21 November 2018
 

En la hacienda “Zapatero”, en inmediaciones de la población de La Plata (Huila) nació, el 23 de octubre de 1899 el Beato Pedro María Ramírez Ramos. Fue el cuarto de los siete vástagos nacidos de la unión de don Ramón Ramírez y doña Isabel Ramos.

Él, auténtico patricio, ciudadano ejemplar, patriota integérrimo, hombre laborioso y emprendedor, defensor de sus convicciones políticas, leal con sus adversarios, altruista y generoso con todos. Ella, matrona de las de antaño, dechado de virtudes como mujer, esposa y madre; dadivosa tanto como su marido con los que a su hogar se llegaban con cualquier necesidad; educadora de sus hijos en las más acendradas virtudes humanas y cristianas. Qué de extraño tiene que de tal hogar nacieran hijos que fueron prez de la sociedad y de la Iglesia. Habían contraído matrimonio en La Jagua (Huila) de donde era oriunda doña Isabel. Fueron estos los seis hermanos del Beato Pedro María: Susana, que murió cuando apenas tenía 10 años; Julia, Luis Antonio, Eliécer, Pablo Emilio y Leonardo, que llegó a ser sacerdote de la Compañía de Jesús.

Fue bautizado nuestro santo al día siguiente de su nacimiento, 24 de octubre, en la iglesia parroquial de San Sebastián de La Plata; firma la partida de Bautismo (libro Nro. 21, folio 194) el párroco interino Fray Cayetano de las Maravillas, Trinitario español; al margen de la misma se halla la certificación de la posterior ordenación sacerdotal. Siendo párroco el Padre Félix María Castro, a quien servía como monaguillo, recibió por vez primera la Sagrada Comunión; este sacerdote testimoniaba, refiere el Padre Restrepo, que Pedro María era un rapazuelo vivaz, muy piadoso, sumiso a sus padres, y muy observador.

En la escuela pública de su pueblo cursó los estudios primarios. Por esa época, y en la hacienda natal, un muleto le dio una coz en la cara, que le causó un daño en su ojo izquierdo del que sufrió durante toda la vida, y que probablemente tuvo que ver con los dolores de cabeza que siempre lo aquejaron.

A la edad de doce años, en 1911, fue enviado con su hermano Luis Antonio al Seminario Menor de La Mesa de Elías, en el cual cursó sus estudios de bachillerato. Constan, en su biografía, testimonios de quienes fueron sus formadores o compañeros, que lo acreditan como un muchacho sumamente activo, excelente deportista, con notables capacidades para el canto y la música, honesto y sincero, notablemente piadoso y de singular devoción mariana. 

Egresado de Elías, y manifestando clara inquietud vocacional, ingresó al Seminario Mayor de Garzón, en cuyos libros consta que se matriculó el 4 de agosto de 1915. Era Rector el Padre Luis Calixto Leyva, que sería años más tarde primer Obispo de Barranquilla. De sus manos pasó la rectoría a las del P. Víctor Félix Silva, que ya había tenido a Pedro María como alumno en Elías, y que refiriéndose a él como mayorista, afirmaba: “Ramírez era puntualísimo en cumplir todos los deberes del seminario, y cultivaba con sumo esmero la devoción a la Santísima Virgen”. En Garzón recibió la Tonsura clerical, en 1916, y en 1917, a sus 18 años, las entonces llamadas Órdenes menores. 

Esos pasos acrecentaron en él más aún la devoción, la piedad, el fervor de alguien que va entregando su vida a Dios. Sin embargo, hé aquí que surgen en su alma dudas acerca de su vocación. Y ante ellas, queriendo estar seguro del llamamiento de Dios antes de dar pasos definitivos, y llevado sin duda por su cristalina rectitud, consulta con el mismo Padre Silva, que era su mentor espiritual, sus incertidumbres; y con su aprobación decide retirarse temporalmente del seminario. Sucedía esto a mediados del año 1920; frisaba en los 21 años. Dios actúa con frecuencia en la vida de los santos en forma aparentemente desconcertante. En la vida del joven que parecía tan nítidamente orientado hacia el sacerdocio, se abre ahora un paréntesis en que, providencialmente, van a aquilatarse más aún sus virtudes, a hacerse más nítida su vocación, a fortalecerse más su virtud. 

Dejado el seminario, Pedro María viajó a la capital de la República. En busca, quizá, de trabajo. Doña Susana Borrero, matrona huilense amiga de la familia y que residía en Bogotá, lo acogió en su casa. Donde duró poco tiempo, porque el Padre Pedro María Rodríguez, cura entonces de Anolaima (Cund.), lo invitó a dicha población y allí lo hizo su secretario y le encargó la dirección del coro parroquial. Desempeñó dichos oficios con éxito, fundó una especie de escuela de música, y, sobre todo, brindó el ejemplo de una vida juvenil intachable: piadoso, de comunión casi diaria, colaborador incondicional del sacerdote en cuanto éste necesitara, alegre y participativo en la vida social. Esto durante un poco menos de dos años; porque el Padre Silva, que había pasado ahora a asumir la rectoría del menor de Elías, lo llamó, invitándolo a colaborar, ahora como profesor, allí donde él había hecho su seminario menor. Invitación que aceptó con alegría. Y en su labor de docente, en Elías, emergió una faceta notable de su personalidad: sus eximias cualidades de educador. Al biógrafo Padre Restrepo, el P. Silva le dio este testimonio : “Le ocupé como profesor cuando me encargué de la dirección del Seminario Menor. Y pude observar en él al hábil pedagogo y prudente modelador de la juventud” . Esas cualidades seguramente, hicieron que fuera nombrado como Director de la escuela urbana de San Mateo (hoy Rivera); allí trabajó con igual suceso y edificación; además de dirigir la escuela, dictaba clases en otro colegio allí existente, y se hizo colaborador muy cercano del Sacerdote párroco, Luis Emilio Artunduaga. 

