24 November 2017
 

25 de octubre 2017. Padre. Raúl Ortiz Toro – Docente del Seminario mayor, Popayán, Colombia. ¿Canonizar a Lutero? “Es otro monje alemán borracho. Ya se le pasará”. Algunos aseguran que estas palabras las dijo el papa León X en 1517 luego de conocer la noticia de que Martín Lutero había cuestionado algunas verdades de fe católica y, sobre todo, la licenciosa vida de algunos miembros de la Iglesia.

No pasaba la Iglesia por el mejor momento de su historia y tampoco era Lutero el primero en poner el dedo en la llaga; una considerable lista de cuestionadores del orden eclesial de la época se había consolidado, y en ella se encuentran, por ejemplo, en un bando Francisco de Asís y Pedro Damián, y del otro lado Pedro Valdo, John Wicleff y Juan Hus.

También habría que agregar al famoso Erasmo de Rotterdam, a quien Lutero contó como uno de sus inspiradores debido a los estudios bíblicos de aquel sobre el Nuevo Testamento. A principios del siglo XVI la Iglesia estaba en crisis; nadie lo puede negar y si alguien quiere maquillar la historia pasará por insensato. Es lamentable que el papado se hubiera convertido en un fortín de malas prácticas políticas y económicas disputado entre poderosas familias romanas, primero, o entre los poderes reales europeos, después. Además, junto a la visión equivocada de una Iglesia al servicio de los intereses terrenos únicamente, como imperio, crecía la laxitud moral.

Ante este panorama, Martín Lutero decidió escribir 95 cuestionamientos con respecto a la manera como se entendía y como se administraba la gracia de las indulgencias. Con teatralidad, los historiadores han narrado la escena del 31 de octubre de 1517, cuando un enfurecido Lutero fue a las puertas de la iglesia de Wittenberg a clavar las “95 tesis” con tono desafiante. Pero la verdad es muy distinta. Lutero escribió sus cuestionamientos en un tono tan apacible y conciliador que si hoy las lee algún incauto no sabría diferenciarlos de la doctrina católica ortodoxa. Es más, de las 95 tesis al menos 70 no tienen reparo si se trata de afirmar la fe de la Iglesia. Por otra parte, las tesis fueron escritas en latín porque lo que pretendía el fraile agustino era promover la reflexión académica (la puerta de la Iglesia era como la cartelera del pueblo) en torno al tema de la utilización de los beneficios espirituales como vehículo para la consecución de dinero.

 

Lamentablemente, las vicisitudes posteriores tanto para Lutero, como para la Iglesia, no fueron pacíficas. Aquí hay que agregar que detrás del reformador hubo también intereses políticos, no de él sino de quienes lo defendieron, reyes y príncipes, buscando la división de la Iglesia para así hacerse con el poder político que esta detentaba.  Ahora bien, cuando se trata del tema de Martín Lutero y la Reforma Protestante muchos católicos se llenan de rencor y prejuicio. Otros, se llenan de admiración. La vía media, ahora que se hablará un poco de Lutero por la conmemoración de los 500 años de inicio de la Reforma Protestante, es considerar al fraile dentro del contexto propio de su época y aprovechar la ocasión para hacer un autoexamen como miembros de la Iglesia. Lutero no fue ni el demonio que quisieron mostrar los ultra ortodoxos ni el gran héroe que ganó la batalla contra el poder papal que presentaron los reformados. Algunos detractores del papa Francisco, que ha tenido tono conciliador con los Protestantes de la Reforma han salido a decir que el papa tenía deseos de canonizarlo. Nada más falso y tendencioso; lo que el Papa ha buscado es encontrar un punto de acercamiento con el que piensa diferente para caminar juntos hacia la unidad. El camino, por supuesto, no es fácil. Hoy tenemos un nuevo reto: No solo mirar hacia afuera (La Reforma Protestante) sino mirar hacia dentro (La Reforma Católica) y tener argumentos de conversión y renovación para detener la avanzada de los que siguen dividiendo la Iglesia. Correo: Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Necesita activar JavaScript para visualizarla.