25 March 2019
 

Meditación del Papa Francisco al clero de Roma al inicio de la Cuaresma

Jueves 7 de febrero de 2019 – Basílica de San Juan de Letrán

 

 

Buenos días a todos.

Siempre es bueno estar aquí, cada año, al comienzo de la Cuaresma, para esta liturgia del perdón de Dios. Nos hace bien – ¡Me hace bien a mí también! – y siento una gran paz en mi corazón, ahora que cada uno de nosotros ha recibido la misericordia de Dios y la ha dado a los demás, a sus hermanos. Vivamos este momento como lo que realmente es, como una gracia extraordinaria, un milagro permanente de la ternura divina, en el que una vez más la Reconciliación de Dios, hermana del Bautismo, nos conmueve, nos lava con lágrimas, nos regenera, nos restaura nuestra belleza original.

 

Esta paz y gratitud que suben de nuestros corazones al Señor nos ayudan a comprender cómo toda la Iglesia y cada uno de sus hijos viven y crecen gracias a la misericordia de Dios. La Esposa del Cordero se hace “sin mancha ni arruga” (Ef 5,27) por don de Dios, su belleza es el punto de llegada de un camino de purificación y transfiguración, es decir, de un éxodo al que el Señor la invita permanentemente: “He aquí que yo la llevaré al desierto y hablaré a su corazón” (Os 2,16). Nunca debemos dejar de advertirnos los unos a los otros de la tentación de la autosuficiencia y de la autosatisfacción, como si fuéramos Pueblo de Dios por iniciativa propia o gracias a nosotros mismos. Este replegarnos sobre nosotros mismos es muy malo y siempre nos hará daño: ya sea la autosuficiencia en el hacer o el pecado del espejo, la autocomplacencia: “¡Qué bello soy! ¡Qué bueno soy!”.

 

No somos pueblo de Dios por iniciativa propia, por mérito propio; no, realmente somos y seremos siempre fruto de la acción misericordiosa del Señor: un pueblo de orgullosos hechos pequeños por la humildad de Dios, un pueblo de miserables -no temamos decir esta palabra: “Yo soy miserable”- enriquecidos por la pobreza de Dios, un pueblo maldito hecho justo por Aquel que se hizo el “Maldito” colgado en el madero de la cruz (cfr. Ga 3,13). No olvidemos nunca: “¡Sin mí pueden hacer nada!” (Jn 15,5). Repito, el Maestro nos ha dicho: “¡Sin mí no pueden hacer nada!”. Y así cambia la cosa, no soy yo frente al espejo que me miro, no soy yo el centro de las actividades, ni siquiera el centro de la oración, muchas veces…. No, no, Él es el centro. Yo estoy en la periferia. Él es el centro, Él lo hace todo, y esto requiere de nosotros una santa pasividad (la que no es santa es la pereza, no, esa no), una santa pasividad ante Dios, sobre todo ante Jesús, es Él quien hace las cosas.

 

Por eso este tiempo de Cuaresma es verdaderamente una gracia: nos permite ponernos delante de Dios y dejar que Él sea todo. Su amor nos levanta del polvo (recuerden que sin mí ustedes son polvo, nos dijo ayer el Señor), su Espíritu soplado una vez más en nuestras narices nos da la vida de los resucitados. La mano de Dios, que nos creó a imagen y semejanza de su misterio trinitario, nos ha hecho múltiples en la unidad, diferentes pero inseparables unos de otros. El perdón de Dios que hemos celebrado hoy es una fuerza que restablece la comunión a todos los niveles: entre nosotros sacerdotes en el único presbiterio diocesano; con todos los cristianos, en el único cuerpo que es la Iglesia; con todos los hombres, en la unidad de la familia humana. El Señor nos presenta unos a otros y nos dice: aquí está tu hermano, “hueso de tus huesos, carne de tu carne” (cf. Gn 2,23), aquel con quien estás llamados a vivir “la caridad que no tendrá fin” (1Co 13,8).

 

Para estos siete años de camino diocesano de conversión pastoral que nos separan del Jubileo de 2025 (hemos llegado al segundo) les he propuesto el libro del Éxodo como paradigma. El Señor actúa, entonces como lo hace hoy, y transforma un “no-pueblo” en Pueblo de Dios. Este es su deseo y su plan también para nosotros.

