. El siervo de Dios Pablo VI, durante la Asamblea conciliar, instituyó esta Jornada de invocación unánime a Dios Padre para que continúe enviando obreros a su Iglesia (cf. Mt 9,38). «El problema del número suficiente de sacerdotes –subrayó entonces el Pontífice– afecta de cerca a todos los fieles, no sólo porque de él depende el futuro religioso de la sociedad cristiana, sino también porque este problema es el índice justo e inexorable de la vitalidad de fe y amor de cada comunidad parroquial y diocesana, y testimonio de la salud moral de las familias cristianas. Donde son numerosas las vocaciones al estado eclesiástico y religioso, se vive generosamente de acuerdo con el Evangelio» (Pablo VI, Radiomensaje, 11 abril 1964).


En estos decenios, las diversas comunidades eclesiales extendidas por todo el mundo se han encontrado espiritualmente unidas cada año, en el cuarto domingo de Pascua, para implorar a Dios el don de santas vocaciones y proponer a la reflexión común la urgencia de la respuesta a la llamada divina. Esta significativa cita anual ha favorecido, en efecto, un fuerte empeño por situar cada vez más en el centro de la espiritualidad, de la acción pastoral y de la oración de los fieles, la importancia de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

La esperanza es espera de algo positivo para el futuro, pero que, al mismo tiempo, sostiene nuestro presente, marcado frecuentemente por insatisfacciones y fracasos. ¿Dónde se funda nuestra esperanza? Contemplando la historia del pueblo de Israel narrada en el Antiguo Testamento, vemos cómo, también en los momentos de mayor dificultad como los del Exilio, aparece un elemento constante, subrayado particularmente por los profetas: la memoria de las promesas hechas por Dios a los Patriarcas; memoria que lleva a imitar la actitud ejemplar de Abrahán, el cual, recuerda el Apóstol Pablo, «apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos, de acuerdo con lo que se le había dicho: Así será tu descendencia» (Rm 4,18). Una verdad consoladora e iluminante que sobresale a lo largo de toda la historia de la salvación es, por tanto, la fidelidad de Dios a la alianza, a la cual se ha comprometido y que ha renovado cada vez que el hombre la ha quebrantado con la infidelidad y con el pecado, desde el tiempo del diluvio (cf. Gn 8,21-22), al del éxodo y el camino por el desierto (cf. Dt 9,7); fidelidad de Dios que ha venido a sellar la nueva y eterna alianza con el hombre, mediante la sangre de su Hijo, muerto y resucitado para nuestra salvación.

En todo momento, sobre todo en aquellos más difíciles, la fidelidad del Señor, auténtica fuerza motriz de la historia de la salvación, es la que siempre hace vibrar los corazones de los hombres y de las mujeres, confirmándolos en la esperanza de alcanzar un día la «Tierra prometida». Aquí está el fundamento seguro de toda esperanza: Dios no nos deja nunca solos y es fiel a la palabra dada. Por este motivo, en toda situación gozosa o desfavorable, podemos nutrir una sólida esperanza y rezar con el salmista: «Descansa sólo Dios, alma mía, porque él es mi esperanza» (Sal 62,6). Tener esperanza equivale, pues, a confiar en el Dios fiel, que mantiene las promesas de la alianza. Fe y esperanza están, por tanto, estrechamente unidas. De hecho, «“esperanza”, es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos pasajes las palabras “fe” y “esperanza” parecen intercambiables. Así, la Carta a los Hebreos une estrechamente la “plenitud de la fe” (10,22) con la “firme confesión de la esperanza” (10,23). También cuando la Primera Carta de Pedro exhorta a los cristianos a estar siempre prontos para dar una respuesta sobre el logos –el sentido y la razón– de su esperanza (cf. 3,15), “esperanza” equivale a “fe”» (Enc. Spe salvi, 2).

