31 May 2020
 

A TODO EL PUEBLO SANTO DE DIOS 

QUE PEREGRINA EN LA IGLESIA PARTICULAR DE IBAGUÉ

AL CUMPLIRSE LOS 45 AÑOS 

DE SU ELEVACIÓN A LA DIGNIDAD DE ARQUIDIÓCESIS

 

Muy queridos hermanos: 

“Aunque el progreso de las Iglesias particulares radique principalmente

en la diligencia, trabajo, virtud, y prudencia de los sagrados pastores,

a nadie se le escapa que la disposición y ordenación de cada una de las Diócesis, contribuye no poco a la prosperidad de las mismas.”

Estas son las palabras con que Su Santidad Pablo VI da inicio a la Bula con la cual eleva a la Diócesis de Ibagué a la dignidad de Iglesia Metropolitana. Esta Bula fue firmada el 14 de diciembre de 1974, pero el acto respectivo en nuestra ciudad se llevó a cabo el 20 de mayo de 1975. Por eso con gran júbilo y agradecimiento a Dios estamos celebrando los 45 años de vida arquidiocesana.

Si bien –como dice la Bula Papal– “el progreso de una Diócesis radica principalmente en la diligencia, trabajo, virtud y prudencia de sus pastores”, la tarea evangelizadora que en ella se ha de realizar, también depende de la manera como las Iglesias particulares se organicen y se relacionen con las que les rodean. Fue por ello que las Diócesis de Ibagué y El Espinal fueron desligadas de la provincia de Bogotá y las Diócesis de Neiva y Garzón se desligaron de la provincia de Popayán. Con estas Diócesis, mas el Vicariato Apostólico de Florencia, se conformó la nueva provincia eclesiástica de Ibagué hace 45 años. Para ese entonces, se cumplían los 75 años de vida diocesana, pues el 20 de mayo del año 1900, nuestra ciudad había sido hecha sede episcopal por voluntad de Su Santidad León XIII.

Detengámonos a ver las dos partes de este párrafo inicial de la Bula pontificia con que se crea la Arquidiócesis de Ibagué: la santidad de sus pastores y la organización eclesial.

Mirar a la Iglesia a la luz de la fe

“Aunque el progreso de las Iglesias particulares radique principalmente

en la diligencia, trabajo, virtud y prudencia de los sagrados pastores...”

Los años van pasando y la historia va señalando la virtud de sus pastores desde sus inicios como Diócesis: el primer Obispo de este rebaño, aunque en calidad de Administrador Apostólico, fue Mons. Esteban Rojas, quien murió en olor de santidad. Tres años más tarde fue sucedido por Mons. Ismael Perdomo, cuya causa de beatificación ya está en curso y Pablo VI el Sumo Pontífice que erigió la Arquidiócesis ha sido ya canonizado. Además, en nuestro clero diocesano contamos con el Beato Mártir Pedro María Ramírez. 

Qué honor tan grande para nosotros como Iglesia particular, poder contar en cortos 120 años de historia con estos pastores cuya ejemplaridad de vida cristiana ya está reconocida y se constituyen no sólo en modelos de virtudes sino también en nuestros grandes intercesores. Debemos sentir un gran orgullo por ese aporte diocesano de santidad a nuestra amada Iglesia Católica. 

Pero es muy posible que ellos no sean los únicos que en la historia de nuestra Diócesis han llegado a gozar de la dicha celestial. Si hay pastores santos, seguramente son muchas las ovejas que viven santamente. Por eso quiero hacerme eco de nuestro querido Papa Francisco: 

“Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente:

en los padres que crían con tanto amor a sus hijos, 

en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, 

en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. 

En esa constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante,

esa es muchas veces la santidad ‘de la puerta de al lado’, 

de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios...”

(Gaudete et Exultate 7)

Efectivamente, todos los fieles cristianos de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación que nos da la Iglesia, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre. (Cfr. Lumen Gentium 11).  

Sólo si tenemos esta visión completa de la Iglesia como ámbito propio de la santidad, podemos darnos cuenta que lo humano y lo material son sólo una limitada e imperfecta expresión de la realidad santa y sobrenatural que la vivifica y entonces podemos valorar la verdadera dimensión de la celebración que hoy estamos recordando.

