24 November 2017
 

Sabiendo que “el sacerdote se santifica en el ejercicio de su ministerio”, la pastoral sacerdotal de la Arquidiócesis de Ibagué es un servicio eclesial de acompañamiento y ayuda, encabezado por el obispo diocesano, que se caracteriza por la búsqueda de la santificación de los sacerdotes y diáconos, proporcionándoles lo que necesitan para su configuración con Cristo pastor en el ejercicio de la caridad pastoral y para su formación permanente en todas las áreas y dimensiones de su vida y ministerio. 

Objetivos: AÑO 2017

  1. Generar procesos integrales de acompañamiento y ayuda a los presbíteros de la arquidiócesis de Ibagué para que vivan en profundidad su configuración con Cristo pastor, a través de una vida espiritual íntegra, una auténtica fraternidad sacramental y una adecuada formación permanente que los lleve a reavivar el don de la ordenación, viviendo plenamente la caridad pastoral en el ejercicio de su ministerio presbiteral.
  2. Impulso a la fraternidad sacerdotal: encuentros sacerdotales, impulso al diezmo, apoyo a la UAC

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Pastoral Sacerdotal
Delegado:   Padre, Jesús Alejandro Castaño Bermúdez   (Año  2017)
Parroquia San Joaquín en Ibagué.  Carrera 3a N. 91-19  Teléfono. 2675685

El Padre Alejandro nació en Santa Isabel (Tol) el 22 de noviembre de 1976. Realizó estudios en el Seminario mayor y menor en Ibagué. Ordenado sacerdote el 21 de diciembre del año 2002. Diplomado en Pastoral juvenil en el Itepal (Bogotá)  Licenciado en filosofía y educación religiosa, universidad católica de oriente. Licenciado en Teología dogmática en la universidad Santa Cruz, en Roma (Italia). 

15 ENFERMEDADES QUE ACECHAN LA IGLESIA CATÓLICA   

El Papa Francisco enumeró en un discurso las que consideró las 15 "enfermedades" que acechan a la Iglesia y a la Curia romana, como el "alzheimer espiritual",  "el sentirse inmortal"  "la mundanidad y el exhibicionismo" o "la vanagloria". El Papa aprovechó el tradicional encuentro en la sala Clementina para felicitar en la  navidad a los miembros de la Curia romana, que gestionan el Gobierno de la Iglesia, para advertirles del catálogo de los males que deben evitar.

Francisco comenzó diciendo que "sería bonito pensar que la Curia romana es un pequeño modelo de Iglesia" y agregó que "un miembro de la Curia que no se alimenta cotidianamente con el alimento se convierte en un burócrata".

Y después ante los cardenales presidentes de los varios dicasterios que conforman la Curia fue enumerando una a una las 15 enfermedades y comenzó por la de "sentirse inmortal o indispensable".

"Una Curia que no hace autocrítica y no se actualiza y no intenta mejorar es un cuerpo enfermo", e invitó a los presentes a visitar los cementerios para ver los nombres de tantas personas "que se creían inmortales, inmunes e indispensables". "esto deriva de la patología del poder, del complejo de sentirse un elegido y del narcisismo".

Otras enfermedades de este catálogo de males de la Curia es el "excesivo trabajo"; el "endurecimiento mental y espiritual", que "impide llorar con los que lloran y alegrarse con los que se alegran"; "la excesiva planificación" y "la enfermedad de la mala colaboración".

También destacó el "alzheimer espiritual", que se observa en "quien ha perdido la memoria de su encuentro con el Señor y depende sólo de sus propias pasiones, caprichos, manías y construye a su alrededor muros y costumbres".


Otro de los males que enumeró el Papa fue el de la "rivalidad y la vanagloria", que surge "cuando la apariencia y el color de los vestidos y las insignias de honor se convierten en el objetivo primario de la vida".

"La enfermedad de la esquizofrenia existencial", está presente en los que viven "una doble vida fruto de la hipocresía típica del mediocre" y afecta a aquellos que "han abandonado el servicio pastoral sólo para hacer los asuntos burocrático", agrego.

"Las habladurías y los cotilleos", son otra de las enfermedades citadas por el papa, así como la de "divinizar a los jefes", al ser "víctimas del carrerismo y del oportunismo" pensando sólo a lo que se debe obtener y no a lo que se debe ofrecer". Además citó "la enfermedad de la indiferencia hacia los demás"; la de la "cara fúnebre", pues el religioso "debe ser una persona amable, serena y entusiasta y alegre que transmite alegría", dijo"Qué bien hace una buena dosis de humorismo", agregó el Papa Bergoglio.

La enfermedad de "acumular bienes materiales", la de pertenecer "a círculos cerrados y la de la "mundanidad y el exhibicionismo", concluyeron la lista.

El Papa Francisco también quiso recordar que un día leyó que "los sacerdotes son como los aviones que son noticia cuando sólo cuando se caen". Entonces subrayó que, sin embargo, "hay muchos que vuelan", pero que "muchos critican, pero pocos rezan por ellos". Y concluyó advirtiendo: "Cuánto mal puede causar un solo sacerdote que cae a todo el cuerpo de la Iglesia".  

LA CONVERSIÓN EN EL SACERDOTE ES IMPORTANTE

10 Abril 2014.  CONVERTÍOS: Mateo 3,2.  Mensaje del Señor Arzobispo de Ibagué, a los sacerdotes con motivo del retiro de preparación para la semana mayor 2014. El trato de los sacerdotes con Dios y con las cosas santas exige que reconozcamos el pecado que hemos cometido y vivamos en permanente conversión. Iniciamos toda misa pidiendo perdón no solo por los fieles sino por nosotros mismos. Para proclamar el evangelio pedimos que sean limpios nuestros labios y nuestro corazón.

En el lavatorio de las manos nuevamente pedimos perdón por nuestras iniquidades. Antes de recibir la Eucaristía volvemos a pedir un corazón limpio. La conversión verdadera nos lleva a quitar las raíces y causas que alimentan el mal que nos daña.

Necesitamos "lavar el corazón» (Himno de Laudes en Domingo de cuaresma.)

El clamoroso llamado de Dios... "Convertíos a mí de todo corazón, con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad vuestros corazones y no vuestras vestiduras y convertíos al Señor nuestro Dios porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad y se arrepiente de las amenazas" Joel 2,12-13. Dice Juan Bautista: "Convertíos porque el Reino de los cielos está cerca" Mateo 3,2

La conversión parte de una decisión: "... se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre pequé contra el cielo y contra ti y levantándose partió hacia su padre. " Lucas 15,11-20. La conversión se va logrando con el ejercicio de la vida ministerial. Se complementan vida ordinaria y conversión permanente. La conversión es un dinamismo de crecimiento continuo en la virtud y en la santidad, transforma la vida interior que se va llenando de alegría, renueva las relaciones con nuestros hermanos y nos permite recibir las gracias que nos vienen de la Comunión de los Santos. Conviértete "para que seas feliz y se prolongue tu vida sobre la tierra. Efesios 6,3.

Algunos modelos de conversión: Adán y Eva quienes a pesar del grave daño a sí mismos y a toda la humanidad, lloraron su pecado, se convirtieron y regresaron a la gracia. David, modelo de penitente dejó escrito su nuevo camino en el Salmo 50. Isaías, es purificado, su pecado es quemado por el fuego o brasa divina del perdón. Azarías en el horno dice a Dios: "Hemos pecado y cometido iniquidad apartándonos de ti y en todo hemos delinquido, por el honor de tu nombre no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia". María Magdalena limpia y renueva su corazón con el fuego del amor. Pedro y Pablo, columnas de la Iglesia, reciben el perdón de sus pecados para cumplir sus grandes tareas en la fundación y expansión de la Iglesia. San Agustín pasa por la conversión y la penitencia para llegar a ser modelo de pastores. Nosotros estamos en el tiempo oportuno para volver al amor primero, ahora cuando todavía es posible.

Frutos de la conversión:

•         Retorno a la alegría y a la paz. Cristo es nuestra paz. Dice el Papa Francisco: Cristo "es siempre joven y fuente constante de novedad" EG 11. El convertido vuelve a gustar el buen sabor de la vida, del trabajo, de la misión, del testimonio, de la obediencia, de la oración, - de la renuncia. El Papa habla de "conservar la alegría en medio de una tarea tan exigente y desafiante que toma nuestra vida por entero. Nos pide todo, pero al mismo tiempo nos ofrece todo". Evangelii Gaudium, 12

•         Renovación de las fuerzas espirituales. A los convertidos, Dios "les renovará el vigor, subirán con alas como de águila, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse" Isaías 40, 31

•         La vida nueva. "Si el malvado se convierte de todos los pecados que ha cometido, observa todos mis preceptos, practica el derecho y la justicia, vivirá sin duda, no morirá. Ezequiel 18,21.

•         Equipamiento con la armadura de Dios. “ fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder. Revestíos de las armas de - Dios para poder resistir a las asechanzas del Diablo" Efesios 6, 10-11

La conversión del sacerdote es un renacimiento de:

» La fuente de vida nueva que brota del sacramento de la confesión, tanto de los fieles como del mismo sacerdote. Sobre la confesión personal del sacerdote nos dice San Juan Pablo II: "Es importante que redescubramos el sacramento de la Reconciliación, como instrumento fundamental de nuestra santificación.

Acercamos a un hermano sacerdote, para pedirle esa absolución que tantas veces nosotros mismos damos a nuestros fieles, nos hace vivir la grande y consoladora verdad de ser, antes que ministros, miembros de un único pueblo, un pueblo de salvados. Es hermoso poder confesar nuestros pecados y sentir como un bálsamo la Palabra que nos inunda de misericordia y nos vuelve a poner en camino ... Recurramos asiduamente, queridos sacerdotes a este Sacramento, para que el Señor purifique constantemente nuestro corazón haciéndonos menos indignos de los misterios que celebramos. (Carta del Santo Padre Juan Pablo II a los Sacerdotes para el Jueves Santo de 2001, 10. 11)

» La identidad sacerdotal que en el camino se ha desdibujado

» La condición de profeta, alimentándose de la Palabra de Dios y dándola con generosidad y sabiduría a los fieles.

» La recepción de la Eucaristía en alma limpia, como morada digna para el Pan de vida eterna.

» La oración y el culto divino en donde encuentra las energías que sostienen la vida sacerdotal. La oración sostiene a Moisés en cuanto legislador, liberador y sacerdote: "Yahvé hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo" Éxodo  33, 11.  Ante la columna de nube, cuando el Arca se ponía en marcha Moisés oraba así: "¡Levántate, Señor! que se dispersen tus enemigos, huyan de tu presencia los que te odian". Y cuando se detenía el Arca, decía: "Descansa, Señor, entre las multitudes de Israel" Números 9, 33-36

» El amor de los fieles, corderos y ovejas que el Señor le encomienda en su camino hacia la salvación: "Apacentad la grey de Dios que os está encomendada... no por mezquino afán de ganancia sino de corazón; no tiranizando a los que os ha tocado cuidar, sino siendo modelos de la grey. Y cuando aparezca el Mayoral recibiréis la corona de gloria que no se marchita". 1 Pedro 5,2-4

» La nueva amistad con Dios que se ha roto o enfriado por el pecado: "vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. No os llamo siervos sino amigos". Juan 15, 14-15 » La "connaturalidad con las realidades divinas" de que habla el Papa Francisco en Evangelii Gaudium 119.

» El permanente discipulado y el servicio misionero en la Iglesia, dimensiones que ocupan toda nuestra vida. » El gusto por las cosas de Dios. Volvemos a decir: "Mi alma está sedienta de Ti como tierra reseca, agostada, sin agua" Salmo 62.

» La relativización de las cosas y acontecimientos que no son importantes, con el fin de darle el primer lugar a Dios. Busquemos en todo el Reino de Dios, que lo demás llegará por añadidura y como don de la Providencia divina.  Felices Pascuas de Resurrección.

+  Flavio Calle Zapata

Arzobispo de Ibagué

 


PARA QUÉ SE ORDENA UN SACERDOTE?

14 Marzo 2014.  En no pocas ocasiones escucho de amigos o conocidos, fieles cristianos ellos, que buscando dialogar, pedir un favor o solicitar un servicio ministerial al sacerdote de su comunidad parroquial, se han encontrado con ministros que revelan ser hombres de Dios, amables, solícitos, generosos, sencillos y bondadosos. Pero por otra parte, con dolor y pena ajena, también se han encontrado con sacerdotes no disponibles, afanados, malgeniados, psicorrígidos y distantes. Muchos de estos, incluso, los han notado que cumplían su deber más por obligación que por convicción personal.

Ante esta realidad, me pregunto varias veces: ¿Para qué nos ordenaron? ¿Dónde quedó la ilusión de ser sacerdote a imagen de Cristo: amoroso, misericordioso, servicial, generoso y entregado, que seguramente se soñaba en el seminario? ¿Qué llevó a que algunos ministros hayan perdido el cultivo de su identidad, espiritualidad y misión? ¿Qué faltó en el proceso de asimilación de lo recibido en el seminario?  Fuente: Conferencia Episcopal de Colombia. Autor:  Pbro. Juan Álvaro Zapata Torres. Director departamento de ministerios ordenados, Colombia.

Estoy seguro que en la mayoría de los casos, la formación en el seminario fue adecuada, el problema puede venir de una falta de compromiso de los candidatos al ministerio por asumir lo que los formadores les enseñaban, o por otro lado, que el presbítero dejó de lado, en el paso de sus años, la esencia de su consagración, la cual brota de una íntima, permanente y continua relación con el Señor Jesús, para favorecer en cada etapa de la vida y del ejercicio del ministerio, la identificación plena con todos los sentimientos del Buen Pastor, como lo enseña Filipenses 1, 1-11.

A propósito de esto, la Iglesia ha manifestado de muchas formas y en repetidas ocasiones, que el sacerdote actúa "in persona Christi capitis" y como lo dirá san Pablo, refiriéndose a todos los cristianos, ha de ser "alter Christus". De ahí que el ministro tenga la gran responsabilidad de ser testigo de la experiencia de la fe, de la Persona de Jesús, y en todo, ser transmisor del Evangelio. Por ende, no cabe y no debería ocurrir que un presbítero convierta su ministerio como si fuera una profesión, es decir, que su vocación la desarrolle como función y que su servicio lo preste por horas o se permita maltratos, intransigencias y psicorrigidez en su relación para con los fieles.

El sacerdote de hoy no puede ser comprendido como quizás algunos lo entendieron otrora, como grandes jefes de ciertos terrenos donde se hacía lo que él ordenara gustara o no a sus feligreses, en pocas palabras, como terratenientes. Esta visión aunque nunca ha sido promovida por la Iglesia, no han faltado quienes sí la han asumido en su ministerio. Como decía, hoy no estamos para esa forma de entender el sacerdocio. En la época actual, el sacerdote ha de ser un hombre de Dios o no perdurará en el tiempo.

Mis amigos y todos los fieles cristianos necesitan ver sacerdotes del pueblo y con el pueblo, como lo ha indicado Aparecida y como nos lo revela diariamente el mismo Papa Francisco. No por estar en medio de la gente perdemos nuestra identidad, al contrario, se engrandece y se legitima más en medio de la sociedad. Por consiguiente, no podemos darnos el lujo de seguir maltratando o mostrando pereza a la hora de servir, como si fuéramos el único referente que el mundo tiene. Es inadmisible que hoy existan ministros que ponen problema por todo, que nunca tienen tiempo para escuchar a la gente, para confesar, para ungir a un enfermo, para celebrar dignamente la eucaristía y que predican cualquier cosa por salir del paso.

Creo que se han de aunar fuerzas en la formación de los futuros ministros y en los que ya son ordenados a través de una sólida y permanente formación en todas las dimensiones de la persona, para que no perdamos de vista quién nos llamó, lo que implica seguirlo y lo que hemos de dar en el ejercicio del ministerio a lo largo de toda la existencia. De igual manera, que reconozcamos lo que Dios espera de sus discípulos y misioneros; que reavivemos el carisma que el Señor depositó en nosotros y lo confirmó con la elección que hizo la Iglesia.

Los creyentes anhelan ver presbíteros con corazón de Buen Pastor; presbíteros misioneros que rompemos barreras y nos lanzamos, llenos de caridad, a todas las periferias y necesidades de la gente; presbíteros servidores comprometidos con todos, especialmente los más débiles, olvidados, alejados y excluidos. Sólo de esta manera podremos terminar nuestra vida y vocación teniendo la certeza del deber cumplido y merecedores de las Palabras de la Sagrada Escritura: "Venid hijos de mi Padre, porque tuve hambre, sed, estuve desnudo, forastero, en la cárcel, enfermo...y me auxiliaste". (cf. Mateo 25, 31-46) 

CONSEJOS PRÁCTICOS PARA LOS SACERDOTES

28 Enero 2014.  »Al cumplir los noventa años deseo informarte, joven sacerdote, de algunas normas que han orientado mi vida: Autor:  Padre Jorge Loring, SJ.  fallecido a los 59 años de vida sacerdotal. En diciembre del 2013.  Fuente: religión en libertad.

1.- Me ordené a los 33 años, he cumplido los 90 y no me he arrepentido ni un minuto. Elegí bien. Si volviera a nacer elegiría lo mismo.

2.- Valora tu vocación. El sacerdote es el mayor bienhechor de la humanidad, pues sólo él puede dar la vida eterna.

3.- La autoestima es razonable; pero la vanidad, no. Ignorar los dones recibidos de Dios es ingratitud; pero envanecerse de ellos es ridículo, pues Dios pudo habérselos dado a otro y no a ti. Ya dijo San Pablo: ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si los has recibido, ¿de qué te engríes?

4.- Procura tener una buena cultura, sobre todo en las materias afines al sacerdocio. Pero no olvides que la virtud es más importante que la cultura. El Cura de Ars, con poca cultura, ha salvado más almas que muchos sacerdotes muy cultos.

5.- El tiempo es para evangelizar, estudiar y orar. Nada más. Descansar sólo lo indispensable.

6.- Cuida tu salud para estar apto a las exigencias de la evangelización.

7.- Cuida tu imagen; no por vanidad mundana, sino para ayudar a que reciban tu mensaje. Si resultas repelente, el rechazo a tu persona arrastrará el rechazo a tu mensaje.

8.- Es posible que alguna mujer se enamore de ti. Recházala con caridad, pero con firmeza. No te creas invencible. Todos podemos perder la cabeza. No serías el primero ni el último. Sé humilde y toma precauciones.


9.- La codicia es peor que la lujuria. El dinero hace falta para evangelizar. Muchos instrumentos de evangelización cuestan dinero. Pero el apego al dinero puede apartarnos de Dios.

10.- Sé fiel al MAGISTERIO OFICIAL DE LA IGLESIA. Debemos dejarnos conducir por quien Dios ha puesto al timón de la Iglesia, y no por las opiniones de un marinero de cubierta.

11.- Debemos procurar ser “otros Cristos” en la tierra: pasar haciendo el bien. Que todo el que se acerque a nosotros se aleje mejorado espiritualmente.

12.- Y por supuesto, atiende a todos siempre con buena cara. Que nunca nadie pueda considerar que no lo has atendido bien.

13.- Cuida mucho los juicios que emites de otros. Alguna persona se apartó de la Iglesia por lo que dijo de ella un sacerdote. Hay que combatir el error, pero sin despreciar a la persona equivocada.

14.- Si te equivocas, reconócelo; y pide perdón si alguien se ha sentido herido por tu culpa. La soberbia en un sacerdote es funesta. La humildad resulta atractiva.

15.- Que se te vea piadoso. Trata a la Eucaristía con todo respeto y devoción. El P. Ángel Peña, agustino recoleto, tiene un bonito libro titulado SACERDOTE PARA SIEMPRE, que termina con este consejo: ‘Sacerdote, celebra tu misa, como si fuera tu primera misa, como si fuera tu última misa, como si fuera tu única misa’.  

"La Iglesia no tapa, no camufla, no omite, no permite

y no comulga con abuso a menores

Con esta contundente frase el director del Departamento de Ministerios Ordenados del episcopado colombiano, P. Juan Álvaro Zapata, recordó la posición de rechazo de la Iglesia Católica frente a casos de abuso a menores. Estas declaraciones las hizo tras compartir con el presbiterio de El Espinal la presentación del Decreto de Prevención de Abuso contra Menores que empezó a regir en esta jurisdicción.

El sacerdote afirmó que la Iglesia ha creado mecanismos que buscan "prevenir, contrarrestar y afrontar estas realidades tristes y dolorosas".

El decreto que se presentó el 29 de octubre tiene tres dimensiones: la recepción de las víctimas, seguimiento e investigación del caso y la determinación canónica.

"La iglesia rechaza este tipo de actos, busca hacer justicia y por ello está poniendo todos los medios para cooperar con todas las investigaciones a nivel canónico y civil", subrayó el presbítero.

En esta línea, puntualizó que la Iglesia "está haciendo un trabajo fuerte y profundo en los seminarios" durante el proceso de discernimiento, acompañamiento y formación de los candidatos. De esta forma se asegura ordenar presbíteros que respondan y estén preparados para vivir su vocación con coherencia.

Al referirse a las causas que impulsan este tipo de actos explicó que la pedofilia y la Efebofilia son patologías y enfermedades que no provienen de la opción que hace una persona al renunciar a una vida sexual en pareja y opta por el celibato.

"Es una realidad que siempre ha existido en la sociedad como un hecho pecaminoso y un delito. Lo han producido muchos hombres y mujeres de cualquier área. Surge en el ser humano de cualquier condición y cualquier dignidad. Esta realidad no depende de la vida celibataria, es fruto de una patología que es consecuencia de muchos factores", aclaró el sacerdote.

El P. Juan Álvaro Zapata destacó que la estructura del decreto y los procedimientos que en él se señalan son integrales porque implican a juristas, penalistas, psicólogos y asesores espirituales que orientan a las víctimas y a los denunciados.

El decreto es fruto de líneas que emanaron de la última Asamblea Plenaria del episcopado colombiano realizado el mes de julio de 2013. Hasta el momento estas líneas se han convertido en decretos en las diócesis de El Espinal y en Tunja. El resto de las jurisdicciones están en proceso de publicar sus decretos. Una vez que es declarado decreto cualquier persona puede consultarlo.  

QUÉ SE ESPERA EN LOS 20 PRIMEROS AÑOS DE MINISTERIO SACERDOTAL

21 Junio 2013.  En muchas diócesis, cuando se habla de formación permanente de los presbíteros, se piensa inmediatamente en los primeros cinco años; en algunos lugares... ...esta etapa del clero joven se suele extender, llegando en ocasiones a incluir hasta los diez primeros años. Sin embargo, si tomamos en serio que la persona vive en permanente proceso de desarrollo, resulta obvio que la formación permanente no se agota en esta primera etapa, tiene que procurarse también en las siguientes etapas de la vida y ministerio de los presbíteros.

Es de esperarse que entre los seis y los veinte años de ministerio el presbítero alcance a identificarse plena y serenamente con su vocación y misión, y que con mayor facilidad logre poner sus carismas al servicio de los demás; sin embargo, puesto que ya ha logrado un conocimiento suficiente de las luces y sombras de su presbiterio y de la acción pastoral de su diócesis, no faltan los casos en los que se refleja una tendencia a instalarse, a aburguesarse y a buscar privilegios; no es extraño encontrar en esta etapa a quienes se dejan llevar por complejos de superioridad y un afán desmedido por los bienes materiales.

En esta etapa es posible que el presbítero logre una mayor estabilidad emocional, una más desarrollada capacidad de comprender a los demás y de manejar adecuadamente las crisis personales; no obstante, no faltan los casos en los que al no resolver las crisis se da la búsqueda de compensaciones y en algunos casos se pueden reconocer adicciones y desviaciones afectivas y sexuales.


Durante estos años se esperaría un amor más realista a la Iglesia, aceptando serenamente las limitaciones humanas, pero manteniendo la ilusión; sin embargo, no es extraño reconocer un estancamiento intelectual y pastoral; no es raro encontrarse con presbíteros de esta etapa que han caído en la rutina, el conformismo y la mediocridad.

En esta etapa se posibilita la integración progresiva en el colegio de los presbíteros, el presbítero de esta etapa tiene más oportunidades para ser promotor de la comunión presbiteral; no obstante, es frecuente que se acentúe el individualismo y el aislamiento, que se desarrolle una poco sana competitividad y rivalidad y que sea más explícito el resentimiento y la lejanía de los “superiores”.

Aquí sólo se señalan, a grandes líneas, las oportunidades y los desafíos propios de esta etapa. El acompañamiento personal, grupal e institucional de los presbíteros podrá servirse de estos elementos, pero deberá asumir el desafío del misterio de cada persona, de la dinámica de cada grupo y del contexto de cada presbiterio. No hay que perder de vista que no son pocas las experiencias de acompañamiento que se han desarrollado en favor de los presbíteros jóvenes, pero son menos las propuestas para acompañar a los presbíteros en las siguientes etapas de su ministerio.

Será de gran importancia favorecer espacios para que los presbíteros de esta etapa compartan sus experiencias en el presbiterio y asuman liderazgos para impulsar al presbiterio hacia una proyección pastoral más comprometida; es un momento muy oportuno para que se sientan desafiados a superar una pastoral de mantenimiento, para lo cual será pertinente favorecer momentos serios de evaluación que les permitan sentirse desafiados a crecer.

En esta etapa conviene favorecer la consolidación de la amistad entre presbíteros e impulsar el acompañamiento espiritual personal. No sólo por razones del quehacer pastoral, sino sobre todo para consolidarse en su ser, conviene que en los procesos de acompañamiento presbiteral de esta etapa no se descuiden los momentos de encuentro con el presbiterio y que se favorezcan espacios para que los presbíteros de esta etapa asuman tareas en favor de la comunión presbiteral. Será de gran importancia que, particularmente con los presbíteros de esta etapa, las relaciones con los “superiores” esté fincada en el diálogo entre adultos para tratar desde ahí las diferencias, las iniciativas y, sobre todo, las dificultades. Autor:  P. Andrés Torres Ramírez.  Rector ITEPAL

SER SACERDOTE, SIGNIFICA ESTAR INMERSO EN EL CORAZÓN DE JESÚS

10 Junio 2013. El cardenal Mauro Piacenza, prefecto de la Congregación para el Clero, se encuentra en Eslovaquia del 5 al 8 de junio para encontrarse con la Conferencia Episcopal, sacerdotes, seminaristas y responsables de formación del seminario. Con los diferentes grupos tendrá conferencias seguidas por momentos de debate y celebrará la santa misa. La ocasión es la Jornada Mundial de santificación del clero junto con las celebraciones jubilares de santos Cirilo y Metodio, todo dentro del marco del Año de la fe. Fuente: Zenit.

En el encuentro con el clero celebrado hoy, el cardenal Piacenza ha comenzado recordado que "ser sacerdote significa estar totalmente inmersos en el misterio amoroso del Sagrado Corazón de Jesús y, por eso, se convierte a su vez en signo elocuente, para la humanidad, de ese mismo amor, de esa misma, total oblación de sí, que -¡sola! - puede convencer a los hombres, con tanta sede de significado, de amor y de misericordia".

En la primera parte de su intervención, el cardenal ha explicado lo que significa estar inmersos en el Corazón de Jesús. "Partiendo del dato bíblico, según el cual el corazón representa el núcleo central de la persona y la sede de su identidad profunda, nos empuja a reconocer, con el evangelista Juan que 'Dios es amor'", ha señalado.

Sobre el significado de ser sacerdote ha matizado que significa "estar inmersos, cotidianamente y constantemente en el misterio del Corazón de Jesús" y ha recordado que antes de cualquier preocupación pastoral, es necesario "hacer memoria constante de como nuestra misma existencia sacerdotal deba ser acogida, comprendida y recogida como un inmersión permanente en el Sacratísimo Corazón de Jesús".

Explica el purpurado que las fatigas del sacerdote, sus fragilidades humanas, psicológicas y - si las hay - morales, las nubes que a veces se presentan en la vida, todo ello es "abrazado e inmerso en el misterio del Amor de Cristo, en el misterio de una amor totalmente donado, por tanto herido y, por eso, totalmente capaz de abrazar cualquier realidad".

Del mismo modo que del costado de Adán, sale Eva, su esposa, así "del costado de Cristo, de su Corazón traspasado, brota la Iglesia, esposa del Hijo y esposa de cada uno de nosotros sacerdotes".


La segunda parte de la conferencia se ha centrado en los signos del amor de Dios explicando que "la inmersión en el misterio del Amor, que brilla en el Sacratísimo Corazón, define, de forma precisa y objetiva, nuestra identidad sacerdotal". Esta inmersión - ha explicado el cardenal Piacenza - lleva consigo algunas características que están íntimamente  unidas al  misterio mismo del Corazón de Jesús. Entre todas esas características, él ha subrayado tres: la dimensión de la comunión, la dimensión oblativa y la dimensión mariana.

Centrándose de una forma especial en la dimensión de la comunión, el prefecto de Congregación para el Clero ha explicado que "la comunión cristiana y sacerdotal nace de un acontecimiento de gracia, nace de la Sangre que brota del Corazón traspasado de Cristo, de la conciencia de estar inmersos en la Sangre y por tanto, lavados de toda culpa".

La dimensión de la comunión se convierte también y necesariamente en eclesial. "La comunión con la Iglesia y en la Iglesia, tiene sus raíces en la relación esponsal entre Cristo resucitado y el Amado, en la relación esponsal entre cada uno de nosotros y la Iglesia, la esposa del Sumo Sacerdote y esposa de cada sacerdote".

Esta comunión se convierte también en "concreta obediencia a al Iglesia" y como tal, "entendida en su profunda unidad histórica, de fe, doctrinal y jurídica y que, en las circunstancias de lugar y de tiempo se traduce en la fiel obediencia al obispo, el cual, a su vez debe ser ejemplo de fiel obediencia al papa", ha recordado.

Sobre la concepción de la comunión y de la obediencia es necesario entenderlo también en la relación que cada uno vive con la cultura dominante y en particular con la modernidad. El purpurado ha explicado que ser modernos no significa en ningún caso "herir la comunión o vivir de forma arbitraria la obediencia, sino, al contrario, lo que realmente nos hace alternativa al mundo - y por esto, profetas - es la real y profunda unidad con Cristo, de la relación de la que deriva toda fecundidad pastoral".  Y por eso "más que responder a los desafíos de la modernidad, debemos ser capaces, con la fuerza del Evangelio de desafiar nosotros la modernidad", ha añadido. De ahí, que el ser realmente alternativa a la cultura dominante "nos hace extraordinariamente cercano a nuestro pueblo, nos hará capaces de dialogar con creyentes y no creyentes".

Sobre la dimensión oblativa el purpurado ha señalado que "hasta que haya un sólo hombre que no haya conocido Cristo, el anhelo del sacerdote es anunciárselo, llevar a ese hombre al Corazón de Dios". El ser sacerdote - ha explicado - "ser renueva precisamente en la oblación. Como ha recordado en la misa crismal de este año el papa Francisco, la unción que recibimos no es para nosotros, sino para ungir a los hermanos".

Para finalizar, brevemente ha señalado la importancia de la dimensión mariana, ya que "la Beata Virgen María es inmaculada en vista de los méritos de Cristo sobre la Cruz y , por tanto, su purísimo Corazón está en íntima y descendente relación con el Sacratísimo Corazón".  

SOMOS TESTIGOS DE CRISTO EN EL MUNDO EL ACONTECIMIENTO PASCUAL

7 Junio 2013.  Conferencia de Fray Hernando Moreno Patiño, ofm.  Rector del Colegio Jiménez de Cisneros. Dictada para los sacerdotes de la Arquidiócesis de Ibagué, en el Palacio Episcopal, el 6 de Junio de 2013 a las 9 am.

Doy gracias primero a Dios y luego a Mons. Orlando Roa (que es el culpable directo de que yo esté aquí) enfrente de tan altas y dignas autoridades (como son ustedes), pero aquí estamos y, permítanme saludarlos a todos en nombre de la Comunidad Franciscana, la parroquia de San Roque y el colegio Jiménez de Cisneros, con nuestro acostumbrado saludo de: “Paz y Bien” para todos.

Apreciados hermanos en el Señor: Aunque no soy digno de estar aquí enfrente de tan altas autoridades como lo son ustedes, lo primero que les pido es que nos  acompañemos  y nos unamos en oración al Señor, pidiéndole que nuestras palabras sean sus propias palabras (y que más bien sea Él quien nos hable a todos), para que así podamos entender su mensaje:

SOMOS TESTIGOS DE CRISTO EN EL MUNDO:


 Empecemos con esta historia:

En un determinado lugar había un gato que era el terror de los ratones. No los dejaba vivir en paz ni un instante. Los perseguía de día y de noche de manera que los pobres animalitos no podían vivir tranquilos.

Como aquel gato era tan listo y no podían engañarlo, los ratones entonces decidieron hacer una especie de junta, asamblea o consejo. Después de saludarse cordialmente, pues el peligro hace muchas veces que la gente se vuelva más amable, se dio entonces comienzo a la asamblea.

Luego de varias horas de discusión, sin haber llegado a una definitiva conclusión, se levantó uno de los ratones pidiendo silencio. Todos se callaron, pues querían escuchar las palabras del ratón que se había puesto de pie…Quizá de pronto fuera a darles la solución al problema.

Lo mejor sería atar un cascabel al cuello del gato para que, cada vez que se acercara a nosotros, pudiéramos oírlo a tiempo y así poder escapar.

Los ratones se entusiasmaron ante aquella idea y saltaron y abrazaron al que la había propuesto, como si fuera un héroe. En cuanto se hubieron calmado, el mismo ratón que había hecho la propuesta pidió de nuevo silencio. Entonces dijo solemnemente: - Y ¿Quién le pone el cascabel al gato?.