 

Pues bien, ¿qué hace el Señor cuando debe que constatar con tristeza que Israel es un pueblo “de dura cerviz” (Ex 32,9), “propenso al mal” (Ex 32,22) como en el episodio del becerro de oro? Comienza una paciente obra de reconciliación, una sabia pedagogía, en la que Él amenaza y consuela, nos hace conscientes de las consecuencias del mal cometido y decide olvidar el pecado, castiga golpeando al pueblo y cura la herida que ha infligido. Precisamente en el texto del Éxodo 32-34, que propondrán en Cuaresma para la meditación de sus comunidades, el Señor parece haber tomado una decisión radical: “No vendré con ustedes” (Ex 33,3). Cuando el Señor se cierra, se aleja. Tenemos experiencia de esto, en los malos momentos, en la desolación espiritual. Si alguno de ustedes no conoce estos momentos, les aconsejo que vayan a hablar con un buen confesor, un padre espiritual, porque algo falta en tu vida; no sé lo que es pero no tener desolación… no es normal, yo diría que no es cristiano. Nosotros tenemos estos momentos. No caminaré más a la cabeza; enviaré a mi ángel (cf. Ex 32, 34) para que te preceda en el camino, pero yo no vendré. Cuando el Señor nos deja solos, sin su presencia, y estamos en la parroquia, estamos trabajando y nos sentimos ocupados, pero sin la presencia del Señor, en desolación…. No solo en consolación, en desolación. Piensen en esto.

 

Por otro lado, el pueblo, tal vez por impaciencia o por sentirse abandonado (porque Moisés tardaba en bajar de la montaña), había dejado de lado al profeta elegido por Dios y había pedido a Aarón que construyera un ídolo, una imagen muda de Dios, para que caminara a su cabeza. El pueblo no tolera la ausencia de Moisés, está en desolación y no lo tolera, y busca inmediatamente a otro dios para estar cómodo. A veces, cuando no tenemos desolación, puede ser que tengamos ídolos. “No, estoy bien, me las arreglo con lo que tengo…”. Nunca llega la tristeza del abandono de Dios. ¿Qué hace el Señor cuando lo “mandamos afuera” -con ídolos- de la vida de nuestras comunidades, porque estamos convencidos de que somos suficientes para nosotros mismos? En ese momento yo soy el ídolo: “No, me las arreglo… Gracias…. No te preocupes, me las arreglaré”. Y no se siente esa necesidad del Señor, no sientes la desolación de la ausencia del Señor.

 

¡Pero el Señor es astuto! La reconciliación que Él quiere ofrecer al pueblo será una lección que los israelitas recordarán para siempre. Dios actúa como un amante rechazado: si realmente no me quieres, entonces me voy. Y nos deja solos. Es cierto, podemos arreglárnoslas solos, por un tiempo, seis meses, un año, dos años, tres años, incluso más. En algún momento esto estalla. Si seguimos adelante solos, explota esta autosuficiencia, esta autocomplacencia de la soledad. Y estalla mal, estalla mal.

Pienso en el caso de un sacerdote bueno, bueno, religioso, lo he conocido bien. Era brillante. Si había algún problema en alguna comunidad, los superiores pensaban en él para resolverlo: un colegio, una universidad, era bueno, bueno. Pero era devoto del “santo espejo”: se miraba mucho a sí mismo. Y Dios fue bueno con él. Un día le hizo sentir que estaba solo en la vida, que había perdido tanto. Y no se atrevió a decir al Señor: “Pero he arreglado esto, lo otro y lo otro”. No, inmediatamente se dio cuenta de que estaba solo. Y la gracia más grande que el Señor puede dar, para mí es la gracia más grande: ese hombre lloró. La gracia del llanto. Lloró por el tiempo perdido, lloró porque el santo espejo no le había dado lo que esperaba de sí mismo. Y empezó de nuevo, humildemente. Cuando el Señor se va, porque lo echamos, debemos pedir el don de las lágrimas, debemos llorar la ausencia del Señor. “Tú no me quieres, así que me voy”, dice el Señor, y con el tiempo sucede lo que le sucedió a este sacerdote.

 

Volvamos al Éxodo. El efecto es el esperado: “El pueblo oyó esta triste noticia y todos se lamentaron: ya nadie llevaba sus adornos” (Ex 33,4). Los israelitas pasaron por alto el hecho de que ningún castigo es tan pesado como esta decisión divina que contradice su santo nombre: “¡Yo soy el que soy!” (Ex 3,14): una expresión que tiene un significado concreto, no abstracto, que quizás pueda traducirse como “Yo soy el que está y estará aquí, a tu lado”. Cuando te das cuenta de que Él se ha ido, porque lo has echado, es una gracia sentir esto. Si no te das cuenta, hay sufrimiento. El ángel no es una solución, al contrario, sería el testigo permanente de la ausencia de Dios. Por eso la reacción del pueblo es la tristeza. Esta es otra cosa peligrosa, porque hay una tristeza buena y una tristeza mala. Allí hay que discernir, en los momentos de tristeza: ¿cómo es mi tristeza, de dónde viene? Y a veces es buena, viene de Dios, de la ausencia de Dios, como en este caso; otras veces ella es una autocomplacencia, ¿no es cierto?