Nuestra Arquidiócesis de Ibagué, al igual que la Iglesia entera, está llamada a crecer no por sus estructuras, obras y proyectos, sino por la santidad de sus miembros, que la hacen atrayente. Por eso los invito, queridos hermanos, a dar gracias al Señor, porque este hermoso trozo de tierra tolimense, que es nuestra Arquidiócesis, ha sido terreno fecundo para la semilla del Evangelio y ha producido muchos hijos e hijas que, por la naturalidad y sinceridad con que vivieron su fe en las actividades cotidianas, sin llamar la atención ni hacer cosas especialmente llamativas, han pasado desapercibidos para el mundo, pero no para Dios. Sus nombres no se dirán al cantar las letanías, ni se les harán estatuas, ni se les rezarán novenas, pero gracias a sus testimonios muchas personas que los tuvieron cerca, han podido conocer el amor de Dios. 

Damos gracias al Señor porque la santidad de vida –que es el rostro más bello de la Iglesia, y sello de su autenticidad–, ya se ha reconocido públicamente en algunos de los pastores de nuestra Arquidiócesis, y en innumerables ovejas de este rebaño. Que Dios nos conceda ser fieles para seguir dando abundantes frutos de santidad.

Nuestra Iglesia, realidad espiritual y material en medio del mundo.

A la vez que la Iglesia es portadora de vida divina, también se presenta en el mundo como una realidad visible y social, fuertemente radicada en el tiempo y el espacio, en cada región y cultura que debe evangelizar. 

Las luchas, penas y alegrías de sus hijos, son las luchas, penas y alegrías de la Iglesia. Todos somos conscientes de que nuestro territorio tolimense ha sido, durante muchos años escenario de enfrentamientos absurdamente violentos por diferencias políticas, codicias económicas y polarizaciones sociales. Más absurdo aún por el hecho de que ha sido un enfrentamiento fratricida en que los diversos bandos son conformados en su mayoría por católicos. 

La guerrilla, el narcotráfico, la injusticia social, las familias desplazadas, los niños abandonados, los hogares desunidos, los ancianos desamparados, la violencia intrafamiliar, los abortos innumerables, los suicidios en aumento, los barrios con altos niveles de pobreza y prostitución, las mujeres embarazadas desprotegidas, los habitantes de calle, los jóvenes drogadictos, los ataques sociales y culturales contra la estructura familiar, la difusión de ideologías inmorales en colegios y universidades, la falta de oportunidades de empleo, los campesinos desamparados del Estado, son algunas de las lacras que golpean atrozmente nuestra sociedad y por eso, precisamente, constituyen  las  realidades que día a día ocupan la acción evangelizadora y la pastoral social de nuestra Arquidiócesis. 

Nuestros sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos, misioneros, voluntarios y catequistas, repartidos en las parroquias de barrios y pueblos, en colegios y universidades, hospitales y cementerios, entre las familias de todos los sectores y estratos, en todas las realidades sociales, recorriendo valles y montañas, o viviendo el silencio y humildad de sus monasterios, hacen que día a día llegue a más almas la luz de la Verdad que es Cristo, que libera y llena de esperanza.  Los movimientos y espiritualidades laicales se han convertido también en nuestra Arquidiócesis en una gran fuerza evangelizadora que oxigena y llena de alegría con la riqueza de sus carismas.

Pero la gran esperanza de la Iglesia está siempre puesta en aquellos jóvenes que, en medio de su vida normal y corriente, reciben y aceptan la llamada de Dios al sacerdocio y se convierten en los futuros pastores que nos guiarán. Por eso todos juntos debemos clamar a Dios, sin cesar que, por amor a su pueblo, nos conceda tener muchas y santas vocaciones al sacerdocio en nuestra Arquidiócesis. Que las familias valoren y agradezcan cuando un hijo recibe la vocación sacerdotal.  

Damos hoy gracias a Dios porque, en medio de esta realidad socio económica y cultural tantas veces adversa, hemos tenido sacerdotes, religiosos y laicos que se han convertido en tan buenos instrumentos evangelizadores en nuestra Arquidiócesis. 