Al oír estas palabras, los ratones se miraban unos a otros de una manera confusa y empezaron a dar excusas y, uno a uno se fueron desentendiendo del asunto. Al cabo de un rato desfilaron cada uno para sus casas sin haber conseguido nada…..

“Porque es muy fácil proponer soluciones, pero lo difícil es aceptar luego la responsabilidad de poderlas poner en práctica, de ofrecerse para ejecutar la acción concreta que haga realidad esas soluciones”.

(Recordemos que desde Puebla y ahora desde Aparecida, los mismos  Obispos como representantes de la Iglesia, llegaron a unas decisiones definitivas para el futuro de la misma Iglesia…Y una de estas decisiones básicas fue la de convertirse en “Una Iglesia misionera al servicio de la Evangelización”.

Hoy (Jueves 6 de junio) estamos de fiesta:

JESUCRISTO, SUMO Y ETERNO SACERDOTE

Las lecturas y las oraciones nos presentan el contenido de la celebración en una doble vertiente:

a)  Cristo, nuestro Sacerdote, 

b)  los sacerdotes como signos y continuadores de Cristo en su mediación para la comunidad cristiana.

Y una de las lecturas más propias de esta fiesta (aunque tal vez es la señalada para los años pares), es precisamente Hb 10, 12-23:

“Tenemos un gran Sacerdote al frente de la casa de Dios”… Lo que orienta nuestra atención hacia Cristo Jesús y su sacrificio Pascual en la Cruz.

Al autor de la carta le interesa hacer ver cómo Jesús  es el Sacerdote auténtico, y el suyo es el sacrificio que nos reconcilia con Dios, porque, de una vez para siempre, se ha ofrecido en la Cruz por la salvación de la humanidad.

El tono sacerdotal y sacrificial de esta lectura se subraya también con el salmo 39, en el que repetimos la frase que mejor expresa esa disponibilidad  ofertorial de Cristo: “Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad”.

Lucas 22,14-20: “Esto es mi Cuerpo. Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi  Sangre”… El Evangelio nos ayuda a pasar desde el sacerdocio de Cristo al sacerdocio de la Iglesia.

La comunidad es la que celebra El  Memorial”, pero lo hace presidida por un sacerdote (presbítero u obispo) que actúa en nombre de Cristo y le representa visiblemente en y para la comunidad.

Cuando ya hemos terminado todo el ciclo de la Pascua (90 días entre cuaresma y pascua), esta fiesta nos invita a mirar hacia atrás, en conjunto, y dar gracias a Dios por esta doble donación, el sacerdocio de Cristo y la participación en ese sacerdocio por parte de la comunidad y, de modo especial, de los ministros ordenados.

A la vez nos alegramos de que Dios haya querido hacernos partícipes del Sacerdocio de Cristo. Esta participación es doble, según afirma y explicita el prefacio:

  • El sacerdocio ordenado de los presbíteros y obispos: “También ha elegido a hombres de este pueblo para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión”.
  • Este sacerdocio ministerial se describe con breves trazos:

a) “Ellos renuevan, en nombre de Cristo, el sacrificio de la redención”,

b) “y preparan a tus hijos el banquete pascual”,

c) “donde el pueblo santo se reúne en tu amor, se alimenta de tu palabra y se fortalece con tus sacramentos”.

Es en la Eucaristía, donde el pueblo cristiano se une a Cristo Sacerdote, con la reunión, la escucha de la Palabra y la celebración de la comunión Eucarística..

No es extraño que en la oración de este día se pida a Dios, por nosotros los sacerdotes: “Concédeles la gracia de ser fieles en el cumplimiento del ministerio recibido”. Necesitarán toda la fuerza de Dios para poder imitar a Cristo, el Sumo Sacerdote, el Mediador que se entregó totalmente por la humanidad.

EL   ACONTECIMIENTO   PASCUAL

SOMOS TESTIGOS DE CRISTO EN EL MUNDO

(En la noche del pregón del prendimiento), seguramente dijimos todos:   

¡Oh Cristo Jesús! Es triste para nosotros decirte que te hemos apresado en esta noche, porque mañana te crucificaremos para que mueras y de esa manera nos salves a todos!  Nos ponemos en marcha y caminamos, llevándote como prisionero, pero también contando contigo y tu compañía amorosa en medio de la barca que atraviesa nuestra vida!

AMEN

Partimos entonces  con esta temática desde la  SOLEMNE  V I G I L I A   PASCUAL, que ya celebramos el pasado sábado 30 de marzo del presente. Y desde esta perspectiva podemos centrarnos a contemplar los diversos subtemas y su aplicación correspondiente en nuestra vida de cristianos:

TEMATICA:


  1. I.Solemne Vigilia Pascual……Aleluya:

 

 Donde “Cristo es la Luz del mundo”… La Bienaventuranza del Resucitado, “Dichosos los que creen sin haber visto”, está destinada a las generaciones que vendrán después de  aquellos testigos.

Una fe difícil y necesaria… No es fácil hermanos  creer en la resurrección de Jesús; sin embargo, se trata del evento central del cristianismo, sin el cual sería vacío nuestro mensaje y por ende nuestra propia fe (1 Cor 15, 14).

La duda entonces  es el hilo conductor que a todos nos embarga: dudan María Magdalena, duda Pedro y los discípulos,  y también Tomás, pero al final Juan formula una nueva bienaventuranza dirigida a todos nosotros para sacarnos de la duda:“Bienaventurados los que sin ver creyeron” (Jn 20,29).

 

¡”Felíz victoria de la vida sobre la muerte!”… La resurrección de Cristo es el evento que cambió el rostro del mundo y el sentido de la historia en la vida de los hombres. Si Cristo ha resucitado, quiere decir que Dios ha construido un puente que une la muerte con la vida. La muerte ha sido vencida desde el momento en que Cristo aceptó morir por la redención de la humanidad.

El dolor hermanos  ha sido superado desde el momento en que Cristo aceptó libremente sufrir y, el pecado ha sido vencido desde el momento en que Cristo lo cargó sobre sus hombros……. Todo esto es verdad a pesar de que la muerte, el pecado y el sufrimiento, nos siguen acompañando a todos  en medio de nuestra existencia. Pero hay una gran novedad: de que han perdido su condición de ser insuperables.

La Pascua de Cristo hermanos debe marcar toda la moral cristiana en dos grandes dimensiones: vivir como hijos de la Luz y caminar con una vida nueva……..Si vivimos así,  nos convertiremos entonces en “Testigos del Resucitado.  Hay una anécdota que nos impulsa con entusiasmo en esta reflexión: una religiosa quien murió a los veintiún años en un convento de clausura, se había propuesto aquel lema de su vida: “Señor, que quien me mire, te vea siempre”.

¡Que cuantos te miren a ti, no les quede otro remedio que ver a Dios en ti.!

Para llevarlo a la práctica….

  • La Pascua entonces es tiempo de alegría y de fiesta; y de abrirnos sin miedo a la vida de Dios.
  • Propongámonos a luchar contra todo mal; de creer en el Padre que es siempre amor, en el Hijo que es nuestro camino, y en el Espíritu que está presente y vivo en nosotros.
  • Que sepamos finalmente manifestarlo en la coherencia de nuestra propia vida, para que todos vean que tenemos un “rostro de resucitados”.
  1. II.                “LA RAZÓN DE CREER” : Hch 5,12-16/Sal 118/Ap 1,9-11ª. 12-13. 17-19/Jn 20, 19-31.                     

Como los discípulos después de su resurrección, no podemos ver a Cristo con nuestros sentidos, pero podemos experimentarlo como amor viviente a través  de nuestra fe.

 “Tú crees porque me viste. Bienaventurados aquellos que no ven y creen”. Hoy hermanos no es que estemos en situación peor, con respecto a Jesús, que los discípulos de su tiempo.  Este Evangelio tiene además otro significado importante: Jesús ofrece a los suyos  el don de la paz. La verdadera paz es un don pascual, porque hoy día la paz es tan importante como el amor, y es uno de los frutos del amor.

Cristo Resucitado está entre nosotros, pero sólo quienes tienen fe son capaces de descubrir su presencia y transformar sus vidas… ¿nos hemos dado cuenta de que está vivo y camina a nuestro lado? “Yo soy el que vive”, escribe Juan desde su destierro allá en la isla de Patmos,  refiriéndose al Señor. “Estaba muerto y ya ves, vivo por los siglos de los siglos”.

Creer, nos dice este  Evangelio, es renunciar a ver con los ojos de la carne, a tocar con las manos, a meter el dedo en las heridas del crucificado para identificar al resucitado. Creer es buscar y encontrar al Señor en la comunidad de los que creen que Jesús es el Mesías, de los que encuentran en los sacramentos la vida que ha brotado de la cruz, Tomás sigue viviendo en cada uno de nosotros y es hermoso que sea así.

¿Cómo nos afecta en la vida diaria el temor ante las amenazas de la vida, los imprevistos de la existencia compleja, ante las contradicciones de la sociedad, las dificultades para enfrentarnos a nuestra misión y al diálogo con los alejados de la fe?.

Si el Reino de Dios y la vida eterna, si nuestra fe se expresa diariamente en la Oración o en la Eucaristía, entonces el miedo no existe. Y la otra prueba es la posesión de la paz.

Esa “Paz que necesitamos todos” se obtiene manteniendo viva la esperanza en Dios vivo y haciéndolo reinar en cada manifestación de nuestra vida.

Para llevarlo a la práctica:

  • La resurrección es una misión y una tarea por realizar, un testimonio por extender y una verdad por anunciar.
  • Jesucristo ha resucitado como primicia de la vida eterna a la que todos estamos llamados.
  • Sólo el que ama cristianamente posee la verdadera alegría de Cristo resucitado.
  • Podemos entonces hermanos rezar como Tomás diciendo: “Creo Señor, pero ayúdame siempre en medio de mi incredulidad”.   

¡Estuve muerto…y ahora vivo por los siglos!... “Yo soy el que vive…Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos; y tengo las llaves de la muerte y del abismo”.

Algunos como el Apóstol Tomás, desearían ver las cicatrices de los clavos o meter el dedo en las llagas. Pero un acontecimiento que supera el marco de nuestra historia humana y pertenece al tiempo de Dios, escapa a nuestras cosificaciones matemáticas. De ahí mis apreciados amigos que, “La resurrección sólo la entienden los que tienen fe, y ¡sobre todo amor!”

“Los discípulos dijeron a Tomás: Hemos visto al Señor. Pero él les contestó: Si no veo en sus manos la señal de los clavos…no lo creo” … Así como cuando la cera se acerca al fuego, se ablanda de inmediato; y el barro por el contrario se endurece, tengamos en cuenta apreciados hermanos que, ante las maravillas de Dios en nuestra vida, nuestro corazón a veces es de cera, y otras veces puede ser de barro.

¿Qué camino tomar? O será  ¿Proseguir cultivando la esperanza o admitir sin rodeos el fracaso?.

El Señor nos trae a todos la paz, y por intermedio de Tomás nos dice a cada momento: “Traigan su mano y métanla en mi costado y no sean incrédulos sino creyentes”.


Nosotros hermanos no podemos culpar a Tomás, porque sabemos que seguir a Cristo todos los días no es tarea fácil..

Es nuestro ministerio continuar anunciando que Dios nos ama y nos  aguarda allá en el Cenáculo, en medio de la comunidad gozosa, cerca del pan que une y que fortalece.

El Evangelio hermanos termina con una gran alabanza para todos nosotros: “Dichosos los que crean sin haber visto”.  Creemos en Jesús, a pesar de no haberlo visto todavía. Y, a pesar de tantas vacilaciones, lo llamamos con todo el corazón: “Señor mío y Dios mío”.

 

Una plegaria que brota de ese rincón del alma donde todo hombre es bueno. Pero también será un grito que abarca todas nuestras negaciones y posibles desconciertos.         

  1. III.             UNA FUENTE DE AMOR Y MISIÓN:  “El nos espera a todos  en la orilla” Hch 5, 27b-32.40b-41/Sal 29/Ap 5,11-14/Jn 21, 1-19………………. “

Juan 21, 1-19: Una vez más Cristo resucitado se reúne con los Apóstoles, para enseñarles (igualmente a nosotros) algo importante para su cristianismo. La enseñanza se da sobre todo a través del diálogo entre Jesús y Pedro. (Recordemos que Pedro había negado a Cristo la noche de la pasión): “Pedro, ¿me amas?...,Sí, tú sabes que te amo…Entonces(sígueme) y apacienta mis ovejas”. ¿Qué aprendemos de este diálogo?

  • Aprendemos que sobre todo Jesús está preocupado por nuestro amor y amistad, no tanto por nuestras faltas y fracasos.
  • Aprendemos que ser cristiano es seguir a Jesús y tratar de imitarlo por amor.
  • Y también aprendemos que la mejor prueba y la mejor manera de seguir a Jesús es “atendiendo sus ovejas”. Es decir, trabajar con Jesús en la Iglesia por la salvación de los hombres.

Jesús pregunta a los discípulos en esta su tercera aparición ( y a nosotros hoy) sobre el resultado de la pesca, viéndonos  tristes nos señala el lugar preciso donde debemos tirar las redes.

Después de nuestros  encuentros con Jesús  resucitado no habrá fuerza humana que nos impida  predicar la verdad central de nuestra fe: “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús” y por esta verdad estaremos dispuestos a derramar nuestra  sangre, porque “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.

“El sexto sentido es un regalo”…. Lo único que verdaderamente nos interesa y nos importa es “Jesús Resucitado”. ¡Pero sabemos que el Cristo histórico está a dos mil y trece años de distancia de nosotros y el Cristo Glorioso es invisible a nuestros ojos mortales!¡Nosotros lo necesitamos visible, tangible y vivo! Un día los griegos le dijeron a Felipe: “Queremos ver a Jesús” y hoy es también el más ardiente deseo de cada uno de nosotros.

  • La vida del hombre, sin el horizonte de Cristo resucitado se reduce a un trabajar de noche sin lograr pescar nada definitivo; pero sabemos que la noche siempre  tiene un amanecer.
  • En medio del mar nos esforzamos por vislumbrar la orilla donde alguien nos espera.
  • A tientas, pero con fe, confiamos el futuro último de nuestra historia al Dios que ha resucitado a Jesucristo. 
  • El mismo “Jesús en persona” viene a nuestro encuentro para satisfacer nuestras exigencias.
  • La cualidad esencial para un cristiano, es el amor de predilección que Jesús le tiene y, mediante la cual vive en medio de la vida cotidiana
  • .Habría que pedir hoy de pronto de un  modo especial la gracia de que se nos notara a todos ese “sexto sentido” para encontrar a Jesús en medio de nuestro quehacer diario, allí donde nos encontramos con los demás hombres y mujeres del mundo, detrás de cuyas sombras tenemos que acostumbrarnos a ver el rostro del Señor.

El sabor de una presencia…

¡Qué fácil le resulta al evangelista Juan reconocer a su Maestro! ¡Por algo era su discípulo predilecto! En medio de la bruma del amanecer se oye su exclamación tan concisa y tan preñada teológicamente, con la expresión de que: “Es el Señor”.

  • Es importante apreciados hermanos para un cristiano encontrarse con Jesús en medio de su vida. Si no lo hacemos, de pronto corremos el peligro de estar en faena toda la noche pero sin conseguir nada.
  • Podremos correr mucho y estar muy preparados, competir activamente, pero quedándonos al final con nuestras redes vacías…….Vacías de todo: de visión sobrenatural, de cumplimiento puntual, de dedicación efectiva al hermano; vacías de alegría en el cumplimiento del deber, etc, etc.

Esta aptitud para descubrir al Señor en el acontecer diario es lo que puede hacer a un cristiano distinto del resto de los demás hombres.

  • La noche es el escenario de la ausencia de Jesús, Luz del mundo.
  • La Luz de la mañana coincide con la presencia de Jesús.
  • El mar representa nuestro propio  mundo en el que ejercemos nuestra misión.
  • La misión total termina en la Eucaristía, porque en Ella está presente el don de Jesús a los suyos y el don de los unos a los otros.

Pedro y la barca… La comunidad de Jesús la constituyen todos aquellos que conservan la sensibilidad para conocerlo y confesarlo, en medio del mar inmerso en el mundo. Sin la fe de la comunidad no sería posible el encargo de Pedro.

En el centro de la misión está la proclamación que hacen los testigos oculares y llenos de autoridad de que Cristo ha resucitado y vive para siempre.

Para llevarlo a la práctica….


  • La misión es un don divino, como una antorcha que pasa de mano en mano.
  • El alma de la misión es la Eucaristía: un amor que piensa solo en la entrega: “Si me amas, apacienta”.
  • Y este amor a todos tiene que ser  como el del Maestro, hasta dar la vida por todos

Sabían bien que era Jesús… A Dios nadie le ha visto ni le puede ver”, porque Dios es espíritu y escapa a nuestros sentidos corporales. Pero se deja ver indirectamente, en signos o señales que son retratos suyos: en la naturaleza, en los acontecimientos de la vida y en sus imágenes, los hombres. Sólo hace falta abrir bien los ojos, porque camina a nuestro lado.

  • Descubrir a Jesús en la fe y en el amor, como los Apóstoles, es obedecer a este Jefe y a su Evangelio, antes que a los hombres.
  • Conocer al Resucitado y hacerle cognoscible, es compartir con los demás no sólo la Eucaristía, sino también el trabajo, el pan y el testimonio.

Imaginamos que después de Pascua todo sería distinto, pero la vida nos convence de lo contrario. Volvemos a sentir las fatigas, las tentaciones y las dificultades con el prójimo. Volvemos a vivir el cansancio de nuestra propia pequeñez.

Antes las tentaciones nos parecían invencibles; ahora después de haber meditado sus dolores y su muerte, es como casi imposible ofender a Dios. Antes, trabajábamos sin sentido, y ahora sabemos que con Él estamos mejorando el mundo. Que aunque dudamos y a veces tropezamos, lo hacemos con gozo y con entusiasmo.

Es necesario que volvamos al lago, porque la pesca sigue esquiva; la madrugada no es demasiado luminosa, pero allí está “El Señor” y basta mirarlo, escrutando en la sombra.  Es allí donde se oye su voz y su Palabra, y se llenan las redes con gran cantidad de peces grandes…. Por eso hermanos: ¿Qué importa seguir embarcados en la noche, cuando las madrugadas nos aguardan a todos con la sorpresa de su presencia?.

  1. UN PASTOR PARA TODOS:  “Las ovejas oyen su voz”:  Hch 13,14.43-52/Sal 100/Ap 7,9.14b-17/Jn 10,27-30.                             

Acá sería poco lo que podemos compartir, puesto que el mensaje principal lo tenemos en nuestros propios pastores los Obispos.

Jn 10, 27-30: Jesús conoce a cada persona a fondo y como única. De la misma manera, cada persona está llamada a conocer y a amar a Jesús como amigo, a seguirlo y a escucharlo.

  • Porque Jesús nos conoce y nos ama (“el Pastor conoce sus ovejas”), se adapta a cada uno, ayudándonos de acuerdo a nuestras debilidades y necesidades.
  • En un rebaño, algunas ovejas son lentas y perezosas, otras son muy ansiosas y rápidas; algunas están enfermas, otras son cojas, algunas tienen tendencia a perderse, y otras a desviarse…
  • Jesús hermanos, es cuidadoso en guiar a cada persona, con infinita compasión, a los pastos de la vida verdadera y perdurable.

Con este tema se celebra es el día de la parroquia y del seminario; para que vuelva a llenarse el redil de los creyentes; hace falta reclutar muchas y santas vocaciones sacerdotales, que son los buenos pastores que actúan en nombre de Cristo y de su Evangelio.

Saber escuchar…. Significa que no basta formar parte del rebaño sino que exige una relación personal: escuchar su voz..  Las ovejas saben escuchar su voz; pero saber escuchar el Evangelio no es tan sencillo como pudiéramos creer.

Para llevarlo a la práctica…

  • ¿En qué medida sirve Jesús de orientación a mi vida y a mi propia misión?
  • ¿He pensado y valorado lo que la fe me está aportando a mi vida?
  • A veces nos desanimamos porque creemos que somos minoría, pero en realidad somos multitud y tenemos la gracia.
  • Hoy más que nunca debemos rezar por las vocaciones a la vida religiosa y consagrada.
  • Hoy tal vez  se habla de crisis vocacional como si Dios se hubiera cansado de llamar.

“dijo Jesús: Yo soy el Buen Pastor. Mis ovejas escuchan mi voz y ellas me siguen y yo les doy la vida eterna”. (San Juan, cap 10).

Hace varios años nos conmovió a todos el asesinato de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, y Monseñor Jesús Emilio Jaramillo Monsalve, los heroicos Obispos de San Salvador y del Arauca que morían realizando perfectamente la misión del Buen Pastor que, es: dar la vida por sus ovejas. Todos nos enteramos de sus compromisos con el pueblo, de su valentía cristiana y su vida plenamente sacerdotal, su fe y su mansedumbre, su amor a todos sin distingos y su entrega hasta la muerte…Por esos días comentaba un estudiante: ¡Así si vale la pena ser cura!.

El Apóstol San Pablo describe al sacerdote como un hombre, sacado de entre los hombres y constituido al servicio de todos, en aquellas cosas que se refieren a Dios. Los sacerdotes somos sin lugar a dudas  personas comprometidas más de cerca con Cristo y con la Iglesia.

Quizá este llamado de pronto no ha  llegado antes a las mentes y a las  ilusiones de los jóvenes de hoy; pero vale la pena ser sacerdote hoy, en este mundo tan pluralista y tan cambiante, agitado por tan variados problemas, pero a la vez tan rico en posibilidades y sostenido por las manos amables de nuestro Padre Dios.

Es meta hermanos de gente valiosa, el seguir los pasos del Buen Pastor: conocer sus ovejas y llevarlas a los mejores pastos, defenderlas del lobo y si es posible, dar la vida por ellas.

  1. V.                 EL DON DEL AMOR FRATERNO... “¿Um  don  o un mandamento?”: Hch. 14,20b-26/ Ap 21,1-5ª/ Jn 13, 31-33ª.34-35.

Juan 13, 31-33ª. 34-35: El amor fraterno es el “Nuevo Mandamiento” de Jesús , no porque sea totalmente novedoso, sino porque por la Resurrección de Jesús el amor es dado como don que puede arraigar en nuestro corazón.

Amar es una necesidad… “Queos améis unos a otros”. Más que un mandamiento es una necesidad. El que no ama se atrofia y muere y el que no es amado se seca y se  muere.  ¿Qué es el amor? (preguntaba Charles de Foucauld), y él mismo se respondía que: “Amar no es sentir que se ama sino querer amar; cuando se quiere amar se ama; cuando se quiere amar sobre todas las cosas, se ama sobre todas las cosas”.

¿Mandamiento nuevo?... Podemos afirmar que el hombre aprendió a ser hombre cuando aprendió a amar. La novedad del mandamiento no está en el “amaos” sino en el “como yo os he amado”, es decir, amar siempre con la medida de Dios. 

Amar a lo largo de los días y de los años; hasta la muerte y aún más allá de la muerte; hasta gastarnos del todo, dando todo y despojándonos de todo. Es decir, amar a todos y del todo y en todo, tomando todo esto como un verdadero eco de la voluntad de Dios.

Documento de identidad… Cristiano no es el más piadoso ni el más sabio, tampoco el más influyente y el más mortificado, sino el que más ama. El amor es nuestra marca viva y concreta; y si hacemos la señal de la Cruz para identificarnos, es porque la cruz es el signo del amor más grande y del verdadero amor cristiano.  Es tan importante hermanos la vivencia del amor a Dios y al prójimo que al final de los tiempos seremos juzgados en el amor.

Para llevarlo a la práctica…….


  • El cristiano, aun en medio de las tribulaciones del mundo, tiene su corazón fijo en Cristo Resucitado.
  • Un grupo joven ha adoptado el siguiente Slogan: “Cada hombre es tu hermano; pero tu hermano no lo sabe” y por eso tienes que informarle haciéndoselo entender con los hechos.
  •  Un amor manifestado con los hechos permite reconocer al cristiano a través del descubrimiento y la experiencia que uno hace al ser “Amado”.

Ese amor de familia que cada uno de nosotros recibimos, no se encuentra después y tal vez  en ningún lugar de la tierra. No lo hallamos en los libros, ni en los papeles sociales que desempeñamos en la vida. Ni menos aún aparece como por encanto después de asumir nuestro compromiso con el estado de vida que elijamos (para nosotros, la vida consagrada y para los laicos, la vida matrimonial).  Con ese amor de nuestros padres, Dios siempre ha querido explicar en la Biblia sus relaciones con el hombre; amor que es el anteproyecto de la fe y la preparación remota para cada uno de los sacramentos.

Démonos cuenta hermanos que, quienes hemos recibido el don de la fe y una adecuada formación cristiana ya hemos edificado una casa. Estamos pues, llamados a vivir plenamente el bautismo, el gozo de la Pascua, la vocación de la familia, y el diálogo constructivo y fraterno. Quedémonos entonces por ahora con este gran mensaje del Señor: “En la Casa de mi Padre hay muchas moradas”. Muchos modos de ser y muchas formas de amor. Muchos senderos que conducen a igual plenitud, y muchas fórmulas para construir a las personas, y también muchas recetas para fabricar la felicidad.

  1. VI.             EL ESPÍRITU DE LUZ Y DE FRATERNIDAD……  “¡Ven Espíritu de amor!” : Hch 15, 1-2.22-29/Sal 67/Ap 21,10-14.22-23/Juan 14,23-29.                  

La vida y las enseñanzas de Jesús se resumen en el mandamiento del amor.  Aceptar a los otros como son, respetar sus convicciones y creencias y sublimar sus tradiciones, es la gran tarea que hay que realizar en la evangelización de los pueblos teniendo en cuenta sus sentimientos religiosos.

Amar a los enemigos porque también ellos necesitan de Dios y, amarlos hasta hacerlos todos hermanos. El amor tiene que ser coherente: “El que me ama guardará mi Palabra” y el fruto de la fidelidad en el amor, es la paz que nos dejó Cristo Resucitado antes de partir definitivamente a la Patria Celestial.

Templos vivos… Adportas de la fiesta de Pentecostés la liturgia nos orienta hacia el Espíritu Santo. Sin Él no se entra en el misterio de Cristo ni se hace realidad su seguimiento. San Pablo nos recuerda una vez más  nuestra verdadera condición: “¿No sabéis que sois el templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?” Nuestro examen comienza entonces desde dentro, desde nuestro propio interior.

La riqueza de las diferencias… Estamos todos llamados a entrar en sintonía con la acción del Espíritu Santo. Cada uno de nosotros tiene un pequeño fragmento de la verdad, pero a veces creemos tenerla toda y es cuando nacen de pronto  las diferencias con la verdad de los demás y de allí hay un paso, tal vez,  a las divisiones y a las tensiones.

Este nuestro mundo en donde los niños empiezan como a aburrirse y los jóvenes pasan de las cosas que todavía no han saboreado, y en donde todos suspiramos por la paz, Dios nos llama a dar razón de nuestra propia esperanza. La mejor manera de hacerlo es precisamente preparándonos en la humildad y en la caridad, como auténticos componentes del mensaje cristiano; los mandamientos que Cristo nos invita a guardar, se resumen en el amor de Dios al prójimo, como verdaderos signos del cristiano.

Los frutos del Espíritu… El aire hermanos  no se ve, pero si de pronto desaparece, tal vez se siente uno como si fuera a morir. La respiración natural es un instinto y la respiración sobrenatural hay que tenerla de manera consciente. Debemos prestar especial atención al Espíritu Santo, que se transforme luego en una plena docilidad a su acción. El Espíritu Santo lo rejuvenece todo; y es la fuente de donde procede todo dinamismo y es principio de vida, de unidad y de crecimiento.

Para llevarlo a la práctica….

  • Toda la misión de testimonio y los padecimientos que nos recuerdan los hechos de los Apóstoles, son algo muy actual en nuestra vida cristiana.
  • Sin embargo, no podemos olvidar que es el Espíritu de la verdad, el defensor que Cristo nos prometió quien nos ayuda, nos consuela y nos fortalece en el seguimiento cercano por el camino de la Cruz.
  • Nuestra misión de testimonio será convincente en la medida que nuestra vida sea un Evangelio verdaderamente encarnado.
  • Pidamos entonces a Dios que nos conceda esta gracia por medio de su Espíritu Santo.                                                                        

¡ Paz a vosotros ¡… Una maravillosa expresión enmarcada en muchos ambientes:

  • Desde que Jesús nace en Belén los ángeles nos anuncian su paz.
  • Durante su vida, como buen judío, saluda y se despide con la paz: “Paz a vosotros… vete en paz”.
  • Pero sólo después de resucitar podía traer la paz verdadera, ya que la paz en lenguaje judío no era sólo la ausencia de guerra, sino también el  bienestar total: la perfecta armonía con la naturaleza, consigo mismo, con los demás y con Dios. “Mi Paz os dejo, mi Paz os doy. No os la doy como la da el mundo”.

 “Bienaventurados los artesanos de la paz”. Y nos enseña, además, que los “altercados y las discusiones violentas”, aun dentro de la comunidad cristiana, no se resuelven con la fuerza ni con los anatemas, sino con el diálogo sincero y fraterno.

La Paz os dejo, mi Paz os doy. No os la doy como la da el mundo”… Jesús después de su resurrección, saluda a sus amigos deseándoles la paz. La paz es un regalo de Dios. El mundo, entendiendo por mundo las cosas que no llevan a Dios, no puede dar la paz.

Una vida de familia armoniosa y sincera nos prepara para que las dificultades no rompan nuestro equilibrio personal y comunitario. Nuestra Señora, la Virgen María, ha sido invocada tradicionalmente como “Madre y Reina de la Paz”. Con razón el Papa Paulo VI dijo: “Al hombre contemporáneo la Virgen María ofrece una visión serena y una palabra tranquilizadora: la victoria de la esperanza sobre la angustia, de la comunión sobre la soledad, de la paz sobre la turbación, de la alegría y de la belleza sobre el tedio y la náusea, de la vida sobre la muerte”.

En medio de nuestra vida cristiana hermanos, vivamos el amor y la amistad dentro del hogar y con los de fuera, vivámoslo en sinceridad, en verdad y en humildad.  La invitación entonces es: a llenar  hoy más que nunca de amigos nuestro propio corazón, la memoria de nombres y ejercitemos cada día nuestra generosidad para con todos                                                                                        

“EL DON DEL ESPÍRITU SANTO” (Jn 14, 15-21) : Este Evangelio trata sobre la promesa del Espíritu Santo hecha por Jesús a sus discípulos, como la manera de quedarse con ellos después de la Ascensión.  Son muchos los aspectos y enseñanzas que nos deja esta escena del Evangelio:

  • Recibir el Espíritu Santo y llevar una vida de acuerdo con el Espíritu es tan importante, que Jesús resucitado retiró su presencia física y volvió al Padre, para podernos enviar su Espíritu.
  • El Espíritu Santo es la presencia de Dios en nosotros. Es Jesús trabajándonos y salvándonos como a “distancia”; es “el dedo de Dios” que promueve el Reino y transforma el mundo.
  • Por lo tanto el Espíritu Santo es totalmente  idéntico al Espíritu de Jesús, que es el Espíritu que todos hemos recibido.

Hasta su retorno nos deja el mandamiento de su amor, el ejemplo de su vida, el recuerdo de sus obras y sus signos sacramentales, pero sobre todo la asistencia de su Santo Espíritu, el “Paráclito”, nuestro Abogado y Defensor.

Después de haberlo recibido en el Bautismo y en la Confirmación, está siempre a nuestro lado en los momentos más difíciles. No sólo cuando vienen las persecuciones, sino también cuando el espíritu de la mentira y del pecado, que es el error, atentan contra la vida.  Hoy más que nunca hermanos podemos expresar: “Espíritu de verdad”, habla por nosotros suscitando las pruebas que dan razón de toda nuestra esperanza.

“No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis porque Yo sigo viviendo” (Juan 14).. Tengamos en cuenta hermanos que, mientras vamos de paso por la tierra, nuestra vida es frágil, veloz, fugaz y deleznable.  Por eso Jesús nos dice: “No os dejaré desamparados; vosotros me veréis porque sigo viviendo”.

Nosotros aceptamos la presencia de alguien cuando le miramos sentado a nuestra mesa, cuando escuchamos su voz familiar y sentimos su afecto. De estas maneras, pero en su calidad de Dios, Cristo vive presente entre nosotros.

Como continuadores de los Apóstoles hoy en el mundo somos nosotros los  sacerdotes. Nuestro oficio es representar al Señor; somos de alguna manera  su reemplazo y su recuerdo viviente. Anunciamos y  apoyamos, iluminamos y aconsejamos, celebramos  los Sacramentos y acompañamos, orientamos y consolamos: “Ojalá seamos los amigos de todos y entre todos y, de tiempo completo”.

Hagamos hoy también  patente nuestro estímulo hacia los religiosos,  religiosas y, muy especialmente a nuestros hermanos los laicos,  quienes enriquecen también  a la comunidad por el servicio de la fe y de los sacramentos.


  1. LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR : Hch 1,1-11/Sal 47/Ef 1,17-23/Lucas 24, 46-53

ESPERAR EL FUTURO MEJORANDO EL PRESENTE

“Misioneros de jornada completa”

Con esta solemnidad damos  término al tiempo pascual y nos proyectamos durante esa última semana, afianzando nuestra esperanza en la vida futura que el Señor nos promete, y  a esperar ese gran mensaje de Jesús cuando nos diga: “Ahí les envío el Espíritu de Dios”, para que surja en medio de la Iglesia, y para que surja también en el corazón de cada persona. 