Queridos hermanos y hermanas, ¿en qué consiste la fidelidad de Dios en la que se puede confiar con firme esperanza? En su amor. Él, que es Padre, vuelca en nuestro yo más profundo su amor, mediante el Espíritu Santo (cf. Rm 5,5). Y este amor, que se ha manifestado plenamente en Jesucristo, interpela a nuestra existencia, pide una respuesta sobre aquello que cada uno quiere hacer de su propia vida, sobre cuánto está dispuesto a empeñarse para realizarla plenamente. El amor de Dios sigue, en ocasiones, caminos impensables, pero alcanza siempre a aquellos que se dejan encontrar. La esperanza se alimenta, por tanto, de esta certeza: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16). Y este amor exigente, profundo, que va más allá de lo superficial, nos alienta, nos hace esperar en el camino de la vida y en el futuro, nos hace tener confianza en nosotros mismos, en la historia y en los demás. Quisiera dirigirme de modo particular a vosotros jóvenes y repetiros: «¿Qué sería vuestra vida sin este amor? Dios cuida del hombre desde la creación hasta el fin de los tiempos, cuando llevará a cabo su proyecto de salvación. ¡En el Señor resucitado tenemos la certeza de nuestra esperanza!» (Discurso a los jóvenes de la diócesis de San Marino-Montefeltro, 19 junio 2011).

Como sucedió en el curso de su existencia terrena, también hoy Jesús, el Resucitado, pasa a través de los caminos de nuestra vida, y nos ve inmersos en nuestras actividades, con nuestros deseos y nuestras necesidades. Precisamente en el devenir cotidiano sigue dirigiéndonos su palabra; nos llama a realizar nuestra vida con él, el único capaz de apagar nuestra sed de esperanza. Él, que vive en la comunidad de discípulos que es la Iglesia, también hoy llama a seguirlo. Y esta llamada puede llegar en cualquier momento. También ahora Jesús repite: «Ven y sígueme» (Mc 10,21). Para responder a esta invitación es necesario dejar de elegir por sí mismo el propio camino. Seguirlo significa sumergir la propia voluntad en la voluntad de Jesús, darle verdaderamente la precedencia, ponerlo en primer lugar frente a todo lo que forma parte de nuestra vida: la familia, el trabajo, los intereses personales, nosotros mismos. Significa entregar la propia vida a él, vivir con él en profunda intimidad, entrar a través de él en comunión con el Padre y con el Espíritu Santo y, en consecuencia, con los hermanos y hermanas. Esta comunión de vida con Jesús es el «lugar» privilegiado donde se experimenta la esperanza y donde la vida será libre y plena.

Las vocaciones sacerdotales y religiosas nacen de la experiencia del encuentro personal con Cristo, del diálogo sincero y confiado con él, para entrar en su voluntad. Es necesario, pues, crecer en la experiencia de fe, entendida como relación profunda con Jesús, como escucha interior de su voz, que resuena dentro de nosotros. Este itinerario, que hace capaz de acoger la llamada de Dios, tiene lugar dentro de las comunidades cristianas que viven un intenso clima de fe, un generoso testimonio de adhesión al Evangelio, una pasión misionera que induce al don total de sí mismo por el Reino de Dios, alimentado por la participación en los sacramentos, en particular la Eucaristía, y por una fervorosa vida de oración. Esta última «debe ser, por una parte, muy personal, una confrontación de mi yo con Dios, con el Dios vivo. Pero, por otra, ha de estar guiada e iluminada una y otra vez por las grandes oraciones de la Iglesia y de los santos, por la oración litúrgica, en la cual el Señor nos enseña constantemente a rezar correctamente» (Enc. Spe salvi, 34).


