7 December 2019
 

Nuestra Señora del Rosario

I.             Historia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá

La historia de la milagrosa Renovación de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá se remonta a mediados del siglo XVI  cuando los frailes dominicos comienzan su misión evangelizadora en la región central de lo que hoy es el corazón del territorio de Colombia. 

Los Frailes Dominicos fueron de los primeros misioneros que llegaron de España, recién descubierta la América, y a nuestro país lo hicieron en 1520 y luego a Santa Marta en 1528.  Herederos de la rica tradición filosófica de la Escuela de Salamanca fueron los adalides de los derechos humanos y promotores de la dignidad de los naturales.  Instruían no solo en la catequesis, traducida en lengua Muisca, sino que también enseñaban las primeras letras en las escuelas y formaban a las élites mestizas en las primeras universidades, la Santo Tomás 1580 y la del Rosario fundadas por los Dominicos.

La imagen de la Madre de Dios, particularmente en su advocación de Nuestra Señora del Rosario, fue la puerta de entrada a la rica mitología precolombina que pronto la incorporó como propia al encontrar en ella la imagen viva de la Madre Tierra, protectora de sus hijos.

Por aquellos tiempos, un caballero proveniente de España, Antonio de Santana, obtiene en 1560 la encomienda de Suta, ubicada en el Valle de Sequencipá, en dicha región (hoy Boyacá). Entre 1560 y 1562, llega también procedente de España fray Andrés Jadraque, misionero dominico quien ve necesario entronizar en dicha capilla del encomendero una imagen  de la Virgen del Rosario, advocación muy venerada y difundida por su Orden Dominicana. Cerca del lugar, en la ciudad de Tunja, vivía un pintor, también de origen español, llamado Alonso de Narváez, con quien acuerdan la pintura de la imagen de Nuestra Señora del Rosario con el niño Jesús en brazos, acompañado por los santos patronos del encomendero y el fraile, San Antonio de Padua y el Apóstol San Andrés respectivamente.

Don Alonso de Narváez utiliza una mezcla de tierra de colores con zumo de hierbas y flores, para pintar la imagen en un lienzo de algodón tejido por los indígenas. La Madre del Rosario, vestida de rosa y manto celeste, se erige de pie sobre una creciente de luna, mientras dirige tiernamente su maternal mirada al Niño Jesús quien, apoyado en el brazo izquierdo de la Madre celestial, juega con una avecilla que sostiene en su mano. A  la derecha de la Virgen, sereno y reverente, se yergue San Antonio de Padua con su tradicional hábito de los frailes menores, mientras a la izquierda San Andrés sostiene la cruz en aspa que recuerda su martirio, al igual que el vibrante rojo sangre que baña en bermejos tonos carmesí su capa de apóstol peregrino.  

La hermosa imagen fue solemnemente entronizada en la capilla techada con paja silvestre en la tierra de “Aposentos”, donde fray Andrés catequizaba a los nativos indígenas de la región de Suta. Allí permaneció durante más de una década la imagen de la Virgen del Rosario con sus dos ilustres santos edecanes. Sin embargo, 12 años más tarde, en 1574, la misión iniciada en aquellas tierras por los frailes dominicos debió pasar  a otras manos, y fray Andrés Jadraque fue enviado a otro convento. Con el tiempo la  capilla doctrinera se deterioró de tal manera que las goteras y el sol estropeó el lienzo de la Virgen, quedando prácticamente borrada del todo la imagen de Narváez.

Dos años más tarde, en 1576 el cura doctrinero de Suta, Don Juan Alemán de Leguizamón, encontró el lienzo, pero estaba tan deteriorado y en tan mal estado que decidió retirarlo del altar y se lo entregó al encomendero en presencia de su esposa, Doña Catalina de Irlos. El lienzo fue destinado a una despensa de granos para servicio doméstico, y fue especialmente utilizado por su textura de algodón para secar trigo al sol.