Al subir a los cielos el Señor nos asegura una vida perfecta, mucho más allá de este tiempo que estamos viviendo, y porque si nos damos cuenta hermanos, apenas nosotros somos ahora unos simples  inquilinos en esta tierra mortal.

Sabemos que la Pascua  es un acontecimiento enmarcado por tres grandes  dimensiones: La Resurrección del Señor, su Ascensión al Cielo y Pentecostés(el Espíritu Santo enviado por el Señor).

En  el centro del Evangelio encontramos esa maravillosa escena de “Jesús bendiciendo a los apóstoles, separándose de ellos y subiendo lentamente al Cielo; significando la culminación de su vida terrena, la coronación de su obra y significando la inauguración definitiva del Reinado de Dios”. Aquí empieza hermanos para nosotros los amigos del Señor, el tiempo de conformar y fortalecer la Iglesia y el tiempo de mostrarnos como verdadera comunidad cristiana, donde estamos llamados a dar razón de nuestra fe, de nuestra vida, nuestros anhelos y esperanzas.

Construir la Iglesia hermanos es la tarea ordinaria del creyente. La Iglesia es ante todo una comunidad; es un grupo donde nos conocemos, nos queremos y nos ayudamos, y por esto es posible y fácil vivir como Iglesia primeramente en nuestras propias familias.

La Iglesia como comunidad tiene varias características importantes:

  • Es comunidad de fe, porque vive iluminada por Dios; su trabajo no se basa solamente en la técnica o en la razón, sino que siempre está pendiente en lo que el Señor le revela a cada paso.
  • Es comunidad apostólica, donde los que tratamos de vivir como Iglesia procuramos promover siempre sus programas, nos volvemos apóstoles cada uno en nuestro medio, y algunos nos constituimos en apóstoles de tiempo completo, como los seglares comprometidos, los religiosos y religiosas, los diáconos, los sacerdotes y los Obispos.

No es hora hermanos de estar desconcertados, mirando de pronto hacia las nubes como los apóstoles después de la Ascensión. Es  hora de construir nuestra Iglesia con toda la fuerza de nuestra convicción y todo el dinamismo de nuestra esperanza. Llevemos a Jesús en nuestros corazones y contemos siempre con Él, porque Él está y camina siempre a nuestro lado.

El cielo de cada hombre se prepara y de alguna manera se anticipa en este mundo. Esto es lo que quiere decir la predicación y promoción del Evangelio del Reino, aquí y ahora. No debe entonces sorprendernos que el acontecimiento de la Ascensión del Señor sea también el acontecimiento del comienzo de la misión de la Iglesia en el mundo entero: “Vayan y hagan discípulos en todas las naciones”…y así en adelante.

Algunos discípulos deseaban seguir contemplando a Jesús en el cielo, pero Jesús los envía de vuelta a trabajar por el bien de los demás. Tengamos en cuenta hermanos, que en el cristianismo, contemplación y oración, apostolado y compromiso, van siempre juntos.

El misterio de la ascensión del Señor al cielo es en cierto sentido la ceremonia de envío de los misioneros que se dedicarán a la evangelización de tiempo completo. ¿No será acaso esta nuestra misión para nosotros  en el siglo XXI?

Despedida que no entristece…. Esta marcha de Cristo no es una simple separación; los discípulos ven marchar a Jesús no con la tristeza que cabría esperar, sino “con gran alegría”; el Padre nos ha donado en la Iglesia “un Espíritu de Sabiduría y de revelación” (Ef 1,17-18) para que entendamos que la Ascensión es un momento de  despedida gozosa; de hecho, es la confirmación de la divinidad de Cristo, de su victoria sobre la muerte y de su gloriosa resurrección.

Iglesia misionera… El gran encargo para todos nosotros es: ser testigos, predicar la buena Noticia y celebrar los sacramentos

Todos nosotros hermanos trabajamos  para construir el Reino de Dios aquí abajo; el cielo  entonces no es una excusa para librarnos de los compromisos en este mundo; al contrario, debe ser un estímulo para hacer nuestros los problemas de la Iglesia y del mundo

Es bueno que en nuestra acción apostólica y evangelizadora, tengamos presente estos aspectos:

  • Quien no hace nada por cambiar el mundo, nunca va a creer en otro mejor.
  • Quien no lucha contra la injusticia, no cree en un mundo más justo.
  • Quien no trabaja por liberar al hombre del sufrimiento, no cree en un mundo nuevo y feliz.
  • Y quien no hace nada por cambiar y transformar nuestra tierra, no va a creer nunca en el cielo.

Llamados y enviados… Las fiestas (Ascensión y Pentecostés) y sobre todo, el tiempo Pascual  nos dice que tenemos que mirar hacia el cielo, pero también y al mismo tiempo la realidad que nos rodea:

  • Mirar hacia arriba pero con los pies puestos en el suelo: Mirar arriba desde nuestra propia  Jerusalén, desde el lugar donde quizás nos toca sufrir, afrontar dificultades y cargar las cruces, pues sólo así será posible recibir el don del Espíritu Santo.
  • El Espíritu que Cristo promete a sus apóstoles está por llegar también a nuestros corazones pero necesita encontrarlos bien  abiertos y bien generosos.

“Si Cristo ha subido al cielo, con Él debe subir también nuestro corazón” (San Agustín). En cambio, para nosotros no habrá un nuevo Pentecostés si vivimos buscando soluciones fáciles y mágicas, y si huimos de nuestra propia realidad. Si nos desentendemos de los demás; no lo podremos recibir si permanecemos recluidos en nuestro interior espiritualista.

 

  • Tampoco lo podremos recibir si sólo miramos a la tierra y, si no nos abrimos a la esperanza.
  • Si creemos que todo lo podemos hacer con nuestro propio esfuerzo.

El Misterio de la Ascensión del Señor nos afecta también a todos nosotros, porque todo lo que le ocurrió a Cristo, le ocurre también a cada cristiano. Con Cristo, nuestra naturaleza, unida a su persona, entró en Dios. Dice San León Magno: “Hoy hemos recibido la confirmación de poseer no solamente el paraíso, sino que hemos entrado con Cristo hasta las alturas del cielo”.

Para llevarlo a la práctica…

  • La Solemnidad de la Ascensión impulsa a todos los cristianos a buscar y saborear los bienes del cielo y nos exhorta a renovar nuestra vida y, a elevar la mirada por encima de la tierra.
  • Que nuestro corazón busque siempre los bienes de arriba.

VIII:  SOLEMNIDAD DE PENTECOSTES: Hch 2,1-11/Sal 104/1Co 12,3b-7.12-13/Jn 20, 19-23.

                                               EL ESPÍRITU QUE UNE Y RECONCILIA

Jesús ya ha concluido su etapa terrena y su condición humana entre nosotros e inicia su presencia misteriosa en medio del mundo; presencia que se convierte en un ofrecimiento diario, con la compañía del Espíritu que nos deja el mismo Jesús y viviendo plenamente según sus enseñanzas.  Cuando nosotros entendemos  esta fuerza del espíritu que nos envía el Señor, comprendemos que nuestra vida se transforma mediante el seguimiento de Jesús.


Recordamos hoy con anhelo y con gratitud, que estamos viviendo un tiempo plenamente “Trinitario”, en donde acogemos con entusiasmo la invitación del Santo Padre para valorar de manera especial la dimensión de nuestra fe, enmarcada por el don del Espíritu Santo. El Espíritu que bebemos en la Sangre de la Eucaristía y que nos trae el perdón y la paz de Cristo Resucitado: “Ven espíritu santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor”.

En pocos versículos Juan hace una síntesis de la esencia de esta fiesta en tres conceptos: la observancia de los mandamientos es posible sólo si se ama y el amor es posible sólo con la presencia del Espíritu Santo (Evangelio).

Una nueva Creación… El Espíritu Santo actualiza a Cristo y lo hace contemporáneo a todos los días y todos los tiempos.  El Espíritu Santo continúa actuando interiormente en el cristiano a través de los sacramentos y de su Iglesia, modelándolo según la imagen de Cristo. Para poseerle, es necesario querer recibirle en nuestra vida, responder con docilidad a sus divinas inspiraciones y testimoniar su amor con nuestra entrega.

Signos de la presencia divina…  El ento significa movimiento, para que entendamos que la presencia de Dios es activa, todo lo remueve, despierta de la modorra y arranca las ramas secas de la vida de los hombres; y el fuego significa calor, entusiasmo y amor.

La acción del Espíritu Santo en la Iglesia puede entenderse de tres maneras: como fuerza de vida, de unidad y de expansión. Es hermoso ver, después de dos mil y trece años de historia cristiana, esta Iglesia siempre viva y como signo de contestación. En algunas zonas del mundo hoy parece como cansada, pero en muchas otras demuestra una vitalidad sorprendente.

Recordemos hermanos algún paisaje en uno de los cuadros de la historia (un cuadro del Greco), donde se ve a María en medio de los apóstoles recibiendo el don personal del Espíritu Santo. Y es que “la Gracia siempre llama a la Gracia” y “ la Esposa llama al Esposo”. Si queremos ser fuertes debemos unir y unirnos todos; juntemos nuestras ilusiones y juntemos nuestra fe; hagamos frente al demonio, al mundo y a nuestra propia debilidad; creamos en el Espíritu Santo, Señor y Vivificador; creamos siempre en el amor.

¡El amor es más fuerte!....  Nos dice San Ambrosio: “Acuérdate que recibiste el Sello espiritual, el Espíritu de Sabiduría y de entendimiento, el Espíritu de Consejo y de Fortaleza, el Espíritu de conocimiento y de piedad, el Espíritu del Temor, y guarda lo que recibiste. Dios Padre te signó, Cristo Señor te confirmó y puso en tu corazón las arras del Espíritu”. El día de nuestra confirmación se repite el milagro de Pentecostés

El Papa Juan Pablo II les recordaba a los jóvenes que iban a recibir este Sacramento: “El Amor del Espíritu Santo que vais a recibir, es más fuerte que cada uno de vosotros, es más fuerte que la indiferencia y la pasividad, es más fuerte que la falta de frutos y el desgano, es más fuerte que el pecado y la desesperanza”.

Todo esto es lo mismo que Jesús nos dice, después de su muerte a todos nosotros en este tiempo: “Serán mis testigos porque sólo con el amor serán más fuertes que el mundo. Ese mundo ante el que callas, ante el que guardas un sutil silencio de complacencia y, el amor es más fuerte que la misma cobardía de ser y vivir en cristiano.

  • El amor es más fuerte que todo el mundo que llevas en ti.
  • No somos del mundo, poco tenemos que ver con el mundo y, tenemos que orientar el mundo por el amor. ¡Qué fácil es vivir la vida cristiana de una manera escondida y callada, silenciosa y temerosa.
  • Es que no sabemos que el amor es más fuerte” (Juan Pablo II).

Para llevar a la práctica…

  • Ante la tentación de la comodidad y la cobardía, el cristiano debe poner en práctica el verdadero sentido del amor.
  • El amor es más fuerte que los enemigos del alma porque sabe taparse los oídos, sabe alejarse del mal y sabe perdonar.
  • Seamos cristianos valientes y sepamos redescubrir la fuerza, que han dado los mártires y santos a la Iglesia y a la humanidad.
  • La Iglesia pide a este mismo Espíritu que renueve la faz de la tierra, que ordene todas las cosas en la paz, la justicia y el amor y, que transforme los corazones de todos los hombres.

Recordamos hoy con anhelo y con gratitud lo que nos dice San Pablo: “Formamos un solo cuerpo los que hemos sido bautizados en un mismo espíritu”.

Contemplemos hermanos desde hoy a Cristo vencedor del pecado y de la muerte, el que está a la diestra del Padre y nos ha permitido a nosotros como bautizados profundizar en nuestra pertenencia a la Iglesia y en la salvación como comunión de vida con Dios.

Dejemos hermanos que el Espíritu del Señor impregne nuestros corazones, nuestros compromisos  y acciones apostólicas y evangelizadoras ; y sobre todo, nuestra continua vida tomada verdaderamente como una obra del Señor.

“Hoy te bendecimos Padre, porque todos hemos sido bautizados en Cristo y en un mismo Espíritu, para formar un solo Cuerpo”

“Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos la llama de tu amor”.

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Este es el Evangelio de la Solemnidad del Sagrado Corazón (Mañana viernes 7 de junio/2013):

 

Lucas 15, 3-7: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido”… De las parábolas con las que Jesús describió cómo es Dios y cómo reacciona ante nuestra historia, esta es de las más sencillas y positivas.

Lo que celebramos  es el amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús. El amor que Dios nos tiene ya desde el Antiguo Testamento, pero que se mostró más plenamente en la vida y la muerte de su Hijo, el que fue radicalmente “el-por-los-demás”

Mañana viernes 7 de junio de 2013, se celebra la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús: Comprometámonos todos con la “Jornada mundial de oración por la santificación de todos los sacerdotes”.

Jesús representó a su Padre, y a sí mismo, en la figura del buen pastor que cuida de todas las ovejas, especialmente de las descarriadas.

En la fiesta que celebramos  mañana se nos invita a mirar hacia Dios y agradecer su amor misericordioso.

  • A mirar hacia Cristo y ver la seriedad de su amor, que le llevó a entregarse en la cruz por nosotros.
  • A mirar al Espíritu, el amor de Dios que ha sido infundido en nuestros corazones.
  • Y a vivir así envueltos en el amor del Dios Trino.
  • Es la mejor clave para vivir nuestro camino con ánimos.
  • El amor “trasciende toda filosofía” y nos da fuerzas para poder  seguir adelante.

Esto, por una parte, nos da ánimos a nosotros. Y, por otra, nos estimula a ser transmisores de ese mismo amor a los demás en la catequesis, en la predicación, y en el trato con los demás: si creemos en el amor de Dios, se tiene que notar que vivimos en esperanza y que presentamos a un Dios lleno de amor, ayudando y colaborando siempre con la construcción del Reino.

Este servidor tal vez les compartía la vez pasada a los hermanos que me acompañaron  la siguiente reflexión:  Si nuestra tarea es la educación, la formación, la catequesis, la misión, trabajo con los marginados, la evangelización en la parroquia…….. Pero si esto no tiene nada que ver con lo nuestro, entonces:  “Desafortunadamente, No servimos para ayudar a construir el Reino”

La oración poscomunión (de esta fiesta)  nos invita  a pedirle al Señor  ambas cosas: “Enciende en nosotros el fuego de la caridad, que nos mueva a unirnos más a Cristo y a reconocerle presente en los hermanos”.

Compartamos estas expresiones del Papa Francisco en estos días:

A los sacerdotes,  consagrados y laicos:

  • Rasguen su corazón y no sus vestidos; vuelvan ahora al Señor su Dios, porque Él es compasivo y clemente, lento para la ira y rico en misericordia.
  • El drama lo encontramos en la calle, en nuestra propia casa y, por qué no, en nuestro propio corazón.
  • Convivimos con la violencia que mata, que destruye hogares y familias, aviva guerras y conflictos en tantos lugares del mundo.
  • El sufrimiento de inocentes y pacíficos no deja de abofetearnos.
  • El desprecio a los derechos de las personas y de los pueblos más frágiles no nos son tan ajenos para nosotros.
  • Nuestros errores y pecados como Iglesia tampoco quedan fuera de este gran panorama.
  • Podemos caminar cuanto queramos, podemos construir tantas cosas, pero si no confesamos a Jesucristo, nada nos vale.
  • Recemos siempre por nosotros: el uno por el otro. Recemos por todo el mundo, para que así haya “una gran fraternidad”.  Mis hermanos en el Señor: “Que Dios los bendiga y les dé  siempre su Paz”.   F R A Y   H E R N A N D O   M O R E N O   P A T I Ñ O , o f 

ES IMPORTANTE LA FIDELIDAD EN EL SACERDOCIO

CIUDAD DEL VATICANO,  (ZENIT.).- En medio de sus múltiples ocupaciones, encontramos a monseñor Celo Morga Iruzubieta, secretario de la Congregación para el Clero, quien por su cargo es el arzobispo titular de Alba marítima.

Ante el rol fundamental que desarrolla hoy su dicasterio, conversamos con él sobre los nuevos cambios en relación a los seminarios, así como el presente y futuro del diaconado permanente a los cincuenta años del Vaticano II. También fue muy claro sobre las medidas que viene tomando el santo padre en pos de la fidelidad de los presbíteros y obispos al ministerio sacerdotal, y de los desafíos del clero ante la nueva evangelización.

¿En qué está ocupada actualmente la Congregación para el Clero?

--Arzobispo Morga: Del trabajo ordinario, que no es poco... Además, trabajamos en la próxima publicación del "Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros", especialmente a la luz de la rica doctrina y experiencia pastoral sobre el sacerdocio, que el santo padre Benedicto XVI nos ha ofrecido durante estos años de su pontificado, en particular durante el Año Sacerdotal.

Recientemente su dicasterio recibió del santo padre la competencia o rectoría sobre los seminarios en el mundo... ¿Por qué era importante hacerlo y qué cambios se verán a mediano plazo?

--Arzobispo Morga: Era importante hacerlo porque, según el numeral 4 del decreto Optatam Totius del Concilio Vaticano II, y el Código de Derecho Canónico de 1983, los seminarios entran en el ámbito de la "formación de los clérigos", que para ser verdadera y eficaz debe unir la formación permanente con la formación en el seminario, ya que "la formación permanente de los sacerdotes es una continuación de la del seminario", como afirma el beato Juan Pablo II en el numeral 71 de la exhortación apostólica Pastores Dabo Vobis, de 25 de marzo de 1992. Cuando sea efectiva esta nueva competencia, se hará un estudio a fondo de lo que la Congregación para la Educación Católica hizo hasta ahora, a fin de comprender y continuar desde el surco, lo bueno y positivo que se ha venido haciendo. La línea a seguir por esta Congregación será fortalecer el vínculo intrínseco que existe entre la formación previa a la ordenación, con la sucesiva, evitando cualquier tipo de ruptura o incluso la desigualdad entre estas dos fases de formación, así como en la promoción de las vocaciones sacerdotales.

Casi un mes atrás se clausuró el Sínodo de los Obispos aquí en el Vaticano, con mucho entusiasmo en el porvenir. ¿Cómo se viene delineando el presbítero que se necesita en la nueva evangelización?

--Arzobispo Morga: En esta nueva evangelización que la situación actual requiere, necesitamos presbíteros con una fe total en el evangelio, enamorados de Cristo, "románticos" por Cristo. El sacerdote puede ser muy feliz --como lo demuestra una reciente estadística de que muchos sacerdotes lo son--, siempre que sea un verdadero amigo de Jesús, que lucha cada día para aumentar esta amistad y la intimidad con Él. Y que no solo lo represente en público, sino que lo trate íntimamente; solo así será un sembrador del evangelio, un hombre convencido de su gran misión de "anunciar la buena nueva a los pobres, a vendar los corazones rotos", como se lee en Isaías 61,1. Es llevar a la gente a la luz de la fe, liberándolos de la pobreza de verdad, que es la verdadera tristeza y la verdadera pobreza del hombre.

En los últimos años hemos sido testigos de algunos casos de infidelidad de presbíteros en varios países... ¿Qué aspecto se debe tener en cuenta durante la formación para evitar estos abusos en el futuro?

--Arzobispo Morga: No se pueden hacer experimentos con la formación sacerdotal. El aspecto que quisiera señalar es que los seminarios deben seguir todas las normas y criterios establecidos por la Iglesia para la formación sacerdotal. La Iglesia es experta en humanidad, especialmente cuando forma a sus ministros. Seguir estas normas, estos criterios, poniendo el alma en la misma vida auténticamente sacerdotal; he aquí la verdadera sabiduría evangélica del formador de presbíteros, sin querer inventar métodos educativos y pastorales que no estén avalados por la comunión con la Iglesia universal y particular.

Por otro lado, sabemos que el papa viene aplicando medidas efectivas con los presbíteros u obispos que llevan una doble vida, y esto tranquiliza mucho a la gente... ¿Se va a proseguir en esta línea de promover la fidelidad al ministerio?

--Arzobispo Morga: Sí. El evangelio exige coherencia de vida y el santo padre quiere, y lo ha manifestado repetidas veces, esta santidad de vida sobretodo en los ministros consagrados. Está de por medio la credibilidad del mensaje evangélico y la misma identidad del presbítero como “pastor que da su vida por las ovejas”, que se lee en Juan 10. La Congregación para el Clero se esfuerza con todos los medios a su alcance, para llevar a la vida cotidiana de los presbíteros y diáconos este deseo del santo padre.

Hay países donde se toman decisiones de cerrar parroquias por falta de personal o por la poca asistencia de los fieles; o simplemente por no exponer al clero a posibles denuncias... ¿Es conveniente dejar así vacíos los espacios ya ganados?

--Arzobispo Morga: Por desgracia, sucede en algunos países de gran tradición cristiana que se deben suprimir o modificar las parroquias, o incluso cerrar los templos por falta de fieles o sacerdotes. Es una clara señal de la necesidad de la nueva evangelización. La Congregación para el Clero se esfuerza por estudiar con un cuidado diligente si la decisión tomada por el obispo ha seguido las reglas establecidas por el derecho canónico y si responde a motivos serios, especialmente cuando la decisión es sobre una iglesia que no se podrá utilizar nunca más para el culto divino.

Hay una figura importante que es el Diaconado permanente, el cual fue retomado de la tradicion de la Iglesia por el Concilio Vaticano II. A los 50 años de este acontecimiento, ¿cuál es la evaluacion de su Dicasterio sobre los pros y los contras de este ministerio consagrado?

--Arzobispo Morga: La Congregación para el Clero, a propósito del 50 aniversario del Concilio Vaticano II, viene promoviendo en los ámbitos de su competencia una investigación sobre el Diaconado permanente. Vamos a evaluar durante este año las respuestas de los obispos, y así poder tomar las mejores medidas para la formación y el ministerio de los diáconos permanentes. A la luz de la experiencia del Dicasterio, puedo decir que cuando la formación y las ordenaciones se hacen siguiendo las indicaciones establecidas por la Iglesia, el resultado es positivo. Otra cosa es cuando entran en juego distintas motivaciones de tipo ideológico, que no son buenos consejeros para tomar decisiones en este campo.

Tenemos ya un nuevo doctor de la Iglesia Universal, que es san Juan de Ávila, también patrono del clero español. ¿Cuál es el centro de su mensaje para los presbiteros de hoy? 

--Arzobispo Morga: San Juan de Ávila es el sacerdote que intentaba describir antes: enormemente enamorado de Cristo, con fe total en el evangelio y por lo tanto, lleno de iniciativas y celo apostólico. Un presbítero del Concilio y del postconcilio de Trento, que bien puede ser un modelo para el presbítero del Concilio y del postconcilio Vaticano II. 

EL DIÁCONO DESDE EL PUNTO DE VISTA ECLESIOLÓGICO CONFRONTADO CON LOS DESAFÍOS PRESENTES EN LA IGLESIA Y LA SOCIEDAD

[1]

6 Junio  2012.    Mons. Dr. Walter Kasper     Alemania

                El autor demuestra que el ministerio del diaconado es un ministerio fundamental en nuestra Iglesia, teniendo un perfil propio y que estas características aumentarán en el futuro.

El ministerio del diácono

                La simple constatación de que el diaconado es un ministerio fundamental y conparticular importancia en el día de hoy, puede conducir a debates muy emocionantes. El diaconado permanente todavía no está ancorado en todas las iglesias locales. Esto está demostrado también por las inseguridades terminológicas. En el caso del sacerdote se habla claramente de la ordenación, en el caso del diácono, sólo de un servicio. Por otro lado, en algunos lugares las celebraciones de entrega de tareas eclesiásticas para laicos ya tomaron un carácter de ordenación, según las manifestaciones exteriores. Al fin de cuentas, incluso cuando se trata de la comprensión teológica del diaconado permanente, e incluso ahora, al transcurrir más de 30 años después del Concilio, quedan muchas cosas ambiguas y disputadas. Se están confrontando continuamente concepciones teológicas, de las cuales surgen diferentes planteamientos de tareas para los diáconos permanentes.


                Cuando los Padres Conciliares aceptaron la idea de renovación del diaconado permanente, fueron determinados, como se sabe, de intereses diferentes.

                Unos vieron al horizonte la futura falta de sacerdotes y esperaban, de cara a la situación de diáspora de las viejas iglesias locales y a la situación de misión en las nuevas, recibir un alivio[2].

                Otros tomaron las ideas de los círculos para el diaconado existentes antes del Concilio y procuraron un fortalecimiento del carácter diacónico de la Iglesia[3].

                Otros más consideraron el problema del celibato para los diáconos permanentes y más generalmente, el problema del celibato, como fundamental para la introducción del diaconado permanente[4].

                Este problema del celibato jugó un papel importante, especialmente para los adversarios de la introducción del diaconado permanente. Ellos tuvieron miedo de que un paso tal iba a provocar un debate sobre el celibato sacerdotal. Este problema lo voy a dejar a un lado en mi presentación, como también el del diaconado para las mujeres. Estos son problemas que deben ser tratados separadamente, en otras circunstancias. En adelante, tendré como punto de partida el hecho de que el diácono permanente, concebido por el Concilio como un escalón independiente de la ordenación, no debe ser considerado a partir de la falta de sacerdotes, ni como un suplente para los sacerdotes que faltan. Por esto, voy a seguir, de manera particular el segundo momento susodicho. En mi opinión, desde el punto de vista de la diaconía, se abren caminos para el diaconado que ofrecerán oportunidades con importantes consecuencias para el futuro.

                La introducción del diaconado permanente en muchas diócesis de la Iglesia católica fue preparada por muchos proyectos y experiencias pastorales, surgió de un movimiento "de abajo para arriba", particularmente en los así denominados "círculos para el diaconado". Estos impulsos "de abajo para arriba" fueron alentados ya por el Papa Pío XII y llevados seguidamente por muchos obispos en el Concilio Vaticano II. De manera correspondiente, la discusión en el Concilio fue marcada más por aspectos pragmático-pastorales que por aspectos puramente teológicos. Consideraciones teológicas fundamentales, particularmente las de Karl Rahner, Yves Congar y otros, se añadieron sin embargo muy pronto, y enseguida condujeron a la explicación que el diaconado no es una transformación del apostolado laico, sino una re-formación del ministerio ordenado en la Iglesia. Esta concepción fue confirmada por el Concilio y se fortaleció desde entonces.

                El Concilio Vaticano II ve en el diaconado permanente "un ministerio de importancia altamente vital para la Iglesia". El Concilio introdujo -como fue dicho explícitamente- el diaconado permanente porque, en el caso contrario, las tareas pertenecientes a la esencia teológica del diaconado podrían ser cumplidas sólo con dificultad (LG 29).

                Los fundamentos de la teología del ministerio eclesial son formulados en la "Lumen Gentium" de manera obligatoria. Se hizo a este respecto, la declaración fundamental de que el diaconado, tal como el presbiterado, pertenecen al ministerio ordenado que se administra con la imposición de las manos y la oración, y cuya plenitud pertenece al ministerio episcopal. (LG 28; OE 17; AG 16). Quien conoce un poco de la historia de la teología, sabe como una declaración tal fue inesperada al tiempo del Concilio. Esta declaración supera todo el desarrollo medieval, apelando a la liturgia y teología de los primeros siglos. Ella incluso casi quebró la restricción medieval del ministerio al presbiterado, en cuanto esta fue vista sólo desde el ángulo de la plenipotencia de consagración que tenía el sacerdote. Desde este ángulo restrictivo medieval, ni el diaconado, ni el episcopado pudieron ser vistos como sacramento.

                La renovación fue posibilitada por un recurso a las liturgias de ordenación de la Iglesia primitiva y a los Padres de la Iglesia. A la luz de esta antigua tradición, el Concilio pudo clarificar de manera doctrinaria el pertenecer del diaconado, presbiterado y episcopado a un solo ministerio sacramental de la Iglesia. La renovación del diaconado permanente nació, por consiguiente, no sólo de las necesidades del presente, sino también de un análisis teológico de las reverencias determinantes de la fe. Sólo de este doble movimiento pudo surgir la renovación del diaconado permanente y ganar su forma obligatoria en la Iglesia.

                Incluso en la relación triple entre el episcopado, el presbiterado y el diaconado se llegó, en el Concilio Vaticano II, a una nueva reflexión. Hasta ese Concilio, los tres escalones de la ordenación pudieron ser entendidos como un tipo de carrera ascendente. Contrario a eso, el Concilio hizo una transformación de la manera de ver las cosas. El Concilio tiene como punto de partida, en el sentido de la Iglesia primitiva, el obispo, y le concede la plenitud de la ordenación (LG 21). Diáconos y presbíteros participan en este único ministerio sacramental, cuya plenitud corresponde al obispo, de manera específica y gradual. Los dos -el sacerdote y el diácono- son colaboradores del obispo, y así son considerados en su dependencia y pertenencia hacia este último. Los diáconos y presbíteros, de manera correspondiente, ejercen su ministerio como representantes del obispo, el cual, confrontándose con la multitud de sus tareas, necesita colaboradores y ayudantes.

                Los diáconos, sin embargo, siendo pertenecientes a un obispo, no son solamente "prolongaciones" de este último. El que, últimamente, concede la ordenación sacramental, es el mismo Jesucristo, la ordenación da a los que la reciben un signo sacramental (carácter indelebilis) que les hace semejantes a Cristo, el único Sumo Sacerdote, Pastor y Obispo. Con esto, el ordenado ya no debe tener una disponibilidad absoluta hacia el obispo, sino tiene un cierto grado de independencia y responsabilidad propia (ya que recibió en la ordenación una relación inmediata con Cristo) que el obispo tiene que respetar. Los obispos, presbíteros y diáconos participan así, de manera diferente, a la misión de Cristo y deben tener una relación fraternal y colaborar de manera colegial. Los sacerdotes y diáconos no son simplemente sometidos al obispo sino este último debe dirigirse a ellos y tratarles como hermanos y amigos.

                De la diferente participación al único ministerio de Jesucristo surgen algunas consecuencias por un más detallado esclarecimiento de las relaciones entre los ministerios del sacerdote y del diácono. En cuanto el diaconado fue tan solo una transición al presbiterado, el diácono apareció como inferior al sacerdote. Esta inferioridad/superioridad jerárquica puede aparecer incluso si uno lee superficialmente LG 29. Citamos: "Un escalón más bajo en la jerarquía lo ocupan los diáconos…" Pero, al mirar más atentamente, se puede notar que no se trata aquí de la inferioridad o sumisión del diácono al sacerdote, sino de una menor participación al ministerio del obispo. Esto aparece claramente en LG 28, donde se dice: "Cristo, al cual el Padre santificó y envió al mundo (Jn 10, 36) hizo, por intermedio de los apóstoles, sus sucesores, los obispos, participar en su propia ordenación y misión. Estos, por su parte, transmitieron las tareas de su ministerio, en una múltiple gradación, a varios miembros de la Iglesia, según el derecho. Así que el ministerio proveniente de la divina intención está ejercitado en varios órdenes por aquellos, que desde tiempos antiguos, tienen los nombres de obispos, sacerdotes y diáconos". Estas diferentes gradaciones en la participación al ministerio episcopal corresponden pues a varios ordenes. El obispo, por así decir, tiene dos brazos para apoyarlo, que tienen diferentes funciones, pero que deben colaborar.

                "La teología tradicional de la ordenación de los escalones ascendentes, y la concepción de que la consagración episcopal es una ampliación no esencial a la ordenación sacerdotal, fueron abrogadas"[5]. Debe hablarse ahora de una teología de la ordenación relativa a la diferente participación al ministerio episcopal y así mismo de una relación directa del diácono con el obispo, que incluye, por supuesto, una colaboración fraternal con el sacerdote, que también tiene una participación en el ministerio episcopal.

                Esta concepción del último Concilio es en acuerdo con la de los primeros siglos. San Pablo recuerda ya a los diáconos en una relación inmediata con los obispos (Fl 1,1). San Ignacio de Antioquía describe los diáconos como colaboradores (syndouloi) suyos (es decir, no de los sacerdotes) (Fl 4; Smirn. 4,1; Ef 2,1; Magn. 2,1). Según la Tradición Apostólica de Hipólito, los diáconos "no son llamados al presbiterado, sino al servicio del obispo, y para cumplir las tareas planteadas por este último" (Trad. apost. 8). La "Didascalia Apostolorum" advierte: "Sed unánimes, obispos, presbíteros y diáconos, porque constituís un solo cuerpo". El diácono es descrito incluso como "oreja, boca, corazón y alma del obispo" (Didasc. II, 44). A veces, parece que los diáconos tenían una posición tan poderosa que -como lo señalan San Jerónimo y el Ambrosiaster- los presbíteros protestaban con toda energía.

                Después de aclarar, de esta manera, que el diácono participa del único ministerio sacramental de la Iglesia y representa una característica específica de este ministerio, debemos considerar ahora la forma concreta y esencial en la que se presenta este ministerio en el diaconado.

                LG 29, citando brevemente la Tradición Apostólica de Hipólito, dice lo decisivo en este asunto. El Concilio subraya que el diácono "no está ordenado para el sacerdocio, sino para el servicio (ministerium)". De esta forma los ministerios sacerdotal y diaconal quedan claramente delimitados. El diácono no es un "mini-sacerdote" ni un suplente por la falta del sacerdote. Con esto, el diaconado deja de ser sólo un escalón para el presbiterado: se trata de un ministerio independiente. Tiene una marca propia del ministerio de la Iglesia de Jesucristo.

                La ordenación "Para el servicio" significa que el diácono tiene la Diakonía cristiana como responsabilidad especial. Ya el Libro de los Hechos de los Apóstoles menciona que los apóstoles no podían cuidar solos del servicio de las mesas y para no descuidar el servicio de la Palabra, necesitaban ayuda (Hch 6,2).