La oración constante y profunda hace crecer la fe de la comunidad cristiana, en la certeza siempre renovada de que Dios nunca abandona a su pueblo y lo sostiene suscitando vocaciones especiales, al sacerdocio y a la vida consagrada, para que sean signos de esperanza para el mundo. En efecto, los presbíteros y los religiosos están llamados a darse de modo incondicional al Pueblo de Dios, en un servicio de amor al Evangelio y a la Iglesia, un servicio a aquella firme esperanza que sólo la apertura al horizonte de Dios puede dar. Por tanto, ellos, con el testimonio de su fe y con su fervor apostólico, pueden transmitir, en particular a las nuevas generaciones, el vivo deseo de responder generosamente y sin demora a Cristo que llama a seguirlo más de cerca. La respuesta a la llamada divina por parte de un discípulo de Jesús para dedicarse al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada, se manifiesta como uno de los frutos más maduros de la comunidad cristiana, que ayuda a mirar con particular confianza y esperanza al futuro de la Iglesia y a su tarea de evangelización. Esta tarea necesita siempre de nuevos obreros para la predicación del Evangelio, para la celebración de la Eucaristía y para el sacramento de la reconciliación. Por eso, que no falten sacerdotes celosos, que sepan acompañar a los jóvenes como «compañeros de viaje» para ayudarles a reconocer, en el camino a veces tortuoso y oscuro de la vida, a Cristo, camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6); para proponerles con valentía evangélica la belleza del servicio a Dios, a la comunidad cristiana y a los hermanos. Sacerdotes que muestren la fecundidad de una tarea entusiasmante, que confiere un sentido de plenitud a la propia existencia, por estar fundada sobre la fe en Aquel que nos ha amado en primer lugar (cf. 1Jn 4,19). Igualmente, deseo que los jóvenes, en medio de tantas propuestas superficiales y efímeras, sepan cultivar la atracción hacia los valores, las altas metas, las opciones radicales, para un servicio a los demás siguiendo las huellas de Jesús. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de seguirlo y de recorrer con intrepidez los exigentes senderos de la caridad y del compromiso generoso. Así seréis felices de servir, seréis testigos de aquel gozo que el mundo no puede dar, seréis llamas vivas de un amor infinito y eterno, aprenderéis a «dar razón de vuestra esperanza» (1 P 3,15). 

VALE LA PENA SEGUIR A JESUCRISTO

2 Octubre 2012.  Autor:  David Ignacio López.   Frecuentemente estamos enfrentados a retos ante los cuales nos preguntamos: ¿y qué hago ahora?, y es que las decisiones de la vida, si se toman en serio, nos cuestionan; pero de ellas son pocas las que de verdad marcan la vida de una persona para siempre por ser radicales. Este es el caso de una vocación sacerdotal; y aunque no suene muy atractivo renunciar al amor de una mujer, o dejar atrás la idea de ser un buen padre que cuida y ama a sus hijos, o incluso olvidar un proyecto de vida acariciado en la secundaria o en la universidad, sabemos para qué lo hacemos: es para amar a Cristo en nuestros hermanos desde el altar y en el trabajo, en la risa y en el llanto, al inicio de la vida y al momento de la muerte; es para ser otro Cristo en el mundo.

Recuerdo que alguna vez escuché: “Cristo no vale la pena, vale la vida”; esta frase, que quedó retumbando en mis oídos, fue determinante el día en que decidí ingresar al seminario, pues no le quiero ofrecer a Dios las penas que me da el mundo, le quiero ofrecer la vida que él mismo me da, no porque no quiera recibir el cariño de una mujer sino porque quiero dar el cariño de Dios al mundo sin limitaciones; no porque no quiera tener unos hijos, sino porque quiero tener mas de lo que ofrece la carne: miles de hijos espirituales que pueda entregar a Dios para bien del mundo; Dios necesita hombres fuertes ahora.

Es una realidad, “hoy existe” la  necesidad de Sacerdotes santos, por esto hay que pedir a Dios tanto por los que ejercen el   ministerio del sacerdocio, como por los jóvenes que asumimos este proceso (seminaristas) y además, para que siga Él, dueño de todo, sembrando la semilla de la vocación en cada uno de los jóvenes a los cuales escoge. Pero esta petición (oración) por las vocaciones no es una oración cualquiera, por tanto no se puede realizar de cualquier forma.

La oración vocacional tiene, como primera medida, que dirigirse a Dios padre; revisemos: estamos pidiendo a Dios Padre (dueño de la mies) que envíe sacerdotes (obreros) a su pueblo (mies). El Evangelio es muy explícito “Al dueño de la mies” (Lc 10, 2) no a intermediarios; esto no es quitar importancia a los intercesores, sino resaltar la figura suprema de Dios Padre y obedecer a lo mandado por Nuestro Señor Jesucristo.

Dios  no deja de llamar, esto es clave. Si queremos llegar a Dios necesitamos pastores que nos guíen hacia él, pero estos no se nos darán si no los pedimos; de ahí que el papel de la oración sea fundamental para el surgimiento y apoyo de las vocaciones.