 

¿Qué sentiríamos si el Señor Resucitado nos dijera: continúen sus actividades eclesiales y sus liturgias, pero ya no estaré presente y activo en vuestros sacramentos? Puesto que, cuando tomas tus decisiones, te basas en criterios mundanos y no evangélicos (tamquan Deus non esset), entonces me hago totalmente a un lado… Todo estaría vacío, sin sentido, no sería más que “polvo”. La amenaza de Dios abre la puerta a la intuición de lo que sería nuestra vida sin Él, si realmente Él ocultara su Rostro para siempre. Es la muerte, la desesperación, el infierno: sin mí no pueden hacer nada.

 

El Señor nos muestra una vez más, en la carne viva del desenmascaramiento de nuestra hipocresía, qué cosa es realmente su misericordia. A Moisés Dios le revela en el monte su Gloria y su Santo Nombre: “El Señor, el Señor, el Dios misericordioso y clemente, lento para la ira y rico en amor y fidelidad” (Ex 34,6). En el “juego del amor” realizado por Dios, compuesto por una amenaza de ausencia y una presencia restaurada – “Mi rostro caminará con ustedes y les daré reposo” (Ex 33,14) – Dios logra la reconciliación con su Pueblo. Israel sale de esta experiencia dolorosa, que lo marcará para siempre, con una nueva madurez: es más consciente de quién es el Dios que lo liberó de Egipto, más lúcido en la comprensión de los peligros reales del camino (podríamos decir: ¡tiene más miedo de sí mismo que de las serpientes del desierto!). Esto es bueno: tener un poco de miedo de nosotros mismos, de nuestra omnipotencia, de nuestras astucias, de nuestros ocultamientos, de nuestro doble juego… Un poco de miedo. Si fuera posible, tener más miedo de esto que de las serpientes, porque es un verdadero veneno. Y así el pueblo está más unido en torno a Moisés y a la Palabra de Dios que él proclama. La experiencia del pecado y el perdón de Dios es lo que ha permitido que Israel se convierta un poco más en el Pueblo que pertenece a Dios.

 

Hemos hecho esta liturgia penitencial y hemos hecho experiencia de nuestros pecados; y decir que el pecado es algo que nos abre a la misericordia de Dios, porque el pecado usualmente se esconde. No solo escondemos el pecado de Dios, no solo al prójimo, no solo del sacerdote, sino de nosotros mismos. La “cosmética” ha avanzado tanto en esto: somos especialistas en maquillar situaciones. “Sí, pero no es por mucho tiempo, ya sabes…”. Y un poco de agua para lavarse de los cosméticos es buena para todos, para ver que no somos tan hermosos: somos feos, feos incluso en nuestras propias cosas. Pero sin desesperación, porque hay Dios, clemente y misericordioso, que siempre está detrás de nosotros. Ahí está su misericordia que nos acompaña.

 

Queridos hermanos, este es el sentido de la Cuaresma que viviremos. En los ejercicios espirituales que predicarán a la gente de sus comunidades, en las liturgias penitenciales que celebrarán, tengan el valor de proponer la reconciliación del Señor, de proponer su amor apasionado y celoso.

 

Nuestro papel es como el de Moisés: un servicio generoso a la obra de reconciliación de Dios, un “juego en las manos” de su amor.

 

Es hermosa la manera en que Dios involucra a Moisés, realmente lo trata como su amigo: lo prepara antes de bajar de la montaña advirtiéndole de la perversión del pueblo, acepta que actúe como intercesor de sus hermanos, lo escucha mientras le recuerda el juramento que Él, Dios, hizo a Abraham, Isaac y Jacob. Podemos imaginar que Dios sonrió cuando Moisés le invitó a no contradecirse, a no causar una mala impresión a los ojos de los egipcios y a no ser menos que sus dioses, a tener respeto por su Santo Nombre. Lo provocó con la dialéctica de las responsabilidades: “Tu pueblo, al que tú, Moisés, sacaste de Egipto”, para que Moisés respondiera subrayando que no, que el pueblo pertenece a Dios, es Él quien lo sacó de Egipto… Y este es un diálogo maduro con el Señor. Cuando vemos que la gente a la que servimos en la parroquia, o donde sea, se ha alejado, tenemos esta tendencia a decir: “Es mi gente, es mi pueblo”. Sí, es tu pueblo, pero vicariamente, digamos esto: ¡El pueblo es Suyo! Y luego ve y repróchale: “Mira a tu pueblo lo que está haciendo”. Este diálogo con el Señor.