                Incluso según San Ignacio de Antioquía dice que a los diáconos se los confía el servicio de Jesucristo (Ef 2,10) y lo que dice Hipólito sobre la orden eclesiástica, muestra que los diáconos cuidaban de los enfermos y tenían que informar al obispo sobre este servicio (Trad.apost.8; cf. Didasc.II, 44). Así que los diáconos, en la Iglesia primitiva, cumpliendo una tarea confiada por los obispos, cuidaban, en primer lugar, de los pobres. El Concilio cita explícitamente la carta de Policarpo: que los diáconos tienen que ser unánimes: "Misericordiosos, asiduos, abiertos hacia la verdad del Señor, que se hizo servidor de todos" (Fl 5,2; cit. en LG 29).

                Por supuesto, el amor por el prójimo y el servicio a los hermanos siguiendo a Cristo son requeridos a todos los cristianos bautizados y confirmados. También queda claro que el carácter de servicio -como lo recuerda incesantemente el Concilio- es propio también de los sacerdotes, obispos, de toda la Iglesia. LG 24 dice claramente que el ministerio episcopal "es verdaderamente un servicio, por lo cual es denominado en las Escrituras como "diakoneia", es decir, servicio (cf. Hch 1,17 y 25;21,10; Rm11, 13;1 Tm 1,12)". A los obispos, presbíteros y diáconos, se les pide, conjuntamente, ejercitar la diaconía de Jesucristo hacia los pobres y necesitados de todo tipo y promoverla en la Iglesia. Al obispo se le ata esto particularmente al alma con su consagración. El diácono toma parte en ese ministerio diaconal del obispo de forma muy especial. El debe "representar de modo especial en la Iglesia la dimensión diaconal propia al ministerio eclesial, es decir, el servicio de esclavo cumplido por Jesucristo">[6].


                En este servicio diaconal, no se trata de una actuación unilateral, social-caritativa del diácono. El diácono no es un "asistente social ordenado". San Ignacio de Antioquía hace eco de 1Cor 4,1 en llamar a los diáconos "Diáconos de los misterios de Jesucristo". "Porque no son diáconos de comidas y bebidas, sino de la Iglesia de Cristo" (Trall 3,3; cit. en LG 41). Ellos son "más estrechamente vinculados al altar" (AG 16) y participan además del servicio de evangelización (SC 35,4; DV 25). La diaconía ejercitada por el diácono en el nombre de Jesucristo se debe entender en un sentido teológico y eclesiológico más amplio, puesto que el servicio del diácono incluye también la proclamación del Evangelio, el servicio al altar y algunas tareas de dirección (AG 16; cf. CIC, can.1008 f.).

                Pues, de verdad, no sólo hay pobres desde el punto de vista material, sino que hay pobres desde el punto de vista psíquico y espiritual, hay miserables y bastantes personas dejadas solas o abandonadas. Por esto, la evangelización también es un servicio a las personas. Instruir los ignorantes desde siempre fue una obra de misericordia espiritual que, dado el déficit de orientación del mundo de hoy, ha adquirido una particular importancia. De modo semejante, la tarea de llevar la Eucaristía a los enfermos y a los moribundos desde siempre fue confiada a los diáconos y también es una obra de diaconía cristiana. Es una obra de caridad y misericordia visitar a las personas en su soledad, unirlas, construyendo así comunidades cristianas. Correspondientemente al servicio del diácono se deben contar todas las dimensiones de la diaconía cristiana: martyria, liturgia y diakonía en el sentido estricto de la palabra.

                El Profesor y diácono H. Hoping lo formula de la siguiente manera: "Los presbíteros representan al obispo en las comunidades, de manera que ellos son responsables de la dirección de las comunidades que se les confió, por lo cual tienen también la presidencia de la celebración eucarística. En este sentido tienen una participación más amplia a la misión apostólica del obispo. En esta última también participan los diáconos. Pero ellos lo hacen en la diaconía que ‑como quedó claro‑ es responsabilidad del obispo, como dirigente. Como tarea de dirección eclesiástica, la diaconía es diferente de la acción de caridad de todo cristiano, procedente de su fe (cáritas) como también de la diaconía organizada como por ejemplo la de las asociaciones Cáritas. Y, puesto que son los presbíteros los que representan también a los obispos, hay una relación también con la dirección presbiteral. Por esto se dice en LG 29 que los diáconos tienen que ejercer su servicio en comunión con el Obispo y su presbiterio. Cuando pertenece a la función fundamental del ministerio eclesiástico de representar el servicio de Cristo como Señor de la Iglesia, esto es válido incluso por el diaconado perteneciente al Ordo. Por esto -según el entendimiento católico- los diáconos participan en la función de dirección eclesiástica"[7].

                Resumiendo, esto significa que el diácono representa de manera particular a Jesucristo, venido para servir (Mt 10, 45) que se humilló tomando el aspecto de un esclavo (Fl 2,7ss). Representando el obispo y en colaboración con los presbíteros, el diácono conduce, es decir, inspira y motiva la diaconía de la comunidad. De esta manera tienen los diáconos su parte en el poder de dirección de la Iglesia. El diaconado ordenado aclara el hecho de que la diaconía es una dimensión esencial de la dirección eclesiástica.

                Después de esta aclaración del ministerio particular del diácono, debemos preguntar, cómo se sitúa este ministerio en la eclesiología del Concilio, particularmente en la eclesiología de la "communio". Esto está vinculado a una de las más urgentes preguntas de nuestro tiempo, la búsqueda de la comunidad, que hizo crecer en muchos creyentes la conciencia del hecho que todos somos Iglesia. ¿Cuánto se necesita en nuestra Iglesia de hoy el diácono?

Eclesiología de la "Communio" como fundamento del diaconado.

Eclesiología de la "Communio " y diaconía.

                Jesucristo nos regaló la oración más bonita, el "Padre nuestro". En esta oración podemos decir y confesar que todos tenemos el mismo Padre y con esto somos todos hijos de Dios. Es una idea extremadamente profunda. Ante Dios y por Él pertenezco con todos los seres humanos a la única familia del Padre celestial.

                La individualización, soledad, enajenación y directamente hostilidad de los seres humanos entre sí, son signos del pecado. Por esto, en la economía de la salvación, Dios quiso que los seres humanos no sean aislados, no quiso salvarles independientemente de toda conexión recíproca, sino transformarles en su pueblo. Correspondientemente, el Concilio entiende la Iglesia como "pueblo mesiánico", que "aún no conteniendo a todos los hombres y a veces aparece como ‘pequeña bandada’, es para toda la raza humana el núcleo indestructible de la unidad, de la esperanza y de la salvación" (LG 9).

                La eclesiología de la "Communio" del Concilio Vaticano II está relacionada con esta visión soteriológica de la Iglesia. Su importancia supera las problematizaciones intraeclesiales; ella muestra cuál es el puesto de la Iglesia en toda la historia del mundo. Esta eclesiología es una concretización de la importantísima declaración conciliar que la Iglesia es sacramento en Jesucristo, es decir, signo e instrumento de unidad (LG 1). Por esto, ella es uno de los más importantes impulsos del Concilio. "Para la Iglesia sólo hay un camino en el futuro, el camino indicado por el Concilio, es decir: una plena implementación del Concilio y de su eclesiología de la Communio"[8]. Esta indica el hecho de que la Iglesia no existe por sí misma sino por los otros, por las personas, por el mundo y su unidad, por su reconciliación y paz; es una Iglesia servidora. En el sentido más amplio la diaconía es, por consiguiente no una sino la dimensión de la Iglesia.

                Lo que significa concretamente la eclesiología de la "Communio", los Hechos de los Apóstoles lo expresan de la siguiente manera: "Eran persistentes en la enseñanza de los apóstoles y en la fracción del pan y la oración" (2,42). O sea que la Iglesia es la comunidad de aquellos que, por intermedio de los apóstoles acogieron el mensaje de Jesús, el amor encarnado de Dios, que lo comunican, están uno en él y persisten con fidelidad en él. Es la comunidad de aquellos que participan en un solo Pan Eucarístico y así forman un solo cuerpo (cf. 1Cor 10,17), porque, dice San Agustín, la Eucaristía es el sacramento de la unidad (Jn 26,6,13; cit. SC 47). La Iglesia es la comunidad de aquellos que realizan la comunión fundada en la acción de Jesús, revelada en su palabra y celebrada en la Eucaristía, que comparten el pan cotidiano y sus posesiones. Martyria, Leiturgia y Diakonía se esclarecen como las tres dimensiones fundamentales de la Iglesia y así queda claro también, que la realización de la caridad, de la diaconía, son la consecuencia concreta y así mismo el criterio de autenticidad de la fe y Eucaristía de cada comunidad y de cada persona.

                Esto está fundamentado en el mensaje y en la acción de Jesús. El servicio pastoral de Jesús fue un servicio de salvación. Esto fue simbolizado por los milagros de Jesús de cara a las diferentes necesidades: nutrir los hambrientos, sanar los enfermos, resucitar los muertos, exorcizar. Correspondientemente, Jesús manda sus discípulos no sólo para evangelizar y para instruir, sino también -lo que se olvida a menudo- para sanar (Mt 10,8). El oficio doctrinal y pastoral de la Iglesia debe realizarse también en acciones de curación y en el servicio caritativo-diacónico, llegando así mismo a ser creíble.

                Por esto, cada comunidad tiene, como Iglesia local, cuidar que la diaconía sea realizada. Esto significa que fe y evangelización, Eucaristía y liturgia tienen que ser relacionadas con la diaconía. Fe sin diaconía no es fe cristiana. Evangelización sin diaconía tampoco es cristiana; una comunidad celebrando la Eucaristía pero no siendo orientada hacia la diaconía, expresa su fe, pero se trata de una fe muerta; no puede hallar a Dios, puesto que se olvidó que Dios se halla en las personas, especialmente en los pobres (Mt 25). "No podemos compartir el Pan Eucarístico, sin compartir el pan cotidiano"[9].

                La Iglesia vive donde las obras de misericordia se hagan: alimentar a los hambrientos, dar de beber a los que tiene sed, vestir a los desnudos, abrigar a los extranjeros, librar a los prisioneros, visitar a los enfermos, enterrar a los muertos. La Iglesia vive también donde se están cumpliendo las obras espirituales de misericordia: reprender a los pecadores, enseñar a los ignorantes, aconsejar a los que dudan, consolar a los afligidos, soportar a los que nos ofenden, perdonar el mal, rezar por los vivos y por los muertos.

                Si esta dimensión diacónica es tomada en serio, no puede existir ninguna necesidad privada, por la "communio" de la Iglesia, puede existir solamente una necesidad solidaria. Cuando un miembro se alegra, se alegran todos, cuando uno sufre, sufren todos con él (1Cor 12,26). Esta es la consecuencia lógica del estar juntos en Cristo, como realizar el ministerio pastoral de Jesucristo, que como el buen pastor ofrece su vida por su rebaño (Jn 10,11.15). La diaconía no es una ocupación colateral de una comunidad, o el hobby de pocos; ella es una tarea principal de la comunidad cristiana, que sigue a Jesús y está sometida a su misión. Particularmente, esto vale para el ministerio eclesiástico.

Eclesiología de la "communio" y diaconado

                Hemos visto que no puede existir Iglesia sin diaconía, porque Cristo mismo es como uno que sirve (diácono) (Lc 22,27). Por esto en la tarde, antes de su pasión y muerte, no sólo se estableció el ministerio sacerdotal sino también el diaconado. Con el lavado de los pies, Jesús nos dio un ejemplo para que nosotros también actuáramos de la misma manera que él (Jn 13,15). En esta palabra se puede ver el fundamento del diaconado.


                En el diaconado, la Iglesia tiene un ministerio que da un rostro verdadero a la estrecha conexión entre Martyria Leiturgia y Diakonia. Con esto los laicos, y también los obispos y sacerdotes están exentos de su tarea diacónica. Surge la pregunta ¿cómo se armoniza la diaconía del ministerio eclesiástico con la diaconía de todo el pueblo de Dios que se encuentra en el seguimiento de Jesús?

                En LG 10 el Concilio habla del sacerdocio común de todos los bautizados. En SC 14 de la participación activa (Actuosa Participatio) de todo el pueblo de Dios que no se limita a la liturgia, sino que incluye toda la vida de la Iglesia. Esto nos dice que la pertenencia común al pueblo de Dios es reservada a todos los bautizados, y a todos los ministerios, carismas y servicios [10] . Pero con esto no se abrogó la diferencia esencial entre clero y laicos (LG 10). "La Iglesia como communio debe entenderse como un todo diferenciado, como un cuerpo u organismo en el cual los diferentes órganos actúan de manera diferente pero por el bien del conjunto".

                Así que la eclesiología de la "communio" acaba con el modelo de una pastoral asistencial. Ella presupone que todos los miembros de la Iglesia tienen a su manera una corresponsabilidad en la Iglesia y por ella. "¡Pero corruptio optimi pessima!" No existió ni existe un aspecto de la doctrina conciliar que fuera tan malentendido y lo es todavía. Primero se malentendió la magnitud teológica pueblo de Dios (Laós tou theou) en el sentido de una alianza política (Demos) y por consiguiente se pidió una democratización de la Iglesia. En cuanto no se pide más que una mayor participación, esto es fundamentalmente justificado. Pero con esta petición está relacionada la pretensión ideológica de nivelar la irrevocable diferencia de carismas, ministerios y servicios. "El pueblo de Dios en el sentido del Concilio no significa solamente los laicos o las bases, opuesta a la Iglesia oficial. Pueblo de Dios es el todo orgánico y estructurado de la Iglesia, el pueblo reunido en torno al obispo y dependiendo de su pastor, como lo dijo Cipriano de Cartago"[11].

 

                ¿Qué es la tarea específica del ministerio en este todo? La respuesta nos es dada en el cuarto capítulo de la Carta a los Efesios. Allí se habla de cómo el Señor ascendido atribuyó los diferentes ministerios: apóstoles, profetas, evangelistas y pastores. Enseguida se dice por qué lo hizo: "para administrar a los santos para el cumplimiento de su servicio, para la edificación del cuerpo de Cristo" (Ef 4,12). El ministerio eclesiástico es un servicio a los otros servicios; debe administrar los otros servicios, es decir no limitarles o minimizarles, sino que debe inspirarles, motivarles, cualificarles para contribuir a la edificación del cuerpo de Cristo.

                Esto vale también para los diáconos. El mismo no puede y no debe ejercer toda la diaconía de la Iglesia; pero debe y puede inspirar, motivar y cualificar a los otros y lo hace mejor cuando ejerce su servicio de manera ejemplar y por su proclamación invita a los otros a hacer lo mismo y les fortalece por el servicio sacramental en este camino.

                Queda establecido: La diaconía es una dimensión fundamental y esencial de la Iglesia, y pertenece de manera central a la misión del obispo. El diácono lo realiza como representante del obispo y participando en la misión de este último; él representa el buen pastor y el diácono, Jesucristo. Su servicio diaconal debe entusiasmar a los otros, animarles y fortalecerles para que sirvan ellos también, siguiendo a Cristo, sus hermanos y hermanas, compartir con ellos/as y sustentarles con el ejercicio de las obras corporales y espirituales de misericordia, edificando de este manera la comunidad de Jesucristo y vivirla. De la misma eclesiología de la communio surge la necesidad del servicio del diácono. El representa a Jesucristo como buen pastor que sigue la oveja perdida, la levanta en sus hombros y no duda en sacrificar su propia vida.

Actualidad de la Diaconía de Communio

                La Iglesia y sus comunidades viven y actúan en su tiempo y deben estar atentas a los "signos de los tiempos". Hoy en día, tanto la Iglesia como la sociedad, se encuentran en una gran ruptura interior y exterior. El diácono, de modo particular, está llamado y desafiado a estar atento a los signos de los tiempos, tener un oído claro a las esperanzas y alegrías, dirección y orientación de fe y, partiendo de la esencia de la fe cristiana, crear ánimo y fuerza, paciencia y esperanza, alegría y paz en lo cotidiano de la vida de los seres humanos.

                Por esto, preguntemos, finalmente sobre la diaconía de la communio en la situación presente e igualmente sobre la actualidad y durabilidad del servicio diacónico. Por consiguiente, notemos un análisis breve y obligadamente también acortado de la situación en la cual nos encontramos hoy en día.

                Una de las mayores palabras, tal vez la palabra grande, central y fundamental del modernismo es "libertad". La Iglesia desconoció y a veces incluso condenó -en el pasado- esta palabra y el gran valor que ella manifiesta. Durante mucho tiempo, la Iglesia ignoró el hecho de que el patetismo libertario del modernismo tiene sus raíces también en el cristianismo. Sólo con el Concilio Vaticano II cambió el turno y pertenece a los grandes éxitos del actual pontificado y de su persistente política de "derechos humanos", que la heredad del Concilio no fue solamente mantenida sino también continuada, profundizada y enriquecida trayendo así una importante contribución al adviento de la libertad en Europa del Este.

                Por supuesto, el Papa no se cansa de mostrar también el reverso del esfuerzo occidental moderno hacia la libertad. Este se insertó muy naturalmente en la tendencia individualista del postmodernismo. Esta tendencia eliminó la tercera palabra - clave de la revolución francesa: "fraternidad", conduciendo a una larga eliminación de la solidaridad. Marca de ese proceso es el crecimiento de los fenómenos de soledad, insolación, frialdad social, como también la erosión de los valores comunes fundamentales. El entendimiento emancipatorio unilateral se eximió de las bases valóricas que estableció la historia moderna de la libertad. Esta "libertad de" sin "libertad para" condujo al pluralismo básico del postmodernismo, a una indiferencia que no puede ni entusiasmarse ni decidirse por alguna cosa, que se opone de manera indiferente y escéptica a todos los valores últimos, que conduce a un déficit de sentido, a una vaciedad psíquica, a un vacío interior, que termina en la falta de sentido y en el nihilismo. Algunas proyecciones pueden aclarar más aún esta situación:

                En el ámbito del matrimonio y de la familia, la soledad y el fastidio aumentan cada vez más. El número de divorcios está también aumentando constantemente, como también el número de madres solteras. En el ámbito macro social se notan, junto a la pobreza material y al desempleo, el aumento de los refugiados y expatriados, de los sin techo, de los adictos, solos, desesperados, de los sin perspectivas, de las personas incapaces de tener relaciones permanentes, de las mujeres y niños amenazados, y de las existencias marginales amenazadas por el crimen. Generalmente, parece que está explotando en nuestra sociedad un estado de incapacidad de relacionarse y de vivir, vinculada con el aislamiento y la individualización, con un placer de destruir y rechazar, con el no-tener-ganas-de-hablar y con el miedo de tener contactos. A muchos se les oscureció la vida. Otros son bloqueados por una resignación depresiva hacia las amenazas contra su existencia corporal o sus posibilidades de vida, desde el punto de vista psico-social. La mentalidad de desechado, la mentalidad de adaptación, como también la contradicción hacia las realidades de la vida, son signos del tiempo. Como consecuencia de la manipulación mediática y publicitaria conduce a otras personas a producir constantemente ídolos de vida, resultando en expectativas demasiado altas para consigo mismo y los otros y en seguida decepciones relativas a sí mismo y a los otros. Por otro lado, se nota en muchos un bienestar y un lujo ilimitados, un disfrutar de la vida sin discernimiento, una afirmación de sí agresiva etc. Estos también son signos del tiempo [12].


                Es natural que en esta situación -descrita de manera breve- el anhelo por la Communio está ganando terreno especialmente entre los jóvenes. Communio quiere decir, en primer lugar, comunión. Se quiere sobrepasar la soledad, el aislamiento y la falta de relación, uno está anhelando la paz, la reconciliación. Pero Communio significa también participación. Uno quiere pertenecer. Esto acontece, de manera exterior, pero no sólo de manera exterior, por intermedio de la moda; es decir: vestirse a la moda, de la misma manera, sino también decir las palabras del mismo modo, comportarse de la misma manera es una señal de que uno quiere pertenecer y está compartiendo los mismos valores. Por último, debemos reconocer que la moda no es, como lo eran antiguamente las costumbres y tradiciones, un fundamento indispensable. Ella es, por definición, algo que puede cambiar mañana, y muchos se dan cuenta de esto. Así que hay también una búsqueda más profunda del sentido, incluso nuevos movimientos de búsqueda religiosa. Inclusive cuando estos últimos quedan ambiguos y generales y no se inscriben para nada en la línea de la tradición eclesial, ellos existen, pueden ser aproximados, e incluso gritan, pidiendo que sean acercados.

                En esta situación, la diaconía de la communio está desafiada; aquí tienen Uds., su lugar y su tarea urgente. Y, ¿quién sería más llamado a hacerlo, sino el diácono, centinela y luchador, vanguardia de la Iglesia en su confrontación con este desafío? A partir de su forma de vida de padre de familia casado, el diácono tiene un contacto más fácil con las personas (o por lo menos puede tenerlo) con respecto al sacerdote celibatario. Por esto, los diáconos no deberían intentar apropiarse de un pedazo de la función específica de dirección que tiene el sacerdote. Su tarea es diferente de la tarea del sacerdote y es además bastante importante y urgente. Pues antes de dirigir comunidades, antes de celebrar con ellas la Eucaristía, hay que construirlas. En estas zonas marginales y de ruptura de la Iglesia, en estas zonas precisamente tiene el diácono su lugar. No debe pensar exclusivamente en los que "siguen" perteneciendo a la Iglesia, ni estar disponible solamente para ellos, sino invitar a aquellos que posiblemente serán sus miembros mañana. La diaconía de la Communio debe ser practicada de tal manera por el diácono que él pueda construir la Iglesia para el futuro. Esto es una contribución esencial e indispensable a la nueva evangelización.

                Además de la necesidad social de las personas, que se refleja también en la vida comunitaria, se puede notar una necesidad específica en la Iglesia. Esta pone al diácono en otra situación de desafío. Esta necesidad toca el aspecto de la Iglesia y de sus comunidades, así como también las formas de la pastoral. La Iglesia sufre mucho a causa del gravamen de la historia, se está confrontando con la desconfianza de las personas. Se está acomodando esmeradamente con el sentido de libertad y también con el sentido religioso de muchos. Un gran número de católicos se retiraron de la práctica y de la vida de sus comunidades, constatándose también, entre ellos el aumento del número de las mujeres.

            No rara vez debemos lamentar una gran falta de la dimensión diacónica y también una defectuosa interconexión de la evangelización y de la liturgia con la diaconía. Rara vez algunas comunidades lamentan que haya un defecto en las actividades diacónicas; los lamentos son enormes al tratarse de una S. Misa que faltó o del hecho de que hay disfunciones en la catequesis comunitaria. Se habla también frecuentemente de la falta de sacerdotes; nadie lamentó, según mi conocimiento, la falta de diáconos. En el ámbito de la diaconía, se delega todo, o casi todo de la parte de las parroquias a las instituciones (Cáritas, estación social). Incluso, frecuentemente la introducción del diaconado permanente está considerada sin tomar en cuenta la diaconía. "De todas formas, la manera en que se produjo la renovación del diaconado en Alemania, sin que tuviera lugar un impulso serio para la diaconía de las comunidades y la de la asociación Cáritas, debe ser tratada con escepticismo. En cualquier caso, no se consiguió una conexión de la caridad con la pastoral en este ministerio" [13].

                Este análisis puede parecer deprimente. Sin embargo, las necesidades siempre son oportunidades y desafíos. El desafío, en este caso, consiste en la pregunta: ¿cómo se puede llegar a una renovación del "aspecto de la Iglesia y de sus comunidades, una Iglesia de comunión, una Iglesia no fijada en sí misma y en sus propias necesidades, sino a la cual le importase primero el Reino de Dios, una Iglesia, cuyo camino es el camino del hombre?" (Juan Pablo II) [14]. Queda claro que la imagen de la Iglesia en la opinión pública vive primero a través de la diaconía y que la diaconía o la actuación caritativa de la Iglesia tiene el más alto reconocimiento social. Por esto la pastoral diacónica es pastoral misionera. Porque son los hechos los que son más persuasivos que todo lo demás.

                La estructura tradicional de los servicios y ministerios eclesiales no corresponde a las necesidades actuales, entre otros porque no puede hacerse presente, de manera satisfactoria la continuación de la Diaconia Christi. Por esto fue reintroducido, como acabamos de ver, el diaconado permanente por el Concilio Vaticano II. Las necesidades de las personas, como también las necesidades de las comunidades obligaban a que este ministerio fuera renovado y así mismo fuera renovada la conciencia de que la diaconía es una característica de la Iglesia y de todos sus ministerios.

Algunos aspectos concretos sobre cómo se presenta el diaconado en el día de hoy

                Quiero notar, finalmente, algunos aspectos concretos -sobre el fondo de las consideraciones teológicas fundamentales y de los detalles de la situación actual- con respecto a cómo se presenta el diaconado. Voy a empezar con algunas notas sobre la actitud espiritual fundamental del diácono. Leemos en el Evangelio de San Juan: "Es el Espíritu el que da la vida; la carne no sirve para nada" (Jn 6, 33). Utilizando un lenguaje bíblico, podemos decir que también las reformas institucionales y estructurales pueden ser "carne inútil" cuando no son sostenidas por Dios que da la vida. También la renovación del diaconado es ante todo, una tarea espiritual.

                En la actitud espiritual básica del diácono se debe esclarecer el hecho de que el camino cristiano no es un camino ascendente, no es un camino en esplendor y gloria, sino un camino hacia abajo, más aún -siguiendo a Jesucristo que descendió- una "carrera hacia abajo". Así nos dice el himno a Cristo en la Carta a los Filipenses (Fl 2,6-11). Ahí se fundamenta lo que en la tradición espiritual se exaltó como virtud básica de los cristianos y lo que especialmente debe marcar la actitud fundamental del diácono: una actitud de humildad como disponibilidad al servicio.

                A la actitud fundamental del diácono pertenece también la conscientización de las personas necesitadas, enfermas o temerosas. Se trata de una curación que ofrece la liberación y capacita a las personas a crear confianza, para convertirse también en personas que sirven y aman. Se demuestra esto de manera muy linda en el encuentro de Jesús con la suegra de Pedro en Mt 8,14ss. La suegra de Pedro está yaciendo enferma. Ni siquiera puede vivir su propia vida, para no hablar de cuidar de otros. Jesús viene y ve a esta mujer. La conscientiza. Ver y conscientizar son elementos esenciales de su acción. Jesús se inclina, sin palabras hacia la enferma, la toma de la mano y la levanta. Ella se alza, está de nuevo de pie. Enseguida ella ejerce, según dice el original griego, Diakonía. Porque se dirige hacia los otros y los sirve. Como alguien que puede estar de pie, ayuda a los otros a alzarse.

                Así podemos decir: "El objetivo de la actuación diacónica no es simplemente ayuda, sino abrir nuevas posibilidades de vida, para que los que yacen puedan alzarse de verdad. Es cierto que la mirada no debe fijarse sólo en los individuos, sino incluir también las circunstancias sociales en las que ellos viven" [15]. En situaciones especiales se puede y se debe dar el caso de que el diácono se convierta en abogado de los pequeños y de todos los que no tienen ni voz ni "lobby".

                Las tareas concretas deben ser aproximadas a partir de estas actitudes fundamentales y objetivos espirituales. Concretamente, el diácono es participante del diálogo y persona de referencia para las diversas susodichas necesidades. Todos pueden dirigirse a él con toda confianza. Con su servicio en la evangelización, liturgia y diaconía tiene la oportunidad de hacer presente la vinculación de la fe con la vida. En su servicio al altar el diácono pone las necesidades de las personas sobre la mesa de la Eucaristía; por supuesto, las lleva también en la proclamación de la Palabra. Debe sensibilizar a la comunidad por todo tipo de situaciones de necesidad y motivarla para la colaboración y la disponibilidad.

                Una tarea esencial consiste en buscar colaboradores voluntarios, envolverlos y acompañarlos. Con el tiempo, el diácono debe dejar siempre más servicios y tareas a cargo de los colaboradores voluntarios y consagrarse cada vez más al acompañamiento teorético, personal y pastoral de estos colaboradores. Porque también y precisamente los colaboradores de las instituciones caritativas (jardines infantiles, estaciones sociales, hogares para ancianos, etc.) necesitan un acompañamiento pastoral. Sería ideal que el diácono pudiera iniciar y acompañar grupos de autoayuda, por ejemplo, de las madres solteras o de los adictos. Dadas las susodichas necesidades de nuestro tiempo, está claro también que estas actividades no se pueden limitar a una sola comunidad. El problema de la droga no termina en los confines de una parroquia. El "trabajo abierto con la juventud" que hoy en día es tan necesario, raramente toma nota de los límites ínter parroquiales.


                Desde el punto de vista mencionado, resulta la propuesta de que el diácono se empeñe al nivel supraparroquial: al nivel de la ciudad, del decanado o de la región. Es cierto que él debe ser vinculado a una determinada comunidad, pero con este punto de referencia, puede extender sus actividades en varias comunidades y crear una red. El acento debe ser colocado en ganar, formar, acompañar y promover colaboradores voluntarios en las respectivas comunidades y ofrecerles el contacto en una ciudad o región. En nuestra diócesis ya se inició un tal proyecto, y de forma muy exitosa. Ahí se encuentran enormes oportunidades para el diaconado permanente.

                Con su participación en el ministerio de la Iglesia, el diácono tiene un papel incluso en la dirección de la comunidad. A este respecto, él tiene que envolver también la diaconía y cuidar de que ella pueda recibir el lugar que le corresponde en el contexto de la pastoral. Como representante oficial de la comunidad, él es el hombre de contacto por excelencia con las asociaciones Cáritas regionales como también con las estaciones sociales. Debe participar en las instituciones diaconales ecuménicas. A través de él, las comunidades deben tener contactos con todos los que en las municipalidades o instituciones independientes de atención, son competentes por la asistencia social. "La situación de nuestra sociedad se tornó sin perspectivas y la necesidad tomó tantas caras, que no puede ser aproximada de otra manera que por una colaboración firme y llena de confianza entre los operadores profesionales de caridad, las iniciativas locales de base, las instituciones caritativas comunitarias y los diáconos comunitarios”[16].

                Muchas de las tareas descritas pueden ser cumplidas sólo de manera profesional, otras pueden ser cumplidas por un diácono con profesión civil. En el caso del diácono con una profesión civil, la oportunidad se encuentra ante todo en su actividad profesional. El puede y debe, como los padres trabajadores, en su medio profesional concreto y en su vida profesional, representar a la Iglesia y estar presente, donde nadie la está representando. Debe después traer estas experiencias a la comunidad y defender allí la diaconía. De esta manera será honesto hacia su ministerio independiente y no solamente un suplente en tiempos de falta de sacerdotes.

                Por supuesto, no solamente la comunidad, sino también la pastoral social es un campo ideal de trabajo para el diácono. Estoy pensando en los hospitales, hogares para ancianos, pastoral de empresas, pastoral carcelaria, asilos, etc. También estoy contando con la colaboración en la dirección de la diócesis, en los ámbitos donde se trata ante todo de tareas diaconales de dirección. A este respecto, quiero notar que la comunidad de los diáconos de una diócesis puede ser un gremio de consejeros muy importante para el obispo. Los diáconos pueden -como comunidad- ser ojo y oído del obispo en cuanto a las necesidades de las personas, ayudándolo a ser "Padre de los pobres".

                Por supuesto, el diácono debe ser cualificado para todas sus tareas. Pero no puedo insistir ahora en este sentido.

                En conclusión, una idea más que puede parecer utópica, a una mirada superficial. Puesto que no hay iglesia sin diaconía y puesto que la iglesia tiene un ministerio propio para la diaconía, no sería un error tener un diácono en cada comunidad. Eso no causaría problemas financieros, puesto que también hay diáconos con profesión civil. Creo que toda comunidad tiene un potencial que está lejos de ser agotado. El caso ideal sería que la misma comunidad dijera: "Este hombre nos lo podemos imaginar como diácono con profesión civil". El párroco y la comunidad lo podrían presentar después al obispo y al responsable diocesano para el diaconado.

                Recibí informaciones de la diócesis francesa de Besançon que fue incluso más allá. Allí los responsables para el diaconado se presentan en las conferencias decanales, pidiendo que los decanados singularicen los enfoques sociales en su ámbito y observar a hombres cualificados sobre los cuales creen que pudiesen ejercer el ministerio de diácono con profesión civil en los ámbitos correspondientes. Aquellos son contactados enseguida y se les confronta con la perspectiva del diaconado. Reciben un tiempo de reflexión de un año. Al decidirse positivamente, ya pueden empezar la formación. Creo que este modelo es digno de consideración.

                Así, podemos concluir: Los diáconos con motivación espiritual, bien calificados y razonablemente interesados son muy importantes para la Iglesia. Ellos no son ni sacerdotes suplentes, ni asistentes sociales. Ellos son, de manera sacramental, representantes de Jesucristo, el diácono. Ellos hacen presente para nuestro mundo el amor de Dios que por el Espíritu Santo fue derramado en nuestros corazones (Rm 5,5). Ellos son la vanguardia de una nueva "civilización del amor". Son una bendición para la Iglesia y para las personas confiadas a nosotros. Por esto, ya es tiempo de avanzar en la renovación de la diaconía y del diaconado y así, dar mucho más espacio en la Iglesia al impulso del Espíritu Santo a través del Concilio Vaticano II.