Un año más tarde, en 1577, muere el encomendero Don Antonio de Santana y su esposa Catalina se traslada a la pequeña aldea de Chiquinquirá, entonces un lugar pantanoso y despoblado donde reinaban la neblina y el frio. Entre sus enseres domésticos Doña Catalina lleva el antiguo lienzo destinado ahora para secar el trigo.

En 1585 llega a Tunja María Ramos, esposa de Pedro de Santana, hermano de Antonio de Santana; pronto se traslada a Chiquinquirá para acompañar a su viuda cuñada Doña Catalina de Irlos. Allí encontró el lienzo abandonado, y al enterarse que en él había estado pintada  una imagen  de la Virgen, lo recogió, lo arregló y lo colocó en alto, frente al cual pronunciaba diariamente esta bella oración: ¿Hasta cuándo rosa del cielo, habéis de estar tan escondida? ¿Cuándo será el día en que os manifestéis y os dejéis ver al descubierto para que mis ojos se regalen de vuestra soberana hermosura, que llene de gozo y alegría mi alma?. Estas hermosas palabras las repetía María Ramos todos los días hasta que por fin fueron benignamente escuchadas.

El viernes 26 de diciembre de 1586 a las nueve de la mañana, después de haber permanecido María Ramos durante más de dos horas en oración, se levantó de su asiento para salir de la capilla. En aquel instante pasaba por allí una india que venía de Muzo, llamada Isabel, con un niño llamado Miguel de unos cuatro o cinco años. Al pasar por frente a la puerta de la capilla dijo el niño a la mujer que lo llevaba: ¡Mire, mire! Miró la mujer hacia la capilla y vio que la imagen de Nuestra Señora estaba en el suelo y despedía de si una luz que llenaba de claridad toda la capilla. Llena de asombro dijo en alta voz a María Ramos, que iba saliendo del oratorio: Mire, mire, señora, que la Madre de Dios se ha bajado de su sitio, está en vuestro asiento y parece que se está quemando.

Miró María Ramos y admirada de ver tan estupendo prodigio, llena de asombro se dirigió llorando hacia el altar, se arrojó a los pies de la sagrada Imagen; con mucho temor puso los ojos en ella y vio cumplidos sus deseos, pues estaba patente la Imagen de la Madre de Dios en el sitio mismo donde la piadosa María Ramos solía orar.

La imagen de la Virgen lucía con una hermosura sin igual, con unos colores muy vivos y despidiendo de sí grandes resplandores que bañaban de luz a los santos que tenía a los lados y llenaba de claridad toda la capilla. Tenía el rostro muy encendido. Toda la pintura estaba renovada completamente. Después de una hora, alzaron el cuadro con mucho temor y reverencia y la colocaron en el mismo lugar donde se encontraba antes del milagro. El rostro de la Madre Santísima permaneció encendido todo aquel día; después, la imagen quedó tal como hoy se contempla. La noticia del prodigio se propagó rápidamente por todos los lugares circunvecinos, cuyos moradores presurosos acudieron a ver la imagen renovada.

A raíz de muchas muertes y enfermedades que se dieron en Tunja y otros lugares vecinos, se llevó procesionalmente el lienzo de la Virgen que atrajo la curación inmediata de todos los males. 

En 1588 se bendijo la primera piedra del primer templo construido por mandato del señor Arzobispo Luis Zapata de Cárdenas.  En 1797 un terremoto destruyó el templo y se inició la construcción de la actual basílica con planos del Fraile Capuchino Domingo de Pretés. En 1813 la imagen de Nuestra Señora se trasladó al nuevo templo.

El libertador Simón Bolívar y quienes lo acompañaban en la campaña libertadora encomendaron su causa a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.

En enero de 1815 el Tribuno del Pueblo José Acevedo y Gómez vino a Chiquinquirá, y a nombre del gobierno central recibió de parte de los Dominicos el tesoro en oro y piedras preciosas que durante siglos había sido guardado como ofrenda de los devotos de la Santísima en su Santuario para costear la Independencia que apenas se insinuaba.