Dios quiere hombres que sean su voz en el mundo, y por eso sigue llamando a cada joven y jovencita a llevar su palabra a quien la necesite, sin miedo a nada ni a nadie; “dichoso aquel que muere por causa del evangelio”… Dios hoy invita morir al mundo y nacer para él.

En nuestro seminario con gran alegría podemos decir que la semilla de la vocación ha germinado: este 11 de Octubre, por imposición de manos y oración consecratoria, el Excelentísimo Mons. Flavio Calle Zapata ordenará sacerdotes a Juan Gabriel Martínez y a Giovanni Ospina, y con gozo y en profunda acción de gracias elevamos nuestra oración a Dios por la perseverancia en el ministerio de estos dos servidores del pueblo, y por cada uno de los que se ofrecen en cuerpo y alma a Él.


UNA NUEVA AVENTURA

SEMINARIO MENOR PARROQUIAL SAN JOSÉ

INSCRIPCIONES ABIERTAS

Primer Semillero de 10 a 14 años  (5 a 8 grado)

Segundo Semillero.  de 15 a 18 AÑOS ( 9 A 11 GRADO)

QUÉ ES EL SEMINARIO MENOR ?

      es una instittución vocacional de la Arquidiócesis de Ibagué, que prolonga la presencia de Cristo vovo que llama a muchos a su segumiento en el ministerio sacerdotal. Por tanto ayuda a niños a asumir su vida cristiana y a discernir su vocación, ofreciéndoles procesos de formación incial integral en su propio ambiente.

CÓMO SE ESTRUCTURA?

     A partir de semilleros vocacionales que funcionarán en las parroquias de la Arquidiócesis en dos grupos. el primer semillero estará conformado por los estudiantes que cursen entre 5 y 8 grado de 10 a 14 aññosw; el segundo semillero estará intgegrado por alumnos que cursen entre 9 y 11 grado, cinluyendo a los que ya son bachilleres de 15 a 18 años.

QUIÉNES SON LOS RESPONSABLES ?

    El Obispo, el Rector, el equipo diocesano, los delegados vicariales, los asesores parroquiales, las familias de los seminaristas, los educadores.

CÓMO ES SU FUNCIONAMIENTO ?

    Se integrará el semillero en cada parroquia mediante una permanente motivación a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes bien sean personalmente o a través de las familias y los colegios.  Cada semillero seguira un proceso formativo que incluirá oración, encuentros formativos, recreaación y proyección apostólica. Cada parroquia de acuerdo a sus posibilidades establecerá la periodicidad al menos mensual de las reuniones, de manera que se garantice un buen desarrollo de los temas que se proponen para la formación. Cada encuentro formativo de los seminaristas, a nivel parroquial comprenderá: Lectura orante de la Palabra, desarrollo del tema de formación, compartir de vida, conclusiones y compromisos.  A Nivel de Vicaría foránea se tendrá al menos 2 encuentros por año.

Los alumnos que han terminado o están terminando el bachillerato participarán en las convivencias de aspirantes al seminario los primeros sábada de cada mes en el Seminario y en la convivencia  de discernimiento para ingresar al Seminario Mayor, en el mes de noviembre durantes tres días.  Los niños, adolescentes y jóvenes que quieran ingresar al seminario menor parroquial harán su petición por escrito al Rector, en la cual manifiestan los motivos que los llevan a solicitar el ser admitidos en el Seminario. La petición debe ser escrita a puño y letra.

Quien sea admitido en el Seminario Menor, deberá firmar la respectiva matrículo junto con sus padres o algún acudiente, presentando los siguientes documentos:  Acta de bautismo, fotocopia del documento de identidad, último boletín o informe académico, dos fotos tamaño cédula.  El Rector después del respectivo análisis con el Equipo Diocesano, a partir de las entrevistas con los candidatos y sus familias, respondeerá aceptando o postergando la admisión al candidato.

Los criterios de admisión son los siguientes:  Pueden pertenecer a él, todos aquellos niños, adolescentes y jóvenes de las parroquias  de la Arquidiócesis de Ibagué que sean respaldados por sus párrocos y cursen entre 5 y 11 grado incluyendo los que ya son bachilleres. Serán admitidos quienes se sientan motivados a la vida sacerdotal y quieran ingresar al Seminario con el propósito de clarificar, mediante un proceso de formación, sus inquietudes vocacionales. Para ingresar al Seminario no se requiere una absoluta certeza de su llamado. se supone que es un espacio de discernimiento vocacional, es posible encontrar entre los alumnnos del Seminario. 