SE TRANSFORMA LA IGLESIA, SIRVIENDO A LA COMUNIDAD   °°°°

21 Octubre 2012.  «Traer tantas almas para Dios como sea posible». El padre Michel-Marie Zanotti-Sorkine se ha tomado esta frase muy a pecho y se ha convertido en su principal objetivo como sacerdote. Autor: Javier Lozano. Fuente: religion en libertad °°°

Así lo está haciendo tras haber transformado una iglesia que iba a ser clausurada y demolida en la parroquia con más vida de Marsella. Su mérito es aún mayor cuando el templo está situado en un barrio con una enorme presencia de musulmanes en una ciudad donde menos del 1% de la población es católica practicante.

Había sido músico de éxito La clave para este sacerdote que previamente había sido músico de éxito en multitud de cabarets de París y Montecarlo es la “presencia”, hacer presente a Dios en el mundo de hoy. Las puertas de su iglesia están todo el día de par en par y viste de sotana porque «todos, cristianos o no, tienen derecho a ver un sacerdote fuera de la iglesia».

De 50 feligreses en Misa a 700   Su balance es abrumador. Cuando llegó en 2004 a la parroquia de San Vicente de Paúl del centro de Marsella la iglesia permanecía cerrada durante la semana y la única misa dominical se celebraba en la cripta a la que apenas acudían 50 personas.

                Como él mismo cuenta lo primero que hizo fue abrir el templo todos los días y celebrar en el altar mayor. Ahora la iglesia permanece abierta casi todo el día y hacen falta sillas adicionales para albergar a los fieles. Más de 700 todos los domingos, más incluso en las grandes fiestas. Casi 200 adultos se han bautizado desde que llegó, 34 en esta última Pascua. Se ha convertido un fenómeno de masas no sólo en Marsella sino en toda Francia, con reportajes de medios de todo el país atraídos por la cantidad de conversiones.

El nuevo cura de Ars en la Marsella agnóstica

                Una de las iniciativas principales del padre Zanotti-Sorkine para revitalizar la fe de la parroquia y conseguir tal afluencia de gente de toda edad y condición social es la confesión. Antes de la apertura del templo a las 8 de la mañana ya hay gente esperando en la puerta para poder acudir a este sacramento o para pedir consejo a este sacerdote francés.

                Tal y como cuentan sus feligreses, el padre Michel-Marie está buena parte del día en el confesionario, muchas veces hasta pasadas las once de la noche. Y si no está ahí siempre se le encuentra vagando por sus pasillos o en la sacristía sabiendo la necesidad de que los sacerdotes estén siempre visibles y cercanos para salir en auxilio de todo aquel que lo necesite.

La iglesia siempre abierta


Otra de sus señas de identidad más características es la de tener el templo permanentemente abierto. Esto le ha generado críticas de sacerdotes de su diócesis pero él afirma que la misión de la parroquia es «permitir y facilitar el encuentro del hombre con Dios» y el cura no puede ser un impedimento para esto.

El templo debe favorecer el nexo con Dios

En una entrevista en televisión afirmaba convencido que «si hoy en día la iglesia no está abierta es que de cierta manera no tenemos nada que proponer, que todo lo que ofrecemos se acabó. Mientras que en este caso la iglesia está abierta todo el día, hay gente que viene, prácticamente nunca hemos tenido robos, hay gente que ora y le garantizo que esta iglesia se transforma en un instrumento extraordinario que favorece el encuentro entre el alma y Dios».

Era la última oportunidad para salvar la parroquia

El obispo le mandó a esta parroquia como última oportunidad para salvarla y le hizo caso de manera literal cuando le dijo que abriera las puertas. «Hay cinco puertas siempre abiertas y así todo el mundo puede ver la belleza de la casa de Dios». 90.000 coches y miles de viandantes y turistas se encuentran con la iglesia abierta y con los sacerdotes a la vista. Este es su método: la presencia de Dios y su gente en el mundo secularizado.

La importancia de la liturgia y de la limpieza

Y aquí llega otro punto clave para este sacerdote. Nada más llegar y con la ayuda de un grupo de laicos renovó la parroquia, la limpió y la dejó resplandeciente. Para él este es otro motivo de por qué la gente opta por volver a la iglesia. «Cómo quiere que se crea que Cristo vive en un lugar si todo no está impecable, es imposible».

Por ello, los manteles del altar y del Sagrario tienen un blanco inmaculado. «Es el detalle el que hace la diferencia. Con el trabajo bien hecho nos damos cuenta del amor que manifestamos a los seres y a las cosas». De manera tajante asegura que «creo que cuando se penetra en una iglesia donde todo no está impecable es imposible creer en la Presencia gloriosa de Jesús».

La liturgia se torna en el punto central de su ministerio y mucha gente ha sido atraída a esta iglesia por la riqueza de la Eucaristía. «Esta es la belleza que conduce a Dios», afirma.

Las misas están siempre repletas y en ellas hay procesiones solemnes, incienso, cánticos cuidados… Todo hecho al detalle. «Le doy un trato especial a la celebración de la Misa para mostrar el significado del sacrificio eucarístico y la realidad de la Presencia». «La vida espiritual no se concibe sin la adoración del Santísimo Sacramento y sin un ardiente amor a María» por lo que introdujo la adoración y el rezo diario del Rosario dirigido por estudiantes y jóvenes.

Sus sermones son también de lo más esperado e incluso sus feligreses los cuelgan en internet. En ellos llama siempre a la conversión, por la salvación del hombre. En su opinión, la falta de este mensaje en la Iglesia de hoy «es quizás una de las principales causas de la indiferencia religiosa que vivimos en el mundo contemporáneo». Ante todo claridad en el mensaje evangélico. Por eso advierte de la frase tan manida de que “todos vamos a ir al cielo”. Esta es para él «otra canción que puede engañarnos» debido a que hay que luchar, empezando por el sacerdote, para llegar al Paraíso.

El cura de la sotana

Si hay algo que distingue a este alto sacerdote en un barrio de mayoría musulmana es su sotana, que siempre lleva puesta, y el rosario entre las manos. Para él es primordial que el cura pueda ser distinguido entre la gente. «Todos los hombres, empezando por uno que cruza el umbral de la iglesia, tiene el derecho de reunirse con un sacerdote. El servicio que ofrecemos es tan esencial para la salvación que nuestra visión debe hacerse tangible y eficaz para permitir esta reunión».

De este modo, para el padre Michel el sacerdote lo es 24 horas al día. «El servicio debe ser permanente. ¿Qué pensaría usted de un marido que en su camino a su oficina por la mañana se quitara su alianza?».

En este aspecto es muy insistente: «en cuanto a aquellos que dicen que el hábito crea una distancia es que no conocen el corazón de los pobres para los cuales lo que se ve dice más de lo que se dice».

Por último recuerda un detalle importante. Los regímenes comunistas lo primero que hacían era eliminar el hábito eclesiástico sabiendo de la importancia de la comunicación de la fe. «Esto merece la atención de la Iglesia de Francia», afirma.

Sin embargo, su misión no la desarrolla únicamente en el interior del templo sino que es un personaje conocido en todo el barrio, también por los musulmanes. Desayuna en los cafés del barrio, allí habla y se reúne con los fieles y con gente no practicante. Él lo llama, su pequeña capilla. Así ha conseguido ya que muchos vecinos sean ahora asiduos de la parroquia y han convertido a esta iglesia de San Vicente de Paúl en una parroquia totalmente resucitada.

Una vida peculiar: cantante de cabarets

La vida del padre Michel-Marie ha estado siempre en movimiento. Nació en 1959 y tiene orígenes rusos, italianos y corsos. A los 13 años perdió a su madre y le causó una «ruptura devastadora» lo que le hizo unirse aún más a la Virgen María.

                Al tener un gran talento musical, apagó la pérdida de su madre con la música. En 1977 tras ser invitado a tocar en el Café París de Montecarlo se trasladó a la capital donde comenzó su carrera de compositor y cantante en cabarets. Sin embargo, la llamada de Dios era más fuerte y en 1988 entró en la orden dominica por su devoción a Santo Domingo. Con ellos estuvo cuatro años cuando ante la fascinación por San Maximiliano Kolbe se fue a la orden franciscana, donde también permaneció cuatro años.

                Fue en 1999 cuando fue ordenado sacerdote para la diócesis de Marsella con casi cuarenta años. Además, de su música, dedicada ahora a Dios, también es escritor de éxito, ha publicado ya seis libros, y poeta. 

Mensaje a los sacerdotes  El cardenal Mauro Piacenza ofrece importante reflexión

                CIUDAD DEL VATICANO, sábado 13 octubre 2012 (Zenit).- Con motivo del Año de la fe, convocado por el santo padre Benedicto XVI para la Iglesia universal, el cardenal Mauro Piacenza, Prefecto de la Congregación para el Clero, dirigió un Mensaje a todos los presbíteros.

Queridísimos Hermanos:   El próximo 11 de octubre el Santo Padre Benedicto XVI, con una solemne concelebración, inaugurará el Año de la Fe, dedicado con ocasión del Cincuentenario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II y del Vigésimo Aniversario de la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica. Se trata de dos eventos de extraordinaria importancia, que están íntimamente unidos: el Concilio, en efecto, es interpretado auténticamente por el Catecismo y este último es, realmente, el “Catecismo del Concilio” al que es necesario acudir siempre, para poner en práctica las auténticas reformas que el Espíritu Santo sugirió a la Iglesia y que los Padres conciliares señalaron con autoridad en los Textos de aquella noble reunión.

  Los sacerdotes, en toda circunstancia y cualquiera que sea el ministerio que les han confiado los respectivos Ordinarios, deben siempre considerarse “en cura de almas”, y es parte integrante de tal cura animarum, el ejercicio testimonial y doctrinal del Munus docendi.             A cada uno de nosotros, queridos hermanos, se nos ha confiado la correcta hermenéutica de los Textos del Concilio Ecuménico Vaticano II, los cuales, a distancia de cincuenta años, mantienen su carácter profético pneumático y reclaman ser conocidos en la continuidad de la Tradición eclesial y en el anhelo de Reforma del que son eco y horizonte a la vez. El mejor modo, pues, de llevar a la práctica las enseñanzas conciliares es hacer conocer el Catecismo de la Iglesia Católica, instrumento seguro de referencia doctrinal y moral.

         La Congregación para el Clero quiere ofrecer mensualmente, en el Año de la Fe, algunas pautas de reflexión para la formación permanente, con el deseo de que, dándole prioridad a la fe y a las consecuencias existenciales del encuentro íntimo, personal y comunitario con el Resucitado, se pueda sostener el perenne redescubrimiento de lo que somos como sacerdotes y el consiguiente valor de nuestras acciones.

Es en el horizonte de la fe donde deben verse todos las acciones sacramentales del Sacerdote, el cual en la Iglesia y en nombre de Cristo Señor nuestro, se actúa la salvación ofrecida a todos los hombres. Sin este horizonte dilatado “hasta el Cielo”, está siempre latente el peligro de un funcionalismo mundanizante, que corre el riesgo de pretender afrontar con medios y criterios meramente humanos, los desafíos de nuestro tiempo.

El verdadero desafío, por el contrario, es el que Cristo Resucitado y su Cuerpo, que es la Iglesia, lanzan al mundo desde hace dos mil años: un desafío de amor, de verdad y de paz, de auténtica realización y de profunda y real humanización del mundo.

         Con el augurio de un intenso, apasionado y fecundo Año de la Fe, invoco de corazón, para cada uno, la protección de la Santísima siempre Virgen María, Reina de los Apóstoles y Madre de la Iglesia, y bendigo de corazón a todos y a cada uno.  + Cardenal Mauro Piacenza   Prefecto de la Congregación para el Clero

 

Congregatio pro clericis       Carta a los sacerdotes Queridos Sacerdotes:

Cardenal, Mauro Piacenza.  En la próxima solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, el 15 de junio de 2012, celebraremos, como de costumbre, la “Jornada Mundial de Oración para la Santificación del Clero”.


                La expresión de la Escritura «Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación» (1Ts4, 3), aunque vaya dirigida a todos los cristianos, se refiere e n modo particular a nosotros, los sacerdotes, que hemos aceptado no sólo la invitación a “santificarnos”, sino también a convertirnos en “ministros de santificación” para nuestros hermanos. Esta “voluntad de Dios”, en nuestro caso, por decirlo así, se ha doblado y multiplicado al infinito, tanto que a ella podemos y debemos obedecer en cada acción ministerial que llevamos a cabo. Este es nuestro estupendo destino: no podemos santificarnos sin trabajar para la santidad de nuestros hermanos, y no podemos trabajar para la santidad de nuestros hermanos sin que antes hayamos trabajado y trabajemos para nuestra santidad.

                Al introducir a la Iglesia en el nuevo milenio, el Beato Juan Pablo II nos recordaba la normalidad de este “ideal de perfección”, que debe ofrecerse en seguida a todos: «Preguntar a un catecúmeno: “¿quieres recibir el bautismo?”, significa al mismo tiempo preguntarle: “¿quieres ser santo?”»

                1. Ciertamente, en el día de nuestra Ordenación sacerdotal, esta misma pregunta bautismal resonó de nuevo en nuestro corazón, pidiendo una vez más nuestra respuesta personal; pero se nos ha confiado para que supiésemos dirigirla también a nuestros fieles, custodiando su belleza y preciosidad. La conciencia de nuestros incumplimientos personales no contradice esta persuasión, como tampoco lo hacen las culpas de algunos que, a veces, han humillado el sacerdocio a los ojos del mundo. A distancia de diez años —considerando que las noticias difundidas se agravan — debemos dejar que resuenen de nuevo en nue stro corazón, con mayor fuerza y urgencia, las palabras que Juan Pablo II nos dirigió el Jueves Santo del año 2002:

                «Además, en cuanto sacerdotes, nos sentimos en estos momentos personalmente conmovidos en lo más íntimo por los pecados de algunos hermanos nuestros que han traicionado la gracia recibida con la Ordenación, cediendo incluso a las peores manifestaciones del mysterium iniquitatis que actúa en el mundo. Se provocan así escándalos graves, que llegan a crear un clima denso de sospechas sobre todos los demás sacerdotes beneméritos, que ejercen su ministerio con honestidad y coherencia, y a veces con caridad heroica. Mientras la Iglesia expresa su propia solicitud por las víctimas y se esfuerza por responder con justicia y verdad a cada situación penosa, todos nosotros —conscientes de la debilidad humana, pero confiando en el poder salvador de la gracia divina — estamos llamados a abrazar el mysterium Crucis y a comprometernos aún más en la búsqueda de la santidad .

                Hemos de orar para que Dios, en su providencia, suscite en los corazones un generoso y renovado impulso de ese ideal de entrega total a Cristo que está en la base del ministerio sacerdotal»

                2. Como ministros de la misericordia de Dios, sabemos, por tanto, que la búsqueda de la santidad siempre se puede retomar, a partir del arrepentimiento y el perdón. Pero a la vez sentimos la necesidad de pedirlo, cada sacerdote, en nombre de todos los sacerdotes y para todos los sacerdotes3. Refuerza nuestra confianza la invitación que la propia Iglesia nos dirige a cruzar nuevamente el umbral de la Porta fidei, acompañando a todos nuestros fieles. Sabemos que este es el título de la Carta apostólica con la cual el Santo Padre Benedicto XVI convocó el Año de la Fe que comenzará el próximo 12 de octubre de 2012.

                Una reflexión sobre las circunstancias de esta invitación nos puede ayudar. Se sitúa en el 50° aniversario de la apertura del Concilio ecuménico Vaticano II (11 de octubre de 1962) y en el 20° aniversario de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica (11 de octubre de 1992). Además, para el mes de octubre de 2012, se ha convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Se nos pedirá, pues, trabajar en profundidad sobre cada uno de estos “capítulos”: – sobre el Concilio Vaticano II, a fin de que sea de nuevo acogido com o «la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX»: “Una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza ”, “una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia”4; – sobre el Catecismo de la Iglesia Católica, para que realmente se acoja y se utilice «como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial y como una regla segura para la enseñanza de la fe»5; – sobre la preparación del próximo Sínodo de los Obispos, para que sea realmente «una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe »6. 2 JUAN PABLO II, Carta a los sacerdotes para el Jueves Santo del año 2002.

                3 CONGREGACIÓN PARA EL CLERO, El sacerdote ministro de la Misericordia Divina. Material para Confesores y Directores espirituales, 9 de marzo de 2011, 14-18; 74-76; 110-116 (el sacerdote como penitente y discípulo espiritual). 4 Cf. Porta fidei, n. 5. 5 Cf. Ibídem, n. 11. 6 Ibídem, n. 4. Por ahora —como introducción a todo el trabajo— podemos meditar brevemente sobre esta indicación del Pontífice, en la cual todo converge: «Es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la al egría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe».7 “Los hombres de cada generación”, “todos los pueblos de la tierra”, “nueva evangelización”: ante este horizonte tan universal, sobre todo nosotros, los sacerdotes, debemos preguntarnos cómo y dónde estas afirmaciones pueden unirse y consistir. Podemos, pues, comenzar recordando que ya el Catecismo de la Iglesia Católica se abre con un abrazo universal, reconociendo que “El hombre es «capaz» de Dios”8; pero lo hace eligiendo —como su primera cita— este texto del Concilio ecuménico Vaticano II: «La razón más alta (“eximia ratio”) de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor (“ex amore”), es conservado siempre por amor (“ex amore”); y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador . Sin embargo, muchos de nuestros contemporáneos no perciben de ninguna manera esta unión íntima y vital con Dios o la rechazan explícitamente » (“hanc intimam ac vitalem coniunctionem cum Deo”)9. ¿Cómo olvidar que, con el texto que acabamos de citar —precisamente en la riqueza de las formulaciones escogidas— los Padres conciliares querían dirigirse directamente a los ateos, afi rmando la inmensa dignidad de la vocación, de la que se habían alejado como hombres? ¡Y lo hacían con las mismas palabras que sirven para describir la experiencia cristiana, en el culmen de su intensidad mística! También la Carta apostólica Porta Fidei inicia afirmando que esta «introduce en la vida de comunión con Dios », lo que significa que nos permite adentrarnos directamente en el misterio central de la fe que debemos profesar: «Profesar la fe en la Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo— equivale a creer en un solo Dios que es Amor» (ibídem, n. 1). 7 Ibídem, n. 7. 8 Sección Primera. Capítulo I. 9 Gaudium et Spes, n. 19 y Catecismo de la Iglesia Católica n. 27.

                Todo esto debe resonar de modo especial en nuestro corazón y en nuestra inteligencia, para que seamos conscientes de cuál es hoy el drama más grave de nuestros tiempos. Las naciones cristianizadas ya no sienten la tentación de ceder a un ateísmo genérico (como en el pasado), sino que corren el riesgo de ser víctimas de ese particular ateísmo que viene de haber olvidado la belleza y el calor de la Revelación Trinitaria. Hoy son sobre todo los sacerdotes, en su adoración diaria y en su ministerio diario, quienes deben encauzarlo todo hacia la Comunión Trinitaria: sólo a partir de esta y adentrándose en esta, los fieles pueden descubrir verdaderamente el rostro del Hijo de Dios y su contemporaneidad, y pueden verdaderamente llegar al corazón de todo hombre y a la patria a la cual todos están llamados. Y sólo así los sacerdotes podemos ofrecer de nuevo a los hombres de hoy la dignidad del ser persona, el sentido de las relaciones humanas y de la vida social, y la finalidad de toda la creación. “Creer en un solo Dios que es Amor”: no será realmente posible ninguna nueva evangelización si los cristianos no somos capaces d e sorprender y conmover nuevamente al mundo con el anuncio de la Naturaleza de Amor de Nuestro Dios, en las Tres Divinas Personas que la expresan y que nos hacen partícipes de su misma vida. El mundo de hoy, con sus laceraciones cada vez más dolorosas y preocupantes, necesita al Dios-Trinidad, y anunciarlo es la tarea de la Iglesia.

                La Iglesia, para poder desempeñar esta tarea, debe permanecer indisolublemente abrazada a Cristo y no dejar nunca que se le separe de Él: necesita santos que vivan “en el corazón de Jesús” y sean testigos felices del Amor Trinitario de Dios. ¡Y los Sacerdotes, para servir a la Iglesia y al mundo, necesitan ser santos! Vaticano, 26 de marzo de 2012 Solemnidad de la Anunciación de la Santísima Virgen Cardenal Mauro Piacenza Prefecto  Celso Morga Iruzubieta Arzobispo tit. de Alba Marítima Secretario

 

LECTURAS Y TEXTOS

                para profundizar o para celebraciones

LECTURAS BÍBLICAS

Del Evangelio de Juan: 15, 14-17

Del Evangelio de Lucas: 22, 14 - 27

Del Evangelio de Juan: 20, 19 - 23

De la Carta a los Hebreos: 5, 1 - 10

 

LECTURAS PATRÍSTICAS

S. JUAN CRISÓSTOMO, El sacerdocio, III, 4-5; 6.

ORÍGENES, Homilías sobre el Levítico, 7, 5.

LECTURAS DEL MAGISTERIO

Gaudium et Spes, n. 19 y Catecismo de la Iglesia Católica, n. 27.

JUAN PABLO II, Carta a los Sacerdotes con ocasión del Jueves Santo, 2001.

Benedicto XVI, Homilía del Jueves Santo, 13 de abril de 2006.

LECTURAS de los ESCRITOS de los SANTOS

SAN GREGORIO MAGNO: Diálogos, 4, 59.

SANTA CATALINA DE SIENA, El diálogo de la divina Providencia, cap. 116; cf. Sl 104, 15.

SANTA TERESA DE LISIEUX, Ms A 56r; LT 108; LT 122; LT 101; Pr n. 8.

BEATO CHARLES DE FOUCAULD, Écrits Spirituels, pp. 69-70.

SANTA TERESA BENEDICTA DE LA CRUZ (EDITH STEIN), WS, 23.

ORACIÓN POR LA SANTA IGLESIA

Y POR LOS SACERDOTES

Oh Jesús mío, te ruego por toda la Iglesia: concédele el amor y la luz de tu Espíritu y da poder a las palabras de los sacerdotes para que los corazones endurecidos se ablanden y vuelvan a ti, Señor. Señor, danos sacerdotes santos; Tú mismo consérvalos en la santidad. Oh Divino y Sumo Sacerdote, que el poder de tu misericordia los acompañe en todas partes y los proteja de las trampas y asechanzas del demonio, que están siendo tendidas incesantemente para las almas de los sacerdotes. Que el poder de tu misericordia, oh Señor, destruya y haga fracasar lo que pueda empañar la santidad de los sacerdotes, ya que tú lo puedes todo. Oh mi amadísimo Jesús, te ruego por el triunfo de la Iglesia, por la bendición para el Santo Padre y todo el clero , por la gracia de la conversión de los pecadores empedernidos. Te pido, Jesús, una bendición especial y luz para los sacerdotes, ante los cuales me confesaré durante toda mi vida. (Santa Faustina Kowalska)

 

EXAMEN DE CONCIENCIA  PARA LOS SACERDOTES

1. «Por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad » (Jn 17, 19)

¿Me propongo seriamente la santidad en mi sacerdocio? ¿Estoy convencido de que la fecundidad de mi ministerio sacerdotal viene de Dios y que, con la gracia del Espíritu Santo, debo identificarme con Cristo y dar mi vida por la salvación del mundo?

                2. «Este es mi cuerpo» (Mt 26, 26) ¿El santo sacrificio de la Misa es el centro de mi vida interior? ¿Me preparo bien, celebro devotamente y después, me recojo en acción de gracias? ¿Constituye la Misa el punto de referencia habitual de mi jornada para alabar a Dios, darle gracias por sus beneficios, recurrir a su benevolencia y reparar mis pecados y los de todoslos hombres?

                3. «El celo por tu casa me devora» (Jn 2, 17) ¿Celebro la Misa según los ritos y las normas establecidas, con auténtica motivación, con los libros litúrgicos aprobados? ¿Estoy atento a las sagradas especies conservadas en el tabernáculo, renovándolas periódicamente? ¿Conservo con cuidado los vasos sagrados? ¿Llevo con dignidad todos las vestidos sagrados prescritos por la Iglesia, teniendo presente que actúo in persona Christi Capitis?

                4. «Permaneced en mi amor» (Jn 15, 9) ¿Me produce alegría permanecer ante Jesucristo presente e n el Santísimo Sacramento, en mi meditación y silenciosa adoración? ¿Soy fiel a la visita cotidiana al Santísimo Sacramento? ¿Mi tesoro está en el

Tabernáculo?

                5. «Explícanos la parábola» (Mt 13, 36) ¿Realizo todos los días mi meditación con atención, tr atando de superar cualquier tipo distracción que me separe de Dios, buscando la luz del Señor que sirvo? ¿Medito asiduamente la Sagrada Escritura? ¿Rezo con atención mis oraciones habituales?

                6. Es preciso «orar siempre sin desfallecer» (Lc 18, 1) ¿Celebro cotidianamente la Liturgia de las Horas integralmente, digna, atenta y devotamente? ¿Soy fiel a mi compromiso con Cristo en esta dimensión importante de mi ministerio, rezando en nombre de toda la Iglesia?

                7. «Ven y sígueme» (Mt 19, 21) ¿Es, nuestro Señor Jesucristo, el verdadero amor de mi vida? ¿Observo con alegría el compromiso de mi amor hacia Dios en la continencia del celibato? ¿Me he detenido conscientemente en pensamientos, deseos o actos impuros; he mantenido conversaciones inconvenientes? ¿Me he puesto en la ocasión próxima de pecar contra la castidad? ¿He custodiado mi mirada? ¿He sido prudente al tratar con las diversas categorías de personas? ¿Representa mi vida, para los fieles, un testimonio del hecho de que la pureza es algo posible, fecundo y alegre?

                8. «¿Quién eres Tú?» (Jn 1, 20) En mi conducta habitual, ¿encuentro elementos de        debilidad, de pereza, de flojedad? ¿Son conformes mis conversaciones al sentido humano y sobrenatural que un sacerdote debe tener? ¿Estoy atento a actuar de tal manera que en mi vida no se introduzcan particulares superficiales o frívolos? ¿Soy coherente en todas mis acciones con mi condición de sacerdote?


                9. «El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Mt 8, 20)

¿Amo la pobreza cristiana? ¿Pongo mi corazón en Dios y estoy desapegado, interiormente, de todo lo demás? ¿Estoy dispuesto a renunciar, para servir mejor a Dios, a mis comodidades actuales, a mis proyectos personales, a mis legítimos afectos? ¿Poseo co sas superfluas, realizo gastos no necesarios o me dejo conquistar por el ansia del consumismo? ¿Hago lo posible para vivir los m omentos de descanso y de vacaciones en la presencia de Dios, r ecordando que soy siempre y en todo lugar sacerdote, también en aquellos momentos?

                10. «Has ocultado estas cosas a sabios y inteligentes, y se las has revelado a los pequeños » (Mt 11, 25) ¿Hay en mi vida pecados de soberbia: dificultades int eriores, susceptibilidad, irritación, resistencia a perdonar, tendencia al desánimo, etc.? ¿Pido a Dios la virtud de l a humildad?

                11. «Al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 34) ¿Tengo la convicción de que, al actuar “en la persona de Cristo” estoy directamente comprometido con el mismo cuerpo de Cristo, la Iglesia? ¿Puedo afirmar sinceramente que amo a la Iglesia y que sirvo con alegría su crecimiento, sus causas, cada uno de sus miembros, toda la humanidad?

                12. «Tú eres Pedro» (Mt 16, 18) Nihil sine Episcopo —nada sin el Obispo— decía San Ignacio de Antioquía: ¿están estas palabras en la base de mi ministerio sacerdotal? ¿He recibido dócilmente órd enes, consejos o correcciones de mi Ordinario? ¿Rezo especialmente por el Santo Padre, en plena unión con sus enseñanzas e intenciones?

                13. «Que os améis los unos a los otros» (Jn 13, 34) ¿He vivido con diligencia la caridad al tratar con mis hermanos sacerdotes o, al contrario, me he desinteresado de ellos por egoísmo, apatía o indiferencia? ¿He criticado a mis hermanos en el sacerdocio? ¿He estado al lado de los que sufren por enfermedad física o dolor m oral? ¿Vivo la fraternidad con el fin de que nadie esté solo? ¿Trato a todos mis hermanos sacerdotes y también a los fieles la icos con la misma caridad y paciencia de Cristo?

                14. «Yo soy el camino, la verdad y la vida » (Jn 14, 6) ¿Conozco en profundidad las enseñanzas de la Iglesia? ¿Las asimilo y las transmito fielmente? ¿Soy consciente del hecho de que enseñar lo que no corresponde al Magisterio, tanto solemne como ordinario, constituye un grave abuso, que causa daño a las almas?

                15. «Vete, y en adelante, no peques más» (Jn 8, 11) El anuncio de la Palabra de Dios ¿conduce a los fieles a los sacramentos? ¿Me confieso con regularidad y con frecuencia, conforme a mi estado y a las cosas santas que trato? ¿Celebro con generosidad el Sacramento de la Reconciliación? ¿Estoy ampliamente disponible a la dire cción espiritual de los fieles dedicándoles un tiempo específico? ¿Preparo con cuidado la predicación y la catequ esis? ¿Predico con celo y con amor de Dios?

                16. «Llamó a los que él quiso y vinieron junto a él » (Mc 3, 13) ¿Estoy atento a descubrir los gérmenes de vocación al sacerdocio y a la vida consagrada? ¿Me preocupo de difundir entre todos los fieles una mayor conciencia de la llamada unive rsal a la santidad? ¿Pido a los fieles rezar por las vocaciones y por la santificación del clero?

                17. «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a se rvir» (Mt 20, 28) ¿He tratado de donarme a los otros en la vida cotidiana, si rviendo evangélicamente? ¿Manifiesto la caridad del Señor también a través de las obras? ¿Veo en la Cruz la presencia de Jesucristo y el triunfo del amor? ¿Imprimo a mi cotidianidad el espíritu de servicio? ¿Considero también el ejercicio de la autoridad vinculada al oficio una forma imprescindible de servicio?

                18. «Tengo sed» (Jn 19, 28) ¿He rezado y me he sacrificado verdaderamente y con generosidad por las almas que Dios me ha confiado? ¿Cumplo con mis deberes pastorales? ¿Tengo también solicitud de las almas de los fieles difuntos? 19. «¡Ahí tienes a tu hijo! ¡Ahí tienes a tu madre!» (Jn 19, 26-27) ¿Recurro lleno de esperanza a la Santa Virgen, Madre de los sacerdotes, para amar y hacer amar más a su Hijo Jesús? ¿Cultivo la piedad mariana? ¿Reservo un espacio en cada jornada al Santo Rosario? ¿Recurro a su materna i ntercesión en la lucha contra el demonio, la concupiscencia y la mundanidad?

                20. «Padre, en tus manos pongo mi espíritu » (Lc 23, 44) ¿Soy solícito en asistir y administrar los sacramentos a los moribundos? ¿Considero en mi meditación personal, en la catequesis y en la ordinaria predicación la doctrina de la Iglesia sobre los Novísimos? ¿Pido la gracia de la perseverancia final y invito a los fieles a hacer lo mismo? ¿Ofrezco frecuentemente y con devoción los sufragios por las almas de los difuntos

EXÁMEN DE CONCIENCIA PARA UN SACERDOTE

6 Mayo 2012.  Fuente:  Ecclecia digital: 1. «Por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad » (Jn 17, 19)

 ¿Me propongo seriamente la santidad en mi sacerdocio? ¿Estoy convencido de que la fecundidad de mi ministerio sacerdotal viene de Dios y que, con la gracia del Espíritu Santo, debo identificarme con Cristo y dar mi vida por la salvación del mundo?

«Este es mi cuerpo» (Mt 26, 26)

¿El santo sacrificio de la Misa es el centro de mi vida int erior? ¿Me preparo bien, celebro devotamente y después, me recojo en acción de gracias? ¿Constituye la Misa el punto de referencia habitual de mi jornada para alabar a Dios, darle gracias por sus beneficios, recurrir a su benevolencia y reparar mis pecados y los de todos los hombres?

3. «El celo por tu casa me devora» (Jn 2, 17)

¿Celebro la Misa según los ritos y las normas establec idas, con auténtica motivación, con los libros litúrgicos aprobados? ¿Estoy atento a las sagradas especies conservadas en el tabernáculo, renovándolas periódicamente? ¿Conservo con cuidado los vasos sagrados? ¿Llevo con dignidad todos las vestidos sagrados prescritos por la Iglesia, teniendo presente que actúo in persona Christi Capitis?

4. «Permaneced en mi amor» (Jn 15, 9)

¿Me produce alegría permanecer ante Jesucristo presente en el Santísimo Sacramento, en mi meditación y silenciosa adoración? ¿Soy fiel a la visita cotidiana al Santísimo Sacramento? ¿Mi tesoro está en el Tabernáculo?

5. «Explícanos la parábola» (Mt 13, 36)

¿Realizo todos los días mi meditación con atención, tratando de superar cualquier tipo distracción que me separe de Dios, buscando la luz del Señor que sirvo? ¿Medito asiduamente la Sagrada Escritura? ¿Rezo con atención mis oraciones habituales?

6. Es preciso «orar siempre sin desfallecer» (Lc 18, 1)

¿Celebro cotidianamente la Liturgia de las Horas integralmente, digna, atenta y devotamente? ¿Soy fiel a mi compromiso con Cristo en esta dimensión importante de mi ministerio, rezando en nombre de toda la Iglesia?

7. «Ven y sígueme» (Mt 19, 21)

¿Es, nuestro Señor Jesucristo, el verdadero amor de mi vida? ¿Observo con alegría el compromiso de mi amor hacia Dios en la continencia del celibato? ¿Me he detenido conscientemente en pensamientos, deseos o actos impuros; he mantenido conversaciones inconvenientes? ¿Me he puesto en la ocasión próxima de pecar contra la castidad? ¿He custodiado mi mirada? ¿He sido prudente al tratar con las diversas categorías de personas? ¿Representa mi vida, para los fieles, un testimonio del hecho de que la pureza es algo posible, fecundo y alegre?