Un año después el general Serviez, al servicio de la causa libertadora, sustrajo el cuadro y se lo llevó a los Llanos para encender los ánimos de las tropas, aterrorizadas por la represión que el pacificador Morillo venía haciendo desde Cartagena.

El lienzo de la Virgen fue rescatado en Cáqueza y devuelto a su Santuario y después vino a  visitarlo el Libertador apenas terminadas las guerras de Independencia para agradecer a la Virgen y a los Frailes su aporte. En 1909 los Frailes pidieron a la Conferencia Episcopal de Colombia gestionar ante la Santa Sede la coronación de la imagen de la Virgen del Rosario de Chiquinquirá como Reina y Patrona de Colombia y el papa San Pio X accedió en enero de 1910.

Durante nueve años se prepararon para el magno acontecimiento que se realizó en la Plaza de Bolívar de Bogotá, como inicio a las festividades previstas para celebrar el primer siglo de Independencia. El acto de la coronación estuvo presidido por el entonces Presidente de Colombia Don Marco Fidel Suarez, quien pronunció una hermosa pieza oratoria y Mons. Eduardo Maldonado Calvo, Obispo de Tunja y la participación de 15 Obispos, 350 Sacerdotes y 30.000 Fieles 

Hoy después de cuatro siglos, la Virgen del Rosario de Chiquinquirá, proclamada y coronada como Reina y Patrona de Colombia el 9 de Julio de 1919, continúa atrayendo hacia su hijo Jesús los corazones de aquellos que la invocan como consuelo y alegría de los pecadores.

Fechas Importantes

1586

Renovación Milagrosa del Lienzo de Nuestra Señora del Rosario.

1588

Propagada la noticia de la renovación del lienzo de Nuestra Señora del                                                                                                                                                                             Rosario de Chiquinquirá, empiezan las romerías de todas partes, en especial de      Boyacá, Santander y Cundinamarca. Igualmente el cuadro de la Virgen sale como peregrina, para curar las pestes de viruela y sarampión en algunas zonas.

1636

Los Dominicos se encargan de la custodia de la imagen de la Virgen.

1815

Se entregan las joyas de la Virgen para apoyar la campaña libertadora.

1829

El Papa Pio VIII confirma el decreto de la Sagrada Congregación de Ritos mediante el cual se aprueba el Oficio Divino y la Misa propios del Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá y la declara Patrona de Colombia.

1919

La imagen es coronada en Bogotá en presencia del Señor Nuncio Apostólico y del Presidente de la República Marco Fidel Suarez, quien la proclama Reina de Colombia.

1927

El Papa Pio XI declara Basílica Menor el Santuario de la Virgen.

1944

Le colocan un Cetro a la Virgen en las Bodas de Plata de su Coronación.

1954

El Presidente de la Republica Gustavo Rojas Pinilla le impone la Orden de Boyacá  en su máxima categoría de Gran Cruz Extraordinaria.

1960

San Juan XXIII envía un cirio al Santuario por el éxito del Concilio Vaticano II.

 1962

Es llevada a Bogotá para presidir la plegaria por el éxito del Concilio Vaticano II y la Paz de Colombia.

1986

Visita del Papa San Juan Pablo II, en el Cuarto Centenario de la Renovación de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, quien con una hermosa oración consagra el país a la protección y amparo de Ella.

2013

Se realiza una peregrinación con la imagen de la Virgen por toda Colombia, implorando la Reconciliación y la Paz. Se resalta la peregrinación durante 40 días por el Rio Magdalena.

2017

Con motivo de la Visita Apostólica del Papa Francisco a Colombia, la imagen de la Virgen es llevada a la Catedral Primada de Bogotá, donde el Papa ora, y nos deja este mensaje: “Así como en Chiquinquirá Dios ha renovado el esplendor del rostro de su madre, que él renueve el rostro de Colombia”.

2018 – 2019

Año Jubilar con motivo del primer Centenario de la Coronación de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá como Reina y Patrona de Colombia. 