LAS VOCACIONES: DON DE LA CARIDAD DE DIOS

CÓRDOBA, (ZENIT.).- carta pastoral del obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, con motivo de la celebración del domingo del Buen Pastor, jornada que la Iglesia dedica a la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones.

El domingo IV de Pascua es el domingo del Buen Pastor. Aparece Jesús como el pastor que da la vida por sus ovejas, por cada uno de nosotros. El pastor que conoce a cada uno por su nombre, que nos cuida. En contraposición a los malos pastores que se aprovechan de las ovejas, que huyen cuando viene el lobo, que no les importan las ovejas.

Coincidiendo con este domingo celebramos la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones con el lema: “Las vocaciones, don de la Caridad de Dios”. La oración por las vocaciones de especial consagración es una intención que hemos de tener constantemente presente, porque se trata de una necesidad primaria de la Iglesia, pero en la Jornada anual tenemos ocasión de reflexionar detenidamente sobre este aspecto de la vida de la Iglesia.

Necesitamos muchas vocaciones de especial consagración: en la vida contemplativa, monjes y monjas; en la vida apostólica del trabajo parroquial, de la atención a los necesitados de tantas carencias, de la tarea educativa, de la beneficencia; en la vida consagrada dentro del mundo, como son los institutos seculares y las vírgenes consagradas. Las vocaciones de especial consagración son el buen olor de Cristo, un perfume de alta calidad, que transparenta la belleza del Evangelio y de la vida cristiana.

La vocación es un don de Dios, porque es Dios el que llama, tocando el corazón y atrayendo suavemente como Él sabe hacerlo. No violenta la libertad, sino que la sana para que pueda ser más libre en su respuesta. La vocación se cuece en el santuario de la conciencia donde Dios hace sentir su llamada y produce el atractivo de seguirle. La vocación es también respuesta de la libertad humana, es mérito de la persona humana que arriesga su vida, entregándola a Dios para el servicio de los hermanos.

Pero al mismo tiempo, la vocación es un don que se gesta en la Comunidad, en la Iglesia. Probablemente, los llamados hoy no percibirían la llamada, si no conocieran otras llamadas y respuestas en personas que han respondido anteriormente. En esto, como en todos los misterios de la fe, la transmisión se realiza por vía de testimonio. La vocación también se contagia, y Dios se sirve para llamar a nuevas vocaciones por la mediación de otros que han sido llamados y han respondido generosamente.

Es la Iglesia la que engendra y alimenta estas vocaciones, y dentro de ella las comunidades cristianas en las que se vive el Evangelio. Allí donde hay una comunidad viva, en el propio hogar, en la parroquia, en los grupos, movimientos y nuevas realidades eclesiales, allí brotan vocaciones. En nuestro viejo continente europeo, también. Hay vocaciones, Dios sigue llamando, aunque notamos la escasez en muchos ámbitos. La Jornada mundial de oración por las vocaciones nos lleva a esperar que se produzca un nuevo pentecostés y muchos jóvenes se sientan atraídos por esta manera de vivir el Evangelio en su más pura esencia. La JMJ del pasado agosto en Madrid fue una ocasión propicia para sentir esta llamada, que debe ser acompañada por la oración de toda la Iglesia

La vocación es fruto del amor de Dios, de la Caridad de Dios para con los hombres. El amor de Dios suscita amor y provoca respuestas de amor. En el diálogo de Jesús con Pedro, cuando le llama para ponerle al frente de su Iglesia, Jesús le examina de amor: “Simón, ¿me quieres?” Pedro responde afirmativamente, y al ser preguntado reiteradamente, se abandona en las manos de Jesús para decirle: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero” (Jn 21,17). El lema de este año nos sitúa ante ese amor de Dios, que va delante y que busca la correspondencia de una respuesta de amor, nos recuerda que sólo en la tensión del amor puede haber réplica vocacional, nos invita a pedir al Señor que por su Caridad infinita nos envíe nuevas vocaciones en todos los campos para afrontar con esperanza la tarea de la Nueva Evangelización.