8. «¿Quién eres Tú?» (Jn 1, 20)

En mi conducta habitual, ¿encuentro elementos de debilidad, de pereza, de flojedad? ¿Son conformes mis conversaciones al sentido humano y sobrenatural que un sacerdote debe tener? ¿Estoy atento a actuar de tal manera que en mi vida no se introduzcan particulares superficiales o frívolos? ¿Soy coherente en todas mis acciones con mi condición de sacerdote?

9. «El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cab eza» (Mt 8, 20)

¿Amo la pobreza cristiana? ¿Pongo mi corazón en Dios y estoy desapegado, interiormente, de todo lo demás? ¿Estoy dispuesto a renunciar, para servir mejor a Dios, a mis comodidades actuales, a mis proyectos personales, a mis legítimos afectos? ¿Poseo cosas superfluas, realizo gastos no necesarios o me dejo conquistar por el ansia del consumismo? ¿Hago lo posible para vivir los momentos de descanso y de vacaciones en la presencia de Dios, recordando que soy siempre y en todo lugar sacerdote, también en aquellos momentos?

10. «Has ocultado estas cosas a sabios y inteligentes, y se las has revelado a los pequeños » (Mt 11, 25)

¿Hay en mi vida pecados de soberbia: dificultades interiores, susceptibilidad, irritación, resistencia a perdonar, tendencia al desánimo, etc.? ¿Pido a Dios la virtud de la humildad?

11. «Al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 34)

¿Tengo la convicción de que, al actuar “en la persona de Cristo” estoy directamente comprometido con el mismo cuerpo de Cristo, la Iglesia? ¿Puedo afirmar sinceramente que amo a la Iglesia y que sirvo con alegría su crecimiento, sus causas, cada uno de sus miembros, toda la humanidad?

12. «Tú eres Pedro» (Mt 16, 18)

Nihil sine Episcopo —nada sin el Obispo— decía San Ignacio de Antioquía: ¿están estas palabras en la base de mi ministerio sacerdotal? ¿He recibido dócilmente órdenes, consejos o correcciones de mi Ordinario? ¿Rezo especialmente por el Santo Padre, en plena unión con sus enseñanzas e intenciones?

13. «Que os améis los unos a los otros» (Jn 13, 34)

¿He vivido con diligencia la caridad al tratar con mis hermanos sacerdotes o, al contrario, me he

desinteresado de ellos por egoísmo, apatía o indiferencia? ¿He criticado a mis hermanos en el sacerdocio? ¿He estado al lado de los que sufren por enfermedad física o dolor moral? ¿Vivo la fraternidad con el fin de que nadie esté solo? ¿Trato a todos mis hermanos sacerdotes y también a los fieles laicos con la misma caridad y paciencia de Cristo?

14. «Yo soy el camino, la verdad y la vida » (Jn 14, 6)

¿Conozco en profundidad las enseñanzas de la Iglesia? ¿Las asimilo y las transmito fielmente? ¿Soy

consciente del hecho de que enseñar lo que no corresponde al Magisterio, tanto solemne como

ordinario, constituye un grave abuso, que causa daño a las almas?

15. «Vete, y en adelante, no peques más» (Jn 8, 11)

El anuncio de la Palabra de Dios ¿conduce a los fieles a los sacramentos? ¿Me confieso con regularidad y con frecuencia, conforme a mi estado y a las cosas santas que trato? ¿Celebro con generosidad el Sacramento de la Reconciliación? ¿Estoy ampliamente disponible a la dirección espiritual de los fieles dedicándoles un tiempo específico? ¿Preparo con cuidado la predicación y la catequ esis? ¿Predico con celo y con amor de Dios?

16. «Llamó a los que él quiso y vinieron junto a él » (Mc 3, 13)

¿Estoy atento a descubrir los gérmenes de vocación al sacerdocio y a la vida consagrada? ¿Me preocupo de difundir entre todos los fieles una mayor conciencia de la llamada universal a la santidad? ¿Pido a los fieles rezar por las vocaciones y por la santificación del clero?

17. «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a se rvir» (Mt 20, 28)

¿He tratado de donarme a los otros en la vida cotidiana, sirviendo evangélicamente? ¿Manifiesto la caridad del Señor también a través de las obras? ¿Veo en la Cruz la presencia de Jesucristo y el triunfo del amor? ¿Imprimo a mi cotidianidad el espíritu de servicio? ¿Considero también el ejercicio de la autoridad vinculada al oficio una forma imprescindible de servicio?

18. «Tengo sed» (Jn 19, 28)

¿He rezado y me he sacrificado verdaderamente y con generosidad por las almas que Dios me ha confiado? ¿Cumplo con mis deberes pastorales? ¿Tengo también solicitud de las almas de los fieles difuntos?

19. «¡Ahí tienes a tu hijo! ¡Ahí tienes a tu madre!» (Jn 19, 26-27)

¿Recurro lleno de esperanza a la Santa Virgen, Madre de los sacerdotes, para amar y hacer amar más a su Hijo Jesús? ¿Cultivo la piedad mariana? ¿Reservo un espacio en cada jornada al Santo Rosario? ¿Recurro a su materna intercesión en la lucha contra el demonio, la concupiscencia y la mundanidad?

20. «Padre, en tus manos pongo mi espíritu » (Lc 23, 44)

¿Soy solícito en asistir y administrar los sacramentos a los moribundos? ¿Considero en mi meditación personal, en la catequesis y en la ordinaria predicación la doctrina de la Iglesia sobre los Novísimos? ¿Pido la gracia de la perseverancia final y invito a los fieles a hacer lo mismo? ¿Ofrezco frecuentemente y con devoción los sufragios por las almas de los difuntos?

 

LA PALABRA DE DIOS EN LA VIDA DEL SACERDOTE

 29 Abril 2012.  Conferencia del cardenal Robert Sarah en Valencia  VALENCIA, (ZENIT.).- El cardenal Robert Sarah, presidente del Consejo Pontificio Cor Unum, "La Palabra de Dios en la vida del sacerdote: oración y homilía". Con esta intervención, que tuvo lugar en la Facultad de Teología, se clausuró el ciclo Diálogos de Teología de Almudí en torno a la exhortación Verbum Domini.

La palabra de Dios en la vida del sacerdote: oración y homilía

El tema que me ha sido propuesto en este encuentro de «Diálogos de Teología» contiene, en su precisa unidad, tres conceptos de notable importancia que conviene examinar sucesivamente, sin perder, como es natural, la perspectiva de conjunto. Estos conceptos son: «palabra de Dios», «vida sacerdotal» y «oración». Cada una de esas nociones podría ser objeto de una amplia ponencia, pero debido al tiempo reservado a nuestra exposición y a la unidad de perspectiva que exige nuestro tema, hemos de examinarlas de modo esencial. Tratándose por otra parte de un diálogo en torno a la exhortación apostólica postsinodal Verbum Domini (=VD) , documento cuya extraordinaria importancia es de todos conocida, asumiremos este texto como principal punto de referencia. Lógicamente, VD es ampliamente deudora de la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos que se celebró en el Vaticano del 5 al 26 de octubre de 2008 teniendo por tema La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia; a su vez, como es sabido, VD asumió como especial punto de referencia la constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina Revelación del Concilio Vaticano II (=DV). A este texto también acudiremos especialmente.

1. Palabra de Dios

La exhortación apostólica Verbum Domini cuenta entre sus grandes méritos haber querido dedicar una primera amplia parte de sus reflexiones a tratar de la «Palabra de Dios»; lo hace en modo articulado, en tres apartados, dedicados respectivamente al «Dios que habla», a «la respuesta del hombre» a ese Dios que habla, y al problema hermenéutico del texto bíblico, es decir, a su interpretación en la Iglesia.


Seguirán después las otras dos partes programáticas del documento: la «Palabra en la vida de la Iglesia» (segundo apartado) y la «Palabra en el mundo» (tercer apartado). En la primera parte se afirma una idea de especial relieve en la que queremos centrar la atención: «la novedad de la revelación bíblica consiste en que Dios se da a conocer en el diálogo que desea tener con nosotros» (VD 6). Dios se ha querido dar a conocer, se ha dirigido a nosotros para hablarnos de su vida íntima y de sus designios de salvación –de su amor, en definitiva–, y ese coloquio lo ha actuado especialmente por medio «del Verbo de Dios, por quien “se hizo todo” (Jn 1,3) y que se “hizo carne” (Jn 1,14)». La Segunda Persona de la Santísima Trinidad, asumiendo nuestra naturaleza humana en todo a excepción del pecado, nos ha revelado «al mismo Dios en el diálogo de amor de las Personas divinas y nos invita a participar en él» (VD 6). Todo es fruto del infinito amor de Dios, gracias al cual su «Palabra» se ha acercado a nosotros para desvelarnos el enigma de la condición humana y el camino de acceso hacia sus moradas, para decirnos qué es el hombre y cuál es su pequeñez y su grandeza. Vienen a la mente las palabras de reconocimiento y acción de gracias del autor del Salmo 8: «¡Dios y Señor nuestro, qué admirable es tu Nombre en toda la tierra! […]. ¿qué es el hombre, para que de él te acuerdes, y el hijo de Adán, para que te cuides de él? Y lo has hecho poco menor que los ángeles, le has coronado de gloria y honor. Le das el mando sobre las obras de tus manos. Todo lo has puesto bajo sus pies» (Sal 8,2.5-7).

Conviene señalar que, en el contexto en el que nos encontramos, VD ha querido subrayar de un modo claro y articulado que la locución «Palabra de Dios» expresa una realidad multiforme; una realidad que no se puede restringir a un fenómeno solo de índole textual, aunque éste sea el texto de la Sagrada Escritura, que manifiesta de modo excelso la Sabiduría divina. El hablar de Dios se ha expresado en modo variado, con diversas tonalidades y coloridos, existiendo una verdadera «sinfonía de la Palabra», como se expresa con una bella imagen VD 7. Dios nos ha hablado y nos habla, en efecto, digamos en primer lugar, por medio de la creación, que el Documento llama “liber naturae”, como bien lo comprendía el autor del salmo 19 cuando afirma: «Los cielos pregonan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Un día le anuncia el mensaje al otro día y una noche le da la noticia a la otra noche. Sin discurso, sin palabras, sin que se oiga su voz, se esparce su rumor por toda la tierra» (Sal 19,2-5). Sucesivamente, Dios se ha manifestado –nos ha hablado– a través de los eventos y las narraciones de la historia de la salvación, por boca de los profetas y de los Apóstoles, por medio de la Tradición viva de la Iglesia, especialmente a través del lenguaje de la liturgia y de la predicación.

Pero por encima de todo esto, Dios nos ha hablado –y nos habla– por medio del Verbo eterno encarnado, Jesucristo, la Palabra de Dios hecha realmente consustancial a nosotros en el seno de María Virgen, como nos recuerda el inicio de la carta a los Hebreos: «En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien instituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo» (Hb 1,1-2). Es por esto que la expresión «Palabra de Dios» hay que referirla principalmente a la persona de Jesucristo, Hijo eterno del Padre, hecho hombre por nosotros. De ahí que convenga señalar –lo hacemos con palabras de VD 7–, que es «necesario educar a los fieles para que capten mejor los diversos significados [de la Palabra de Dios] y comprendan su sentido unitario. Es preciso también que, desde el punto de vista teológico, se profundice en la articulación de los diferentes significados de esta expresión, para que resplandezca mejor la unidad del plan divino y el puesto central que ocupa en él la persona de Cristo».

Ciertamente, no se nos oculta que la Sagrada Escritura –unida inseparablemente a la Tradición viva de la Iglesia formando una sola realidad salvífica–, es una manifestación privilegiada de la «Palabra de Dios», porque escrita «bajo la inspiración del Espíritu Santo, tiene a Dios como autor» (DV 11): todo en la Escritura ha caído bajo la mirada providencial extraordinaria de Dios, pues en su composición Dios «eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando Él en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que Él quería» (ibidem). Los libros sagrados no solo contienen por eso la Palabra de Dios, sino que, por ser inspirados, «son en verdad palabra de Dios» (DV 24). Pero en todo esto no hay que olvidar que el mismo Espíritu que inspiró a los autores de las Sagradas Escrituras para que enseñaran «firmemente, con fidelidad y sin error la verdad», y que la quiso consignar «para nuestra de salvación» (DV 11), es Aquel que actuó en la encarnación del Verbo, que guió a Jesús a lo largo de su misión y que sostiene e inspira a la Iglesia en la tarea de anunciar la Palabra de Dios a los hombres.

2. La Palabra de Dios en la vida del sacerdote

Al Dios que habla, el hombre está llamado a dar una respuesta de fe, prestando el homenaje de su entendimiento y de su voluntad con todas las fuerzas del corazón y de la mente. En ese diálogo, «nos comprendemos a nosotros mismos y encontramos respuesta a las cuestiones más profundas que anidan en nuestro corazón» (VD 23).

Conocemos bien el coloquio que tuvo Jesús con aquel doctor de la ley sobre el principal mandamiento. «Maestro –le dice–, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley? Él le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,36-40). Las palabras de Jesús hacían eco a dos conocidos textos bíblicos, Dt 6,5 y Lv 19, 18, parte de la célebre oración shema Israel («escucha Israel») que todo buen Israelita recitaba con devoción, como también ahora, al menos dos veces al día. La Palabra de Dios, en efecto, hay que acogerla con plena apertura de corazón, con todas las fuerzas del ánimo, pues lejos de acallar los deseos más auténticos del hombre los ilumina, purifica y perfecciona. Llamados a una identificación con Cristo –«Palabra de Dios entre nosotros» (VD 77)– hemos de crecer constantemente en nuestra relación personal con Él, siendo como es «camino, verdad y vida» (Jn 14,6). En esta perspectiva se puede situar la llamada que hace VD a todos los cristianos para que profundicen su relación con la Palabra de Dios, a cada uno según su situación en la Iglesia y en el mundo.

Por cuanto se refiere a los sacerdotes, que por su ministerio son –como afirma la exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis de Juan Pablo II citada en VD 80 – «[ungidos por Dios y enviados] para anunciar a todos el Evangelio del Reino, llamando a cada hombre a la obediencia de la fe y conduciendo a los creyentes a un conocimiento y comunión cada vez más profundos del misterio de Dios, revelado y comunicado a nosotros en Cristo». Por esto, el sacerdote «debe ser el primero en cultivar una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva: “la mente de Cristo” (1Co 2,16)». Por esto, concluye VD 80, las palabras, decisiones y actitudes del sacerdote «han de ser cada vez más una transparencia, un anuncio y un testimonio del Evangelio; “solamente ‘permaneciendo’ en la Palabra, el sacerdote será perfecto discípulo del Señor; conocerá la verdad y será verdaderamente libre” ». Es necesario por tanto que la Palabra de Dios se encarne en la vida del sacerdote. Solo siendo verdaderamente de Cristo, estando continuamente a su escucha, tratándole con familiaridad especialmente en la Eucaristía, podrá también trasmitir Cristo a los demás hombres.

A los 34 años, fui consagrado Arzobispo de Conakry. Teniendo en cuenta esta nueva responsabilidad y viviendo, además, en un contexto socio-político especialmente difícil, quise desarrollar, ante el mucho trabajo y la actividad pastoral, la oración diaria y la profundización de mi relación con Jesús. Después de la experiencia de un año, en el que vivía un día de retiro al mes, decidí dedicar cada dos meses tres días al ayuno, a la oración y a la reflexión, en los que tenía como únicos acompañantes al Santísimo Sacramento y la Sagrada Escritura. Como tenemos todos bien experimentado, en los días dedicados más específicamente a la oración, aumenta nuestra humildad y nuestro afán de santidad, se fortalece nuestra amistad con el Señor y el deseo de servir más a la Iglesia. Biblia y Eucaristía son el alimento indispensable para el sacerdote, y la fuente de su inspiración para su enseñanza y sus homilías.

Es ilustrativo notar que, en un parágrafo precedente, VD se dirige análogamente a los Obispos –esta vez en referencia a la exhortación apostólica postsinodal Pastores Gregis de Juan Pablo II – exhortándoles a que, como los más autorizados anunciadores de la Palabra, pusieran siempre «en primer lugar, la lectura y meditación de la Palabra de Dios» (VD 79). Y precisa el documento: «Todo Obispo debe encomendarse siempre y sentirse encomendado “a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y daros la herencia con todos los santificados” (Hch 20,32). Por tanto, antes de ser transmisor de la Palabra, el Obispo, al igual que sus sacerdotes y los fieles, e incluso como la Iglesia misma, tiene que ser oyente de la Palabra. Ha de estar como “dentro de” la Palabra, para dejarse proteger y alimentar como en un regazo materno» (VD 79).

Quisiera añadir a estas enseñanzas magisteriales unas elevadas consideraciones que el Beato Juan Pablo II formuló en una numerosa ordenación en Brasil sobre la actuación de Cristo en el sacerdote, en sus palabras y gestos, destacando la íntima e inseparable unión que entonces se realiza entre el sacerdocio de Cristo y el sacerdocio ministerial: «Jesús –decía el Beato Pontífice– nos identifica de tal modo consigo en el ejercicio de los poderes que nos confirió, que nuestra personalidad es como si desapareciese delante de la suya, ya que es Él quien actúa por medio de nosotros. “Por el sacramento del orden —dijo alguien acertadamente (el Papa cita a san Josemaría)—, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser. Es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la Consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo y en su Sangre” . Y podemos añadir: Es el propio Jesús quien, en el sacramento de la penitencia, pronuncia la palabra autorizada y paterna: “Tus pecados te son perdonados” (Mt 9,2; Lc 5,20; 7,48; cf. Jn 20,23). Y es Él quien habla, cuando el sacerdote, ejerciendo su ministerio en nombre y en el espíritu de la Iglesia, anuncia la Palabra de Dios. Es el propio Cristo quien cuida a los enfermos, los niños y los pecadores, cuando les envuelve el amor y la solicitud pastoral de los ministros sagrados» .

Una síntesis admirable de toda esta enseñanza de la que venimos hablando me parece encontrarla en la exhortación que hace la constitución dogmática Dei Verbum a todos los clérigos a que vivan de la Palabra, concretamente, «se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno resulte “predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior”, puesto que deben comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina» (DV 25). Ciertamente, tal lectura y estudio diligente de la Palabra de Dios incumbe, según sus posibilidades, a todos los cristianos, como refiere a continuación DV 25 con expresión en cierto modo lapidaria: «El Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos en particular a los religiosos, a que aprendan “el sublime conocimiento de Jesucristo” (Flp 3,8), con la lectura frecuente de las divinas Escrituras. “Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo” . Lléguense, pues, gustosamente, al mismo sagrado texto, ya por la Sagrada Liturgia, llena del lenguaje de Dios, ya por la lectura espiritual, ya por instituciones aptas para ello, y por otros medios, que con la aprobación o el cuidado de los Pastores de la Iglesia se difunden ahora laudablemente por todas partes. Pero no olviden que debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque “a Él hablamos cuando oramos, y a Él oímos cuando leemos las palabras divinas”» . Me parece especialmente digno de mención el énfasis que hace el documento respecto a la unión entre la lectura de la palabra de Dios y la oración, pues la una sin la otra conduciría, o bien a una fraseología sin alma, o bien a un espiritualismo sin contenido.

3. La meditación de la Sagrada Escritura

El clérigo, y todo cristiano, debe centrar su vida en la Palabra de Dios, poniendo a Cristo en el centro de su existencia, y para esto, una vía necesaria que se ha de recorrer es la lectura asidua de la Sagrada Escritura, parte esencial, como hemos señalado, de ese conjunto de realidades a las que corresponde ser llamadas «Palabra de Dios» y que se relacionan con el Verbo eterno del Padre como reflejos de la imagen perfecta del Padre. El Catecismo de la Iglesia Católica (=CEC) expresa esa relación de la Escritura con la Palabra de Dios afirmando que «a través de todas las palabras de la sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se da a conocer en plenitud (cf. Hb 1,1-3)» (CEC 102); afirmación a la que sigue como autorizado complemento el encomiable comentario de san Agustín: «Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las Escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo» .

Es esta relación intrínseca con el Verbo del Padre, y por tanto con el Verbo Encarnado, lo que da a las Sagradas Escrituras su más alta definición teológica y las convierte en objeto de máxima veneración (cf. DV 21). No es extraño por eso, como indica VD 72, que los santos en la Iglesia hayan hablado siempre de la importancia de conocer la Escritura para crecer en el amor a Cristo; de modo ejemplar el documento menciona a san Jerónimo, llamado el «gran enamorado de la Palabra de Dios», que se preguntaba: «¿Cómo se podría vivir sin la ciencia de las Escrituras, mediante las cuales se aprende a conocer a Cristo mismo, que es la vida de los creyentes?» . San Jerónimo era plenamente consciente de que la Biblia es el gran instrumento «con el que Dios habla cada día a los creyentes» . Por eso daba el siguiente consejo a la matrona romana Leta para la educación de su hija: «Asegúrate de que estudie cada día algún paso de la Escritura [...]. Que la oración siga a la lectura, y la lectura a la oración [...]. Que, en lugar de las joyas y los vestidos de seda, ame los

Libros divinos» . Y al sacerdote Nepociano: «Lee con mucha frecuencia las divinas Escrituras; más aún, que nunca dejes de tener el Libro santo en tus manos. Aprende aquí lo que tú tienes que enseñar» . Por eso, se puede afirmar con las palabras del Catecismo de la Iglesia Católica, que «en la Sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza (cf. DV 24) porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios (cf. 1Ts

2,13). “En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos” (DV 21)» (CEC 104). Pienso que unas palabras de san Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, de profundo contenido pastoral, pueden ser muy provechosas en este contexto: «Al abrir el Santo Evangelio, piensa que lo que allí se narra –obras y dichos de Cristo– no sólo has de saberlo, sino que has de vivirlo. Todo, cada punto relatado, se ha recogido, detalle a detalle, para que lo encarnes en las circunstancias concretas de tu existencia. –El Señor nos ha llamado a los católicos para que le sigamos de cerca y, en ese Texto Santo, encuentras la Vida de Jesús; pero, además, debes encontrar tu propia vida. Aprenderás a preguntar tú también, con el Apóstol, lleno de amor: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?...”. –¡La Voluntad de Dios!, oyes en tu alma de modo terminante. Pues, toma el Evangelio a diario y vívelo como norma concreta. –Así han procedido los santos» . «No solo has de saberlo, sino que has de vivirlo»: es el mensaje que quiero yo también dirigiros.

Con la misma fuerza, Johannes Albrecht Bengel, un teólogo protestante (1687-1752) exhorta a los cristianos con estas palabras: «Te totum applica ad textum, rem totam applica ad te»; lo que podríamos traducir así: Aplícate enteramente al texto, con todo tu ser; todo lo que el texto dice, aplícatelo a ti mismo.

La lectura bíblica tiene que estar finalizada a modelar la vida del que lee, a transformar sus sentimientos e inteligencia, a identificar al hombre con Cristo, hasta que pueda pronunciar con sinceridad de corazón, como san Pablo, «y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Ga 2,20).


Para nutrir la vida de los jóvenes cristianos de Guinea, mi país, y para ayudarles a conocer, amar y tratar a Jesús como a un amigo, he tenido la alegría de organizar, durante más de veinte años, unas clases de formación humana y cristiana. Cada año, durante dos semanas, participaban en estas sesiones entre quinientos y seiscientos chicos y chicas. Estas dos semanas eran momentos de gracia para mí y para los jóvenes, que querían empaparse de la Palabra de Dios y vivir una experiencia personal con Jesús; no sólo a través del estudio de la Sagrada Escritura, sino también a través de la adoración del Santísimo Sacramento y la Misa diaria. El estudio de la Palabra de Dios y la contemplación de Jesús-Eucaristía van siempre unidos.

4. Oración, liturgia y homilía

La Palabra de Dios debe ser, en consecuencia, el continuo afán del alma del cristiano, del sacerdote en particular; alimento constante de su oración, que ha de ser ininterrumpida, como afirma el Apóstol: «Orad sin cesar. Dad gracias por todo, porque eso es lo que Dios quiere de vosotros en Cristo Jesús. No extingáis el Espíritu» (1 Ts 5,17-19; cf. Ef 6,18-20). Una oración constante, pues, y llena de deseos de avanzar en el camino hacia Dios, ha de ser la vida del cristiano.

Admirables son las palabras de VD 24 que, en relación a los Salmos –parte esencial de la Liturgia de las Horas, joya selecta y magnífica de la vida de la Iglesia–, afirma: «La Palabra divina nos introduce a cada uno en el coloquio con el Señor: el Dios que habla nos enseña cómo podemos hablar con Él. Pensamos espontáneamente en el Libro de los Salmos, donde se nos ofrecen las palabras con que podemos dirigirnos a Dios, presentarle nuestra vida en coloquio ante él y transformar así la vida misma en un movimiento hacia Él . En los Salmos, en efecto, encontramos toda la articulada gama de sentimientos que el hombre experimenta en su propia existencia y que son presentados con sabiduría ante Dios; aquí se encuentran expresiones de gozo y dolor, angustia y esperanza, temor y ansiedad. Además de los Salmos, hay también muchos otros textos de la Sagrada Escritura que hablan del hombre que se dirige a Dios mediante la oración de intercesión (cf. Ex 33,12-16), del canto de júbilo por la victoria (cf. Ex 15), o de lamento en el cumplimiento de la propia misión (cf. Jr 20,7-18). Así, la palabra que el hombre dirige a Dios se hace también Palabra de Dios, confirmando el carácter dialogal de toda la revelación cristiana y toda la existencia del hombre se convierte en un diálogo con Dios que habla y escucha, que llama y mueve nuestra vida. La Palabra de Dios revela aquí que toda la existencia del hombre está bajo la llamada divina ». Solo en la medida en que por la fe y la devoción la Palabra de Dios penetra en el alma del hombre –del sacerdote–, haciendo que éste se oriente a Dios como algo exclusivo de su vida, con todo su entendimiento y voluntad (cf. DV 5), se es capaz de comunicar esa Palabra a los demás hombres come ella realmente es, con todo el atractivo que encierra. No es posible de otro modo, porque la Palabra de Dios no se deja manipular: ella «es viva y eficaz y más cortante que espada de doble filo; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuentas» (Hb 4,12).

Por este motivo la Iglesia ha insistido constantemente en la lectura orante de la Sagrada Escritura, en el acercamiento meditado al texto sagrado, en cualquiera de las formas que han llegado a ser tradicionales en la Iglesia, como elemento fundamental de la vida espiritual de todo creyente. Con especial fuerza lo declaran las siguientes palabras de VD 86: «Los Padres sinodales han seguido la línea de lo que afirma la Constitución dogmática Dei Verbum: “Todos los fieles […] acudan de buena gana al texto mismo: en la liturgia, tan llena del lenguaje de Dios; en la lectura espiritual, o bien en otras instituciones u otros medios, que para dicho fin se organizan hoy por todas partes con aprobación o por iniciativa de los Pastores de la Iglesia. Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración” (DV 25). La reflexión conciliar pretendía retomar la gran tradición patrística, que ha recomendado siempre acercarse a la Escritura en el diálogo con Dios. Como dice san Agustín: “Tu oración es un coloquio con Dios. Cuando lees, Dios te habla; cuando oras, hablas tú a Dios” . Orígenes, uno de los maestros en este modo de leer la Biblia, sostiene que entender las Escrituras requiere, más incluso que el estudio, la intimidad con Cristo y la oración. En efecto, está convencido de que la vía privilegiada para conocer a Dios es el amor, y que no se da una auténtica scientia Christi sin enamorarse de Él» (VD 86).

Esta lectura orante adquiere un especial relieve en la liturgia, la «acción» del «Cristo total» (Christus totus), que llevando al hombre más allá de los signos le hace participar de la liturgia del cielo, «donde la celebración es enteramente Comunión y Fiesta» (CEC 1136). Y esto porque, si bien es verdad que la Palabra de Dios se dirige personalmente a cada hombre, no es menos cierto que se trata de una Palabra que ha sido dada a la Iglesia para construir la comunidad de los fieles. «En la lectura orante de la Sagrada Escritura, el lugar privilegiado es la Liturgia, especialmente la Eucaristía, en la cual, celebrando el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el Sacramento, se actualiza en nosotros la Palabra misma. En cierto sentido, la lectura orante, personal y comunitaria, se ha de vivir siempre en relación a la celebración eucarística. Así como la adoración eucarística prepara, acompaña y prolonga la liturgia eucarística , así también la lectura orante personal y comunitaria prepara, acompaña y profundiza lo que la Iglesia celebra con la proclamación de la Palabra en el ámbito litúrgico» (VD 86). Esta relación entre lectura orante y liturgia permite entender los criterios que la Iglesia ha dado para orientar precisamente la lectura orante en el contexto de la pastoral y de la vida espiritual del Pueblo de Dios.

En este contexto, tiene especial importancia la homilía, que haciéndose eco de los textos litúrgicos, explicita a los fieles el mensaje evangélico. Recurro particularmente en este caso a un número de VD, el 59, texto que considero que vale la pena leer con especial detenimiento; un número cuyas fuentes explícitas se encuentran en el Misal Romano, y a la vez que se hace eco de la constitución dogmática Sacrosanctum Concilium. Leamos el pasaje en cuestión: «La homilía constituye una actualización del mensaje bíblico, de modo que se lleve a los fieles a descubrir la presencia y la eficacia de la Palabra de Dios en el hoy de la propia vida. Debe apuntar a la comprensión del misterio que se celebra, invitar a la misión, disponiendo la asamblea a la profesión de fe, a la oración universal y a la liturgia eucarística. Por consiguiente, quienes por ministerio específico están encargados de la predicación han de tomarse muy en serio esta tarea». Actualización del texto bíblico, descubrimiento de la eficacia actual de la Palabra de Dios, mayor comprensión del misterio eucarístico, profundización de la fe e invitación a difundir el mensaje evangélico, son pues las coordenadas constitutivas y la esencia de la homilía. Por eso «se han de evitar homilías genéricas y abstractas, que oculten la sencillez de la Palabra de Dios, así como inútiles divagaciones que corren el riesgo de atraer la atención más sobre el predicador que sobre el corazón del mensaje evangélico».

En consecuencia, «debe quedar claro a los fieles que lo que interesa al predicador es mostrar a Cristo, que tiene que ser el centro de toda homilía» (VD 59). El sacerdote buscará con sus palabras que los fieles puedan descubrir el rostro amable de Jesucristo que se encuentra en los cuatro Evangelios, que oigan y metan en práctica las inspiraciones que el Espíritu Santo suscita en sus corazones por la proclamación de la Palabra de Dios. La centralidad de Cristo en la homilía se refleja no solo en las palabras, sino en todas las actitudes del predicador: «Los fieles perciben el amor del celebrante a Cristo en el tono, en las expresiones, en la alegría, la sencillez, el entusiasmo. De ahí deriva el tipo peculiar de preparación requerida por la homilía: un estudio meditativo, íntimamente unido a la oración personal».

El texto de VD citado concluye diciendo: «Por eso se requiere que los predicadores tengan familiaridad y trato asiduo con el texto sagrado […]. El predicador tiene que “ser el primero en dejarse interpelar por la Palabra de Dios que anuncia” , porque, como dice san Agustín: “Pierde tiempo predicando exteriormente la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior” . Cuídese con especial atención la homilía dominical y la de las solemnidades; pero no se deje de ofrecer también, cuando sea posible, breves reflexiones apropiadas a la situación durante la semana en las misas cum populo, para ayudar a los fieles a acoger y hacer fructífera la Palabra escuchada» (VD 59).

Unas últimas palabras

Para concluir, quiero volver a insistir en algo que es esencial para nuestra fe: que la «Palabra de Dios», siendo por excelencia el Verbo eterno del Padre, la Persona del Hijo Eterno, que el Padre pronunció antes de todos los siglos, que se hizo carne, entró en el tiempo y en la historia de los hombres para llevar a cabo nuestra salvación, esa Palabra debe llenar toda la vida del cristiano y especialmente del sacerdote. «Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros» (Jn 1,14).

La Palabra de Dios es por tanto una Persona, que vino a este mundo para hacernos descubrir el significado de nuestra existencia y mostrarnos los caminos que conducen hacia la plena felicidad, hacia Dios. Por eso, como enseña CEC 108, no hemos de perder de vista que «la fe cristiana no es una “religión del Libro”. El cristianismo es la religión de la “Palabra” de Dios, “no de un verbo escrito y mudo, sino del Verbo encarnado y vivo”. Para que las Escrituras no queden en letra muerta, es preciso que Cristo, Palabra eterna del Dios vivo, por el Espíritu Santo, nos abra el espíritu a la inteligencia de las mismas (cf. Lc 24,45)». No está centrada nuestra fe, por tanto, en un texto, aunque en el caso de la religión cristiana se trate del más excelente de los textos y ocupe ese lugar excelso de hacernos asequible el conocimiento de Aquel que es «camino, verdad y vida». En esto el cristianismo mantiene, respecto a los escritos en los cuales se inspira, una relación única, que ninguna otra tradición religiosa puede tener. Pero no hemos de perder de vista que es hacia Cristo a donde vamos; hacia una Persona, que debe ser el punto referencial de nuestra existencia y al que aclaman también las realidades creadas, la vida de los santos y toda la realidad de la Esposa de Cristo. Y ese Cristo «vive para siempre», poseyendo «un sacerdocio perpetuo», por eso «puede salvar perfectamente a los que se acercan a Dios a través de él, ya que vive siempre para interceder por nos otros» (Hb 7,24-25). Ese Cristo es el que el sacerdote ha de hacer vida de su vida hasta identificarse con El, a través de una oración continua que sabe encontrarle en todas las realidades creadas, humanas y divinas.