II.        El Santo Rosario

1.         Orígenes

Esta oración popular se fue formando en un ambiente monacal. Los monjes dedicados a la oración y la meditación gustaban de contemplar la vida de Jesús mientras iban recitando avemarías.  Posteriormente los predicadores del Evangelio en sus exposiciones doctrinales iban alternando con el pueblo la recitación de Avemarías a la Virgen María.

Tradicionalmente se nos ha reconocido a los Dominicos la difusión del Santo Rosario, como instrumento de evangelización en particular.  Se nos ha considerado herederos de la Misión confiada por María a Nuestro Padre Santo Domingo: “Ve y predica mi Rosario”.  En realidad él acogió una costumbre ya existente y la popularizó al usarla como un medio pastoral, pues solía alternar la predicación de los misterios de la vida de Nuestro Señor Jesucristo con el rezo de una serie de avemarías para asegurar, por intercesión de la Virgen, la eficacia de su predicación. 

En el siglo XV Fray Alano de la Roche, Dominico, recogió la tradición de los monjes y empezó a sistematizar lo que es hoy el Santo Rosario. Pero es el Papa San Pio V, también Dominico, quien en una Carta Apostólica, titulada “Consueverunt Romani Pontifices” en 1569 ilustró y en cierto modo definió la forma tradicional del Rosario.  

Prácticamente desde este año en que se estableció la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, se empezó a profundizar en la contemplación de los misterios del Santo Rosario, particularmente por parte de los Frailes Dominicos y sobre todo en la Teología del Santo Rosario.  Se insistió en  que ciertamente el Rosario es  un Oración Mariana, pero ante todo Cristológica pues el centro es Jesucristo en sus misterios de la Encarnación y de la infancia, de su vida en el hogar de Nazareth, su vida pública y ministerial, su Pasión, Muerte y Resurrección. Además el Gloria, después de las Avemarías nos hace ver el Rosario, como una Oración Trinitaria.  La Doxología Trinitaria es la meta de la contemplación cristiana: Cristo es el Camino que nos conduce al Padre en el Espíritu.

Un mérito particular corresponde al Papa León XIII quien el 9 de septiembre de 1883 promulgó la encíclica“Supremi apostolatus officio” importante declaración en la cual inauguró otras muchas intervenciones sobre el Rosario, indicándolo como instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad. 

Últimamente el Papa  San Juan XXIII, y sobre todo  San Pablo VI en la exhortación Apostólica “Marialis Cultus”subrayó el carácter evangélico del Rosario “compendio de todo el Evangelio” y su orientación cristológica. 

El Papa San Juan Pablo II nos ha enriquecido en su Carta sobre el Rosario “Rosarium Virginis Mariae”(Año 2002) no solo con los nuevos misterios de la luz  de Cristo que ha añadido a los tradicionales sino sobre todo con su testimonio personal de lo que ha representado para él en su vida el Santo Rosario. Él nos pide que recuperemos el tesoro del Santo Rosario que “en su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer milenio apenas iniciado una oración de gran significado destinado a producir frutos de santidad” (n.1).

“Esta oración ha tenido un puesto importante en mi vida espiritual desde mis años jóvenes…El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo…Cuántas gracias he recibido de la Santísima Virgen a través del Rosario. (n.2).

Numerosos signos muestran cómo la Santísima Virgen ejerce también hoy, precisamente a través del Rosario, aquella solicitud materna para con todos los hijos de la Iglesia, que el Redentor,  poco antes de morir, le confío en la persona del discípulo predilecto: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. 

2.         Elementos

Comencemos definiendo el Rosario como el Evangelio de Jesús contemplado con María. En su esencia es un camino para contemplar el rostro de Cristo con la mirada y el corazón de María.  Con María recordamos a Jesús.  Ayudados por Ella aprendemos a Jesús, nos conformamos a Él, le suplicamos, le anunciamos. En la oración final del Santo Rosario decimos: Dios, Padre de Misericordia, tu Hijo Unigénito nos mereció con su Vida, Muerte y Resurrección el premio de la Vida Eterna; te rogamos que contemplando con María los misterios del Santo Rosario imitemos los ejemplos que contienen y obtengamos la recompensa que prometen.

