22 August 2018
 

Hay un “punto cero” que, no por ser evidente, puedo silenciar. A pesar de las ambigüedades de nuestra ciencia y nuestra técnica, dejarse llevar del llamado “afecto anticientífico” sería una insensatez humanamente y una falta de fe desde una conciencia creyente. Se trata de amar la cultura de nuestro tiempo, redimiéndola de sus carencias y negatividades. Autor: Cardenal Ricardo M. Carles (Barcelona) La Universidad y la Iglesia pueden hacer mucho en este aspecto conjuntamente.

 

A los universitarios dijo Juan Pablo II hace casi 30 años: “Tratemos de defender juntos al hombre en sí mismo, cuya dignidad y honor están seriamente amenazados. La universidad, que por vocación es una institución desinteresada y libre, se presenta como una de las pocas instituciones de la sociedad moderna capaces de defender con la Iglesia al hombre por sí mismo; sin subterfugios, sin otro pretexto y por la sola razón de que el hombre posee una dignidad única y merece ser estimado por sí mismo”.

Puesto que la actitud hacia el hombre por parte del hombre es un mandato divino, el creyente no puede permanecer indiferente a los progresos. Y esto en un doble sentido: en cuanto que debe mirarlos con simpatía y apoyarlos si esa es su vocación; y en cuanto ha de mirarlos con óptica de creyente, con un cierto sentido crítico, para intuir adónde conduce el desarrollo de la ciencia.

Son bastantes los pensadores que advierten del peligro de convertir el “homo faber” en “homo fabricatus”. La leyenda del aprendiz de brujo no es en nuestro tiempo una leyenda banal, sino plena de sentido, porque los procesos técnicos ni tienen en sí mismos un control, ni es fácil controlarlos desde fuera y en determinados ámbitos sojuzgan al hombre. Un caso extremo, aunque muy peculiar del “homo fabricatus” se da en la tecnología aplicada a la genética humana. (Ruiz de la Peña). El control de los efectos de la tecnología, es decir, “el intento de valorar lo antes posible la tolerabilidad ecológica y social de los sistemas tecnológicos es un presupuesto decisivo para conducir el progreso por derroteros compatibles con la vida”.(Altner).

Para la Iglesia, evangelizar, no supone sólo alcanzar con el Evangelio zonas geográficas cada vez más amplias, sino alcanzar, con la fuerza del mismo, los valores determinantes, las líneas de pensamiento, los puntos de interés, las fuentes inspiradoras de los modelos de vida que están en oposición con la palabra de Dios y, por tanto, con su designio de salvación.

Esto no lo puede hacer por vía de autoridad, sino por la influencia de los cristianos en la docencia y en la investigación. Y también en otros sectores esenciales para la cultura como son la familia, los medios de comunicación social, la sanidad y la justicia. Todo ello por la convicción, como afirmó Juan Pablo II a la Universidad Laval de Quebec de que “vuestra cultura no es únicamente reflejo de lo que sois, sino crisol de lo que llegaréis a ser”...

Es fundamental para la evangelización de la cultura que los cristianos realicen una inculturación de la fe. Es el esfuerzo por hacer penetrar el mensaje de Cristo en el ambiente sociocultural, para que éste crezca en todos sus valores propios, con tal de que sean acordes con el evangelio. No se trata, pues, de buscar una defensa de la fe por la disociación fe-cultura, sino de fecundar esta última, realizando algo que es análogo a la encarnación del Verbo en el mundo: encarnar el Evangelio en la cultura para elevarla al nivel que Dios espera de sus hijos los hombres.

Para esta tarea hemos de tener una actitud esperanzada. Hoy mismo Dios sigue siendo creador, nos mantiene en al existencia, percibimos en nosotros el olor de sus manos divinas. (Èl gusta llamarse “alfarero de nuestras vidas”).A cada instante brotamos del amor creador de esas manos divinas. Un tal amor no puede sino llenar la totalidad del espacio y del tiempo de un hombre. Supone mirar todo con optimismo.

Vivir como criatura es sellar un pacto de simpatía y de solidaridad con toda la creación, a pesar de los fracasos que nos pueden sumergir en ella, o las maldades de los hombres que la puedan ensombrecer...

“Eso” no es la creación, ni “ese” es el hombre. Vivir en criatura es reconocer que somos criaturas creadoras, porque portadoras de libertad.

Creadoras también, por supuesto, de nuestro propio destino. De ahí que ni podamos resignarnos a soportar una realidad negativa, ni podamos prescindir de lo que espera de nosotros –personal y comunitariamente- quien amorosamente nos creó.

Dios nos ha confiado terminar su obra; y, en el espacio intermedio entre esta creación inacabada, y la perfección a la que es llamada, hay un ilimitado camino abierto a la libertad del hombre. Usar adecuadamente ese campo es lo que funda la dignidad humana y la felicidad de la humanidad. Es esa la razón de que el cristiano de hoy se siente responsable de la dirección que pueda emprender la cultura del futuro.

Como hemos dicho antes, el hombre es el único ser que tiene una doble historia: la que le conforma y la que él realiza. El cristiano es el hombre que, por vocación, se toma muy en serio la segunda historia: La que él realiza. Pone su empeño en realizar su historia personal al unísono de la voluntad del Padre Dios. Y, por ello, procura no ser un tronco inerte a merced de las corrientes socioculturales. Vive alertado por su tensión hacia la conversión continuada, para no detenerse. A la vez, se esfuerza por influir en su ambiente, convencido de que está llamado por Dios a escribir –que no sólo a sufrirla- la historia de su tiempo. Y lo hacemos con esperanza, porque trabajamos a contracorriente de una parte del mundo, pero a favor del querer omnipotente de un Dios bueno...