Pero el cristiano está llamado a proclamar la verdad. Lo que es vida suya lo ha de trasmitir a otros; a todos: «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15), nos ha dicho el Señor. El sacerdote, en particular, sabe que por el Sacramento del Orden, está configurado a Cristo Sacerdote, Maestro, Santificador y Pastor de su Pueblo. Esta es la identidad de los sacerdotes que siendo «representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu» . De ahí que junto a su oración personal, que debe ser a la vez litúrgica, el sacerdote se sienta llamado a proclamar la verdad sobre Cristo desde esa misma liturgia. La homilía adquiere así un significado del todo especial. Es la expresión de una verdad que ha llenado la vida del que habla.


 

EL MINISTERIO DE LA CARIDAD, PERTENECE AL SACERDOTE

1. El ministerio de la caridad pertenece al sacerdote por su configuración con Cristo Cabeza y Pastor

Fuente:  Comisión Española de Pastoral Social, día de la Caridad:  25 Abril 2012 «Aunque se deban a todos –dice el Concilio- los presbíteros tienen encomendados a sí de manera especial a los pobres y a los más débiles, a quienes el Señor se presenta asociado (Cf Mt 25,34-45) y cuya evangelización se da como prueba mesiánica (Cf Lc 4,18)»[6].

El ministerio de la caridad pertenece a todo sacerdote por su bautismo, porque la caridad es tarea de todo fiel en la Iglesia[7]. Pero además, pertenece al sacerdote por otras razones más particulares y hondas que nacen de su identidad y ministerio sacerdotal, como su configuración con Cristo Cabeza y Pastor.

Lo expresa así Juan Pablo II: «El presbítero participa de la consagración y misión de Cristo de un modo específico y auténtico, o sea, mediante el sacramento del Orden, en virtud del cual está configurado en su ser con Cristo Cabeza y Pastor, y comparte la misión de "anunciar a los pobres la Buena Noticia", en el nombre y en la persona del mismo Cristo» [8].

 Como Jesús, Buen Pastor[9], el sacerdote esta llamado a cuidar de todas las ovejas y a saciar su hambre y su sed, pero con especial cuidado busca a la perdida, cura a la herida, reincorpora a la comunidad a la descarriada.

Como el Corazón de Jesús, también el corazón del sacerdote se conmueve, se compadece con entrañas de amor ante el leproso, ante el herido en el camino, ante el excluido, ante los hambrientos, y hace presente para los pobres y desvalidos el amor misericordioso de Dios[10].

2. El ministerio de la caridad pertenece al sacerdote por su configuración con Cristo Sacerdote

Con Cristo Sacerdote los presbíteros están llamados a hacer de su vida una ofrenda viva al servicio de los hermanos, de tal manera que su amor a los otros encuentre su mayor realización en la propia entrega.

La actividad caritativa para todo cristiano, pero de manera particular para los sacerdotes, adquiere su verdadera dimensión como expresión del amor de Dios cuando adquiere la forma de don de sí mismo, similar al don del mismo Jesucristo. Como dice Benedicto XVI, «el corazón de Cáritas es el amor sacrificial de Cristo y cada forma de caridad individual y organizada en la Iglesia debe encontrar su punto de referencia en Él».Sólo así, añade, la actividad caritativa «se transforma en un gesto verdaderamente digno de la persona que ha sido creada a imagen y semejanza de Dios»[11].

Esta ofrenda de la propia vida se expresa de manera sacramental en la Eucaristía y de manera existencial en el servicio a los pobres. Los sacerdotes en la Eucaristía ofrecen al Padre la vida entregada de Jesús para la salvación del mundo y, junto con Jesús, ofrecen su propia vida entregada para la salvación de los hombres[12]. A imagen de Jesús, y unidos a Él, los sacerdotes dicen a los hombres: Tomad mi cuerpo, bebed mi sangre. Mi cuerpo entregado por vosotros: mi vida, mi tiempo, mi pensar, mi sentir. Mi sangre derramada por vosotros: mi trabajo, mi esfuerzo, mis tensiones, mis sufrimientos y esperanzas.

Celebrar la Eucaristía es, en palabras de Benedicto XVI, «implicarnos en la dinámica de su entrega»[13]. De ahí que la Eucaristía, misterio de muerte y resurrección, misterio de pasión -de pasión de amor-, sea la fuente de la espiritualidad que lleva a los sacerdotes a hacerse don, entrega total y generosa, hasta dar la vida, por amor, al servicio de los hermanos, especialmente de los más pobres.

3. El ministerio de la caridad pertenece al sacerdote por su misión al frente de la comunidad

El sacerdote, enraizado en la caridad pastoral de Cristo, está llamado a promover relaciones de servicio con todos los hombres, «de manera especial con los pobres y los más débiles»[14]. «Es necesario que el presbítero sea testigo de la caridad de Cristo mismo que "pasó haciendo el bien" (Hch 10,38); el presbítero debe ser también el signo visible de la solicitud de la Iglesia que es Madre y Maestra. Y puesto que el hombre de hoy está afectado por tantas desgracias, especialmente los que viven sometidos a una pobreza inhumana, a la violencia ciega o al poder abusivo, es necesario que el hombre de Dios, bien preparado para toda obra buena (cf. 2 Tim 3,17), reivindique los derechos y la dignidad del hombre»[15].

Si la caridad es algo que pertenece a la naturaleza de la Iglesia y, en consecuencia, a toda la comunidad cristiana[16], tarea del sacerdote es hacer que en la comunidad cristiana se viva y exprese el servicio a los pobres. Compete al sacerdote procurar que cada uno de sus fieles sea conducido por el Espíritu «a la caridad sincera y diligente»[17].

Esto significa que si tarea del sacerdote es el ministerio de la Palabra y el ministerio de los Sacramentos, tarea suya es también el ministerio de la caridad, como nos dijo el Concilio y nos recuerda Juan Pablo II [18]. Y si tarea suya es presidir a la comunidad en el anuncio de la Palabra y en la celebración de la fe, tarea suya es presidirla en la caridad.

Si propio del sacerdote es el ministerio de la comunión en la comunidad, y no hay comunidad sin kerygma, sin liturgia y sin diaconía[19], no hay ministerio completo de la comunidad sin el ejercicio y animación de la caridad. Una caridad que el sacerdote, de manera ordinaria, ejerce en el ámbito privilegiado de su campo de acción, que es la Parroquia, por medio de la Cáritas Parroquial.

Queremos por ello recordar que la caridad no es sólo tarea individual, sino tarea comunitaria, tarea de toda la comunidad y, en consecuencia, requiere una organización y una programación en la comunidad[20]. De esta necesidad de un orden en la administración de la caridad surge una organización como Cáritas, que no es más que la misma Iglesia en el ejercicio de su amor y servicio a los pobres.

Es en este contexto de la dimensión comunitaria de la caridad donde se comprende y ejerce adecuadamente la tarea de presidir en la caridad. Una tarea que no consiste en monopolizar la acción caritativa y social, como si fuera algo que compete sólo al sacerdote, sino en sensibilizar a la comunidad sobre la dimensión caritativa y social de la vida cristiana, promover la corresponsabilidad, implicar en ella a los órganos de comunión y participación de la comunidad parroquial y favorecer la coordinación de la acción caritativa y social tanto en el ámbito intraeclesial como en el social.


4. Contemplando el misterio de la Eucaristía oremos por nuestros sacerdotes y por la erradicación de la pobreza y la exclusión social

No podemos olvidar que 2010 ha sido declarado por la Comisión Europea “Año de lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social”, por eso, en este Año Sacerdotal que estamos terminando y en todo el 2010, contemplando el misterio de la Eucaristía os invitamos a dar gracias a Dios por el don que significa su presencia eucarística y a orar por los sacerdotes y también por todos aquellos que entre nosotros son víctimas de la pobreza y la exclusión social.

Gracias, Señor, por el don de la Eucaristía, por tu Cuerpo entregado y tu Sangre derramada para la vida del mundo. Gracias porque quisiste poner este admirable don en manos de los sacerdotes y porque nos lo dejaste como sacramento de comunión fraterna entre todos los hombres.

Te damos gracias por nuestros sacerdotes y te pedimos por ellos y por su servicio generoso a los más necesitados. Que configurados con Cristo Pastor, su corazón se conmueva siempre ante los pobres, los hambrientos, los excluidos, los marginados. Que identificados con Cristo Sacerdote renueven con gozo la ofrenda de sus vidas en cada Eucaristía al servicio de la salvación de todos los hombres. Que en el seno de nuestras comunidades cristianas sean los hombres de la caridad animando y presidiendo el ejercicio organizado de la caridad.

Y que en este “Año Europeo de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social” oigamos el clamor de los 78 millones de pobres que viven en Europa y trabajemos por superar esta injusticia social que afecta a la dignidad de las personas y a los derechos humanos de un modo inadmisible, sobre todo en una sociedad que dispone de recursos suficientes para erradicar la pobreza si se decide a hacer de la persona el centro de la vida económica y social, como pide el Santo Padre, Benedicto XVI[21].

 

EL PROFESIONAL MÁS FELIZ DEL MUNDO

15 Abril 2012.  Ser sacerdote es ser testigo de valores eternos, es ser solidario de las alegrías y penas de todos los hombres, que buscan la felicidad más allá de las paredes mudas del tiempo y del espacio

                ALFONSO LLANO ESCOBAR, S. J.     Fuente. Periódico el tiempo, Colombia. A finales del pasado mes de noviembre, la prestigiosa revista Forbes, especializada en el mundo de los negocios y finanzas, conocida habitualmente por la publicación anual de los hombres más ricos del mundo, publicó una lista de las diez profesiones más gratificantes, a juzgar por el grado de felicidad de quienes las ejercen. Los sacerdotes católicos y los pastores protestantes están a la vanguardia del ranking.

Más de uno de mis lectores, acostumbrado a juzgar por las apariencias, es posible que opine que la revista anduvo equivocada. Pero los que juzgan por apariencias suelen andar más descarriados, fuera de que, en este caso, no juzgan acerca de sí mismos sino en nombre de un profesional cuya vida íntima desconocen.

Responde hoy un sacerdote -después de 55 años de sacerdocio, vividos de tiempo completo y dedicación exclusiva, después de conocer a muchos sacerdotes de su comunidad, de otras comunidades y del clero diocesano- diciendo, con espontánea sinceridad, que si se entiende por felicidad: unión con Dios, plenitud de vida, sentido de la existencia, servicialidad, trato social, y otros valores por el estilo, ciertamente ser sacerdote es la profesión más bella y feliz de la tierra.

¿Qué pasa en otras profesiones? No quiero referirme a adolescentes y jóvenes, quienes aún no han encontrado un puesto en la vida y la estabilidad de su corazón y su trabajo. Hablo de hombres maduros, de unos 30 años en adelante, y tengo que confesar que muchos de ellos, tal vez la mayoría, no encuentran hoy orientación, densidad de vida, felicidad. Muchos se sienten inestables en su matrimonio, inseguros en su profesión, desorientados en la vida, enfrascados en mil tonterías del presente, esclavos del celular y del blackberry, sin rumbo en la vida, sin Dios y sin Patria. Viven del pan de cada día, sin la mira puesta en un valor trascendente que les aquiete su espíritu, sin rumbo, sin meta, atentos únicamente a la noticia del día, a la olla podrida de la corrupción, a la aventura del momento, Dios no quiera, a la infidelidad consentida.

No así los sacerdotes que conozco, y con humildad agradecida lo confieso, no así el que esto escribe. Es cierto que hoy día atraviesa el sacerdocio una de sus peores crisis en la historia, debida a una lamentable imagen pública, por el descuido sexual de unos pocos hermanos que han manchado el rostro de la profesión sacerdotal. ¡De acuerdo! Vergüenza, dolor, pero jamás claudicación ni desespero.

Modelo invisible, que ostenta un rostro sublime, y la presencia real del resucitado y exaltado, Jesús, Sacerdote Eterno, que mantiene muy en alto nuestra profesión y nuestro ministerio. No trabajamos por la fama del momento, sino por el servicio desinteresado en bien de nuestros hermanos, los hombres.

Ser sacerdote es ser testigo de valores eternos, es ser solidario de las alegrías y penas de todos los hombres, que buscan la felicidad más allá de las paredes mudas del tiempo y del espacio. Ser sacerdote es sobrenadar sobre las ansiedades terrenas de sus hermanos, es levantar al caído, es liberar al cautivo, es visitar al enfermo, es orientar al náufrago perdido.

Ser Sacerdote es ser feliz, con la felicidad profunda, que ignora la mayoría de sus hermanos seglares. Ser sacerdote es estar orientado en medio de las oscuridades del mundo, es vivir con la mira puesta más allá del presente, y con el alma limpia a pesar de pisar con el cuerpo el lodo de las miserias terrenas. Como canta el poeta, el sacerdote vive: "tocada la sandalia con polvo de la tierra, tocada la pupila con resplandor de cielo". Ser sacerdote es caminar, caer y levantarse con sus hermanos, para musitarles al oído: "Caminante, no hay camino, se hace camino al andar".

Ciertamente: ¡el sacerdote es el profesional más feliz del mundo! Tenía razón la revista Forbes.

VIA CRUCIS SACERDOTAL AÑO  2012

Javier Leoz

6 Abril 2012.   Delegación para la Piedad Popular (Pamplona) (Revista Ecclesia)

                PRIMERA ESTACIÓN: JESÚS CONDENADO A MUERTE - Te adoramos Cristo y te bendecimos - que por tu Santa Cruz redimiste al mundo La condena que recibe Cristo se sigue repitiendo en la vida, con todo el peso del dolor que conlleva de no ser aceptado, de ser despreciado, encontrado falto en algo. Sin embargo tenemos excusas para todo: que Pilato fue cobarde, que el pueblo no sabía, que los soldados no creían. Los sacerdotes frecuentemente nos encontramos con esa crítica casi todos los días, con miradas de sospecha, con sonrisas de burla. Muchas veces escuchamos o vemos esa desaprobación y seguimos excusando. El sacerdote que se emplea a fondo en la evangelización siempre será causa de contradicción. Ir contracorriente, predicar íntegramente el mensaje del evangelio, sin dulcificarlo, nos conduce frecuentemente a ser señalados como un freno y a veces como intromisión en el libertinaje que abunda a nuestro alrededor.

Cesare Bisognin ha sido el sacerdote más joven del mundo. Fue ordenado a los 19 años. Había entrado en el Seminario de Turín y, a sus 17 años, en 1974, le detectaron un cáncer a los huesos incurable. Alguien le habló de su gran deseo de ser sacerdote al cardenal de Turín, y él lo transmitió al Papa Pablo VI, quien le dio permiso para ordenarlo sacerdote en su propia casa.

Cesare estaba en su cama y allí recibió el sacramento del Orden sagrado. A la ceremonia sólo asistieron algunos familiares y amigos. En una entrevista que le hicieron ese mismo día de su ordenación, dijo:

Mi primer acto de sacerdote ha sido dar la comunión a mis padres como una señal de agradecimiento por haberme dado la vida. Yo les he dado la Eucaristía, que es el pan de vida, la presencia real de Cristo.

En estos momentos, mi esperanza está en el buen Dios. Si me ha escogido es, porque quiere que viva para los otros. Ser sacerdote es ser de Dios y Dios es de todos, luego el sacerdote es de todos.

Cesare murió a los veinticuatro días de ser sacerdote y sólo pudo celebrar una misa. Pero ahora sigue siendo sacerdote con Jesús por toda la eternidad. Intercede por nosotros. ¿Cómo es nuestra entrega al Señor? ¿Firme o quebradiza? ¿Cómo el primer día o rutinaria? ¿Emocionada o ya sin pasión? Que nuestra entrega sacerdotal sea sin límite, generosa. Que lejos de mirar al reloj sepamos morir para que viva el Señor. Señor pequé ten piedad y misericordia de nosotros pecadores Padrenuestro…

SEGUNDA ESTACIÓN: JESÚS CARGA LA CRUZ. – Te  Te adoramos Cristo y te bendecimos - que por tu Santa Cruz redimiste al mundo Esa cruz de madera que Nuestro Señor cargó por nosotros, la asumimos cada día los sacerdotes cuando nos acercamos hasta el altar para celebrar la Santa Misa. Llevamos en la mente y en el corazón los dolores de los hombres, las intenciones que nos han presentado a través de oraciones, los enfermos que atendemos, los agonizantes que hemos despedido, los pecados que hemos perdonado, los matrimonios que se confían a nuestro consejo. Muchas de las cargas de los demás, y a veces dolorosas, las soportamos en diversas ocasiones en una punzante cruz para entregarla a Dios. Para que Dios la santifique.

                El Padre Luis de Moya Estudió teología en Roma y se doctoró en derecho canónico, además de ser médico. Se ordenó sacerdote del Opus Dei y, en 1991, a los 38 años de edad, quedó tetrapléjico a causa de un accidente automovilístico. Sin embargo, no se ha dado por vencido y, a pesar de todos los inconvenientes de su estado, pues sólo puede mover la cabeza, ha dado sentido a su vida y vive con optimismo, dando clases de Ética en la universidad de Navarra y trabajando como capellán. Ha escrito un libro sobre su vida, titulado Sobre la marcha. En él nos dice que se siente feliz de ser sacerdote y ofrecerle al Señor sus limitaciones y poder ayudar a tantos enfermos que necesitan ayuda y consejos. Dice:

La santa misa es el “momento” del sacerdote. Siempre lo he entendido así, pero, tal vez, ha sido ahora, al tener más tranquilidad para contemplar el sacrificio mientras celebro, cuando mejor he captado el amor de Dios que salva y el sentido del sacerdocio ministerial. Muchas veces, he pedido al Eterno fortaleza para ser otro Cristo y servir a los demás para su salvación.

                Luis de Moya es un ejemplo para tantos que se desesperan y desean la muerte. Porque vale la pena vivir. Mientras hay vida hay esperanza de mejorar. Lo más importante no es trabajar y ser útil, humanamente hablando, sino que lo más significativo es amar y hacer felices a los demás. Y eso lo puede hacer un enfermo, con amor y con su oración. Por la generosidad de su vocación, Señor cúbrenos de tu amor y a nosotros muéstranos su dignidad.

¿Preguntamos y nos interesamos por la cruz de aquellos que nos rodean?¿Presentamos nuestro Ministerio Sacerdotal como fuente de consuelo, cercanía y esperanza?  ¿Preguntamos y nos interesamos por la cruz de aquellos que nos rodean?¿Presentamos nuestro Ministerio Sacerdotal como fuente de consuelo, cercanía y esperanza? Señor pequé ten piedad y misericordia de nosotros pecadores Padrenuestro

TERCERA ESTACIÓN: CAE JESÚS POR EL PESO DE LA CRUZ - Te adoramos Cristo y te bendecimos - que por tu Santa Cruz redimiste al mundo Nos encontramos la primera de las caídas de Nuestro Redentor. Tal vez fue una piedra lo que le hizo tropezar. ¿Cuáles son las piedras que salen a nuestro encuentro? En cuántos momentos el exceso de trabajo se convierte en losa que no nos permite identificarnos más y mejor con Cristo, la superficialidad de la gente que nos busca, tienta y abruma. En cuántos instantes somos aplastados por nuestras propias facetas de ira, depresión, pereza o las propias heridas de la vida.

                AL SANTO CURA DE ARS No le faltaron calumnias y persecuciones. Se empleó a fondo en una labor de moralización del pueblo: la guerra a las tabernas, la lucha contra el trabajo de los domingos. La sostenida actividad para conseguir desterrar la ignorancia religiosa, le ocasionaron sinsabores y disgustos. No faltaron acusaciones ante sus propios superiores religiosos. Sin embargo, su virtud consiguió triunfar, y años después podía decirse con toda verdad que «Ars ya no es Ars». Los peregrinos que iban a empezar a llegar, venidos de todas partes, recogerían con edificación el ejemplo de aquel pueblecillo donde florecían las vocaciones religiosas, se practicaba la caridad, se habían desterrado los vicios, se hacía oración en las casas y se santificaba el trabajo. Permítenos Señor, a tus sacerdotes, que frente a las caídas personales o colectivas guardemos el mismo respeto silencioso que tenemos ante la caída de Jesús. Ayúdanos a levantarnos con el poder de la oración. Con la confianza de saber que Tú estás en medio de nosotros. Ayúdanos a levantarnos de nuestras propias miserias: de nuestra falta de oración, de las prisas en el apostolado, de la superficialidad en nuestras homilías. Señor pequé ten piedad y misericordia de nosotros pecadores Padrenuestro

CUARTA ESTACIÓN: LA SANTÍSIMA VIRGEN SE ENCUENTRA CON SU HIJO JESÚS - Te adoramos Cristo y te bendecimos - que por tu Santa Cruz redimiste al mundo María salió al encuentro de su Hijo por si podía aliviarlo, pero no la dejaron acercarse. Ella es la Madre de cada sacerdote y no deja de acompañarlos en nuestros trabajos, dolores y decepciones. El Padre Bueno le permitió a su Hijo amado, tener a María junto a la cruz. Desde ese día cuando un escogido por el Señor sube al Calvario, junto a él se encuentra la Madre… Don José María García Lahiguera, fue sacerdote y obispo nacido en Fitero, fundador de las Oblatas de Cristo Sacerdote recientemente trasladadas de Javier. En 1936 los milicianos entraron en su casa en Madrid y saliendo a su paso confesó: soy yo el sacerdote. A punto de ser martirizado, y sin ocultar nunca su condición sacerdotal, por una contraorden se salvó de una muerte segura. Años más tarde, a punto de morir en 1989, escribía en su testamento espiritual: Doy gracias a mi Madre Inmaculada, Madre de la Iglesia, siempre Virgen María, Asunta a los cielos, Reina de mi corazón, Señora de mi vida, Dueña de todo mi ser, Madre de Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, por haberme concedido para con Ella una tierna devoción mariana, filial, cariñosa, infantil, constitutivo característico de mi piedad. Consagrado a Ella desde mi nacimiento, de Ella como Mediadora Universal de todas las gracias espero confiadamente el perdón de mis pecados, la santidad de mi vida, mi perseverancia final y eterna salvación. Nos encomendamos en esta estación a la intercesión de Santa María. ¿Dejamos que Ella nos auxilie en nuestras tareas pastorales? ¿Cuidamos y cultivamos el rezo del Santo Rosario? ¿Purificamos y potenciamos su devoción en medio de nuestros fieles? ¿La buscamos en tantas aristas o esquinas duras de nuestro viacrucis sacerdotal? ¿Somos promotores de la piedad mariana secundando las romerías diocesanas, el mes de mayo, el tiempo de adviento o la piedad popular?

Señor pequé ten piedad y misericordia de nosotros pecadores Dios te Salve María

QUINTA ESTACIÓN: EL CIRENEO AYUDA A JESÚS A LLEVAR LA CRUZ - Te adoramos Cristo y te bendecimos - que por tu Santa Cruz redimiste al mundo Dios nos creó en comunidad y para la comunión, por eso necesitamos tanto de cirineos que nos ayuden a llevar la cruz, cuando se nos hace muy pesada. Dice el evangelio que el cirineo seguía a Cristo con la cruz y el pueblo lo seguía. Los sacerdotes tenemos que ser personas que por vocación, estemos siempre disponibles para socorrer a las almas. Para sostener, para preservar, para purificar, para enderezar, para alegrar, para consolar, para distribuir bienes espirituales y materiales. Intentamos cargar cruces que no son propias y, cuando las llevamos en carne viva, es cuando más sentimos que somos guías del pueblo. Siendo cirineos, nos damos frecuentemente cuenta de ello, sabemos que llegamos al corazón de las personas, que nuestros gestos hablan más que nuestras propias palabras. El misionero Pedro Manuel Salado, de 43 años, falleció hace un mes en Ecuador.El 5 de febrero marchó con un grupo de niños y niñas a una playa cercana a su misión. Cuando los niños estaban jugando en el agua cerca de la orilla una ola se llevó a siete niños hacia dentro. Pedro no dudó y, a pesar del miedo, se lanzó al agua y los fue sacando uno a uno. Tras sacar a los dos últimos fallecía en la orilla exhausto. Pedro murió como vivió: “ayudando a los demás”. “Si el grano de trigo cae en tierra y muere da mucho fruto”. Concédenos, Jesús, generosidad sin límites. Que como el cirineo no miremos al tamaño de la cruz, si nos gusta o no, si pertenece a un amigo o a un desconocido. La cruz, muchas veces, es la misión encomendada por nuestro obispo a cada uno de nosotros (a veces pesada, no buscada, irrelevante, agobiante o incómoda) otras veces, la cruz del Señor, puede ser la obediencia: cuando nos cuesta ver la voluntad de Dios en aquello a lo que se nos llama. Ayúdanos Señor a salir siempre decididos al encuentro de los demás. Sin miramientos. Sin buscar otros intereses que no sean los de aliviar cruces, ayudar y rescatar a tantos hermanos nuestros que están siendo engullidos por las olas del secularismo, del relativismo, de la falta de fe o de las dudas en la misma Iglesia. Señor pequé ten piedad y misericordia de nosotros pecadores Padrenuestro

6ª ESTACIÓN: LA VERONICA LIMPIA EL ROSTRO A JESUS - Te adoramos Cristo y te bendecimos - que por tu Santa Cruz redimiste al mundo Lo que para la Verónica fue un regalo, (recibir el Rostro bendito de Cristo en su lienzo) como sacerdotes intentamos, con el Sacramento de la Reconciliación , devolver la belleza del rostro cristiano a cada hijo de Dios. Como la Verónica, por la confesión, quitamos con cuidado del alma de cada uno de los penitentes aquello que, la cruz de la vida, va marcando, malogrando y sangrando en el interior o en el exterior de los que vienen hasta nosotros. ¡Bendita la confesión sacramental! La que nos devuelve el Rostro de Cristo, puro y limpio, para que seamos luego signo de su presencia. ¡Bendita la confesión sacramental! Que, con paciencia, constancia…y a veces sin frutos aparente, hace posible que devolvamos al mundo semblantes relucientes en santidad y alegría, en esperanza e ilusión, en amor a Dios y en deseos de permanecer fieles a Cristo. La Verónica salió al paso de Cristo con lo que tenía ¿Por qué nos cuesta a nosotros ofrecer el pañuelo de la Misericordia de Dios a través del Sacramento de la Penitencia?

                Era una tarde en la iglesia de San Juan de Cáceres. Entré más por curiosidad artística que por celo sacerdotal. Mi vestimenta me identificaba. Me encontraba visitando una preciosa capilla de la Virgen Dolorosa cuando, una joven, me preguntó con lágrimas en los ojos: ¿Padre…me puede confesar? Me sorprendí y, la verdad, yo me quería escapar de esa situación. Le dije que no era de esa Diócesis. Que tal vez necesitaría el permiso del párroco.

¡Tenga misericordia de mí, padre! ¡Lo necesito! ¡Se lo pido por favor!

Nos sentamos en un banco bajo la mirada de la Madre. No os relato los pecados, pero me hicieron estremecerme. Os digo que aquella joven se fue feliz. Hacia 15 años que no pisaba una iglesia. Otros tantos que no se confesaba y…Dios se sirvió de ella para darme dos lecciones:

                Soy instrumento de su misericordia y estoy para sanar heridas. ¿Queréis creerme que, desde entonces, sólo por una persona me siento todos los días a confesar?

Se me acercó una señora. ¿Padre por qué llora? ¿Le ocurre algo? ¡No! Dios ha pasado por aquí! ¡Dios ha pasado por aquí! Y casi dejo que pase de largo. Dios me hizo ver que está mucho más cerca de mí, como sacerdote, de lo que yo pienso. Te damos gracias Señor porque, como la Verónica, devolvemos a muchos rostros el brillo en sus ojos y la fuerza para que sigan hacia adelante con el Sacramento de la Penitencia.


                Señor pequé ten piedad y misericordia de nosotros pecadores Padrenuestro

7ª ESTACIÓN: JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ - Te adoramos Cristo y te bendecimos - que por tu Santa Cruz redimiste al mundo Ha vuelto a caer el Salvador! El peso de nuestros pecados por segunda vez lo ha tendido en tierra. Jesús se ha ofrecido para reparar nuestras culpas y son muchas, por eso ¡son muchas sus caídas y dolores!. Cada pecado tiene su efecto y su perdón al soportarlo el Señor. Un peso que es especialmente duro para nosotros los sacerdotes es el ataque y la incomprensión de los que tenemos más cercanos. Esos que forman la familia a la que Dios nos ha prestado, para su servicio por un tiempo. Nos duele cuando los que reciben de nosotros, toda la fecundidad de nuestro ministerio son los que tal vez nos critican con mayor dureza. Miremos a Jesús. ¿Dónde están los que comieron el pan multiplicado? ¿Dónde los leprosos? ¿Dónde los resucitados después de una muerte segura? ¿Acaso como sacerdotes pretendemos vivir en una vía dolorosa sin dolor? ¿Acaso queremos una cruz sin sangre? ¿Tal vez pretendemos ser “otros cristos” pero sin cruz?

Cardenal Mindszenthy

                El cardenal MINSENDI de Hungría tuvo que soportar muchos sufrimientos en prisión. Lo detuvieron los comunistas el 26 de diciembre de 1948, y lo llevaron a la infamante prisión del número 60, de la calle Andrassy de Budapest, a donde llegó a las 3 a.m. Allí le hicieron lavado de cerebro para doblegarlo. Quisieron doblegarlo hasta un estado servil. Lo ingresaron en una celda de goma, cuyos golpes no dejaba señales en su cuerpo y finalmente la tortura final fue no dejarle dormir para producirle un agotamiento mental y físico que le mantuvo despierto 4 días seguidos. Después de días y días de torturas los carceleros ideólogos dijeron al público que había firmado una confesión que después resultó que era falsa.

                ¿Pudo soportar la tortura porque Dios era el centro de su vida? ¿No será que nosotros nos cuesta asumir la cruz, la contradicción porque no hemos puesto a Dios en el centro de todo? Pidamos al Señor que, en nuestras caídas, no renunciemos a Él. Que confiemos aún en medio de las angustias pastorales que padecemos. Nuestras torturas son mínimas comparadas con la cruz sobre el hombro de Cristo y de tantos hermanos nuestros que, los países del Este, siempre se levantaron antes que perder la dignidad de ser cristianos. Señor pequé ten piedad y misericordia de nosotros pecadores Padrenuestro

8ª ESTACIÓN: JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES DE JERUSALEN. - Te adoramos Cristo y te bendecimos - que por tu Santa Cruz redimiste al mundo El detenerse Jesús en medio de su dolor para consolar a las mujeres, es la acción sacerdotal más común y menos valorada. Esas mujeres eran madres y Jesús se conmueve por su dolor y el de los hijos. Cada familia con sus dolores está presente en esta estación para que Cristo se detenga y los mire, y consuele… Como sacerdotes debemos olvidar las dolencias propias y dar respuesta a los que reclaman nuestra mirada, nuestro horario, nuestro despacho abierto. Camino de la Pascua, hacemos propuesta de dejar a un lado nuestros cansancios y celebrar con entusiasmo y fervor los sacramentos que el pueblo nos pide y necesita, olvidarnos de nosotros mismos y escuchar, reconfortar , acompañar a tantas almas que, por si lo hemos olvidado, viven errantes porque hace tiempo que nadie se compadece de ellas, porque hace tiempo que son indiferentes para cuántos les rodean.

                Me llamo Fernando Domínguez Domínguez, tengo 61 años. Me ordené el 23 de Septiembre del 1977. Llevo treinta y dos años de sacerdote. Realicé mis estudios en el Seminario Conciliar de Madrid. Actualmente estoy de Párroco en San Leopoldo, en el Barrio del Alto de Extremadura.

Experimento en mi vida que el ser sacerdote es una gracia, un don de Dios. Me pregunto más de una vez por qué el Señor se fijó en mí, me llamó y me confió este ministerio, yo que soy débil y frágil. Vienen a mi mente las palabras de San Pablo a los Corintios: “Este ministerio lo llevamos en vasos de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria viene de Dios”.

Un rasgo muy importante en mi vida y en la vida del sacerdote es la oración. Ponerme en presencia de Dios, abandonarme a Él. Es ahí donde uno descubre la voluntad de Dios, lo que Dios me va pidiendo en cada momento. En la oración uno recibe fuerzas para llevar a cabo la misión que el Señor te encomienda: “Los llamó para estar con Él y después enviarles a la misión” (Mc 3, 14). Sé que si no estoy con El no puedo llevar’ a cabo la misión. Ahora bien, tengo que reconocer que más de una vez he confiado más en mí que en el Señor, olvidando lo que él nos dice: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15).

                Señor pequé ten piedad y misericordia de nosotros pecadores Padrenuestro…

NOVENA ESTACIÓN: JESÚS CAE POR TERCERA VEZ. - Te adoramos Cristo y te bendecimos - que por tu Santa Cruz redimiste al mundo La tercera caída de Jesús, fue la más dolorosa, ya cerca de la cima del monte. Portando la cruz de su martirio, ahora lo vemos besando la tierra a la que ha bajado. Vino con amor pero, ese amor, no ha sido correspondido con amor. Los sacerdotes vivimos lo que celebramos, Mamá Margarita dijo a su hijo Don Bosco: “comenzar a decir Misa es comenzar a sufrir”. El elevar a Cristo para ser adorado y reconocer que “esa” es mi carne y mi sangre, nos hace otro Cristo, esta identificación trae necesariamente para nosotros la participación en los dolores de Redención. “Ser otros cristos” en la realidad que nos toca vivir nos lleva, en muchos momentos, a estar en el centro de muchas dianas. Medios de comunicación, sensacionalismo, escándalos o el laicismo galopante son duros asfaltos en los que caemos cuando pretendemos configurar el mundo con las Bienaventuranzas de Cristo. ¿Quién de los que estamos en este vía crucis no hemos caído en algún momento en la calle de la desesperanza, del pesimismo o de las dudas por los frutos no conseguidos? En esta estación, el Señor, nos invita a configurarnos más con Él. “Si el grano de trigo no cae….pero si cae da mucho fruto”.