 El Rosario es una oración sencilla que se adapta a todos, comprende varios elementos que es preciso tener en cuenta para descubrir toda su riqueza espiritual y no vaciarlo de contenido. 

El Enunciado del Misterio 

Enunciar el misterio es como abrir un escenario en el cual concentrar toda la atención. Es llevar la mente y el espíritu a un determinado episodio de la vida de Jesús, Es detenerse en él y hacerlo presente, aplicándolo a nuestra vida cotidiana.

 La Escucha de la Palabra de Dios 

Al enunciado del misterio debe seguir la proclamación del pasaje bíblico correspondiente. La palabra inspirada debe ser escuchada con la certeza de que es Palabra de Dios pronunciada hoy para nosotros. Dios Padre nos sigue hablando hoy a nosotros y hay que escucharlo, y saber qué nos pide y saber corresponderle con amor. 

 La Contemplación de los Misterios 

Es la contemplación el alma del Santo Rosario. Para eso se enuncian los misterios y se lee  la palabra, para interiorizarlos, contemplarlos, meditarlos y poderlos vivir. San Pablo VI  nos recuerda que “sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el riesgo de convertirse en mecánica repetición de fórmulas… por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo, un reflexivo remanso que favorezca a quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelan su insondable riqueza. (M C n. 47) Meditar y contemplar los misterios de Cristo en unión con María no es un simple recordarlos en el pasado sino hacerlos presentes hoy en  nosotros, y en la Iglesia. “Hacer memoria de ellos en actitud de fe y amor, significa abrirse a la gracia que Cristo nos ha alcanzado con sus misterios de vida, muerte y resurrección. (R V M n.13).

La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. Nadie como Ella ha contemplado mejor el rostro de su Hijo… su mirada, siempre llena de adoración y asombro no se apartaba jamás de Él. “María propone continuamente a los creyentes los misterios de su Hijo, con el deseo de que sean contemplados, para que puedan derramar toda su fuerza salvadora. Cuando recita el Rosario  la comunidad cristiana está en sintonía con el recuerdo y con la mirada de María” (R V M n.11).  El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa.

En el Santo Rosario contemplamos a Cristo y María, y al respecto nos dice el Papa Benedicto XVI: “No se puede contemplar a María sin ser atraídos por Cristo, y no se puede mirar a Cristo sin descubrir inmediatamente la presencia de María.  Existe un nexo inseparable entre la Madre y el Hijo engendrado en su seno por obra del Espíritu Santo, y este vínculo lo percibimos de manera misteriosa en el Sacramento de la Eucaristía.

 El Silencio

La escucha y la meditación de la Palabra se alimentan del silencio. Hace falta dejar un momento de silencio después de la proclamación de la Palabra y de enunciar el misterio para interiorizar el mensaje; algo parecido a lo que sucede en la liturgia. De María nos dice el Evangelio que “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón”. (Lc.2, 19).  El Papa Benedicto XVI dice que el Santo Rosario es escuela de Contemplación y de Silencio.  A primera vista podría parecer una oración que acumula palabras y por tanto difícilmente conciliable con el silencio que se recomienda oportunamente para la meditación y contemplación.  En realidad, esta cadenciosa repetición de la Avemaría no turba el silencio interior sino que lo requiere y alimenta. “El Rosario es a la vez meditación y súplica.  La plegaria insistente a la Madre de Dios se apoya en la confianza de que su materna intercesión lo puede todo ante el corazón de su Hijo.  Ella es Omnipotente por Gracia” (RVM 16)

La Oración Dominical 

Es la oración por excelencia del cristiano, enseñada por el mismo Jesús. Él, en cada uno de sus misterios, nos lleva siempre a Dios Padre y nos hace sentirnos como hermanos impulsándonos en el Espíritu Santo a vivir la comunión como miembros de una sola familia. El Padrenuestro nos mantiene en sintonía con la Santísima Trinidad y con su Iglesia. 