De San Mateo, y con idéntico encargo de Director de la Escuela urbana, fue trasladado a Colombia (Huila); y de Colombia, a Alpujarra. Fue en esta última población donde se prolongó más su tarea como educador, y donde más brillaron sus dotes, no solamente como formador, sino como joven ejemplar por sus convicciones cristianas, por su vida intachable, por su dinamismo y creatividad, por su compromiso para poner al servicio de la sociedad y de la Iglesia las riquísimas dotes humanas con que estaba adornado; regía los destinos de la parroquia su antiguo compañero de estudios en Garzón, el P. Pedro José Ramírez Sendoya; y tuvo en el joven profesor a un colaborador eficacísimo e incondicional para todas las actividades parroquiales, a cuyo servicio ponía sus habilidades musicales, artísticas, pedagógicas, deportivas; terminó, a invitación del Sacerdote, viviendo en su casa y convertido, como decimos familiarmente, en su mano derecha.

¡De qué admirable manera va dirigiendo Dios la historia y disponiendo las cosas en la vida de sus elegidos! Sucedió que, en el curso de esos años de su labor docente, había sido nombrado Obispo de Ibagué el Padre Pedro María Rodríguez, aquel que lo había llevado como colaborador a Anolaima, según se recordará. Pues, en visita pastoral del Prelado a Alpujarra, allí lo encontró y allí escuchó unánimes elogios en labios del Párroco y de otras personas. Y en entrevista con él, fue el instrumento de que Dios se sirvió para reavivar la llama de la vocación sacerdotal. De este modo providencial, el hoy Beato Pedro María Ramírez, oriundo de las bellas tierras huilenses, vino a ser un regalo de Dios para la Iglesia de Ibagué. Ya no había vacilaciones. “Dejándolo todo”, como en el Evangelio, se vino al Seminario Mayor de Ibagué; “vengo a entregarme totalmente a Dios”, dijo al llegar, según refería más tarde el P. Rafael González. Y eso, una entrega total, fue desde entonces y hasta el final su vida.

Ingresó al iniciarse el curso académico 1928-29. En esa época, el seminario seguía lo que alguna vez llamábamos calendario B. Lo recibió, como Rector, el Sacerdote Vicentino Claudio Merle. Testimonios de quienes fueron sus compañeros de seminario, recogidos por su biógrafo, lo recordaban como un seminarista ejemplar, exigente hasta ser algo rígido, notablemente piadoso, que irradiaba alegría en su proceso formativo, entusiasta deportista, particularmente devoto de la Virgen María, claro y decidido en su opción vocacional.

En 1930, fue llamado a recibir la Orden Sagrada del Subdiaconado; constituía éste, antes del Concilio Vaticano II, el paso definitivo hacia el Presbiterado: el subdiácono rompía con el mundo, asumía solemnemente el compromiso del celibato y la obligación del rezo del Oficio divino como oración oficial de la Iglesia. Pedro María dio ese paso, lleno de gozo, el 14 de junio. Y apenas seis meses después, el 22 de diciembre, fue ordenado Diácono. 

El gran día de su ordenación sacerdotal fue el 21 de junio de 1931. En la Iglesia Catedral de Ibagué, fue ungido Sacerdote de Cristo, en compañía de los Padres Antonio María y Francisco Antonio Gómez, por Monseñor Pedro María Rodríguez. Estaban así colmados los más íntimos anhelos de aquella alma privilegiada; y desde ese instante, todo fue entregarse como otro Cristo al servicio del pueblo de Dios. Celebró su primera Misa, con la unción y la espiritual emoción que es de imaginarse, al día siguiente, en la capilla del Seminario; fue su Padrino el sacerdote vicentino Jesús Londoño Botero, uno de sus formadores. Y el 16 de julio, en medio del afectuoso júbilo de su familia, y de toda la sociedad de La Plata, cantó su primera Eucaristía solemne en esa, su ciudad natal.

Poco menos de diecisiete años marcaron el itinerario sacerdotal del Beato. Y eso, al servicio de cuatro comunidades parroquiales: primero, en calidad de Vicario –o Coadjutor, como solía decirse – del Padre Jesús Emilio Dávila, en Chaparral; el decreto episcopal que le confería ese cargo lleva la fecha de 1° de julio de 1931; luego, en virtud de decreto firmado el 6 de julio del año 34, como Párroco de Cunday; allí trabajó hasta 1943, cuando por decreto del 23 de julio Monseñor Rodríguez lo trasladó a El Fresno; y por último, a la parroquia de Armero, que fue el escenario de su martirio, fue destinado por decreto del 10 de julio de 1946. Allí murió, asesinado a machetazos y golpes, como se narra en otra página de esta revista, el 10 de abril de 1948.

Las edificantes ejecutorias sacerdotales del Padre Pedro María en esas cuatro poblaciones, quedan consignadas en otra parte de esta publicación. Espigando apenas en la parábola vital del nuevo Beato de la Iglesia colombiana y tolimense, hemos consignado las fechas que marcan los principales hitos de una vida que culminó con la gloria del martirio.

 

Fuente: Mario García c.m.