25 September 2017
 

                Es natural que en esta situación -descrita de manera breve- el anhelo por la Communio está ganando terreno especialmente entre los jóvenes. Communio quiere decir, en primer lugar, comunión. Se quiere sobrepasar la soledad, el aislamiento y la falta de relación, uno está anhelando la paz, la reconciliación. Pero Communio significa también participación. Uno quiere pertenecer. Esto acontece, de manera exterior, pero no sólo de manera exterior, por intermedio de la moda; es decir: vestirse a la moda, de la misma manera, sino también decir las palabras del mismo modo, comportarse de la misma manera es una señal de que uno quiere pertenecer y está compartiendo los mismos valores. Por último, debemos reconocer que la moda no es, como lo eran antiguamente las costumbres y tradiciones, un fundamento indispensable. Ella es, por definición, algo que puede cambiar mañana, y muchos se dan cuenta de esto. Así que hay también una búsqueda más profunda del sentido, incluso nuevos movimientos de búsqueda religiosa. Inclusive cuando estos últimos quedan ambiguos y generales y no se inscriben para nada en la línea de la tradición eclesial, ellos existen, pueden ser aproximados, e incluso gritan, pidiendo que sean acercados.

                En esta situación, la diaconía de la communio está desafiada; aquí tienen Uds., su lugar y su tarea urgente. Y, ¿quién sería más llamado a hacerlo, sino el diácono, centinela y luchador, vanguardia de la Iglesia en su confrontación con este desafío? A partir de su forma de vida de padre de familia casado, el diácono tiene un contacto más fácil con las personas (o por lo menos puede tenerlo) con respecto al sacerdote celibatario. Por esto, los diáconos no deberían intentar apropiarse de un pedazo de la función específica de dirección que tiene el sacerdote. Su tarea es diferente de la tarea del sacerdote y es además bastante importante y urgente. Pues antes de dirigir comunidades, antes de celebrar con ellas la Eucaristía, hay que construirlas. En estas zonas marginales y de ruptura de la Iglesia, en estas zonas precisamente tiene el diácono su lugar. No debe pensar exclusivamente en los que "siguen" perteneciendo a la Iglesia, ni estar disponible solamente para ellos, sino invitar a aquellos que posiblemente serán sus miembros mañana. La diaconía de la Communio debe ser practicada de tal manera por el diácono que él pueda construir la Iglesia para el futuro. Esto es una contribución esencial e indispensable a la nueva evangelización.

                Además de la necesidad social de las personas, que se refleja también en la vida comunitaria, se puede notar una necesidad específica en la Iglesia. Esta pone al diácono en otra situación de desafío. Esta necesidad toca el aspecto de la Iglesia y de sus comunidades, así como también las formas de la pastoral. La Iglesia sufre mucho a causa del gravamen de la historia, se está confrontando con la desconfianza de las personas. Se está acomodando esmeradamente con el sentido de libertad y también con el sentido religioso de muchos. Un gran número de católicos se retiraron de la práctica y de la vida de sus comunidades, constatándose también, entre ellos el aumento del número de las mujeres.

            No rara vez debemos lamentar una gran falta de la dimensión diacónica y también una defectuosa interconexión de la evangelización y de la liturgia con la diaconía. Rara vez algunas comunidades lamentan que haya un defecto en las actividades diacónicas; los lamentos son enormes al tratarse de una S. Misa que faltó o del hecho de que hay disfunciones en la catequesis comunitaria. Se habla también frecuentemente de la falta de sacerdotes; nadie lamentó, según mi conocimiento, la falta de diáconos. En el ámbito de la diaconía, se delega todo, o casi todo de la parte de las parroquias a las instituciones (Cáritas, estación social). Incluso, frecuentemente la introducción del diaconado permanente está considerada sin tomar en cuenta la diaconía. "De todas formas, la manera en que se produjo la renovación del diaconado en Alemania, sin que tuviera lugar un impulso serio para la diaconía de las comunidades y la de la asociación Cáritas, debe ser tratada con escepticismo. En cualquier caso, no se consiguió una conexión de la caridad con la pastoral en este ministerio" [13].

                Este análisis puede parecer deprimente. Sin embargo, las necesidades siempre son oportunidades y desafíos. El desafío, en este caso, consiste en la pregunta: ¿cómo se puede llegar a una renovación del "aspecto de la Iglesia y de sus comunidades, una Iglesia de comunión, una Iglesia no fijada en sí misma y en sus propias necesidades, sino a la cual le importase primero el Reino de Dios, una Iglesia, cuyo camino es el camino del hombre?" (Juan Pablo II) [14]. Queda claro que la imagen de la Iglesia en la opinión pública vive primero a través de la diaconía y que la diaconía o la actuación caritativa de la Iglesia tiene el más alto reconocimiento social. Por esto la pastoral diacónica es pastoral misionera. Porque son los hechos los que son más persuasivos que todo lo demás.