 El Avemaría

Es el elemento más extenso del Rosario que lo hace una oración mariana por excelencia. Retomo las palabras del Papa San Juan Pablo II: “A la luz del Avemaría, bien entendido, es donde se nota con claridad que el carácter mariano no se opone al cristológico, sino que más bien lo subraya y lo exalta…El centro del Avemaría, casi como engarce entre la primera y la segunda parte, es el nombre de Jesús. A veces, en el rezo apresurado, no se percibe este aspecto central y tampoco la relación con el misterio de Cristo que se está contemplando. Pero es precisamente el relieve que se da al nombre de Jesús y a su misterio lo que caracteriza una recitación consciente y fructuosa del Rosario” (R V M n. 33).

Ya  San Pablo VI recordó la costumbre, practicada en algunas regiones de realzar el nombre de Cristo añadiéndole una cláusula evocadora del misterio que se está meditando. “Es sabido que precisamente para favorecer la contemplación y que la mente corresponda a la voz, se solía en otros tiempos –y la costumbre se ha conservado en varias regiones- añadir al nombre de Jesús en cada Avemaría, una cláusula que recordase el misterio enunciado.” (M C n. 46).

Igualmente San Juan Pablo II anotaba al respecto: “Es una costumbre loable, especialmente en la plegaria pública. Expresa con intensidad la fe cristológica, aplicada a los diversos momentos de la vida del Redentor. Es profesión de fe y, al mismo tiempo, ayuda a mantener atenta la meditación, permitiendo vivir en función asimiladora, innata en la repetición del Avemaría respecto al misterio de Cristo” (R V M. n 33).

 Gloria a la Santísima Trinidad 

Todo en la vida cristiana arranca de la Trinidad y termina en Ella. También en el Rosario somos conscientes de nuestra relación con la Santísima Trinidad y cada decena de Avemarías es coronada con las alabanzas a la Trinidad: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Importante que el Gloria, culmen de la contemplación, sea bien resaltado en el Rosario.

 3.         Distribución de los misterios 

Son veinte misterios así distribuidos:  Cinco gozosos, cinco luminosos, cinco dolorosos y cinco gloriosos

Felizmente el Papa San Juan Pablo II, para resaltar el carácter cristológico del Rosario, ha incorporado los misterios de la vida pública  de Cristo desde el Bautismo  a la Pasión.  “Para que pueda decirse que el Rosario es más plenamente compendio del Evangelio es conveniente, pues, que tras haber recordado la Encarnación y la vida oculta de Cristo (misterios de gozo) y antes de considerar los sufrimientos de la Pasión (misterios de dolor), y el triunfo de la resurrección (misterios de gloria), la meditación se centre también en algunos momentos particulares significativos de la vida pública (misterios de luz). Esta incorporación de misterios nuevos se orienta a  hacerla vivir con renovado interés en la espiritualidad cristiana, como verdadera introducción a la profundidad del corazón de Cristo, abismo de gozo y de luz, de dolor y de gloria” (R V. M. n.19).

Como cuarto misterio glorioso aparecen íntimamente unidas La asunción de María Santísima al cielo y su coronación como reina de todo lo creado que se celebran en las festividades litúrgicas del 15 y del 22 de agosto.

Igualmente está como quinto misterio glorioso La venida Gloriosa de Nuestro Salvador Jesucristoen la parábola del juicio final: en ella se nos examina en el amor y a que lo mostremos con la práctica de las obras de misericordia, reconociendo que esta práctica es la llave del cielo. 

Con fe y esperanza y mucho amor podemos ir experimentando todas las fases del misterio de Cristo en comunión con María: tomamos como punto de partida, pensando en nuestras familias, los gozos de la Madre y de su Hijo (misterios gozosos), recorremos con Jesús y María el ministerio apostólico, recordando nuestra propia vocación y misión (misterios luminosos), pasamos a través de los sufrimientos soportados por Él y orando por los que sufren (misterios dolorosos), finalizando con los misterios gloriosos de los que participamos desde el bautismo y conseguiremos en plenitud después de nuestra muerte.