 

Pero el corazón de Dios se alegró al oír las palabras de Moisés: “Si tú perdonases su pecado […] De lo contrario, ¡bórrame del libro que has escrito! (Ex 32,32). Y esta es una de las cosas más hermosas del sacerdote, del que va delante del Señor y saca la cara por su pueblo. “Es tu pueblo, no el mío, y debes perdonar” – “No, pero…” – “¡Me voy! No voy a hablar más contigo. Bórrame”. ¡Se necesitan “pantalones” para hablarle así a Dios! ¡Pero tenemos que hablar así, como hombres, no como pusilánimes, como hombres! Porque esto significa que soy consciente del lugar que tengo en la Iglesia, que no soy un administrador, puesto allí para sacar adelante cualquier cosa. Significa que creo, que tengo fe. Trata de hablar así, con Dios.

 

Morir por el pueblo, compartir el destino del pueblo, pase lo que pase, hasta que muera. Moisés no aceptó la propuesta de Dios, no aceptó la corrupción. Dios finge querer corromperlo. No aceptó: “No, no estoy en eso. Estoy con el pueblo. Con tu pueblo”. La propuesta de Dios era: “Deja que mi ira se encienda contra ellos y los devore. Te haré una gran nación” (Ex 32, 10) – he aquí la “corrupción”. ¿Pero cómo? ¿Dios es el corruptor? Está tratando de ver el corazón de su pastor. Moisés no quiere salvarse a sí mismo, ahora es uno con sus hermanos.

 

¡Ojalá cada uno de nosotros llegase a este punto, ojalá! Es feo cuando un sacerdote va al obispo a quejarse de su gente: “Ah, no se puede, esta gente no entiende nada, y así, y así, y así…, se desperdicia el tiempo…”. ¡Es feo! ¿Qué le falta a ese hombre? ¡Cuántas cosas le faltan a ese sacerdote! Moisés no hace eso. No quiere salvarse a sí mismo, porque es uno con sus hermanos. Aquí el Padre vio el rostro del Hijo. La luz del Espíritu de Dios invadió el rostro de Moisés y dibujó los rasgos del Crucificado Resucitado en su rostro, haciéndolo luminoso. Y cuando vamos allí para pelear con Dios -incluso nuestro padre Abraham lo había hecho, esa pelea con Dios- cuando vamos allí mostramos que nos parecemos a Jesús, que da la vida por su pueblo. Y el Padre sonríe: verá en nosotros la mirada de Jesús que murió por nosotros, por el pueblo del Padre, nosotros. El corazón del amigo de Dios se ha expandido completamente, llegando a ser grande – Moisés, el amigo de Dios – similar al corazón de Dios, mucho más grande que el corazón humano (cf. 1Jn 3,18).

 

Verdaderamente Moisés se convirtió en el amigo que habla con Dios cara a cara (cf. Ex 33, 11). ¡Cara a cara! Esto es cuando el obispo o el padre espiritual le pregunta al sacerdote si reza: “Sí, sí, lo hago… sí, me las arreglo “con mi suegra” – “la suegra” es el breviario – sí, me las arreglo, rezo laudes, después…”. No, no. Si es que rezas, ¿qué significa? Si sacas la cara por tu pueblo ante Dios. Si vas y luchas por tu pueblo con Dios. Esto es rezar para un sacerdote. No es cumplir las prescripciones. “Ah, padre, ¿pero entonces el breviario ya no va? No, el breviario va, pero con esta actitud. Estás allí, ante Dios y tu pueblo detrás de ti. Y Moisés es también el guardián de la Gloria de Dios, de los secretos de Dios. Contempló la Gloria por su espalda, escuchó su verdadero Nombre en la montaña, entendió su amor como Padre.