                Soy Juan Pedro de la Diócesis de Barcelona. Yo era un convencido de que “el hábito no hace al monje”. Un día en el interior del metro me dirigía hacia la Universidad donde imparto clases de teología. Nada me delataba. Yo era uno más en el vagón. Allá se escuchaba todo tipo de conversaciones. Las blasfemias tocaban y rompían el techo. Los ancianos permanecían de pie mientras que, algunos jóvenes, estaban cómodamente sentados.

Y yo estaba ahí. Disfrazado. Enmascarado de cobardía. Incapaz de contener aquellas palabras blasfemas. De llamar a la caridad con los más mayores. Yo era uno más. Un indiferente que no daba testimonio de la gran verdad….hice lo políticamente correcto: vivir y dejar vivir.

Llegué a casa por la noche, me arrodillé y, le pregunté al crucificado ¿tú qué hubieras hecho? No recibí respuesta alguna. ¿Acaso pretendía alguna respuesta de Cristo cuando, mi silencio o mi vergüenza, ya habían hablado de antemano?

                A partir de aquel momento decidí ir vestido con clerigman. Unos me insultan. Otros me aplauden pero….soy feliz porque, soy un signo de Dios, de Cristo, de la Iglesia. Algunos para sus adentros me escupirán, otros clavan sus ácidas miradas sobre mí. No me importa. ¿Acaso pretendo ser diferente al Maestro?

Señor pequé ten piedad y misericordia de nosotros pecadores

Padrenuestro

DÉCIMA ESTACIÓN: JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS. - Te adoramos Cristo y te bendecimos - que por tu Santa Cruz redimiste al mundo En desnudez extrema está el Señor dueño del universo. Los ángeles lo contemplan y callan atemorizados, pero Jesús esposo amoroso ha venido a buscar a su esposa, la humanidad, para llevarla pura y limpia a los brazos del Padre. No dejará detalle sin probar su amor, ni despojo que vivir. A nosotros los llamados al Ministerio, elegidos para ser sacerdotes, Jesús nos invita a seguirlo por los mismos caminos y nos muestra la manera de configurarnos con El. Un día fuimos invitados a dejar nuestra familia. Algunos incluso se han marchado de nuestra tierra. Hemos dejado atrás bienes y deseos de riquezas. Pidamos al Señor que es el Amante y el Amado, que nos vaya despojando nuestro “yo”. Que, al contemplarlo desnudo en la cima del calvario, hagamos firme promesa de romper con aquellos hábitos que desdibujan nuestra vida sacerdotal, de despojarnos de todo intento de apariencia y de egoísmo para que podamos decir en algún momento de nuestra vida como Pablo: “no soy yo el que vive, es Cristo que vive en mi” Escribe Benedicto XVI con motivo del Año Sacerdotal Tengo presente a todos los presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no destacar sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? Y ¿qué decir de la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de “amigos de Cristo”, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él? “Todavía conservo en el corazón el recuerdo del primer párroco con el que comencé mi ministerio como joven sacerdote: fue para mí un ejemplo de entrega sin reservas al propio ministerio pastoral, llegando a morir cuando llevaba el viático a un enfermo grave. También repaso los innumerables hermanos que he conocido a lo largo de mi vida y últimamente en mis viajes pastorales a diversas naciones, comprometidos generosamente en el ejercicio cotidiano de su ministerio sacerdotal”

                Señor pequé ten piedad y misericordia de nosotros pecadores Padrenuestro

UNDÉCIMA ESTACIÓN: JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ. - Te adoramos Cristo y te bendecimos - que por tu Santa Cruz redimiste al mundo El pecado fue desobediencia y negación de escuchar la dulce voz de Dios, esa falta de obediencia y escucha, la repara Cristo clavado por amor a la cruz, buscando la voz del Padre. Dicen que por buscarlos a los más escondidos se trepó al madero y abrazado a él, nos gritó su sed, con infinita ternura. Cristo obedeció hasta la muerte sin moverse ni negarse a cumplir en totalidad la Voluntad Divina. Como sacerdotes estamos misteriosamente clavados en nuestro servicio eclesial. Ahí, desde el día en que fuimos ungidos en nuestras manos, quedamos fijados hasta que la obediencia nos desclava y clava en otro lugar. Mirando a Jesús en esta estación, podríamos preguntarnos si nuestras entregas a las almas son definitivas y totales. Si son para siempre. Al contemplar a Jesús clavado en la cruz podríamos preguntarnos si nuestro Ministerio es sacrificado, obediente y sin condiciones. Al contemplar a Jesús clavado en la cruz podríamos interpelarnos si preferimos clavar a otros con responsabilidades antes que comprometernos personalmente con algunas o liberarnos de algunas cruces, ofreciéndolas a los demás, porque son cruces que no nos gustan, cruces que no nos interesan.

                Cuando yo era un joven novicio (cuenta el sacerdote Ricardo Zimbrón) me pusieron al cuidado de un sacerdote muy anciano, que estaba muriéndose de cáncer en una agonía prolongada y dolorosa. Se llamaba Domingo y tenía fama de santo.

No he conocido un sacerdote más humilde que el sonriente padre Domingo; de pequeña estatura y enorme de espíritu. Un día le llevé a su cama su desayuno y mientras él luchaba por comer sin apetito, yo le hice esta pregunta:

- Padre Domingo, ¿cuál es la oración que a usted más le gusta rezar?

- El Kyrie eleison (Señor, misericordia).

                Cuando retiré la bandeja del desayuno, casi intacta, me fui a mi habitación, me senté en mi cama y me puse a meditar aquello del Kyrie eleison. Entonces, no encontré respuesta. Pero han pasado los años y he recorrido mucho camino. Soy un sacerdote, a quienes muchos estiman. Y ahora mi oración preferida es el antiquísimo Kyrie eleison, ¡Señor ten misericordia! Como el ladrón bueno, al lado de la cruz, le digo al Señor: “soy sacerdote tuyo, ten misericordia” Señor pequé ten piedad y misericordia de nosotros pecadores Padrenuestro

DUODÉCIMA ESTACIÓN: JESÚS MUERE EN LA CRUZ POR AMOR - Te adoramos Cristo y te bendecimos - que por tu Santa Cruz redimiste al mundo Después de ofrecer la salvación al ladrón arrepentido, y darnos las últimas palabras, inclina el Señor su cabeza y entrega su Espíritu. No lo entrega al Padre como los moribundos, lo sopla sobre María y la nueva Iglesia reunida en Juan y las mujeres. Es un anticipo de la Pascua, de Pentecostés. ¡La muerte no tiene la última palabra, la tiene la Vida que se dona! Vuelve con su aliento al paraíso de donde parte el pecado y la muerte, vuelve con su amor fiel a dar Vida. Como sacerdotes en cada Eucaristía morimos con Cristo por las almas y les damos vida abundante en la Palabra. Les repartimos su Cuerpo. Gracias, Señor, por congregarnos en la unidad para que derramemos vida en los caminos del mundo, en nuestra Diócesis, en nuestras parroquias. Allá donde la Iglesia nos ha enviado. ¡Ayúdanos, Señor, a morir como tu mueres! Siempre mirando hacia el cielo…pero soplando aliento y esperanza a todos aquellos que viven junto a nosotros. Te pedimos Señor la gracia de conocer los misterios de amor que vivimos. Que como sacerdotes experimentemos tu ternura, creciendo en el amor, en cada gesto sacerdotal que realicemos. Javier gravemente enfermo, con los ojos al cielo, habla en voz alta con Dios en las diversas lenguas que él sabía. Jesús, hijo de David, ten piedad de mí que soy pecador. En las horas de su muerte invocaba a la Santísima Trinidad y a la Virgen: acordaos de mí, madre de Dios. Un poco antes del amanecer de un sábado 3 de diciembre de 1552 entregaba su alma en manos de Dios quedando con un semblante apacible. Sólo, en el mayor despojo, bajo un inmenso cielo, ante un mar enorme ante el que naufragaron sus sueños apostólicos (entrar a China), Javier terminaba su camino….pero agarrado a la cruz. Sabía que moría para este mundo pero que otra ciudad, la del Creador, le esperaba. La cruz…la muerte en cruz. Hizo de ella, de la cruz, su propio camino de liberación, de predicación, de sufrimiento y de oración.

                Señor pequé ten piedad y misericordia de nosotros pecadores Padrenuestro


DECIMOTERCERA ESTACIÓN: JESÚS BAJADO DE LA CRUZ Y PUESTO EN LOS BRAZOS DE LA VIRGEN MARÍA. - Te adoramos Cristo y te bendecimos - que por tu Santa Cruz redimiste al mundo La espada de dolor que desde la Presentación estaba en el corazón hincada, ha penetrado más hondo todavía, y se ha convertido en lanza que abrió el Corazón de su Hijo. Ahora su fiat se refiere al abandono de su Hijo y el acoger al discípulo como hijo nuevo. Con la misma docilidad y ternura con la que María recibió a Cristo entre sus brazos, en cada Misa los sacerdotes, entregamos el Cuerpo de Cristo al Pueblo de Dios. El Señor ha hablado. Ha hecho todo. Lo ha dicho todo. Ahora, nosotros los sacerdotes, seguimos siendo la prolongación de su Cuerpo en el aquí y ahora. El Señor morirá si dejamos que, su mensaje, quede colgado en la cruz. El Señor morirá si, como sacerdotes, no abrimos con todas las consecuencias los brazos para seguir llevándolo a las personas que han olvidado su amor, a tantas personas que todavía no lo han conocido, a tantos hermanos nuestros que se quedaron con la cruz en el pecho pero sin Cristo en su vida. ¿Estamos al pie de la cruz? ¿Sentimos como María que, Jesús, está en nuestras manos en el momento de la consagración o cada vez que distribuimos la comunión? ¿Tratamos con respeto y cariño, veneración y adoración los Sagrados Misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección que se dan en la Santa Misa?

Nguyen Van Thuan

Obispo de Saigón en Vietnam. 9 de los 13 años que estuvo en la cárcel lo recluyeron sólo en una celda. Sin comunicarse con nadie. “Si no hubiera sido por la Eucaristía, me hubiera vuelto loco”

                “Nunca podré expresar mi gran alegría al celebrar diariamente la misa con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de mi mano… Han sido las misas más hermosas de mi vida.

                En la cárcel pensaba en las persecuciones; en las muertes, en los martirios, que han tenido lugar durante 350 años en Vietnam. Los mártires nos han enseñado a decir sí: un sí sin condiciones ni límites al amor por el Señor. Pero los mártires nos han enseñado también a decir no a las lisonjas, a las componendas, a la injusticia, quizás con el fin de salvar la vida o gozar de un poco de tranquilidad.

Por mi parte, tenía el apoyo de mi madre. Cuando estaba en la prisión, era mi gran consuelo. Decía a todos: Reza para que mi hijo sea fiel a la Iglesia y permanezca donde Dios quiere que esté.

                Tengamos un recuerdo muy especial en esta estación por todas nuestras madres. Por aquellas que han ido hacia la casa del Padre y por aquellas que siguen sosteniéndonos con sus brazos, con su oración y con su mirada.

Señor pequé ten piedad y misericordia de nosotros pecadores Padrenuestro

                DECIMOCUARTA ESTACIÓN: JESÚS ES SEPULTADO - Te adoramos Cristo y te bendecimos - que por tu Santa Cruz redimiste al mundo Los fieles junto con María han depositado a Cristo en el sepulcro, la Iglesia y la creación entera esperan en silencio. Cristo ha obedecido al Padre en toda su Voluntad, hasta consumar la vida en oblación. Gimió al padre en Getsemaní y fue escuchado por su Padre que no lo dejó en ese sepulcro. El Padre que siempre lo engendra, le da un cuerpo glorioso por ese de carne, que Cristo le ha devuelto en la cruz. El cuerpo glorificado, que es Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, no puede ser sujeto por una piedra, ni detenido por un cenáculo cerrado, Jesús glorioso que se hace caminante, comensal y amigo!

                De la misma manera como sacerdotes hacemos presente en el mundo los tesoros de la fe. Somos canales de la salvación. Pasan por nuestro propio cuerpo los gestos de Jesús, por nuestra voz sus palabras, por nuestras manos sus bendiciones y sanaciones, curaciones y milagros. Sin sacerdocio, no hay Eucaristía ni sacramentos. Que sepamos gozar profundamente sabiendo que vivimos y nos movemos en el secreto de la Vida abundante.

El Santo Cura de Ars llegó a decir: “El sacerdote no será bien comprendido más que en el cielo. Si se lo entendiese en la tierra, uno se moriría no de espanto, pero sí de amor”

Ante la esperanza de la Resurrección, entregamos nuestros corazones con generosidad a Jesús, diciendo todos esta oración del Santo Cura de Ars, como compromiso de amor y entrega a Dios y a nuestro prójimo.

                “Te amo, Dios mío, y mi único deseo es amarte hasta el último suspiro de mi vida.

Te amo, Dios mío infinitamente amable, y prefiero morir amándote a vivir sin amarte.

Te amo, Señor, y la única gracia que te pido es amarte eternamente… Dios mío, si mi lengua no puede decir en todo momento que te amo, quiero que mi corazón te lo repita cada vez que respiro”

                Señor pequé ten piedad y misericordia de nosotros pecadores Padrenuestro

JESUCRISTO, es sumo y eterno sacerdote

Fuente:  Padre, Jesús Martí Ballester

Los sacerdotes de la Antigua Alianza sacrificaban en el altar animales, pero no se sacrificaban ellos. Todos hemos de ser como él, sacerdotes y víctimas, porque nuestro sacerdocio es el suyo.

1. "Os he llamado amigos, porque os he manifestado todo lo que he oído a mi Padre. No me habéis elegido vosotros a mí, soy yo quien os he elegido y os he destinado a que os pongáis en camino y deis fruto, y un fruto que dure" (Jn 15,15).

Jesús entrega su amistad y pide la nuestra. Ha dejado de ser el Maestro para convertirse en amigo. Escuchad como dice: Vosotros sois mis amigos... No os llamo siervos, os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer…En aras de esa amistad, que es entrañable, que es verdadera y ardorosa, desea atajar a los que aún pudieran no hacerle caso. "No sois vosotros -les dice- los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido".

Es un compañero deseoso de salvar, de alegrar y de llenar de paz a sus amigos. "Os he hablado para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud". El Maestro está con los brazos abiertos de la amistad tendidos hacia nosotros. Y con la alegría como promesa y como ofrenda. Nunca se ha visto un Dios igual. Camina ahora mismo y por cualquier calle. Por la acera de tu casa, seguro. Y está diciendo que es amigo tuyo, que te quiere igual que a su Padre y que desea llenarte de alegría. Lo va repitiendo al paso, según se acerca a tu puerta (ARL BREMEN).


2. Por lo mismo que Dios ama, creó el mundo: ¡Cuánta maravilla, cuánta belleza!:"¡Oh montes y espesuras, plantados por la mano del Amado!,¡oh, prado de verduras de flores esmaltado!, decid si por vosotros ha pasado" (San Juan de la Cruz)Creó los hombres. Los hombres desobedecieron y pecaron. (Gén 3,9). El pecado es un desequilibrio, un desorden, como un ojo monstruoso fuera de su órbita, como un hueso fuera de su sitio, buscando el placer, la satisfacción del egoísmo, de la soberbia. Como un sol que se sale del camino buscando su independencia. Frustraron el camino y la meta de la felicidad. De ahí nace la necesidad de la expiación, del sufrimiento, del dolor, por amor, para restablecer el equilibrio y el orden. Dios envía una Persona divina, su Hijo, a "aplastar la cabeza de la serpiente", haciéndose hombre para que ame como Dios, hasta la muerte de cruz, con el Corazón abierto.

3. Ese Hombre Dios, el Siervo de Yahvé, que, "desfigurado no parecía hombre, como raíz en tierra árida, si figura, sin belleza, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, considerado leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes, como cordero llevado al matadero" Isaías 52,13, inicia la redención de los hombres, sus hermanos. Él es la Cabeza, a la cual quiere unir a todos los hombres, que convertidos en sacerdotes, darán gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu, e incorporados a la Cabeza, serán corredentores con El de toda la humanidad.

El Padre, cuya voluntad ha venido a cumplir, lo ha constituido Pontífice de la Alianza Nueva y eterna por la unción del Espíritu Santo, y determinando, en su designio salifico, perpetuar en la Iglesia su único sacerdocio. Para eso, antes de morir, elige a unos hombres para que, en virtud del sacerdocio ministerial, bauticen, proclamen su palabra, perdonen los pecados y renueven su propio sacrificio, en beneficio y servicio de sus hermanos.

"Él no sólo ha conferido el honor del sacerdocio real a todo su pueblo santo, sino también, con amor de hermano, ha elegido a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de su sagrada misión. Ellos renuevan en su nombre el sacrificio de la redención, y preparan a sus hijos el banquete pascual, donde el pueblo santo se reúne en su amor, se alimenta con su palabra y se fortalece con sus sacramentos. Sus sacerdotes, al entregar su vida por él y por la salvación de los hermanos, van configurándose a Cristo, y así dan testimonio constante de fidelidad y amor" (Prefacio).

4. Por eso, si los cristianos debemos tomar nuestra cruz, los sacerdotes, más, por más configurados con Cristo, con sus mismos poderes. Los sacerdotes de la Antigua Alianza sacrificaban en el altar animales, pero no se sacrificaban ellos. Los sacerdotes nos hemos de inmolar porque Cristo se inmoló a sí mismo. Hemos de ser como él, sacerdotes y víctimas, porque nuestro sacerdocio es el suyo.

5. Una idea infantil del cristiano, que se acomoda al mundo, una mentalidad inmadura del sacerdote, lo hace un funcionario. De ahí surgen consecuencias de carrierismo, al estilo del mundo, excelencias, trajes de colores, que obnubilan el sentido sustancial del sacerdote-víctima, que conducen a la esterilidad, y contradicen la misión: "para que os pongáis en camino y deis fruto que dure". El fruto que dura es el de la conversión, la santidad, que permanecerá eternamente. Os he puesto en la corriente de la gracia, os planté para que vayáis voluntariamente y con las obras deis fruto. Y precisa cuál sea el fruto que deban dar: "Y vuestro fruto dure".

Todo lo que trabajamos por este mundo apenas dura hasta la muerte, pues la muerte, interponiéndose, corta el fruto de nuestro trabajo. Pero lo que se hace por la vida eterna perdura aun después de la muerte, y entonces comienza a aparecer, cuando desaparece el fruto de las obras de la carne. Principia, pues, la retribución sobrenatural donde termina la natural. Por tanto, quien ya tiene conocimiento de lo eterno tenga en su alma por viles las ganancias temporales.

Así pues, demos tales frutos que perduren, produzcamos frutos tales que cuando la muerte acabe con todo, ellos comiencen con la muerte, pues después que pasan por la muerte es cuando los amigos de Dios encuentran la herencia (San Gregorio Magno).

6. Después de la "conversión" de Constantino, el clero eclesiástico hizo su entrada en este mundo, corrió serio peligro de perder su propia naturaleza, que no consiste en el poder, sino en el servicio. Además, entró en competencia con el poder secular al aparecer en la escena de la historia política. Este encuentro y confrontación con la jerarquía civil condujo no sólo a una ampliación político-social de las tareas apostólicas, sino que también oscureció el aspecto colegial del servicio de la Iglesia.

Ha dicho el Cardenal Lustiger, arzobispo de París: "Ya sé que Napoleón identificó al obispo con los prefectos y con los generales, pero yo me había sensibilizado mucho contra la Iglesia como sistema de promoción y de poder, y determiné que nunca me metería en situaciones que favorecieran la promoción".

7. En el curso del siglo XI comienza la teología medieval a distinguir claramente, en la elaboración del tratado de sacramentos, entre el Orden y la dignidad, y puso de relieve la sacramentalidad del Orden de la Iglesia. A partir de entonces se designa esencialmente como Orden el sacramento que confiere el poder de celebrar la eucaristía.

8. Aunque el lenguaje de la Curia romana imprimió su sello a la tradición cristiana, la ordenación no fue considerada nunca como un simple acceso a una dignidad y como transmisión de unos poderes jurídicos y litúrgicos, pues siempre se confirió mediante un rito, porque la ordenación es un acto sacramental que transmite una gracia de santificación; los llamados son tomados del mundo y consagrados al servicio de Dios, son separados para atender a su misión especial.

El obispo, el sacerdote, el diácono no tienen de suyo nada del sacerdote romano, que era un funcionario del culto público, poseía cierto rango y tenía que realizar determinados actos. El "sacerdocio" cristiano pertenece a otro orden; no es primariamente "religioso" ni cultual, sino carismático; es el ordo de los que han recibido el espíritu y, en virtud de su orden, están habilitados para continuar la obra de los apóstoles.

Las jerarquías del ministerio aparecen en los escritos de los Padres de la Iglesia, no tanto como títulos que conceden ciertos derechos, sino más bien como tareas que ciertos hombres llamados a edificar el cuerpo de Cristo toman sobre sí, a veces incluso contra su propia voluntad.

9. El Orden sacramental es una dimensión esencial para la Iglesia, y por eso fue incluido entre los sacramentos. Si se quiere comprender el sentido y la función de este "sacramento" particular en lugar de atribuir el sacerdocio cristiano y toda la jerarquía de la Iglesia a un único acto de institución, como hizo el Concilio de Trento, parece que está más en consonancia con la Sagrada Escritura y la realidad de las cosas partir de la Iglesia como "sacramento original".

De esta forma no nos exponemos al peligro de separar el orden de la Iglesia histórica para colocarlo en cierto modo por encima de ella, pues es un sacramento esencial para la existencia de la Iglesia y en el que ésta se actualiza.

10. El desdoblamiento del ordo en varios grados y la introducción de diversas ordenaciones están tan relacionados con la historia de la Iglesia como con la Escritura. Son producto de un desarrollo, y, en definitiva, la cuestión de si se ha de hablar de un único sacramento del orden o de si el episcopado y el presbiterado constituyen sacramentos diversos es más una cuestión terminológica y teológica que dogmática.

Las funciones del obispo y las del sacerdote, las funciones del sacerdote y las del diácono, no están delimitadas entre sí de forma absoluta; las funciones respectivas son asignadas por el derecho, pero este derecho no es un todo inmutable. La validez de las ordenaciones depende de la actuación de la Iglesia tomada en su totalidad, y no del acto sacramental considerado aisladamente. La validez o no validez de una ordenación no es algo que se pueda determinar tomando como base el rito, con independencia del marco general de la misma.

11. La estructura del ministerio eclesial se puede considerar, igual que el canon de la Escritura y el número septenario de los sacramentos, como el resultado de un desarrollo. Desarrollo que se produjo todavía en tiempo de los apóstoles; por eso ha conservado en la tradición de la Iglesia el carácter de algo que existe por necesidad jurídica. En la Iglesia tendrá que haber siempre un "ministerio para velar", un "presbiterado" y una "diaconía".

Sin embargo, las expresiones concretas de esta estructura esencial pueden cambiar con el tiempo y de hecho han cambiado; más aún, tienen que cambiar por razón del carácter forzosamente limitado de las diversas expresiones históricas del ministerio y de la obligación que éste tiene de asemejarse constantemente a su modelo, Cristo.

12. Lo mismo que Dios concedió el espíritu de profecía a los setenta ancianos que había llamado Moisés a participar con él en el gobierno del pueblo, así también comunica a los sacerdotes el Espíritu Santo para que se asocien al ministerio de los obispos. El presbítero colabora con el obispo en la totalidad de sus funciones de gobierno de la Iglesia.

Las funciones del presbítero tienen una íntima conexión con el ofrecimiento de la eucaristía. Por eso la función del presbítero en la Iglesia ha de entenderse partiendo de la Cena y de las palabras de Cristo, que mandó a los apóstoles hacer "en memoria de él lo mismo que él había hecho" (1 Cor 11). Por eso defendió el Concilio de Trento este aspecto básico del ministerio sacerdotal.

El Concilio Vaticano II añade: "Los presbíteros ejercitan su oficio sagrado sobre todo en el culto eucarístico o comunión, en donde, representando la persona de Cristo, el sacerdote es al mismo tiempo presidente de la celebración eucarística, él ofrece el sacrificio in nómine Ecclesiae o, en persona Ecclesiae y consagrante, sacrificador, y como tal ya no actúa meramente in persona Ecclesiae, sino in persona Christi y proclamando su misterio, unen las oraciones de los fieles al sacrificio de su Cabeza, Cristo, representando y aplicando en el sacrificio de la misa, hasta la venida del Señor (1 Cor 11,26), el único sacrificio del Nuevo Testamento, a saber: el de Cristo, que se ofrece a sí mismo al Padre como hostia inmaculada (Heb 9,11-28)".


13. El sacerdote nos introduce en la memoria del Señor, no sólo en su pascua, sino en el misterio de toda su obra, desde su bautismo hasta su pascua en la cruz. Él exhorta a la asamblea de los creyentes a vivir en sintonía con el sacrificio de la cruz, que ésta vuelve a vivir en el presente en espera de su consumación definitiva. Por eso el ministerio del sacerdote no se puede limitar a la celebración de un rito; compromete toda la vida y se desarrolla de acuerdo con todo el orden sacramental.

14. Pero no sería fiel a la tradición quien pretendiera defender que las funciones del sacerdote son de naturaleza estrictamente sacramental y cultural. También es función del sacerdote proclamar la palabra de Dios. La misma Cena, en la que el Señor llama a su sangre "sangre de la alianza", lo pone de manifiesto, pues no hay ningún rito de alianza sin una proclamación de la palabra de Dios a los hombres. El acontecimiento de la alianza es al mismo tiempo acción y palabra.

Esta relación aparece todavía más clara cuando se parte de la base de que eucaristía (1 Cor 11,24) no significa tanto una "acción de gracias" en el sentido actual de esta expresión, cuanto una clara y gozosa proclamación de las "maravillas de Dios", de sus hechos salvíficos. Cuando Jesús declara: "Cada vez que coméis de ese pan y bebéis de esa copa proclamáis la muerte del Señor, hasta que él vuelva" (1 Cor 11,26), su acto de bendición ritual tiene también el sentido de una proclamación de la palabra de Dios.

El ministerio de ofrecer la eucaristía ratifica y complementa simplemente una proclamación de la palabra, que va desde el kerigma inicial hasta la catequesis y la misma celebración litúrgica. Predicar, bautizar y celebrar la eucaristía son las funciones esenciales del sacerdote.

Sin embargo, dentro del presbiterio dichas funciones pueden estar distribuidas distintamente, según que unos se dediquen más a tareas misioneras y otros a la acción pastoral dentro de la comunidad reunida (Mysterium Salutis). Predicar y enseñar, de otra manera, ¿cómo podrán hacer y administrar los sacramentos con provecho y eficacia salvadores?

15. El sacerdocio hoy está bastante desvalorizado. Las cosas poco prácticas no se cotizan. Esta generación consumista sólo tiene ojos para sus intereses. Ha perdido el sentido de la gratuidad. Un beso y una sonrisa no sirven para nada, pero los necesitamos mucho. Un jardín no es un negocio, pero necesitamos su belleza. Cultivar patatas y cebollas es más productivo, pero los rosales y las azucenas son necesarios.

16. El sacerdote sirve. Siempre está sirviendo. Es necesario como la escoba para que esté limpia la casa. Pero a nadie se le ocurre poner la escoba en la vitrina. El sacerdote perdona los pecados, es instrumento de la misericordia de Dios. En un mundo lleno de rencores y envidias, el sacerdote es portador del perdón. Está siempre dispuesto a recibir confidencias, descargar conciencias, aliviar desequilibrios, a sembrar confianza y paz.

El sacerdote ilumina. Cuando nos movemos a ras de tierra, nos señala el cielo. Cuando nos quedamos en la superficie de las cosas, nos descubre a Dios en el fondo. El sacerdote intercede. Amansa a Dios, le hace propicio, le da gracias, da a Dios el culto debido. Impetra sus dones.

El sacerdote ama. Ha reservado su corazón para ser para todos. El sacerdote es antorcha que sólo tiene sentido cuando arde e ilumina. El sacerdote hace presente a Cristo. En los sacramentos y en su vida. Es el alma del mundo. Donde falta Dios y su Espíritu él es la sal y la vida. No hace cosas sino santos.

Todos hemos de ser santos, pero sin sacerdotes difícilmente lo seremos. Es grano de trigo que si muere da mucho fruto. Nada hay en la Iglesia mejor que un sacerdote. Sí lo hay: dos sacerdotes. Por eso hemos de pedir al Señor de la mies que envíe trabajadores a su mies (Mt 9,38).

17. "No me habéis elegido vosotros a mí, os he elegido yo a vosotros". La elección indica siempre predilección. Si voy a un jardín, miro y remiro: tallo, capullo, color, aguante...Elijo, corto y me la llevo. Pero sé que yo no podré ni cambiar el color, ni darles más resistencia, ni aumentarles la belleza.

Cuando Dios elige, elige a través de su Verbo: "Por Él fueron creadas todas las cosas". Cuando un joven elige a su novia, es él quien elige. Si eligiesen sus padres u otros, probablemente saldría mal. Cuando Dios elige esposa, respeta a su Hijo, que se ha desposar con ella. Cuando Dios elige ministros suyos, deja a su Verbo la elección. Porque han de continuar sus mismos misterios.

Parece que el Señor tendrá sus preferencias. Contando con que siempre puede rectificar y enderezar, romper el cántaro y rehacerlo, y purificar, es verosímil que cuente con lo que ya hay en las naturalezas, creadas por El: "Omnia per ipso facta sunt".

Una de las primeras cualidades que parece buscará será la docilidad. Docilidad que casi siempre es crucificante. Otra, será la sencillez: "Si no os hacéis como niños"... Manifestarse sin hipocresía, con naturalidad.

"Vosotros sois mis amigos." ¡Cuánta es la misericordia de nuestro Creador! ¡No somos dignos de ser siervos y nos llama amigos! ¡Qué honor para los hombres: ser amigos de Dios! Pero ya que habéis oído la gloria de la dignidad, oíd también a costa de qué se gana: "Si hacéis lo que yo os mando." Alegraos de la dignidad, pero pensad a costa de qué trabajos se llega a tal dignidad.

En efecto, los amigos elegidos de Dios doman su carne, fortalecen su espíritu, vencen a los demonios, brillan en virtudes, menosprecian lo presente y predican con obras y con palabras la patria eterna; además, la aman más que a la vida; pueden ser llevados a la muerte, pero no doblegados.

Considere, pues, cada uno si ha llegado a esta dignidad de ser llamado amigo de Dios, y si así es no atribuya a sus méritos los dones que encuentre en él, no sea que venga a caer en la enemistad. Por eso añadió el Señor: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto".

18. HIMNO SACERDOTAL

Brota de mi corazón un himno ardiente cuajado en el manantial del ser: Jesús Martí, yo te elijo, vente, yo te llamo: Jesús Martí Ballester. Cogiste mi corazón de niño con ternura delicada y paternal, me sedujeron tu afecto y tu cariño y me dejé cautivar. Yo escuché tu llamada gratuita sin saber la complicación que me envolvía, me enrolé en tu caravana de tu mano sin pensar ni en las espinas ni en los cardos.  Te fui fiel, aunque a girones fui dejando en mi camino pedazos de corazón, hoy me encuentro con un cáliz rebosante de jazmines que potencian mis anhelos juveniles y me acercan más a Dios. En el ocaso de la carrera de mi vida siento el gozo de la inmolación a Ti. Tienes todos los derechos de exigirme, puedes pedir si me ayudas a decir siempre que ¡Sí!. Necesitaste y necesitas de mis manos para bendecir, perdonar y consagrar; quisiste mi corazón para amar a mis hermanos, pediste mis lágrimas y no me ahorré el llorar.  Mis audacias yo te di sin cuentagotas, mi tiempo derroché enseñando a orar, gasté mi voz predicando tu palabra y me dolió el corazón de tanto amar. A nadie negué lo que me dabas para todos. Quise a todos en su camino estimular. Me olvidé de que por dentro yo lloraba, y me consagré de por vida a consolar. Muchos hombres murieron en mis brazos, ya sabrán cuánto les quise en la inmortalidad, me llenarán de caricias y de flores el regazo, migajas de los deleites de su banquete nupcial. Pediste que te prestara mis pies y te los ofrecí sin protestar, caminé sudoroso tus caminos, y hasta el océano me atreví a cruzar. Cada vez que me abrazabas lo sentía porque me sangraba el corazón, eran tus mismas espinas las que me herían y me encendían en tu amor. Fui sembrando de hostias el mino inmoladas en la cenital consagración: más de treinta mil misas ofrecidas han actualizado la eficacia de tu redención. No me pesa haber seguido tu llamada, estoy contento de ser latido en tu Getsemaní; sólo tengo una pena escondida allá en el alma: la duda de si Tú estás contento de mí. Mi gratitud hoy te canto, ¡Cristo de mi sacerdocio! Mi fidelidad te juro, Jesucristo Redentor. Ayúdame a enriquecer con jardines a tu Iglesia, que florezcan y sonrían aún en medio del dolor. Sean esos jardines para tu recreo y mi trabajo, multiplica tu presencia por los campos hoy en flor, que lo que comenzó con la pequeñez de un pájaro, se convierta en muchas águilas que roben tu Corazón.