“El Rosario es apto para constituir una pedagogía de la vida de fe, una escuela de vida cristiana y de oración.  El carácter sencillo y directo del Rosario hace que pueda servir de marco para una catequesis de la fe para muchos bautizados” (P.Vincent de Couesnongle, O.P.)

 4.         Diferentes formas de rezarlo

Como la contemplación y meditación de los misterios es lo más importante en el Rosario proponemos, como nos lo han indicado los Sumos Pontífices, añadir al final de cada Avemaría una cláusula que recuerde cada misterio enunciado. Además ofrecemos otras posibilidades que se pueden utilizar para no hacer monótono el Rosario, como son:

·              El texto bíblico completo de cada misterio.

·              Un momento de silencio para interiorizar el mensaje.

·              Algunas pautas de contemplación.

·              Varias intenciones del misterio.

·              La oración de cada misterio.

 5.            El Santo Rosario en Familia

Desde siempre el Santo Rosario ha sido una oración de la familia. Ha sido la oración por excelencia que siempre ha congregado a padres e hijos. Esta es la ocasión de congregarse, de fortalecerse en la fe, de crecer en comunión, de reconciliarse y de compartir alegrías y tristezas.

Cada vez se torna más difícil el encuentro entre hijos y padres; ni siquiera para las comidas, pues la misma televisión acapara todo el interés y todas las miradas. Es necesario cambiar estas imágenes por las de Cristo y María. La familia que reza unida en el Rosario reproduce el ambiente de la familia de Nazaret, que es en definitiva lo que se contempla y medita en cada uno de los misterios.

San Pablo VI nos advierte:

“En continuidad de intención con nuestros predecesores queremos recordar vivamente el rezo del Santo Rosario en familia” (M C n. 52). Y San Juan Pablo II nos dice: “En el marco de una pastoral familiar más amplia, fomentar el Rosario en las familias cristianas es una ayuda eficaz para contrastar los efectos desoladores de esta crisis actual. (R V M n. 6).

“El Rosario rezado en familia es el: Señor, aquí tienes a la familia que te está consagrada”, palabras que el hogar cristiano pronuncia, sumido en oración a su Dios.  Durante el Rosario, la familia está expuesta a las influencias de Dios.  El Rosario que la familia reza en común es el tiempo privilegiado de su vida.  Es el momento en que la comunidad familiar experimenta que Dios es su fuerza de unión. Los lazos familiares del amor se hacen más selectivos y los miembros llegan a ser más conscientes de esos lazos que los unen a todos”  (E. Schillebeeckx,  O.P.).

El Rosario en familia propicia enormemente la búsqueda de la comunión y qué decir cuando las familias vecinas se reúnen para rezar el Santo Rosario. “La familia que reza unida permanece unida.  El Santo Rosario,  por antigua tradición, es una oración que se presta particularmente para reunir a la familia.  Contemplando a Jesús, cada uno de sus miembros recupera también la capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicar, solidarizarse, perdonarse recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por el Espíritu de Dios” (RVM 41)

Cuando hemos convocado a las familias en los barrios de nuestros pueblos para el rezo del Rosario, la respuesta ha sido muy positiva, e igual ha sido la respuesta en  los campos.

Hacemos un llamado a recuperarlo como tesoro de la vida familiar y comunitaria que nos permite experimentar la comunión con la Santísima Trinidad, con nuestros hermanos en asocio con María y que nos va evangelizando cada día. No olvidemos que para recuperar los valores humanos y cristianos de la familia que se han venido desvaneciendo, hay que volver a la oración. Solo Cristo lo hace posible. El rezo del Santo Rosario ayuda enormemente a la solución de toda esta problemática familiar y social. ¡Experimentémoslo de verdad!