 

Queridos hermanos, ¡nuestro privilegio es enorme! Dios conoce nuestra “vergonzosa desnudez”. Me impresionó mucho cuando vi el original de la [Virgen] Odegitria de Bari: no es como ahora, un poco vestido con las ropas que los cristianos orientales ponen en el icono. Es la Virgen con el niño desnudo. Me gustó tanto que el Obispo de Bari me dio uno de estas, me la dio, y la puse allí, frente a mi puerta. Y me gusta – lo digo para compartir una experiencia – me gusta por la mañana, cuando me levanto, cuando paso por delante, decirle a la Virgen que proteja mi desnudez: “Madre, tú conoces todas mis desnudeces”. Esto es algo grande: pedirle al Señor -desde mi desnudez- que proteja mi desnudez. Ella las conoce todas. Dios conoce nuestra “vergonzosa desnudez”, pero no se cansa de utilizarnos para ofrecer a los hombres la reconciliación. Somos muy pobres, pecadores y, sin embargo, Dios nos toma para interceder por nuestros hermanos y a distribuir a los hombres, por nuestras manos nada inocentes, la salvación que regenera.

 

El pecado nos desfigura, y hacemos con dolor la experiencia humillante cuando nosotros mismos o uno de nuestros hermanos sacerdotes u obispos cae en el abismo sin fondo del vicio, de la corrupción o, peor aún, del crimen que destruye la vida de los demás. Quiero compartir con ustedes el dolor y la tristeza insoportables que causan en nosotros y en todo el cuerpo eclesial la oleada de escándalos de los que ahora están llenos los periódicos de todo el mundo. Es evidente que el verdadero sentido de lo que está sucediendo debe buscarse en el espíritu del mal, en el Enemigo, que actúa con la pretensión de ser el dueño del mundo, como dije en la liturgia eucarística al final del Encuentro sobre la Protección de los Menores en la Iglesia (24 de febrero de 2018). Sin embargo, ¡no nos desanimemos! El Señor está purificando a su Esposa y nos está convirtiendo a todos a sí. Él nos está haciendo experimentar la prueba porque entendemos que sin Él somos polvo. Nos está salvando de la hipocresía, de la espiritualidad de las apariencias. Está soplando su Espíritu para devolver la belleza a su Esposa, sorprendida en flagrante adulterio. Nos hará bien hoy tomar el capítulo 16 de Ezequiel. Esta es la historia de la Iglesia. Cada uno de nosotros puede decir: esta es mi historia. Y al final, pero a través de tu vergüenza, seguirás siendo el pastor. Nuestro humilde arrepentimiento, que permanece silencioso entre lágrimas ante la monstruosidad del pecado y la insondable grandeza del perdón de Dios, este, este humilde arrepentimiento es el principio de nuestra santidad.

 

No tengan miedo de jugarse la vida al servicio de la reconciliación entre Dios y los hombres: no se nos ha dado otra grandeza secreta que la de dar vida para que los hombres conozcan su amor. La vida de un sacerdote a menudo está marcada por incomprensiones, sufrimientos silenciosos, a veces persecución. Y también pecados que solo Él conoce. Las laceraciones entre los hermanos de nuestra comunidad, la no aceptación de la Palabra evangélica, el desprecio de los pobres, el resentimiento alimentado por reconciliaciones que nunca han ocurrido, el escándalo causado por el vergonzoso comportamiento de algunos de nuestros hermanos, todo esto puede quitarnos el sueño y dejarnos impotentes. En cambio, creamos en la paciente conducción de Dios, que hace las cosas en su tiempo, ensanchemos nuestros corazones y pongámonos al servicio de la Palabra de la reconciliación.

 

Lo que hemos vivido hoy en esta Catedral, propongámoslo en nuestras comunidades. En las liturgias penitenciales que viviremos en parroquias y prefecturas, en este tiempo de Cuaresma, cada uno pedirá perdón a Dios y a sus hermanos por el pecado que ha socavado la comunión eclesial y ha sofocado el dinamismo misionero. Con humildad -que es una característica propia del corazón de Dios, pero que nos cuesta tanto hacer nuestra- confesemos unos a otros que necesitamos a Dios para renovar nuestras vidas.

Sean ustedes los primeros en pedir perdón a sus hermanos. “Acusarse a sí mismo es un comienzo sabio, ligado al temor de Dios” (ibíd.). Será un hermoso signo si, como hemos hecho hoy, que cada uno de ustedes se confiese con un hermano incluso en las liturgias penitenciales de la parroquia, ante los ojos de los fieles. Tendremos un rostro luminoso, como el de Moisés, si con ojos conmovidos hablamos a los demás de la misericordia que nos ha sido concedida. Es el camino, no hay otro. De esta manera veremos caer al demonio del orgullo como un rayo del cielo, si el milagro de la reconciliación ocurre en nuestras comunidades. Sentiremos que somos un poco más el Pueblo que pertenece al Señor, en medio del cual camina Dios. Este es el camino.

 

¡Les deseo una buena Cuaresma!