La Provincia Eclesiástica, signo de comunión.

“...la disposición y ordenación de cada una de las Diócesis,

contribuye no poco a la prosperidad de las mismas.”

La Bula de creación de la Arquidiócesis de Ibagué, después de referirse a las cualidades de los pastores, se refiere a la necesidad de la relación con las otras Diócesis, haciendo referencia a la llamada Provincia Eclesiástica. 

La Arquidiócesis de Ibagué tiene en la actualidad como Diócesis sufragáneas, a Líbano-Honda, El Espinal, Neiva y Garzón. El 3 de Julio del año pasado, la Diócesis de Florencia, fue elevada a la dignidad de Arquidiócesis, separándose así de nuestra provincia eclesiástica, junto con la Diócesis de San Vicente del Caguán y el Vicariato Apostólico de Puerto Leguízamo-Solano, los cuales también hacían parte de nuestra Provincia Eclesiástica de Ibagué. 

Cada Diócesis es “Iglesia Particular” porque en ella se vive la plenitud de la vida eclesial, es decir, es una porción del pueblo de Dios puesta bajo el cuidado pastoral del obispo y sus sacerdotes que, en plena comunión, permiten que se haga verdaderamente presente la Iglesia una, santa, católica y apostólica en un lugar específico del mundo. 

La Provincia Eclesiástica es la agrupación de varias Diócesis territorialmente cercanas para favorecer la colaboración pastoral y la ayuda entre los obispos, la que hace cabeza es la Arquidiócesis. Cuando en 1975 el Santo Padre erigió a Ibagué como Arquidiócesis, también nombró a su obispo, Mons. José Joaquín Flórez como el primer Arzobispo, confiándole la tarea de ser, entre sus hermanos obispos el promotor de la comunión en la fe y doctrina con el Santo Padre. 

Hoy damos gracias a Dios por la tarea ejemplar que han dado los señores Arzobispos que han ocupado esta sede: Mons. José Joaquín Flórez Hernández, Mons. Juan Francisco Sarasti Jaramillo y Mons. Flavio Calle Zapata, para el bien de la Arquidiócesis y de toda la Provincia Eclesiástica, a la vez que agradecemos también a Dios por cada uno de los señores obispos de las Diócesis sufragáneas, con quienes han sabido vivir la colegialidad y fraternidad propias de los sucesores de los apóstoles. Hemos tenido también el honor y placer de contribuir a esta misión tres obispos auxiliares: Mons. Fabián Marulanda, Mons. Orlando Roa y quien suscribe esta carta.

Dios pone el mundo en manos de cada generación a lo largo de la historia y en este tiempo lo pone en las nuestras, para que se lo entreguemos mejor que como lo recibimos. ¡Qué gran responsabilidad, cuanta confianza nos tiene! No lo defraudemos. Debemos pasar íntegro el mensaje cristiano a las siguientes generaciones.    

Por eso quisiera concluir este mensaje, queridos hermanos, en este momento histórico de nuestra Arquidiócesis, en que estamos a la espera del nuevo Arzobispo que el Santo Padre tenga a bien enviar, invitándolos a elevar nuestra confiada plegaria:

Oh Dios, Pastor eterno, que gobiernas a tu grey con protección constante, 

te rogamos que, por tu misericordia infinita

concedas a la Iglesia de Ibagué un pastor que te agrade por su santidad 

y sea útil a tu pueblo por su vigilante dedicación pastoral.

Por Jesucristo Nuestro Señor.

Al final de esta carta, es inevitable acudir a nuestro Padre Dios para rogarle que, por su misericordia infinita, nos libre pronto de esta pandemia que estamos padeciendo y que está causando una gran crisis humanitaria, social y económica. Que esta dura prueba sea ocasión para que muchos vuelvan a Dios y para que nuestra sociedad renazca con auténticos principios de fe, esperanza y solidaridad. 

Reciban mi bendición que con afecto les imparto,

 

 

 

 Mons. Miguel Fernando González Mariño

Administrador Apostólico de Ibagué

 

Ibagué, 20 de mayo de 2020