El Papa San Juan Pablo II, cuando vino a Chiquinquirá, a celebrar el cuarto centenario de la Renovación del Lienzo de Nuestra Señora del Rosario nos dijo: “La Virgen María, mostrándonos el Rosario, nos está anunciando a Cristo, nos descubre los misterios de su Humanidad, (la luz de su vida y ministerio), la gracia de la Redención, la Victoria sobre la muerte, su Gloriosa Resurrección, el misterio de la Iglesia que nace en Pentecostés, la esperanza de la vida eterna y de la futura resurrección en el misterio de su Gloriosa Asunción en cuerpo y alma a los cielos.  Qué fuente inagotable de inspiración para la piedad cristiana la contenida en el Santo Rosario.  No dejéis de alimentar vuestra vida espiritual con el rezo de esta oración mariana por excelencia”.

Resaltamos el apostolado de la Legión de María de ir de casa en casa invitando a las familias a rezar el Santo Rosario.  Igualmente ha existido la costumbre, en algunas partes, de llevar a los hogares la Virgen peregrina, acompañar a los familiares que la reciben con el rezo del Santo Rosario. Utilicemos las diversas formas de rezar el Santo Rosario que presentamos para que podamos beneficiarnos al máximo del mismo.

Pido a todas las comunidades que antes de la celebración de la Santa Misa se rece el Santo Rosario como preparación digna y fructuosa en la sagrada Eucaristía. Igualmente, pido  a las comunidades que celebran el día del Señor antecederlo con el rezo del Santo Rosario. 

El Santo Rosario es la mejor preparación para la Santa Misa, ya que en él contemplamos con María los misterios de Cristo que son los que celebramos en la Sagrada Eucaristía. 

6.         El Santo Rosario por la Paz

El Santo Rosario ha sido siempre una oración por la paz. No se puede, nos recuerda el Papa san Juan Pablo II, recitar el Rosario sin sentirse implicado en un compromiso concreto de servir a la paz. “El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo que contempla a Cristo, príncipe de la paz y nuestra paz. (Ef. 2, 14), el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad.

Quien interioriza el misterio de Cristo – y el Rosario tiende precisamente a  eso- aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida… En definitiva mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo”.  (R V M n. 40).

El Santo Rosario por la paz promueve la caridad, comprometiéndonos a respetar y amar al hermano, en quien descubrimos el rostro de Jesús. Acojamos, defendamos y promovamos la vida humana.

Nuestro mundo sigue en guerra y en Colombia abrigamos la esperanza de la paz, con justicia social. Necesitamos seguir orando por la paz, pues no podemos olvidar que la paz ante todo es un don del Señor, fruto de la Resurrección de Cristo.

En el año 2013 organizamos una gran misión por todo el país con las copias del lienzo de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, promoviendo el rezo del Santo Rosario en familia y en comunidad por la paz de Colombia. Recordamos especialmente el recorrido que hicimos por el Río Magdalena durante 40 días, y fue justamente, al final de dicha misión, cuando se dio comienzo al diálogo del Gobierno Nacional con las FARC, que culminó felizmente en el Acuerdo de Paz en el 2016. Pero como la paz también es conquista humana, nos corresponde a todos aportar nuestro granito de arena para su consecución.

Lo primero es construir la cultura de la paz. Esta comienza en el hogar, en los centros de educación, en el trabajo, en la calle, donde quiera que estemos: respetándonos, valorándonos, amándonos, perdonándonos, siendo solidarios los unos con los otros, en una palabra, viviendo el Evangelio de Jesús.

Luego viene el compromiso de justicia social que implica educación, vivienda, salud, trabajo y que es obligación del Estado pero también de la sociedad civil.

Resaltamos la actividad de la Iglesia Católica en su pastoral social tanto nacional como diocesana  en la búsqueda de la paz con su trabajo social. Igualmente es digno de mencionar el trabajo de los Programas de Desarrollo y Paz en distintas regiones del país. La paz es pues, don de Dios y conquista humana. 

Monseñor Leonardo Gómez Serna, O.P. Obispo Emérito de Magangué. Chiquinquirá, agosto de 2019.