                La estructura tradicional de los servicios y ministerios eclesiales no corresponde a las necesidades actuales, entre otros porque no puede hacerse presente, de manera satisfactoria la continuación de la Diaconia Christi. Por esto fue reintroducido, como acabamos de ver, el diaconado permanente por el Concilio Vaticano II. Las necesidades de las personas, como también las necesidades de las comunidades obligaban a que este ministerio fuera renovado y así mismo fuera renovada la conciencia de que la diaconía es una característica de la Iglesia y de todos sus ministerios.

Algunos aspectos concretos sobre cómo se presenta el diaconado en el día de hoy

                Quiero notar, finalmente, algunos aspectos concretos -sobre el fondo de las consideraciones teológicas fundamentales y de los detalles de la situación actual- con respecto a cómo se presenta el diaconado. Voy a empezar con algunas notas sobre la actitud espiritual fundamental del diácono. Leemos en el Evangelio de San Juan: "Es el Espíritu el que da la vida; la carne no sirve para nada" (Jn 6, 33). Utilizando un lenguaje bíblico, podemos decir que también las reformas institucionales y estructurales pueden ser "carne inútil" cuando no son sostenidas por Dios que da la vida. También la renovación del diaconado es ante todo, una tarea espiritual.

                En la actitud espiritual básica del diácono se debe esclarecer el hecho de que el camino cristiano no es un camino ascendente, no es un camino en esplendor y gloria, sino un camino hacia abajo, más aún -siguiendo a Jesucristo que descendió- una "carrera hacia abajo". Así nos dice el himno a Cristo en la Carta a los Filipenses (Fl 2,6-11). Ahí se fundamenta lo que en la tradición espiritual se exaltó como virtud básica de los cristianos y lo que especialmente debe marcar la actitud fundamental del diácono: una actitud de humildad como disponibilidad al servicio.

                A la actitud fundamental del diácono pertenece también la conscientización de las personas necesitadas, enfermas o temerosas. Se trata de una curación que ofrece la liberación y capacita a las personas a crear confianza, para convertirse también en personas que sirven y aman. Se demuestra esto de manera muy linda en el encuentro de Jesús con la suegra de Pedro en Mt 8,14ss. La suegra de Pedro está yaciendo enferma. Ni siquiera puede vivir su propia vida, para no hablar de cuidar de otros. Jesús viene y ve a esta mujer. La conscientiza. Ver y conscientizar son elementos esenciales de su acción. Jesús se inclina, sin palabras hacia la enferma, la toma de la mano y la levanta. Ella se alza, está de nuevo de pie. Enseguida ella ejerce, según dice el original griego, Diakonía. Porque se dirige hacia los otros y los sirve. Como alguien que puede estar de pie, ayuda a los otros a alzarse.

                Así podemos decir: "El objetivo de la actuación diacónica no es simplemente ayuda, sino abrir nuevas posibilidades de vida, para que los que yacen puedan alzarse de verdad. Es cierto que la mirada no debe fijarse sólo en los individuos, sino incluir también las circunstancias sociales en las que ellos viven" [15]. En situaciones especiales se puede y se debe dar el caso de que el diácono se convierta en abogado de los pequeños y de todos los que no tienen ni voz ni "lobby".

                Las tareas concretas deben ser aproximadas a partir de estas actitudes fundamentales y objetivos espirituales. Concretamente, el diácono es participante del diálogo y persona de referencia para las diversas susodichas necesidades. Todos pueden dirigirse a él con toda confianza. Con su servicio en la evangelización, liturgia y diaconía tiene la oportunidad de hacer presente la vinculación de la fe con la vida. En su servicio al altar el diácono pone las necesidades de las personas sobre la mesa de la Eucaristía; por supuesto, las lleva también en la proclamación de la Palabra. Debe sensibilizar a la comunidad por todo tipo de situaciones de necesidad y motivarla para la colaboración y la disponibilidad.

                Una tarea esencial consiste en buscar colaboradores voluntarios, envolverlos y acompañarlos. Con el tiempo, el diácono debe dejar siempre más servicios y tareas a cargo de los colaboradores voluntarios y consagrarse cada vez más al acompañamiento teorético, personal y pastoral de estos colaboradores. Porque también y precisamente los colaboradores de las instituciones caritativas (jardines infantiles, estaciones sociales, hogares para ancianos, etc.) necesitan un acompañamiento pastoral. Sería ideal que el diácono pudiera iniciar y acompañar grupos de autoayuda, por ejemplo, de las madres solteras o de los adictos. Dadas las susodichas necesidades de nuestro tiempo, está claro también que estas actividades no se pueden limitar a una sola comunidad. El problema de la droga no termina en los confines de una parroquia. El "trabajo abierto con la juventud" que hoy en día es tan necesario, raramente toma nota de los límites ínter parroquiales.